8 dic 2020

5. Historia familiar

 El encuentro de ellos dos

Según el relato familiar, mis padres se conocieron a los 17 años. Él, trabajaba en la carpintería del padre. Ella trabajaba en la misma fábrica que una de sus hermanas. Un día gris, iba él en bicicleta, con un tablón al hombro cuando cruzó a su hermana que volvía con sus compañeras. Había llovido y un charco les trababa el paso. Las otras chicas dieron un rodeo, pero mi madre se preparó a saltarlo. Y pese a las advertencias de sus amigas,  y la mirada de los otros, tomó impulso y llegó hasta el otro lado. El relato de él, la describía en ese momento, saltando ese charco y levantando el vuelo, como un ángel, como un ave, como un hada. Quedó absolutamente enamorado y se dijo: “Esta es la chica con la que me voy a casar”.

El tiempo pasó y entre encuentros y desencuentros,  la desaprobación de ambas familias y la complicidad de los dioses, llegaron a casarse y permanecer cincuenta y pico años juntos, hasta que la vieja huesuda los separó, solo temporariamente. Porque cuando mi padre murió, ella dijo: ¿Y ahora para qué voy a vivir? Encontró el modo, al seguir sintiéndolo a su lado. Usaba una campera de él, porque decía, llevándola se hacía ilusión de que él la abrazaba. Y supo contar que sentía su compañía y su contacto, de roce inequívoco, hasta en la Iglesia, en que pudorosa, le dijo con el pensamiento: “¡Acá no, que estamos en Misa!”

Hay algo de lo que no dudo, aunque tuvieron conflictos y hubo diferencias, algo prevaleció: se amaron entrañablemente. Esto es, que pese a las peleas, a veces estridentes, compartieron la vida. Tengo clara impresión de la angustia que me generaban estas discusiones y del malestar y la desazón. Pero aun así,  uno de mis recuerdos remotos, es el de ellos dos jugando, él levantándola en brazos como si fuera una pluma. Y el otro es el de ella acompañándolo hasta la puerta para despedirlo cada vez que se iba.

LA PREHISTORIA

Historia de la familia materna

Historia de la andaluza y el inglés:

Era muy numerosa la familia de mi abuelo materno. Llegó a la Argentina después de haber desembarcado en Chile, (aunque el destino fuera América, podían caer en cualquier lado) Cruzaron en carromato Los Andes. Creo que eran medio gitanos. La citada familia se instaló un tiempo en Mendoza  (en ese tiempo mi abuelo que era un niño cruzó con un arriero la cordillera varias veces como boyerito) y después recalaron en Rosario, dicen que junto al río. En un lugar provisional pero precario.

Además de los padres  (Ella era una mora brava y puteadora)y cuatro hijas mayores, venían otros, más pequeños, entre ellos mi abuelo. Al tiempo instalaron un bar en zona sospechosa de los márgenes y las chicas atendían a los parroquianos. El destino que se preveía para esas jóvenes pobres ya se puede pensar cuál era...

Francisca, la mayor era rubia de ojos azules, muy bella. Quedó embarazada de un español rico y casado que prometió hacerse cargo de sostener al niño. Simultáneamente su madre  (mi bisabuela, la mora brava y puteadora) también había quedado embarazada. Parieron con pocos días de diferencia. Pero cuando el hijo de Francisca falleció, la madre y ella decidieron cambiar los bebés y decir al hombre rico que el niño que vivía y seguía creciendo era su hijo, para asegurarse la ayuda económica que provenía de él.

 Ella hizo pasar a su hermano como si fuera su hijo, trampeando los hechos. Su hijo había muerto, pero en la sustitución estuvo el eje de la historia. Los bebés habían compartido en la misma casa la crianza los primeros tiempos. Hay un dato siniestro y contundente de las características de esa difícil época, que es el de que para diferenciar a los bebés, la madre-abuela marcó al propio en la espalda con una cuchara caliente, con la que dejó la cicatriz que lo identificaba. Así de dura parece haber sido esta mujer, en tiempos de amargura, privaciones, ignorancia  y oscurantismo.

Francisca tiempo después conoció a un inglés que vino a trabajar a Rosario. Se enamoraron perdidamente (¿hay otra manera de enamorarse?) La llamaba "mi inglesita" por su aspecto y "mi perla rara" por el piringundín de mala muerte donde trabajaba y vivía, y del que él, cual príncipe azul, pudo rescatarla. Le propuso matrimonio y dadas su inserción en la empresa logró que varios miembros de la familia obtuvieran empleos. Trabajar en los Ferrocarriles en aquellos años era una suerte que los jerarquizaba.

Conocí a Francisca (no así al esposo) cuando ya era muy anciana y vivía en Olivos en una casa grande y bella con una empleada y varios perros. Cuentan que el matrimonio que la convirtió en gran señora fue armonioso, que no pudieron tener hijos, que vivieron siempre juntos, venciendo lo que hubiera sido un destino aciago para Francisca. En aquella visita a la casona de Olivos, me asustaban los retratos suspendidos en el comedor, de graves señores y damas vestidas de negro.

 Mi abuelo, en gratitud por todo lo que habían hecho Francisca y el inglés, por él y otros hermanos la designó madrina de bautismo de mi mamá.  Lo que había hecho, nada más y nada menos, fue situarlos en el ferrocarril en diversas tareas (mi abuelo llegó a ser jefe de estación en la campaña) y hasta a su padre, en un cargo de guardabarreras, que era lo que podía hacer a sus años.

A su vez, años después, mi mamá le pidió a Francisca que fuera también su madrina de bodas.

Había razones: su mamá Enriqueta se oponía a su noviazgo con mi papá.

Enriqueta la había mandado a Buenos Aires, a la casona de Olivos durante un tiempo ¿para disuadirla? Conservo algunas de las cartas entre mis viejos que persistieron en su decisión pese a la distancia entre ellos  (Buenos Aires y Rosario). Finalmente volvió para casarse. Tía Francisca había sido su apoyo entonces, en esos últimos meses de soltera, además de una generosa anfitriona.

Creo que por eso mis viejos la siguieron visitando. Por el papel que había jugado en esa historia de amor de los dos.

Lo notable es que mi mamá se llamaba: Francisca Enriqueta, como su tía madrina y su mamá.

Pero su sobrenombre era Meca, que era como su hermana la llamaba cuando nació, queriendo decirle muñeca, pero pronunciándolo así.

De las otras hermanas de mi abuelo, María, la segunda, huyó de la casa, y poco se supo de ella. Cuentan que era violenta y desquiciada. ¿Alcohólica? ¿Psicótica? Nunca lo supieron.

Dolores, la tercera, que también era muy bella, había hecho relación con un señorito de familia. Se amaban profundamente, pero jamás le hubieran permitido incluirla en su círculo. (Recordar que eran las que servían en el dudoso bar de Pichincha)

Pero no hubo tiempo de dar batalla: ella murió muy joven, con 20 años, y él, aunque no hubiera podido casarse con ella, pidió autorización a sus padres para enterrarla y la llevó a una  tumba en el cementerio del Salvador, el cementerio de la gente adinerada y “de apellido ilustre”. Hay un contraste entre Salvador y La Piedad que es como el que existe entre Recoleta y Chacarita en Buenos Aires.

Carmen, la menor de las cuatro, fue a Olivos ¿llevada por Francisca?,  también tuvo un matrimonio honorable y tres hijos varones. Vivió siempre en la casa lindera a la de Francisca. Me pregunto si la maternidad lograda de su hermana en hijos, nueras y nietos no fue para Francisca un testimonio permanente de lo que faltaba en su vida. Que había estado en aquel niño que ella había tenido de soltera y que murió de bebé.

Conservo fotografías de Francisca ya adulta en la boda de mis padres. También atesoro el documento del sepelio de Dolores, con el nombre del caballero que la amaba, que fue el que tomó esas provisiones. Siempre pensé que tal vez haya familiares de él en Rosario, y me pregunto si tendrán alguna noticia de esta historia.

Las abuelas de mi mamá eran absolutamente contrapuestas. Una era la puteadora y blasfema de la que hablé. La que tomó decisiones fuertes, irreversibles, crueles. Pero la otra, Andrea,  la madre de su madre, era una rezadora de la archicofradía de la Santísima Virgen de la Parroquia del Corazón de María, a la que pertenecía. Que fuera rezadora significaba que intervenía en los velatorios del barrio, a los que era convocada para orar por el difunto. Esto quiere decir que mi vieja tuvo que barajar y sintetizar en sí imágenes de abuelas inconciliables. La mora blasfema y puteadora de Pichincha, madre de su padre y por otro la beata rezadora del abasto, madre de su madre. En el retrato que se conserva de esa bisabuela se la ve con severo rodete y vestida de oscuro. El cabello era visto como algo a cubrir, para evitar seducir. Era el arma que el demonio daba a las mujeres para tentar a los hombres. Por eso además de llevar los suyos recogidos en apretado rodete, sacaba los cabellos que quedaban en el peine y los escupía antes de esconderlos en las grietas entre los ladrillos, para que diablo no los tocara. El mundo era un lugar en el que él siempre estaba  cerca tentando a los débiles. Y la Virgen ayudaba a los pecadores si se la invocaba con fe. Por eso, según contaba mi mamá a esa abuela no se le caía  nunca de la boca el Ave María. Tampoco la advertencia a los chicos,  de que sus travesuras, entendidas como pecados, tenían un efecto: el de afligirla. “La Virgen llora” decían como un escandaloso chantaje esa abuela a los niños.  Mi mamá, que lo hizo suyo,  lo repetía según conviniera.

También se hablaba del “ángel guardián” siempre presente y sufriendo si nos “portábamos mal”. Portarse mal era no acatar las arbitrariedades adultas.

La fuerza de esas creencias en la presencia del ángel, que formó parte de aquella época, está muy bien descripta en un film: “Cristo se detuvo en Éboli” cuando en una escena se menciona que no está permitido barrer después que anochece, pues ya está allí el ángel que cuida la puerta, y no hay que echarle polvo encima, así como no hay que dejar el mantel tendido de la cena, para que el ángel que cuida la mesa pueda descansar. El tercer ángel cuida la cabecera del lecho, y supuestamente cuida a los durmientes. Ese no me simpatiza mucho, por lo que imaginan.
 
Volviendo a Andrea, la rezadora. Ella se había hecho cargo de un nieto discapacitado, huérfano. El padre del niño había muerto de apendicitis y su madre y una hermanita durante el parto. Ella tomó al niño a su cuidado y cuando murió, su hija, mi abuela Enriqueta lo recibió. Uno más entre los varones. Fernando tenía la edad de las chicas, sus hijas, pero era un inocente que apenas podía hacer algunos mandados. Contaba mi madre, que él jugaba a celebrar la Misa, y distribuía la Comunión dando las hostias a las higueras del fondo. Cuando iba al Mercado de Abasto los muchachos de los puestos lo tomaban a broma y se burlaban de él. Algunas veces se perdía y la policía lo traía de vuelta, cuando empezaban a inquietarse. Terminó sus días en la Colonia de Oliva, en Córdoba.

Mi abuela estaba en sintonía con los criterios tradicionales y conservadores a ultranza. Enriqueta parece haber sido digna hija de Andrea en su función sancionadora. No aprobaba las salidas de sus hijas, tampoco el noviazgo con mi papá, y no hubiera aprobado el noviazgo con ningún otro, porque para ella, viuda joven y con hijas solteras, todo hombre era un peligro.

Quedó con cuatro hijas adolescentes, un muchacho y dos niños por terminar de criar, más el sobrino discapacitado. La mayor preocupación de mi abuela por ellas, estaba impregnada de un sentimiento de responsabilidad respecto a “la decencia” que  les habilitaría un matrimonio “como Dios manda”.

Entre tanto ayudaban trabajando como obreras, y el relato familiar  cuenta que entre las cuatro llegaban a redondear el equivalente de un sueldo mínimo. La expectativa de la época era que el matrimonio fuera el destino a las jóvenes. En el caso de mi abuela materna, que sentía la responsabilidad del cuidado, acrecentado por su formación religiosa y prejuicios, el control de las hijas debió ser una pesadilla.

Se censuraba la risa y los duelos eran eternos. Los límites que encorsetaban la vida dejaban poco espacio a la alegría. Al parecer la vida se hacía muy difícil por sus condiciones de inmigrantes pobres, pero además por estos criterios severos por los que se regían.

 Al escribirla, tomo la dimensión que esta historia tuvo en el folklore familiar. Cuantas de esos afectos todavía nos impregnan. En cuanto, aún nos determinan.

Leyendo “Árbol de familia” de María Rosa Lojo, con tintes autobiográficos, encontré muchas semejanzas entre esa abuela que ella describe, también a cargo de un nieto discapacitado, y mi abuela Enriqueta.

Mi madre, la chica que volaba

Cuando mi madre nació, su padre era ya jefe de Estación en alguna localidad pequeña rodeada de campo. Fue la segunda después de Lola. Siguieron naciendo otros. Algunos vivían. Otros morían de bebés. O siendo niños pequeñitos. Mi madre supo contar que Andrea y también Enriqueta decían: “Dios nos da, Dios nos quita. Bendito sea el nombre de Dios”.

La madre trajinaba con la familia. El padre además de su rol importante de jefe de estación en pueblos en donde eso era patente y blasón (como el cura, el maestro y el médico), también sabía tocar la guitarra y armaba con sus hijos un coro, decía que ella cantaba como un grillo. Cuando la enfermedad de él se agravó, viajó acompañándolo a Rosario. Ella tenía quince años y se empleó en una casa como niñera para poder visitarlo los domingos. Después de la cirugía y amputación volvieron a la estación de María Juana. Él seguía mal, ella aprendió a aplicarle las inyecciones de morfina.

La muerte del padre implicó apresurarse para crecer. Seguir asumiendo responsabilidades. Entonces, sin la protección y el trabajo del padre, que le aseguraba una inserción en la vida, y un reconocimiento y jerarquía en el pueblo, la familia se trasladó a Rosario. Desde el campo al conventillo. La madre de mi abuela materna, que murió poco después, vivía en una casa en el barrio del abasto y allí se instalaron. Mi abuela tenía la convicción de que a los siete años ya se puede distinguir el bien del mal, y se está capacitado para ganarse la vida. Claro, siete años fue la edad en que ella había empezado a trabajar, allá en la Andalucía natal. Mi mamá sabía decir que la edad suficiente para hacerse cargo de responsabilidades eran los catorce. A la luz de nuestra experiencia parecen expectativas y exigencias desmesuradas, pero esos eran los criterios en épocas duras.  Un espejo roto en la mudanza del campo a la ciudad, (regalo de esa abuela que también les legaría la casa) mostró un tesoro allí escondido: una libreta de Caja de Ahorros con fondos que le permitió acondicionar dicha casa y poner un par de piezas en alquiler. Con eso y la venta de huevos y gallinas pudieron sobrevivir, hasta que mi madre y dos de las hermanas empezaron a trabajar como obreras.

Esos vecinos que ocupaban las habitaciones en alquiler formaban parte de la vida: Una italiana preparaba los churros que su marido vendía con una canasta, caminando por las calles. Esa mujer  separaba algunos, todas las mañanas y se los daba a escondidas, cuando salían para la fábrica. El matrimonio tenía una hija delicada y enfermiza, y el padre celoso, autorizaba la visita del novio, pero los acompañaba durante el rato en que él estaba y era el que lo despedía en la puerta al irse.

Otra de las familias tenía tres hijos. En una oportunidad, contaba mi mamá,  en que ella estaba en la puerta junto al segundo de los muchachos,  pasó un vendedor ambulante que de vez en cuando llegaba a la zona, y les mostró su mercancía. Ella preguntó por un espejito con estuche, que sobresalía bello entre las peinetas y collares de fantasía de la valija. Lo dejó  en su lugar, porque no podía comprarlo, pero rato después el muchacho se lo acercó con timidez, como un obsequio impensado. ¿Presunta declaración de amor sin palabras?

Ellas trabajaban primero en una fábrica de galletitas. Lo que contaba mi madre, era la autorización para que comieran todas las que deseaban, eso les generaba una suerte de gratitud, pero el sueldo era bajo y al tiempo pudieron cambiar. El siguiente empleo era en una tintorería. Allí el sueldo había mejorado pero el dueño era abusivo. Sabía relatar que ese hombre, mayor y casado se constituía en la pesadilla de las chicas por sus insinuaciones y sus acercamientos.

Así, el trabajo lejos de constituirse como espacio valorado era sentido como una carga penosa a sobrellevar con entereza. En ese tiempo las señoritas de familia sólo estudiaban piano y bordado. ¿Qué significado tuvo para ella? Demostrarse su fuerza y su tenacidad. Su madre, mi abuela, desbordada en el cuidado de los pequeños tenía una actitud estricta y sancionadora. En ese régimen de la tiranía materna y del trabajo ineludible y pesado, había un oasis: eran los bailes de los domingos en “El Cifré”. Allí si se encontraba a gusto, con las amigas, los jóvenes, la música…Un lujo semanal que recordaba con alegría. Un lujo semanal en un tiempo de austeridad, austeridad que le quedó impregnado como modalidad de vida.

Pero a esos bailes también solía ir mi padre. Sabían bailar juntos y de esos encuentros se fue dando el noviazgo. No contaban con la aprobación de ninguna de las dos familias. La de mi mamá, porque mi abuela desconfiaba de ese “Ojos de lagarto” (grises y raros) como hubiese desconfiado de cualquier otro. Y la familia de mi padre, porque consideraban con desdén a la viuda pobre venida del campo con  sus hijas: “las galleguitas”, que era como las llamaban en el barrio, y lo que le cantaban los jóvenes ellas cuando pasaban.

Las expectativas y anhelos de mi madre estaban, como para la mayoría de las chicas de entonces, en las de casarse y dejar la fábrica. Constituir una familia era para ella el objetivo claramente planteado. Criar a sus hijos, una tarea indelegable. Nunca la más mínima duda se coló en ese proyecto de vida, que sostuvo con todas sus energías, que fueron muchas.

Mi padre ya no trabajaba en la carpintería del padre, que había cerrado sus puertas, sino como empleado en una agencia de loterías de su hermano mayor. Ese hermano era despótico, malhumorado y cuando mi papá pasó a trabajar en otra empresa (un taller metalúrgico que puso en marcha otro de sus hermanos) la vida cambió para bien. Yo ya había nacido cuando vinieron y se instalaron en el barrio Echesortu. Ese departamento fue mi lugar de niñez y adolescencia. Vivimos allí más de veinte años.

La casa de calle Rioja sucedió al departamento, allí mi padre pudo comprar su primer auto. Lo manejo poco tiempo, una ACV limitó su movilidad, y el sueño largamente acariciado de viajar con su propio coche, quedó en suspenso. Ella lo cuido sin claudicaciones durante los trece años desde ese primer accidente hasta el último.

Mi madre había vivido siempre con otros, primero con sus padres, hermanas y hermanos. Luego, al casarse con mi padre, tomaron una habitación  en la casa de unas amigas, por un tiempo. Más tarde, se ubicaron en un departamento con una hermana de mi padre, su esposo y sus hijos. También estaba allí la oficina donde mi padre trabajaba con su hermano mayor soltero, el de la Agencia de Loterías. Las familias compartían el lugar y los gastos. Pero esto no le agradaba a ella que padecía las intromisiones de mi tía, el malhumor del hermano mayor y la falta de privacidad. Cuando se mudaron al barrio, mi padre había cambiado de trabajo, en la nueva fábrica, yo era  recién nacida, y era la primera vez que se sentía verdaderamente dueña. Tal vez por eso el departamento le parecía tan hermoso. Así hasta la muerte de mi padre, y a lo largo de toda su vida, siempre estuvo acompañada y ese hecho, la falta del compañero, significó un cambio rotundo en su vida. Yo no supe cuán profundo era, no dimensioné su soledad. Cuando ella también tuvo problemas aceptó venir a vivir con nosotros, estaba frágil y se avino a hacerlo, gracias a la generosa propuesta de A.

Su convivencia en casa de los últimos años fue armoniosa y amable, a pesar de la coexistencia de tres generaciones. Y fue así por la bendita disposición de ella y de los chicos en limar asperezas y evitar confrontaciones. Ella se manejó con discreción y los nietos la cuidaron con cariño. Era fácil congeniar con Anahí, siempre encariñada con ella, desde que la cuidara de bebé. Y con Pablo fue enorme su complicidad, lo que hizo que esos últimos años fueran alegres.

Antes de venir a vivir con nosotros, estando tan sola, sucedió que una vez invitó a almorzar a una anciana que llegó pidiendo a la puerta y con la que establecieron una inmediata afinidad. Comieron juntas, ella le dio un paquete de arroz, otro de té, algunas frutas y se despidieron sin más novedad, después de haber pasado el rato. Cuando nos contaba,  argumentamos que se había arriesgado al hacer pasar a una desconocida, pero la cosa quedó así.

Siempre supe que podía contar  con ella, incondicionalmente. La lealtad que la caracterizaba, hacía que cualquiera de nuestras faltas se viera como algo sin importancia. A sus ojos éramos sin fallas.  Cuando Hebe de Bonafini se refirió después de los indultos, a un ex presidente como “bosta”, la escuché protestar escandalizada: “Pero no está bien insultar así”. Entonces alguien le planteó que haría ella, en caso de que nos hubieran asesinado, como a los hijos de Hebe, y dejaran libres a los culpables. Ella pensó y respondió: “Yo vendería mi cintillo, con eso me compraría un revolver, y con él…”. O sea que insultar no lo aprobaba, pero…

Cuando por sus problemas cardíacos el médico le sugirió no hacer tareas que requirieran esfuerzo, se planteaba hasta donde acatar el mandato. Barrer el patio estaba entre las cosas proscriptas. Pero nos contó que había pensado: “Decime diosito, el médico dice que no puedo barrer, pero yo te pregunto a vos diosito, que sabés más, ¿puedo? Y como no me contestó y dicen que el calla otorga, yo lo barrí”.

Si hay algo a recordar era que buscaba el sol. No abundaba en el departamento de calle Córdoba, el primero que recuerdo. En unos pocos días de septiembre, un sol se colaba y venía a brillar en la puerta del ropero. Y allí nos llamaba alborozada, para admirarlo. Y su llamada era tan exigente como la orden del sábado de Gloria en Semana Santa. A las doce, cuando Cristo resucitaba (según las prédicas de entonces) debíamos echarnos agua fresca en los ojos, para asegurarnos para el año próximo, poder ver bien con los ojos del alma.

Respecto a su alegría por el sol en el ropero, creo que no pude comprender cabalmente su sentido, porque para ella significaba mucho más: la infancia y la adolescencia en el campo. Verde, luz y amplio cielo, que se cerró de pronto en el brusco trasplante a la ciudad, donde ya no tendría todos los días, todo el sol, si no pequeños retazos. Un rayo apenas…pero a ella le servía para reverdecer por dentro. Yo que nunca tuve ese contacto con l naturaleza, no comprendía su entusiasmo. Así, yo no extrañaba lo que no había conocido. Para ella en cambio el sol era como una fuente de la que sorber esa forma de vida de su infancia, dejada atrás no solo en el tiempo, sino también en la geografía que ponía kilómetros entre las chacras abiertas, entre el campo que se extendía hasta donde alcanzaba la mirada y muy diferente de esta ciudad de edificios altos y calzadas brillantes en la que había iniciado su juventud y criado a sus hijos.

Creo que perduró su nostalgia por ese campo que recordaba y por las casas viejas, como la primera que habitaron en Rosario, con tapial y glicinas, una endeble puerta de lata, y los cuartuchos alineados ante la galería que llegaba hasta el fondo.

Conocí una amiga, también muy conectada a la naturaleza, que había sido maestra rural. Contaba que desde su escuela se podía ver el movimiento de los campos de lino, y que viento les imprimía una ondulación, y entonces  parecían un mar. Otra me relató que cuando buscaba un departamento se fijaba en una condición especial. No compraba metros cuadrados, sino que compraba luz y aire. Así creo que sentía mi madre.

Tenía una suerte de comunicación con la naturaleza a la que amaba, que a mí siempre me resultó mágica. Y un cierto respeto reverencial por toda forma de vida. Creo que surgía del mundo de su infancia, en el campo, entre las chacras en que empezara su existencia. Hablaba con la luna y con las plantas con naturalidad.

Recuerdo su curiosidad que la llevaba a preguntar el significado de palabras que no conocía: sutil, abstracto, sensual. Y había pedido como obsequio en uno de sus cumpleaños un diccionario gordo, en el que además, a la vuelta a casa,  la encontramos una vez buscando, junto con mi hijo, “malas palabras” como puta, mierda, concha. Los dos muertos de risa, al descubrir las que figuraban.

También llegó a apreciar una canción de Juan Luis Guerra. “Quisiera ser un pez, para tocar mi nariz en tu pecera y hacer burbujas de amor, por donde quiera…”

Me llamaba la atención y nunca supe si pescaba el sentido erótico de ella. Había sido tan pudorosa que me sorprendía a veces con estos comentarios.

Además de pudorosa también había sido muy austera, por eso siempre tenía algunos ahorros. Pequeños, pero los suficientes para sacarnos de apuro con algún pedido de préstamo con el que de seguro podíamos contar. Le había había dado mucho placer hacer regalos, y en el último tiempo, eso se había acentuado. En una oportunidad la acompañé a arreglar un reloj, y me distraje un momento. Cuando salimos estaba llevando anillitos para las hermanas. Estaba gozosa con su compra, anticipando la alegría a compartir cuando se los diera.

Con su coquetería nos daba lecciones: era su modo de volver a estar bien. Después de una descompostura, supe que estaba reponiéndose, cuando abrió el pote de crema facial, que, según ella, la mantenía joven y lozana.

Y también sabíamos, después de sus convalecencias, que se reintegraba a la vida de la familia, cuando estiraba la mano hacia la mesita de luz, donde estaban sus polvos y  maquillaje y empezaba a acicalarse. Ese gesto era la señal de que la vida continuaba sin sobresaltos.

La importancia de sus relatos en la vida familiar era enorme, era una gran narradora de historias. De  ellas se valía, sobre todo para crear lazos, entre aquellos que amaba, y también a veces, para alertar suspicacias respecto a quienes habían sido torpes, egoístas  o irrespetuosos. Por su contundencia en crear santos y villanos, y en dar por válida su interpretación de los hechos, nos encontrábamos tomando posiciones, pues su relato tenía la fuerza y convicción de la verdad. Tardé mucho en advertir que su versión era caprichosa como todas y solo una aproximación  a la verdad. También su memoria de hechos –con todas las arbitrariedades que pudiera tener-, era trasmitida con énfasis andaluz.

Así en su mundo había enemigos que nunca eran de su propia sangre, sino algunos más alejados. Había aliados que por alguna razón le habían caído en gracia, personas a las que se sentía con una deuda de gratitud eterna y una gran mayoría de gentes, ni parientes ni amigos, pero que contaban con su disposición sensible al sufrimiento y generosa  en brindar ayuda. En otro lugar relaté, que una mañana de domingo, en la esquina misma de la casa, un yeep chocó con otro vehículo y volcó El conductor quedó atrapado y gritando dentro del vehículo, y a ella le quedó  corto el tiempo para correr, e intentar volver a poner al yeep sobre sus ruedas. Yo también me sumé. Cada una de nosotras podía pesar unos cincuenta kilos, pero no se nos ocurrió que era un intento presuntuoso. Por suerte, muchos otros se sumaron al esfuerzo de empujar, hasta lograrlo, así que ni pudimos darnos cuenta de lo absurdo de  pretender de entrada, querer hacerlo solas.

Así en su estilo, polarizaba sin grises amores y aversiones. Subrayaba la bondad del menor de los hermanos de mi padre, y la prepotencia y el malhumor del mayor. Uno, un santo de generosidad y nobleza. El otro un villano de película. Respecto a su familia política también refería la conflictividad con algunas de las hermanas de mi padre, con las que creo que existía un cierto malestar y competencia. Al principio no se había sentido aceptada y eso seguía le pesando.

Creo que se sintió orgullosa por nosotros: sus hijos y sus nietos. Su amor por los chicos era incondicional, y la complicidad que estableció con Pablo en sus últimos años, dio por tierra con mis prevenciones. Fueron como dos chicos malhablados, de una procacidad increíble y que establecieron una complicidad de mafiosos. Y se divertían sobresaltándonos con sus palabrotas.

Respecto a mí supo decir que no imaginaba algunas cosas que sucedieron en su vida. Tampoco que su hija sería como soy, al menos como yo era y ella me veía.

Con los años me he ido asemejando. Cada vez más parecida, en algunas cosas que me gustaron de ella, pero también en terquedades y cerrazones.

Historia de la familia paterna: Un veneciano en Rosario

Poco supe de la historia de la familia de mi padre. No había allí sagas como el cruce de la cordillera en carromato, ni piringundines sospechosos en Pichincha. Tampoco abuelitas rezadoras, como la  de mi madre, católica devota y convocada a los velatorios y a las novenas para despedir al difunto.

Todo lo que me llegó, es que el padre carpintero vino de Venecia siendo joven. Que era un artesano muy refinado y se unió a una criolla, mi abuela Manuela, que era pobre y huérfana. Que vivieron con el padre de mi abuelo que era hostil con ella, y que esa situación se prolongó hasta algún momento de desenlace. Creo que la desaprobaba porque era de origen humilde y había sido empleada por ellos para los quehaceres. La tensión aumentó con la llegada de las primeras hijas, que fueron mujeres. Cuando nació el primer varón, según relatos, mi abuelo formalizó la relación con ella. Se casaron y el la libreta matrimonial fueron inscriptos todos los hijos que habían tenido desde que se unieran. Mi papá era particularmente remiso a aceptar esa historia, tenía un efecto perturbados en él, no quería escucharla, ni hablar del tema, así que poco supe al respecto.

Lo cierto es que la familia a la que ingresó mi mamá y que yo conocí, fue en la casa grande de calle Corrientes,  en la que quedaron viviendo varias familias: dos de las hijas casadas con sus esposos e hijos, y una soltera, además del mayor de los hijos, también soltero y sustituto del padre cuando este murió. Este hijo mayor se tomó muy en serio el rol y se desempeñó como jefe de esa familia ampliada. Tenía actitudes autoritarias, por eso sabían crearse conflictos, en esa casa grande, que era lugar de reunión. Como tuvo una gran visión para los negocios, llegó a ser muy rico. Eso lo utilizaba como herramienta de poder en la familia y para ejercer ciertas tiranías. No había estado de acuerdo con el casamiento de mis padres, y como mi padre trabajaba con él, mi madre sabía de sus prepotencias y lo cuestionaba por ellas.

También supe que esa abuela Manuela, enormemente anciana siempre, era muy amada por mi padre. Manuela había quedado sin su mamá casi niña y asignada al cuidado de sus hermanos. A su madre la habían casado a los trece años con un hombre mayor, murió con poco más de treinta, y eso significó apurar la maduración de modo que tal vez desde allí fue que Manuela empezó a ser anciana.

Mi padre sentía devoción por ella. Yo no entendí mucho ese sentimiento porque era poco afectuosa. Contaban que cuando él nació, ella tuvo fiebre puerperal y él debió ser amamantado por otra mujer. ¿Cómo influyó eso en su vida? No fue una pregunta que se formulara. Creció en medio de hermanos y hermanas que se casaron y tuvieron hijos.  Estos primos de distintas edades que hacíamos alianza con los de la misma edad.

Así yo tuve tres primas cercanas en edad e intereses. La mayor de ese grupo, que iba marcando el rumbo a las otras. Y dos hermanas, con las que compartí más tiempo, más reflexiones,  y las salidas que nos fueron llevando a vivir las primeras experiencias. Nos reuníamos en la casa de calle Corrientes y salíamos a descubrir el mundo.

Mi padre y sus atributos de  hermano del medio

El lugar entre un hermano mayor muy autoritario y exitoso en lo económico, y uno menor particularmente emprendedor, con iniciativa, y con talento para las relaciones comerciales, tuvo su peso. Él era el del medio. ¿Siguió siendo el del medio?

No obstante, la  alianza con el padre le valió el aprendizaje del oficio de carpintero. Ese fue su privilegio. Fue el único de los hermanos que desarrolló esa habilidad, pero no perseveró en esa actividad. Solo la dejó plasmada en el juego de comedor de la casa de mi abuela, con una cristalera muy bella, que cuando esa casa se desarmó, conservó una de mis tías. Y sobre todo, en dos cofres de madera con incrustaciones. En el de mi mamá guardaba las cartas que él le enviara cuando ella estuvo en Buenos Aires, antes de que se casaran. En el cofre de él, recuerdo que guardaba las jinetas de su uniforme de conscripto, y  medallas obtenidas en el club, donde supo jugar pelota-paleta y algún campeonato de naipes.

Su hermano mayor tenía una agencia de loterías, y visión para los negocios lo que le valió la posibilidad de éxitos económicos. Tras la agencia visible, se levantaban apuestas clandestinas, por lo que algunas veces, la policía allanaba el lugar y lo detenían. Su nombre salía en el diario, para vergüenza de los integrantes de la familia que portaban el apellido. Apellido que según se decía, era de origen noble. Hablaban de un Barón que formaba parte de los ancestros de mi abuelo. Imagino que se revolvería en sus huesos, al aparecer este descendiente en las crónicas amarillas. Llegó este hermano mayor de mi padre, a acumular una fortuna, y cuando murió, tenía trescientas propiedades. La herencia dio lugar a confrontaciones familiares desdichadas

La generosidad del menor que asoció a mi padre cuando fundó una empresa, hizo que pudiera dejar la agencia de loterías, y pasara a funcionar como administrativo en la fábrica. Se llamaba Marini y Varesio y se dedicaba a la “laminación de hierro”. Yo no entendía muy bien de que se trataba, pero ellos vivieron esa posibilidad como una bendición. La época permitió que la fábrica prosperara. Y el padre que yo conocí trabajaba en ella, y allí transcurrió parte de su vida. Allí se jubiló, y en ella también trabajó mi hermano.

Como mi padre era muy callado, la mayor parte de lo conocido acerca de su vida era relatado por mi madre, que funcionaba como una intermediaria entre él y su familia de origen, y entre él y nosotros. Si algo lo emocionaba o lo conmovía, era particularmente silencioso, como para procesar lo vivido.

Tenía un carácter particularmente fuerte y cuando estaba enojado miraba fiero y gritaba fuerte, lo que hacía que le temiera. Sus estallidos de cólera nos angustiaban. Pero por otro lado tenía una sensibilidad muy a flor de piel. Sus desbordes emocionales, desde llorar agritos por pena, a romper cosas en explosiones de ira, me asustaban.

Eran verdaderas hecatombes, muy perturbadoras. Pero peores fueron después sus tristezas infinitas, cuando quedó limitado en su motricidad. ¿Qué sentimientos oceánicos lo habitaron? ¿En cuánto se ajustó al modelo esperable y predecible de lo que era un padre, para su generación?

Mi madre era la que ponía la cuota de sensatez en esos desbordes, cuando él lloraba era como si el mundo estallara. Y podía suceder porque se arrepentía de haber retado a mi hermano, o porque yo tenía fiebre y él se sentía impotente y tan decaído que no atinaba a nada. De pronto, era tal la desolación  que mi madre debía consolarlo. Las dos facetas más extremas y contradictorias de su estilo de ser padre.

 Lo que recuerdo es que tenía una habilidad: podía mover las orejas, solía hacernos reír con eso, y si tenía disposición, bromeaba y supo payasear al disfrazarse en alguna fiesta.

Y decía que lo alegraba escuchar cantar a mi hermano, porque le hacía penar que estaba contento. Para él también la constitución de una familia era un proyecto indiscutible en el que ponía alma y vida.


Los talentos de mi  hermano

Era y no era fácil tener un hermano mayor. Formaba parte de mi entorno como alguien especial. ¿Cómo era la vida de otras chicas sin un hermano como el  mío? Él podía relatar historias, y fabricar un teatro de títeres donde representar Blancanieves, hasta que me asustaba de la bruja malvada. Podía llevarme de paseo con mis muñecas en un cajoncito unido a su triciclo. Podía construir una línea de teléfono desde su habitación en el altillo, que llegaba hasta mi cama, con una manguera de regar que se deslizaba por la escalera  y el patio y entraba  a través de la persiana. Por ese  teléfono supo leerme “Alicia en el país de las maravillas” por la noche. Pero al ser siete años mayor, sus destrezas lo alejaban también. De hecho, cuando nací, él ya iba a la escuela, cuando yo entré a la primaria él ya estaba en el  secundario. Y cuando yo inicié el Normal, él estaba en la Universidad.

Creo que yo lo encontré dos veces: La primera en Capilla del Monte. Yo tendría siete años. Él se había anticipado en unos quince días, viajando con mis tíos y luego viajamos mis padres y yo. Y fue tal la alegría de ese reencuentro que parecía un regalo el volver a vernos. Nunca antes habíamos estado separados. Así que la celebración al vernos fue enorme.

Tenía un gran talento artístico. Podía pintar al óleo y esculpir tallas en yeso. Recuerdo un granadero uniformado de azul, que alcanzó a terminar, pero que tuvo poca vida al caerse del banquito chueco en el que estaba apoyado.

Sus paisajes eran reproducciones de estampas, pero los retratos, tomaron como modelo a las mujeres que amó, a sus amigos más queridos. Ya mayor, supo realizar  y captando muy bien el parecido, pinturas que mostraban a mis padres, otra de aquel abuelo andaluz que conocimos solo por los relatos de mi madre. Y también uno muy bello de mi hija.

Se casó por primera vez a los 21 años. Y allí nos perdimos de vista. La segunda vez nos reencontramos en un momento en que los dos éramos adultos. Mi padre había enfermado, él se había separado y A. había viajado al exterior. Andábamos los dos sueltos. Y supimos que podíamos contar cada uno con el otro. Así fue hasta el final. Tengo bajo mi ala a sus hijos, tal como él hubiera tenido a los míos si yo hubiese faltado.  Amante de las bellezas que recorrió como turista, su deseo era que sus cenizas fueran arrojadas al Mediterráneo. No pudo ser, así que terminó en medio de nuestro río, en el momento en que dos pájaros salidos misteriosamente no supimos de donde, levantaron vuelo. Tuve escrúpulos cuando recordé que a ese mismo río, habían ido a parar las cenizas del mago de oscura memoria. Ese, el  de la época más siniestra a principios de los 70. No me hubiera gustado que se encontraran. Pero ¿quién sabe cómo se gestionan allá las cuestiones que quedaron pendientes de éste lado?

Respecto a sus hijos, el varón llegó para desplazarme del lugar de la menor de la familia. Y la niña, para que me obsequiara piedritas azules, robadas quien sabe dónde. Ambos como confirmación de un vínculo con él, que continúa amorosamente en la relación con ellos.

Cuando yo vine

Cuando yo vine la familia ya estaba armada. Mi padre, mi madre y mi hermano funcionaban, pero creo que debieron esperarme para completarse debidamente. Y yo crecí con varias certezas, de las que me costó mucho dudar. Estuve convencida de que mi mamá era la mujer más bella del mundo, creí sin vacilaciones que mi padre era el hombre más fuerte, y que mi hermano el chico más inteligente, sin competencia alguna. ¿De dónde surgieron?, no sé. Pero formaron parte de los argumentos que me acolchaban y con los que me fui ubicando en el mundo.

Mi mamá solía contarme sin dramatismo mi nacimiento prematuro: estaba internada en la casa de la partera, Clorinda Cavallini. No se sentía próximo el momento del parto. Pero con la llegada del mediodía la sorprendió un pujo muy intenso, y apenas tuvo tiempo de recostarse, que con otro yo nacía. De bajo peso y sin cejas ni pestañas, al parecer mi aspecto era peculiar. La partera me recostó fuera del alcance de mi madre. Todavía me pregunto, como  fue que siendo ella  tan perspicaz no insistiera en verme enseguida.

Cuando mi abuela Enriqueta me tuvo en sus brazos se puso a llorar angustiada, pensando que era tan pequeñita que iba a morir. (Ella que había perdido varios de los muchos hijos que tuvo, aceptando la voluntad de Dios sin protestas) La  tía que  se ofreció a vestirme, renunció a la tarea, impresionada por lo diminuto de mi tamaño. Cuentan que mi papá avisado de la noticia, salió tan rápidamente, que en el apuro se confundió y se vistió con el saco de un traje y el pantalón de otro, que en aquel tiempo era como decir con zapatos de distintos pares. Y mi hermano, al despertarse y verse solo, subió a la terraza, y se cubrió con una palangana de la lluvia.

Las malas lenguas cuentan, pero yo no lo creo, que mi papá al verme dijo: “Si llora es niña, si maulla es gato”

El barrio. Mi casa. Mi mundo

Los vecinos lo llamamos Echesortu. Y todavía vivo allí. Los académicos lo llaman Remedios de Escalada. El primero era un departamento único al final de un pasillo de 14 metros. Aún lo sueño.

Llegué al departamento de bebé. Me moví pocas veces: de ese, en calle Córdoba y Alsina donde transcurrió mi niñez y adolescencia, nos fuimos a dos cuadras, a la casa de Rioja y Lavalle, cuando tenía 23 años. Ese departamento, ese que es el que todavía sueño, a mi mamá le costó dejarlo también. El día de la mudanza estuvo remisa para salir de él y ocupar la casa que era nueva y era hermosa. Después de apropiársela, al tiempo, estaba orgullosa y decía que no hubiera imaginado que iba a habitar un lugar así.  Cuando me casé nos instalamos en el edificio del primer Aciso, en Castellano y Mendoza. Allí estábamos cuando nació Anahí y buscamos una casa. Fue una larga búsqueda hasta que dimos con la de Río de Janeiro y Mendoza. A cuatro de distancia del departamento anterior

Todas estas direcciones, todas ellas, están en un radio pequeño, conocido y familiar.

El departamento de mis recuerdos más remotos, al fondo de ese pasillo larguísimo, tenía dos habitaciones, cocina y baño que daban a un patio. La escalera llevaba a la terraza con dos altillos. Recuerdo mi primera cuna: era roja, de metal y con barrotes. Estaba al lado de la cama de mis padres. Mi mamá sabía contar que me tenía de su lado y de noche  estiraba la mano para asegurarse de que yo estaba allí. También contó que una noche me senté en la cuna y me puse a aplaudir. Quién sabe en qué menesteres estaban ellos entretenidos. En esa cuna recuerdo haber aprendido a tejer en punto “Santa Clara” una bufanda celeste. La primera de las tres que tejí como únicas prendas en toda mi vida: aquella era para mi papá. Otra fue para A. Y la última para mi hijo.

 En la otra habitación estaba el comedor y en un sofá dormía mi hermano. Cuando crecí pasé al comedor y él a uno de los altillos. También entre los primeros recuerdos está el de una sillita azul de madera que podía usarse alta para comer a la mesa con los adultos. O rebatirse y quedar bajita como lugar de juego. También era parte de la época un triciclo de mi hermano, que luego yo utilizaría, cuando él tuvo bicicleta.

Pero la cuna, la sillita y el triciclo eran heredados. El hermano de mi padre nos los había destinado. Eran de sus hijos, mis primos y cuando ellos ya no lo utilizaban, los recibimos.

Más tarde, de niña, cuando vivía en el primer departamento, era toda una aventura dar la vuelta a la manzana. Descubrir que podía volver al mismo lugar del que había partido fue una de las grandes experiencias. La otra consistía en aprender primero y atreverse después, a cruzar la calle. Por calle Córdoba circulaban tranvías, colectivos, autos, camiones, carros, motos y bicicletas. Y a doble vía: del centro hacia el Oeste y a la inversa. Había que tener paciencia para cruzar o idear alguna estrategia. La mía consistía en cerrar los ojos y cruzar a toda carrera. Escuchaba los frenazos y seguía rauda hasta alcanzar la otra vereda. Me pasó lo menos grave que me podía pasar, me atropelló una bicicleta. Me asusté mucho y me prometí ser más cuidadosa. Allí empecé a aprender algo que nunca asimilé del todo: eso de ser más cuidadosa.

En la otra vereda estaba la mayoría de los negocios a los que iba. En la esquina de Lavalle y Córdoba estaba la panadería de los Orell. Había en las paredes cuadros al óleo que pintaba Enrique, uno de los hijos. En las vitrinas las confituras eran increíbles. Nunca volví a comer merengues con una crema chantillí tan suave. Unos metros antes estaba la carnicería y verdulería de “los Ginés”. Doña María atendía la venta de verduras y frutas, y tenía la maravillosa generosidad de regalarme las revistas que le daban para envolver. (Se utilizaba papel. No bolsas de plástico) Don Juan, su marido vendía la carne. Era alto, gritón, de manos grasosas y me intimidaba.

El almacén estaba también en otra de las esquinas del cruce de Lavalle y Córdoba, y además de almacén era despacho de bebidas. Don Emilio, de chaquetilla clara y Doña Inés, de severo peinado, compartían el mostrador. Una cosa que me asombraba era que el piso de madrera estaba trajinado y deslucido. Pero que el techo también de la misma madera estaba reluciente.

Conocía a todos ellos por “hacer los mandados”. Esto significaba ir casi todos los días a cumplir estos encargos. No se estilaba comprar para la semana, las heladeras vinieron después. En ese tiempo era habitual proveerse de lo que se utilizaría en cada día. Por eso “los mandados” formaban parte del folklore familiar. Pero esto tiene que ver con responsabilidades que me asignaron y marcaban que había pasado el tiempo y era más grandecita.

Lo que puedo subrayar es que tuve un padre, una madre y un hermano que compusieron mi mundo. Que me proveyeron reaseguros. Que me permitieron crecer. Hubiera deseado más libertad de movimiento, más oportunidades para entrenarme en vivir, pero…No fue apacible ni idílica esa tarea de crecer. Hubo desentendimientos, hubo enojos y tristezas, hubo pasadas de factura por lo que no fue, o por lo que no fue del modo que hubiese deseado. Hubo y hay resentimientos, rencores y reproches….¿en qué vínculo no los hay?


Los juegos

Casi como hija única por la diferencia de edad con mi hermano, mis juegos se desplegaban en soledad. A lo largo de ese pasillo y sobre los escalones de acceso al departamento encontraba el lugar para mis iniciativas. Era mi feudo.

Hubo un juego, el preferido, que eran las ficciones que imaginaba antes de dormir. Los argumentos de sagas y misiones heroicas y románticas, que me relataba a mí misma y en las que encontraba el inagotable caudal de historias, de las que era a la vez, protagonista y testigo. Muchos años después encontré a alguien para el que también los juegos de imaginación le ocupaban un lugar tan importante como a mí. Me produjo alegría haber llegado a conocer a un igual. Hasta ese momento creía que las fantasías eran solo de mi universo privado.

Cumpleaños, vacaciones y resignaciones

Mi primer cumpleaños festejado con una celebración importante, fue el de mis cinco años. Recuerdo el acontecimiento de mis primas y primos llegando a casa y mi inquietud. Era una ocasión inusual y yo no estaba muy en claro respecto a que esperar.

Además tenía cierta pena ya, por el tiempo que se iba. Una especie de intuición que se consolidaría más tarde, pero que me hacía entristecerme en los cumpleaños. Solía decir que yo no quería crecer, que quería ser siempre niña. Lo que no decía y era mi secreto, es que el paso del tiempo acarrearía el envejecimiento de mis padres, y su muerte, y eso era lo insoportable. Para consolarme, me decían que había una manera, que era pesarme en una balanza con sal. Que eso detendría el tiempo y evitaría que yo creciera. Yo fingía creer lo que me decían hasta el próximo cumpleaños en que se agudizaba la angustia otra vez.

Recuerdo los regalos de aquel cumple de cinco: una Caperucita Roja de tela, un osito de peluche con ojos móviles y un pollito de madera que iba en sulkiciclo. Una solera blanca con guindas rojas bordada. Fue motivo de burla de mi hermano. Yo me veía en el espejo del “toilette” del dormitorio, con el cabello erizado por la croquiñol, sin dientes al frente y flaquísima. Decidí que tenía que hacer algo. No sabía qué. Todavía no sé.

De ese tiempo es el recuerdo de mis juegos en el dormitorio de mis padres, usando la cómoda como casita de las muñecas.). Lo que tengo inscripto es el momento en que al mirarme al espejo, era tal lo que veía, que en una decisión muy firme resolví, que ya que lo mío no era la belleza, debería valerme de otras estrategias para sobrevivir. Los criterios para las nenas entonces eran que las lindas, eran las rubias con hoyuelos. Yo tenía una prima así.

También cerca de esa época, fuimos a Bs As y la playa de Olivos, el primer lugar maravilloso en que vacacioné. En medio de la fascinación por la arena y el agua, la vergüenza de no tener traje de baño. Supe que si quería ese goce debía asumirlo ¡en bombacha! Resigné mi precaria dignidad de cinco años ante la tentación de playa y sol.

Reyes Magos

Los Reyes Magos eran oportunidad de recibir juguetes. Y allí después de la ceremonia de la noche de acomodar los zapatos, agua y pastito para los camellos, el intento de no dormir y esperar la llegada para verlos. Por la mañana, la alegría de romper los papeles para descubrir si habían traído lo elegido. Mis padres y mi hermano se confabulaban para que yo tuviera los míos y para observarme en el momento en que los encontraba.

No se podía concebir una vida sin juegos y sin juguetes. Eran cuestiones importantes, mucho más importantes que la sopa, la mantita de dormir, y después la escuela.

El tema de los Reyes era de la mayor importancia para los niños entonces, la oportunidad de recibir juguetes. Al menos para las familias de clase media, que cuidaban y asistían en lo concreto del abrigo, la alimentación y  educación. Y para quienes los juguetes eran un lujo. Una de mis amigas, cuyo padre tenía un almacén de ramos generales en un pueblo, recuerda la época de las fiestas, como el momento del año en que en el negocio empezaban a aparecer  juguetes. Otra relataba, que para conservar la creencia de su hermanita tres años menor, ella entró en complicidad con los padres, y cuando esa hermanita se durmió, se apuró a retirar al agua y el pasto, y dejó caer entre las plantas unos strass. Cuando a la mañana siguiente, habían desaparecido agua y pasto y aparecido los juguetes, ella señaló le las piedritas de strass y argumentó: _ “Ves  que los reyes pasaron, se les enganchó la capa en los helechos y se les cayeron algunos de los brillantes que llevan bordados”

Enfermedades

También recuerdo las enfermedades de la infancia: gripes, anginas y también sarampión. Las náuseas, la sensación de malestar. Mi mamá supo contar que se angustió mucho, cuando yo afiebrada le dije que me gustaría tener la cama llena de flores. También recuerdo la caja con fotos y las revistas en la cama durante la convalecencia, la abuela Enriqueta trayéndome regalos. La abuela Enriqueta era afectuosa y se parecía a la abuelita de Twiti, redondita, con rodete blanco, polleras largas y gracioso acento andaluz. Yo sentía su afecto y lo correspondía. Conservo el rosario de vidrio (yo decía de cristal) que me regaló en mi Primera Comunión. La abuela Manuela era menos expresiva, muy anciana, (siempre fue muy anciana) parecía demasiado sería, no salía casi nunca de su casa y no me sentía ligada a ella. Allí vivían mis primas y creo que esa convivencia le creaba un vínculo que no tenía con sus otros nietos.

Eran arbitrarias las decisiones en cuanto a salud, teniendo en cuenta que por decisión de mis padres me aplicaron inyecciones de calcio a los cinco años. Era flaca e inapetente como suelen ser las niñas. En la farmacia San Román había una pequeña habitación con un mapa. El que me decían que mirara cada vez que iban a hacerlo. Y yo fingía mirar, pero pendiente del pinchazo. Entonces podía comprar confites minúsculos, de colores, que tenían gusto a anís, y me daban en un conito de papel.

Antes de los 10 años (según modalidad ¿moda? de la época) fui operada de amígdalas. La cirugía la realizó el médico del barrio y utilizó gas. A los niños se les decía que iban a ver una calesita. Lo que vi era la sierra del carnicero girando y cortándome. No les perdoné a mis padres que me mintieron para someterme a esa cirugía. Reviví ese recuerdo en una experiencia con ayahuasca.

Me surge que tal vez tengan conexión con mis sueños repetidos. Desde la puerta de calle del departamento, se podía ver al fondo del pasillo la luz de la cocina cuando estaba encendida. En mi pesadilla la luz está encendida y sucede que mi madre es una bruja y mi padre es un monstruo, pero en mi sueño, debo intentar rescatarlos de su condición. Aun sabiendo que es muy difícil, debo entrar, atravieso el pasillo y cuando llego a ellos trato de salvarlos. Pero es vano. Entonces emprendo la huida a lo largo del pasillo, llego a la puerta cancel, la abro y sigo, llego a la puerta de calle porque si alcanzo a salir estoy a salvo, busco la llave, logro hacerla girar, abro la puerta y ya estoy afuera.

De miedos y secretos

Un miedo que me paralizaba, era a la policía. Podía venir a quitarme el chupete o a llevarme presa por utilizarlo. ¡Y yo no podía renunciar a él! Los agentes vestían uniforme azul, se completaba entonces, con una gorra con visera. Hice extensivo ese miedo a todos los que usaran una gorra con visera, por ejemplo, los guardas de los tranvías, que usaban un uniforme gris y gorra, también gris pero con visera. Como era un secreto vergonzante usar chupete, y casi un delito, si yo lo llegaba a usar en público, me escondía en el pecho de mi mamá, y así salvaba los riesgos.

También tenía miedo a los disfraces, y especialmente en Carnaval, al de los indios. Recuerdo la textura de la seda y el color amarillo del vestido de mi mamá, en la falda del que me escondía, cuando en el Corso, se acercaba alguna tribu.

Recomponiendo la historia creo que hubo cierta  sordera, y es que no era propio de la época dar la palabra a los niños “que debían callarse cuando los grandes hablaban”. Aunque no dudo que mis padres hicieron todo lo que pudieron para que creciéramos sanos, que les preocupaba nuestra educación y que formábamos parte de lo más valioso de sus vidas, esos recuerdos se asocian a una sociedad partida en bandos de edad, irreconciliables entre sí.

Puedo decir en su descargo que estaban seguros de obrar bien, a pesar de las inyecciones recetadas por nadie y de la mentira para someterme a la máscara de gas. Y puedo hacerme eco hoy, de la importancia que dieron a la escolaridad primero y a la formación académica después. Me trasmitieron ese como un valor a incluir en mis proyectos ¡Estoy oscilando entre la necesidad de acusarlos y el deber de reivindicarlos! ¿Habrá padres que no cometen errores? ¿Cómo cuestionarme ahora que tengo hijos? Que mis hijos pueden hacer la crítica también de lo vivido con esta madre que soy.

Los que han estudiado el tema de la maduración emocional, con Freud en los planteos más consecuentes, plantean que las tres tareas del ser humano para acceder a la adultez son amar, trabajar y desprenderse de los padres de la infancia. Para poder desprenderse es obvio que se debió haber estado ligado. Creo que lo estuve intensa, profundamente. Y que el sueño de la huida del departamento, en que debo alcanzar la puerta para salvarme es muy elocuente. La salvación estaba en poder crecer, pero crecer no fue sin costos de esfuerzo, tristeza, miedo.

Esfuerzo de la lucha cotidiana entre el universo de los chicos, frente al universo de los adultos: los bandos inconciliables ¿generacionales? La tristeza, esa sentida en los cumpleaños, por el tiempo que pasa. Y en las pesadillas, el miedo. Porque de quedarse en la casa de la infancia y con los padres de la infancia, sin vivir la propia vida, hubiera sido mortífero. De ahí el afán de correr, moverse de lugar y apoderarse de la calle.

La escuela

El ingreso a la escuela fue complicado. Me habían inscripto en una escuela religiosa (por una creencia de la época en que se suponía una mejor educación paga, solo de niñas y en colegio privado) que quedaba a unas diez cuadras. Este tema de la escolaridad para niñas seguía el mandato de separar a las niñas, de crear obstáculos en el trato con los chicos, sentidos como peligrosos y esta idea respondía atenta, a los criterios represores que tenían tradición. Cuando descubrieron a los pocos días, la incomodidad de trasladarme, pidieron el pase a la escuela fiscal de la otra cuadra. O sea que el  intento de un primer grado en San Miguel, con el patio gris y bancos enormes para niñas de 10 años (volví en cuarto grado a la misma aula) y una monja al frente, duró poco. Fui entonces a la escuela más cercana. Se llamaba F.D. Roosvelt y tenía una maestra gorda y maternal que me cobijó con afecto. Además me aferré a mi compañera de banco para insertarme en ese grupo en que era “la nueva”. Pero la vuelta al colegio de monjas seguía formando parte de las ambiciones de mis padres.

En  primer grado, esa maestra me designó para decir un versito: trataba de la gallina Co-Co. Mis padres y mi hermano debieron pensar que era muy infantil para una chica como yo. Así intervinieron para que en la fiesta, recitara otro: El mendigo, de Amado Nervo. Si lo conocen saben de qué hablo. Es una poesía con reflexiones acerca del paso del tiempo, del envejecimiento y del respeto a los viejos carenciados.  Terminaba diciendo: “Cuando la vista se acorta es cuando se comienza a ver”. Era lo que le decía el anciano mendigo, al joven que lo atropellara. No creo que yo entendiera el sentido, pero la sabía de memoria. Ellos creían que estaba más a la altura de mis capacidades. Y yo también me lo creí durante mucho tiempo.

En esa escuela me había fascinado el regalo de otra niña, una alumna de segundo: era una piedra roja como la que lucía mi mamá en su anillo: un rubí. La piedra que me obsequiara esa niña era brillante y translúcida, bellísima. Se trataba tal vez de un botón de vidrio, pero no acepté esa posibilidad hasta mucho tiempo después: para mí fue un rubí como el del anillo de mamá y me costó  resignar esa idea.

Y cuando en tercero, a pesar de la protección de la maestra gorda y maternal, volví una tarde de la escuela con un diente roto, se dio por supuesta la negligencia de la escuela y se selló el pasaje a otra escuela. Sí, al patio gris, los bancos altos y esta vez, una monja malísima en que cursé solo un año, el cuarto grado. También de ella me cambiarían. Terminé la primaria en otra escuela. Menos resistida por mí que San Miguel, menos devaluada que la de la otra cuadra, por mis padres.

No estuvo bueno cambiar tres escuelas. Acostumbrarme a otro espacio, otros compañeros, pero no se tenían muy en cuenta esas cosas. Tal vez me sirvió como entrenamiento. Sobre todo el litigio injusto por la disparidad de fuerzas con la hermana Emilia en cuarto grado. Es una figura siniestra en mi memoria.

Los domingos

Mi papá los domingos iba a la cancha. Antes de irse, mientras se alejaba por el pasillo hacía rodar una moneda hacia mí, que era su regalo y que yo guardaba en las alforjas de un burrito de paño lenci. Después con mi mamá, tomábamos el tranvía que nos llevaba a la casa de mi abuela materna en calle Cerrito, la casa de las 14 higueras y el cañaveral en el fondo inmenso. Solía encontrar a mis primos: Tonino. Vilma y Luis. Hacíamos casitas y diseñábamos jardines.

Tonino era de mi misma edad y hoy nos telefoneamos de vez en cuando. Vilma era bella y atormentada. Murió dejando dos niñas, que se preguntan si las amó. Era la rubia de hoyuelos de mi niñez.

Con Luis la relación siguió y es uno de mis amigos más cercanos, apto para todas las confidencias.

Había primos más grandes: Chilo y Pimpi de la edad de mi hermano, que hacían grupo.

Y otros más pequeños: Tere, Daniel que todavía no jugaban con nosotros, y mucho después Enrique.

Además de mi abuela que era afectuosa, en la casa de calle Cerrito, tenía los mimos de mi tía Lola. Ella había deseado tener una niña, y en cambio tenía dos hijos varones (y luego tuvo seis nietos varones). Creo que tal vez por eso me consentía y tenía un trato más que paciente conmigo. Me dejaba peinarla por horas y me permitía subirme a su falda que era enorme, suave y mullida. Años después en las mueblerías aparecieron unos sillones que llamaban “médanos”. Amplios, confortables e inmensos: lo más parecido a la falda de mi tía Lola que yo conocí cuando yo era chica.

Y al atardecer de esos domingos íbamos a la casa de la otra abuela en el centro, en calle Corrientes, con sótano y carbonera, donde estaban mis otras tres primas: Cristina, Marta, Rosa. Éramos más o menos de la misma edad, teníamos intereses en común y jugábamos mil juegos. A juegos de mesa, a  dibujar, a recortar revistas, a dar una vuelta. De allí nos iba a buscar mi padre, a la vuelta de la cancha.

Cuando falleció mi abuela materna, tenía 11 años. Desde allí las visitas fueron solamente a la casa de la abuela paterna, y la relación con mis primas se hizo más intensa. Fue preparando el camino a las salidas de la adolescencia. A recorrer los domingos al atardecer, después del cine, la calle Córdoba y mirar y ser miradas por los muchachos.

Duelos

Fue algo en verdad grave, esa muerte de mi abuela Enriqueta. Mi mamá entró en un duelo de cinco años. Eso implicó verla vestida de negro y de que se impusiera en la casa un clima muy apagado. Yo había tenido la ilusión de que podía vivir y equivocarme, que había una especie de vida en borrador, y después vendría la definitiva. Allí aprendí que hay cosas absolutas como la muerte, tiempos sin retorno. Esa muerte significó visitas al cementerio todas las semanas primero, después cada quince días, luego más espaciadas. Y el luto, que entonces formaba parte ineludible en el vestir y en la restricción en las salidas. Cine no. Fiestas no. Diversiones no. En realidad la salida habitual era esa: al cementerio, con su ritual de flores, el cuidado de la tumba y la recorrida por otras de familiares menos cercanos, a los que también se visitaban. El cementerio formó parte de vigilias y de pesadillas. Una presencia ineludible en mis recuerdos sombríos de entonces.

Dos acontecimientos recuerdo: no se escuchaba la radio en los primeros meses y  todo era silencioso y solemne. Una vez me puse a cantar, olvidada de que “estábamos de duelo” y recibí un reto. A los 11 años era difícil tenerlo siempre presente. Y no fue justo. Y el otro acontecimiento fue que, un par de años después, mi primera cita se truncó porque estábamos en la época de las visitas quincenales al cementerio, y coincidió una de ellas, con el acuerdo del grupo (manada de chicos y chicas, mis primas entre ellas) para ir al cine. Fueron a ver “París en abril” y yo me la perdí. La salida, la película y el encuentro con Mario. Tampoco fue justo.

Puedo contar en este recuento, más visitas al cementerio La Piedad con mi madre, que otras festivas o celebratorias. ¿O será que en mi recuerdo están sobredimensionadas? Luego también la enfermedad de su hermano Alfonso, que supuso largas internaciones, nos llevaba a verlo en el Hospital, y eso suponía una salida en que la acompañaba. Que tenía un significado diferente para ella, que yo no llegaba a compartir. Mi tío me regalaba los libritos que las monjas le dejaban sobre cuestiones piadosas y vidas de Santos. Todavía conservo algunos como el que relata el heroísmo del padre Kolbe, que murió en los campos de la Europa invadida por el Nazismo.

 Amigas

En la niñez, la más cercana fue Mirta, con la que compartimos juegos y tareas. Vivía en la casa de al lado y era más tímida que yo.

En la adolescencia fue Susana, De aquella época fueron las primeras salidas, los primeros bailes y todas las confidencias. Pero cuando terminamos el secundario, no le permitieron inscribirse en la Facultad. Sus padres eran muy conservadores. Eso marcó un quiebre, y a partir de allí dejamos de estar tan cerca. Hice nuevos vínculos, pero ella, como antes Mirta, ocupó un lugar importante. Siempre la amistad fue parte de mi vida. No puedo recordar ningún momento en que no haya contado con una o más amigas con las que compartir mis dudas, mis reflexiones, mis aprendizajes. También mis primas, como dije, fueron compañeras de salidas en la adolescencia. Nos reuníamos en la casa de calle Corrientes los domingos, salíamos a caminar, iniciábamos romances que nos hacían sentir heroínas de historias románticas.

 

Y también tuve primos, especialmente uno: Luis

Escribí hace años un texto sobre nuestra amistad. Se llamò:

 EN BUSCA DE LAS ALAS PERDIDAS

Todo empezó con Luis.
Porque yo nunca les hablé de Luis.
Es mi primo. Y el primer hombre que durmió conmigo.
Sólo que en aquel entonces tendría unos 5 años.

               A mí no me causó mucha gracia que mi mamá lo acomodara en mi cama. Creo que desconfiaba un poco de lo que sería la estadía en mi casa de ese intruso. Luego supe que tenía razón en desconfiar. Por los efectos que tendría en consecuencia ese encuentro y los que siguieron.

               Lo habían traído porque su hermanita tenía varicela. Para evitar que se contagiara. Él no se contagió de la varicela. Pero me contagió a mí. De audacia, fantasía, irreverencia y temeridad.

               Yo era una nena que jugaba con las muñecas, vestía polleritas con enagua almidonada, pedía permiso para levantarme de la mesa, decía salud si alguien estornudaba y pedía las cosas por favor.

               Además les cedía el asiento a las viejitas, me callaba cuando los grandes hablaban y jamás decía palabrotas. Un verdadero modelito. De boluda.

               Luis era un reo. Un Huckleberry Finn del subdesarrollo. Vivía en el barrio del abasto. Andaba solo por la calle, desde el corralón del padre a la casa de su abuela.

               Tenía una patota que se agarraba a las pedradas con la de la otra cuadra. O en la que se combinaban para distraer al kiosquero y robarle los carambones Lerithier.

               Él era ágil, rápido, travieso y fabulador.

               Contaba historias imaginarias como si fueran reales y hacía que la realidad pareciera un juego de imaginación.

               No conocía el respeto por la sagrada autoridad de los adultos, y siempre estaba dispuesto a correr riesgos, descubrir cosas, meterse donde debía y donde no debía por puro gusto.

               Me hizo conocer recovecos del Parque Independencia, subiendo a la Montañita, no por el camino principal, sino por atajos en donde nos sentíamos valerosos alpinistas.

               Me mostró las maravillas de las barrancas, donde podíamos jugar a los exploradores, en la zona del Parque de la Ancianidad.

               Me llevó a las Quebradas del Saladillo, en donde nos zambullíamos en las fosas más profundas y saltábamos al agua desde las cornisas más altas, con el delicioso placer de hacer algo peligroso.

               Con él, yo me animaba.


               Un 1º de Mayo, como su padre no usaba la jardinera para el reparto, me vino a buscar para dar una vuelta en el percherón. En pelo no más.

               Lo dejó atado en la puerta de calle del departamento donde yo vivía. Era en calle Córdoba al 3.900. Pasaban autos, ómnibus, tranvías, camiones y motocicletas, y ese día, doy fe, los conductores miraban el matungo atado a mi puerta, como no pudiendo creer, con los ojos abiertos como huevos fritos.

               Otra vez, años más tarde, me llevó desde mi casa hasta la mismísima Facultad, en pleno centro y que en aquel tiempo era refinada, en el caño de su bicicleta y pedaleando como un descosido. Para devolver el gesto de asombro de la gente atildada que nos veía llegar pusimos la cara de nada  más rotunda que nos salió. Confieso que me dolió el traste una semana, pero valió la pena.

               La que me parecía fantástica era su capacidad de hacer lo que se le daba la gana. El suyo además, siempre fue un mal contagioso: reírse. Yo sabía que estando con él íbamos a encontrar de qué reírnos. Al fin, nos complementábamos: él tenía la decisión de hacer lo que a mí se me ocurría y no me atrevía.

                Al fin, era como un realizador de fantasías...Los temerosos nos quedamos sentando cabeza y pavimentándonos el alma...Él es la clase de loco que nos reivindica.

               Luego vinieron con la juventud paseos más calmos. Yo lo llevaba al Museo Estevez, para que conociera La cabecita de Venus de 300 años a. C., los tapices, y los gobelinos, las piezas de jade y el “Jonás saliendo del vientre de la ballena”, antes de que se lo afanaran.

               También me acuerdo que vimos juntos “El rehén”, con el clan Stive, y estaban todos, Bárbara Mujica, Marilina Ross, Emilio Alfaro, Norma Aleandro...y lo más extraordinario era tal cantidad de puteadas en el escenario.

               Después fue “Nacha de noche”.

               Y hasta “Una lección de anatomía”, que nos conmovió y que comentamos después de la función. (Allí yo aprendí, desnudo colectivo de por medio, que el tamaño de los genitales de los caballeros no es proporcional a su estatura y complexión física. Esto es, que un grandote tipo ropero, podía resultar más bien modesto a la hora de la verdad, y un pequeñín enjuto en cambio, sorprender y asombrar. Claro, yo era un poco tímida, por eso, debo reconocer que salí del teatro sabiendo más de la vida).

Cuando se fue a vivir a la Capital, lo visitaba algunos fines de semana. Él vivía en un departamento choto de un ambiente.

               Yo ya estaba casada, porque a todo esto el tiempo había ido pasando, iba con mi marido y nos amontonábamos todos, y nos reíamos todo el tiempo. Y éste era un tiempo distinto. Un tiempo en que se rompía la rutina que me había ido metiendo en trajines ligados a un trabajo seriote, al cuidado de hijos que primero mamaban, después gateaban y por último filosofaban.

               Trajines en los que por ahí, aunque me publicaban un libro, seguía fracasando con las plantas, al punto en que hasta los helechos de plástico se me secaban.

               ¿Y Luis?. El seguía viviendo insólitas aventuras...como taxista en las violentas calles, desde Constitución a Recoleta, en Brasil como cosmetólogo de damas paulistas, a su vuelta como guía turístico, como vestuarista de desfiles para Sudantex, como líder sindical en el gremio de textiles y al fin como ejecutivo de GRAN  empresa GRAN.

               Una vez le dije: -No es por ser corrosiva y disolvente, pero creo que vamos a llegar a los 90 años, encorvaditos y desdentados, y vos me vas a decir. -¿A qué no adivinas, prima, en qué ando ahora?-. Y seguro que no voy a poder adivinar.

               Es que su disposición a cambiar de ocupación, de residencia o de estilo de vida, lo marcaban como el traste de más mal asiento, que una pueda pensar.

               Siempre tenía novedades que contar y programas ingeniosos que sugerir. El Mercado de las Pulgas (que mis hijos rebautizaron La Feria de los Piojos), el Restaurante flotante del Tigre. O los carritos de la Costanera.

               Además de los amigos insólitos, como aquella modelo negra hermosísima, y además de las revistas porno, que yo miraba sólo de reojo.

               La última vez nos esperó con un paseo sorpresa: -En Atlanta funciona una pista de patinaje sobre hielo-.

               ¿Atlanta?. Mi hijo abrió los ojos. Él sabe que de este tío, se puede esperar cualquier cosa.

               Sí, Atlanta. Y dijo lo más suelto: -Podemos ir en tu Citröen...-. ¡Irresponsables!. Como cuando saltábamos en las quebradas del Saladillo a la fosa más profunda desde la cornisa más alta.

               ¿Manejar en Buenos Aires?

               -Si, dale...desde Congreso a la cancha de Atlanta es un ratito. Si pasamos por Corrientes ves el Obelisco todo empapelado...-.

               Con él me animo.

               Manejar en pleno centro. Hasta la cancha de Atlanta. Si, la de los kilombos de la interna del Justicialismo...La de la pista de patinaje.

               El marido escucha preocupado mientras finge leer el diario: - No rompan el auto!-.

               Busco mis llaves. ¡Vamos Mari todavía!.

               Bocinazos, veinticinco carriles de cada lado como meteoros que me pasan zumbando...¿por qué tantos coches en la calle?. ¿Adónde van, a un incendio?.

               Tengo la sensación de haberme tragado un hipopótamo que me retoza adentro y que desplazó el estómago y los ovarios hasta la garganta. Pero llegamos. Sin duda la proeza del día estaba cumplida.

               Triunfal pero agotada me tiro en una silla del bar.

               ¿Patinar?.

               -¡No, vamos...¿estás bromeando?. Trajimos al nene... andá vos con él, yo no me anoto-.

               (Vengo a Buenos Aires para un Congreso de Salud Mental, soy seria, soy adulta...Si me caigo en el hielo me reviento).

               Se lleva a mi hijo y se calzan los patines.

               Me muero de envidia cuando los veo deslizarse al compás de “Sobre las olas” y “Danubio azul”. Estoy verde como la acelga de ganas de estar también yo allí, patinando, volando...

               Me juro a mí misma: Voy a entrenarme, y para el próximo Congreso, en vez de sesudas sesiones voy a tener pista de hielo...

               Por eso, esa tarde de sábado, mientras batía una Exquisita de chocolate, que es hasta donde llega mi talento en repostrería, me acordé de la que comí en Atlanta mientras esperaba y envidiaba.

               Los chicos abrieron la puerta del horno para que pusiera la torta a cocinar.

               Les pregunté: -¿Me ayudan a patinar?. Prometan que no lo van a contar y que si me caigo de culo no se asusten-. Juraron con solemnidad.

               Me calcé los patines y me sostuvieron. Uno de cada mano. Con ellos, me animo.

               Despacito me llevaron deslizando. Primera vuelta.

               Mi hija dice: -Te suelto un poquito, pero estoy al lado. Si te vas a caer, te agarrás de mí. (Pienso: de estos 9 años me puedo sostener como de una grúa).

               Segunda vuelta alrededor del patio y mi hijo dice: -Dame la mano para ir más rápido- (Pienso:  de esta mano de 6 años llego patinando al Polo).

               Tercera vuelta. Ellos caminan, corretean y saltan a mi lado, mientras yo patino, patino, patino ¡y no me caigo!. ¡¡¡Atlanta nos espera!!!.

               No tendré el cinturón de volar (ése que soñé desde chica y que después usó el chanta de James Bond) pero puedo patinar ni caerme. El patio es chico para mi vuelo. Me deslizo rápida, diestra y feliz.

               De pronto mi hija, siempre la más, (¿la única?) responsable grita: -¡La torta!-

               Debo convencerlos de que bien vale chamuscar una torta si es el precio de recuperar la capacidad de vuelo.

               El tío Luis lo entendería. Al fin, él siempre estuvo a favor de correr riesgos.

               Como Susy, mi paciente.

               Me prestó el cassette de Baglietto para que lo escuchara. Dijo que una de las canciones, El Témpano, la refleja. Es de Adrián Abonizio.

               “La lucha es de igual a igual

               contra uno mismo

             y eso es ganarla.

               ...Vivo para no perder

               Voy al fuego como la mariposa

               Y no hay rima que rime con vivir...”


               Susy es la huérfana más huérfana que conozco. Y también, tal vez por eso, la más madraza. Loca linda. Gracias Susy. No solo por El Témpano. También por eso que dijiste: -Cuando una ha vivido y se ha golpeado, puede hacer dos cosas, o ponerse en hija de puta para siempre, o volverse a arriesgar a sentir. Y agregaste: -¡Má si, yo me arriesgo!-.

               Se supone que yo la ayudo.

               Se supone que yo soy la cuerda.

             Se supone que yo sé.

               Se supone que ciertas cosas debería decirlas yo.

               Que contesté muy formal: -Ajá.

               Y pensé: -Y yo ¿me arriesgaré?.

               Esta noche, escuchaba a Baglieto, quería escribir esta historia, la ayudaba a mi hija con Sujeto y Predicado, ordenaba un poco los papeles y me acordaba de Susy, de Luis.

               Puse el cassette y me fui a patinar.   1983             

 

El tiempo fue pasando

Y coincidieron y se superpusieron, a esas ansias de libertad que eran mías, y que Luis encarnó en mi vida, otros aprendizajes que pusieron frenos al vuelo.  Y si bien este texto sobre Luis, pertenece a los escritos de la mediana edad, pensé que valía incluirlo aquí,  por la relevancia que él tuvo en mi niñez y adolescencia. Y también después

¿Qué pugna se desarrolló a lo largo de mi historia entre la recatada obediencia a los mandatos razonables y  el gusto por la aventura, la fantasía y la gozosa rebelión a los mandatos? ¿Entre el desafío a lo estipulado y la transgresión que libera, pero asusta?

Sueños repetidos

Además de la pesadilla de la niñez, en que mi madre se convertía en bruja y mi padre en monstruo y yo sentía que tenía que salvarlos y era imposible, hubo otros dos sueños reiterados. Ese tenía un carácter persecutorio y lo he ligado a la necesidad de crecer. De desprenderme de mis padres.

Respecto a los otros: en uno de ellos me sentía muy sola y trataba de recordar y no podía, si es que tenía o no un vínculo amoroso. ¿Quién era mi pareja? ¿Había alguien que me amaba? ¿Estaba yo amando a alguien? En mi pesadilla no lograba saberlo. Tal vez por lo enigmático de los vínculos. Tal vez por poco que sabemos de los otros y de nosotros mismos. A lo incierto de la continuidad y permanencia en los afectos.

 En el otro, A. y yo estábamos juntos, pero no habíamos tenido hijos, postergando la decisión sin habernos animado a realizarla. En el transcurso del sueño yo me angustiaba, porque era tarde ya.  Me abrumaba la dolorosa sensación de no haber podido realizar un anhelo, el más significativo de los que hubiera podido pensar.

Despertaba con alivio. Descubrir que si en la vida aciertos y errores, seguro que había muchas equivocaciones, pero no había cometido esas, que hubieran implicado dejar de vivir lo más importante.

Ahora sueño que recorro lugares, algunos conocidos y otros no. Algunos cercanos en mi ciudad y otros distantes. Acompaña en esos sueños el sentimiento de estar explorando y descubriendo con alegría y sentimiento de triunfo distintos paisajes.

La adolescencia vino marchando (y me atropelló)

Con el ingreso al Normal empezó una etapa: las medias largas, transparentes, daban patente de señorita, tanto como los tacos altos y el maquillaje. Para esa época, fin de la escuela primaria y comienzos de la secundaria, cada día era una oportunidad de interesantes pero angustiantes aprendizajes. La relación con las amigas crecía en apego, empezaron a convertirse en lo más importante. Cómplices en la búsqueda de respuestas, en la construcción de sentidos, tener amigas con las que compartir tantas dudas, fue la tarea de la adolescencia. Los primeros encuentros con muchachos suscitaban  la curiosidad de descifrar cómo era ese otro universo de lo viril, tan enigmático. Aprender de ese otro mundo tan diverso, comprender esa otra visión nos desvelaba a quienes no habíamos tenido mucho entrenamiento previo.

Luego llegaría la expectativa de enamorarme, alguna vez, quién sabe…

Pasó la escuela secundaria  y con la elección de carrera,  un momento clave. No fue fácil, pero pude sostener la elección, cursar y recibirme. Juntos se dieron pareja y comienzos profesionales. Pero eso es otra historia…

Desde hoy

Y llegando al presente, surge este deseo de recomponer las piezas y armar estos recuerdos de lo que fue la niñez y la vida que atravesé. En ese recuento tuvo peso la tarea de desalojar una habitación en la que encontré recuerdos de entonces

Con el tema de ir habilitando un lugar de trabajo para Pablo, estamos despejando lo que fue el comedor, de los muebles provenzales de mi mamá. Los trajo cuando vino a vivir a la casa. Era el espacio más clásico y también el menos utilizado. Sé que ella estaría feliz de saber que su nieto instalará allí su lugar de  consulta (es la primera habitación y da al jardín).

Pero remover esos muebles y vaciarlos es dar un paseo por la historia, por mi historia,

En la parte superior del bargueño estaba el juego de copas, así que no ofreció grandes emociones.

Pero en la inferior estaban dos muñecos de mi lejana, lejanísima niñez. Uno, un bebote, lo había ganado mi padre en una kermese del club. La otra un regalo de Reyes, y me parecía maravillosa con sus ojos azules de pestañas larguísimas. Tendría 6 años cuando la recibí.

Al vaciar el mueble aparecieron la cajita de música como un gramófono en miniatura, que les regalé en uno de los últimos aniversarios, y un faro-velador  de metal  que mi hermano trajo una vez cuando yo tendría unos 10 años, el 17 y compró con su primer sueldo.

No abrí todavía varias cajas con otros recuerdos, pero estoy juntando coraje con este viaje al pasado.

Además están los óleos de mi hermano, paisajes y retratos muy bellos. No sé qué haremos. Son varios y no tendrán lugar en el consultorio de los chicos.

Habíamos postergado la tarea, pues la idea era que Anahí se llevara los muebles, y los cuadros. Si se trasladara a una casa grande. Pero parece que no será en lo inmediato.

En principio quedarán los muebles depositados en el taller del fondo, donde dispusieron un lugar.

Los cuadros debidamente embalados encontrarán refugio.

También encontré carpetas y papeles que deberé revisar y clasificar.

En fin, supongo que es una tarea ardua pero ineludible, porque me había prometido no dejar  trabajo innecesario a mis hijos. El que dejan los padres y madres cuando se van y debe desarmarse una casa.

Pero cuando me avisaron que era preciso empezar, pues el pintor entrará pronto, sentí algo, un sobresalto... Me puso en marcha en varios sentidos, Y éste escrito, es uno de ellos.

 

Segunda parte de “Las madres atroces”

El nombre


Este trabajo continúa uno anterior, que estuvo centrado en materiales clínicos en donde se intentaba describir  como el vínculo de algunas madres con sus hijos, estuvo impregnado de severos conflictos. Aquel planteaba los efectos de esa conflictividad en el discurso de madres e hijos consultantes. Tanto como para dar cuenta de lo que di en llamar lo atroz, o lo feroz en lo materno.

Revisadas esas postulaciones, creo que cabe pensar lo maternal desde una amplitud, en donde quepan todas las posibilidades.

Desde la abnegación y generosidad más absolutas, al egoísmo y crueldad más profundas, según la variabilidad de lo humano implicado en cada caso.

Y si afinamos la mirada, bien cabe sopesar en cada vínculo la diversidad de momentos que señalen variaciones en es ambivalencia inevitable que nos habita. Y que aún en aquellas madres que hacen de lo materno el eje de sus vidas (tal vez por eso mismo), puede estar por momentos teñido de afectos contradictorios.

Entonces, más que hablar de madres atroces, podríamos referirnos en toda maternidad, aún en las más armoniosas, a la cuota  de lo atroz o lo feroz que porta ineludible y a sus efectos en la constitución subjetiva. Y tomando del diccionario alguna de las significaciones, definiremos lo atroz, como lo cruel, terrible, insoportable. Y como feroz, aquello que ataca con violencia y causa daño. Las utilizaremos en un mismo sentido.

l. El propósito de este escrito es volver a reflexionar acerca de un mandato

El que establece a la maternidad como eje vital  de la subjetividad femenina. Mandato que cae sobre las mujeres desde que son niñas y determina la mayor parte de sus esfuerzos y logros.

Las teorizaciones de la escuela de Psicoanálisis y Género cuestionan dicho mandato: Burin plantea:

Si ponemos tanto énfasis en subrayar el análisis de la configuración de la subjetividad femenina , es porque entendemos que el privilegio del deseo maternal, como deseo constitutivo de su subjetividad, ha ejercido un modo de opresión  específico sobre el aparato psíquico  de las mujeres. ¿Qué clase de opresión? Aquella consistente en que para devenir sujetos, no alcancen a representarse más allá del deseo maternal, otros deseos, como posibles y legítimos. Nuestro objetivo, consiste en propiciar una ampliación de la subjetividad femenina mediante la representación de otros deseos, múltiples, diversos, más allá del deseo maternal. (pág. 216) (1)

Bonaparte, a su vez agrega:

El estigma santificador por excelencia es la maternidad. Pueden distinguirse dos aspectos en la consideración (¿manipulación?) sociocultural de la misma. El primero es la calificación de “exclusiva”. Nadie puede parir si no es mujer..El parto es un acto intransferible, pero puntual: nadie puede reemplazar a la madre en ese lapso de minutos u horas que dura el alumbramiento.(p. 74)(2)

El otro aspecto del estigma santificador es el que califica a la maternidad de “excluyente”. Significa que “ser madre” es tan importante que absorbe y agota todas las posibilidades de ser de la mujer que ha tenido un hijo. Cualquier preocupación que y actividad que distraiga o aleje a la madre de su quehacer “trascendente” es vista como negativa, obstaculizante, contraindicada, contraproducente, transgresora, socialmente indeseable y hasta como casi diabólica…Se opera así un verdadero “chantaje ideológico” que toma al hijo como rehén, convirtiéndolo en pretexto para confinar a las mujeres dentro del hogar. (p. 75) (3)

Fernandez aporta:

Las significaciones imaginarias producen un real: Mujer=Madre.  ..han hecho reversibles dos ecuaciones muy diferentes, porque una cosa muy diferente es decir que para ser madre se necesita ser mujer, que decir que para ser mujer se necesita ser madre. Sin embargo, su uso, por un deslizamiento de sentido, característico del discurso ideológico, se ha hecho equivalente.

¿  es posible una desmistificación de la maternidad, en el sentido de una madre que no abarque toda la mujer, pueden observarse en los últimos decenios, prácticas de maternaje- y por ende procesos subjetivos- que darían cuenta de cierta desimplicación de los términos Mujer y Madre. (p. 165) (4)

Desde la experiencia clínica los discursos que fui registrando componen una galería  que da cuenta de dicha cuestión. En la casuística, como motivos de consulta, fueron muchos aquellos en los que se destacaba la presencia de temas en torno al ejercicio del rol materno-filial. La mirada de la madre, el contacto piel a piel y el sentirse llamado por su nombre, como sedes de un encuentro fundamental para el cachorro humano.

“Para el psicoanalista Donald Winnicott (especialmente en su artículo “Objetos transicionales y fenómenos transicionales, primera posesión no-yo”), los cuidados maternos son responsables de que el aparato psíquico del bebé inscriba un silencio primordial; un silencio confiable para sostener las palabras; un silencio cuyo destino no será devenir hostil a la palabra sino, por el contrario, ser punto de apoyo de todo futuro decir que tenga vocación de diálogo. El silencio que se hereda de los cuidados maternos nutre toda posible elocuencia en un futuro parlante.” (5)

El psicoanalista Daniel Ripesi lo plantea, retomando la obra de Donald Winnicott, y señala que el verdadero acceso al diálogo –y a la palabra misma– sólo es posible cuando en el primer vínculo con la madre pudo instaurarse, tenso pero confiable, un silencio.

A poco de revisar encontré ratificada la idea de que para el universo de consultantes femeninas ese silencio confiable integraba la problemática existencial y la de ser madre y los modos de serlo y ocupaba mucho espacio en mis anotaciones y a lo largo de todo el tiempo de mi ejercicio profesional. He recibido en consulta a mujeres que siendo madres  hablaban en primera persona de si mismas y a hijos e hijas que trían su relato acerca de la presencia materna en sus vidas.

Casuística:  En mi tesis de maestría, investigué en un grupo de consultantes los motivos por los que llegaban, y fue sobresaliente el referido al tema que nos convoca. Las consultantes recibidas fueron 53. Se trataba de mujeres en su mayoría residentes en nuestra ciudad y pertenecientes a la clase media. Entre ellas había una mayoría de docentes, algunas profesionales, empleadas, estudiantes y amas de casa. En cuanto a sus edades cubrían la amplia franja desde los 18 a los 65.

Así escuché a madres. A hijas. A mujeres que eran hijas, e intentaban ser madres, o a las que ya lo eran. Allí se esbozó el interés que dio lugar a Madres Atroces y a este nuevo escrito. (6)

Conversando el tema

Las conversaciones sobre el tema, surgido en relación a la lectura de mi texto, así como el comentario escrito de dos colegas, me motivan a abundar en reflexiones sobre las madres atroces desde las perspectivas aportadas por dichos intercambios.

También los relatos de pacientes sobre los avatares de un vínculo que se describe como el más complicado, me llevaron a seguir nuevos rumbos (no tan nuevos).

La gravedad de la ferocidad materna deviene del desamparo y dependencia del infante y del niño, así como de la conflictiva en la mujer que, bien o mal, va a maternar. Las posibles marcas quedan aún cuando cronológicamente se hayan alcanzado recursos, y con la edad se puedan arbitrar defensas. En algún rincón el niño desvalido clama, aunque el vagido se transforme en reivindicación y el miedo a perder el amor, en anhelo de venganza. A mayor necesidad primero, mayor hostilidad después hacia esa fuente de vida que se transforma en amenaza de muerte si se sustrae.

Así los primeros niveles de sufrimiento y angustia, que no van a depender solo de la capacidad de respuesta materna, sino también de la carga tanática, la pulsión mortífera que porte el niño, esto es, la suma de ambas (capacidad de respuesta materna y disposición del infante), influirán en la historia que se genere desde allí y en más.

Existe una convicción y es que la posibilidad de vinculación amorosa u hostil de la madre, escribirá el rumbo de dicha historia. Ello ha significado para muchas el deseo de no hacer a los hijos lo padecido en aquella antigua etapa de vulnerabilidad, como hija de aquella madre. Para otras no ha sido así, por el contrario, ha creado la oportunidad de ejercer un poder despótico y arbitrario.

Una de las eventualidades es que con el paso del tiempo y el envejecimiento de los que fueron adultos cuando los/as hijos/as era niños/as, los roles se modifican y la vulnerabilidad cambia de lugar así como la capacidad de cuidado o de ejercicio de un poder, que a veces fue destructivo.

Aunque los cuestionamientos pueden variar, en la actitud que se tome frente a estos hechos (y al cuidado de hijos y de padres ancianos)  es útil pesquisar lo que faltó, así como que el tono de las historias varía según quien la relate, y no es infrecuente que se den repeticiones, que el psicoanálisis  descifraría como “el repetir activamente lo padecido pasivamente”.

. Es así que casi como en una  fórmula, puede interrogarse la correlación entre el desamparo y dependencia del cachorro humano y la posibilidad de la ferocidad materna. A mayor fragilidad, mayores posibilidades de que ejercicio despótico de un poder que entonces se expresa (puede expresarse) sin límites.

La eventual protección generosa que ese desvalimiento convoca, constituye la otra respuesta posible, y es preciso incluirla, (¿es la descripta por Winnicott?) pero como lo que produce efectos demoledores es la hostilidad que mencionamos en primer lugar, prestaremos atención a esta eventualidad.

Es la que daría cuenta de los niveles de sufrimiento y angustia, que verbalizan los/as consultantes en su relato. Y si bien existe la chance, como señalábamos,  de que alguna madre se proponga no hacer padecer a sus hijos/as lo padecido como hija, también podemos encontrar en otra, la decisión de actuar activamente lo padecido, y escuchar que en ese caso plantee, tal como registramos en el trabajo anterior: “Si me arruinaron la vida ¿por qué yo no voy a hacer lo mismo?”

Así cabe considerar las genealogías, pues el vislumbrar como se vivieron las experiencias desde la filiación puede iluminar el modo de maternar. Y así entran a tejerse historias respecto a la madre de la madre de la madre…que iluminan el territorio que exploramos.

El cuestionamiento cobra mayor fuerza si consideramos diversas posibilidades, flexibilizamos  la mirada para dar lugar en el examen del caso por caso, y registrar lo que pudo faltar en la historia relatada en donde cabe preguntar quién cuenta acerca de quién.

Un aporte interesante fue el de una amiga que vinculó lo sucedido a su madre, con lo sucedido a ella. La madre de esta amiga, solía traer repetidamente un recuerdo doloroso de su niñez, cuando su madre (abuela de quien me relataba) le rompió una  costura hecha trabajosamente, en vez de realizar otra tarea encomendada. Un hecho similar a ese,  vivió  esta amiga, cuando tomó y recortó sin permiso una tela para hacer un vestido a su muñeca. Al recibir un reto, sintió que se repetía, como le había sucedido a su mamá,  el sentimiento de ser desconsiderada en su tarea. La llevaba a decirse: ¿quién cuenta y desde qué lugar estas historias? ¿Cómo pudo mi mamá, hacerme lo mismo que había sufrido de niña?

Pero tampoco faltan las miradas comprensivas y compasivas en algunos balances.  Da cuenta de ello lo siguiente.

Sobre Las madres atroces (primera parte), una colega  escribió un texto, del que presento algunos extractos:

“Yo junto todas esas clasificaciones (de diferentes modos de asumir la maternidad) en una sola y me pregunto: ¿quién no tiene en su personalidad facetas perversas, injustas, filicidas, matricidas, abandónicas, etc.? El género humano es una exposición de lo más impuro... Pero si la Vida continúa es porque han prevalecido las buenas, las sanas.

  Esta visión nuestra, es la psicoanalítica, la occidental, la de la crónica policial, la de la investigación pormenorizada de textos y datos precisos .

  Pero yo quiero incursionar en otras posturas:

Me llamó la atención en un libro, escrito por un budista, que estaba releyendo, algo que subrayé la primera vez que leí. El libro se denomina La doble trampa del apego y el rechazo, su autor Lama Lobsang Tsultrim , quien nos invita a meditar sobre la impermanencia y el apego entre otros temas, en el tema que se refiere a superar el egoísmo  nos propone “ver a los seres como si fueran la propia madre”, ”Podremos ver la bondad de una madre si pensamos en nuestra madre de esta vida, porque en el fondo estamos aquí gracias a ella y todo lo que somos es gracias también a esa madre, es decir, nos ha llevado durante nueve meses y diez días en su vientre y después, cuando hemos nacido, nos ha enseñado las cosas más esenciales y más adelante todo lo que hemos ido aprendiendo a lo largo de la vida....Por lo tanto se puede decir que nuestra madre ha sido muy bondadosa con nosotros “ (7)

Se entrevé que el amor a la madre es el mejor modelo de amor. Uno se pregunta si los orientales han idealizado el amor a la madre. O  cuál es el concepto oriental de  madre.

Así  desde  este arco, que toma diferentes perspectivas, es que partimos.

Y porque fundamentalmente el no tener madre, esto es, la historia de las huérfanas suele interpelarnos sin atenuantes.

Aún en jóvenes que en la consulta recuerdan aspectos conflictivos del vínculo con la madre fallecida, el reclamo de esa presencia materna se reitera, como no saldada y no sustituible.

Una planteaba: -“Hay cosas sencillas, cotidianas que quisiera consultarle si estuviera acá, Cómo vestirme, cómo peinarme…y no es lo mismo la opinión de mi papá, o de una amiga…”

Otra, una joven de 20 años, que perdió a su madre en un incidente luctuoso,  que no fue despejado y del que quedaron dudas, traía esta reflexión: -“Me duele pensar que mi mamá sufrió mucho, también mi abuela…Y tengo que armar mi vida con esto, con la ausencia de ella. No puedo decirle la bronca que tengo, ni decirle que no la necesito. Pero, no se que pasó de última, con ella. No pensó en nosotros, con los problemas en que se metió. Pero pienso, si no hubiéramos nacido, ¿le hubiera ido tan mal?

Y cómo hubiera sido mi vida si ella estuviera? Veo a mis amigas, que tienen una madre que les resuelve cosas, y yo tengo que arreglarme sola.”

II El vínculo materno filial y sus vicisitudes.

a) La ambigüedad o tibieza respecto al afecto de la madre es expresado en algunos mujeres con claridad: -“Se que mi padre me quiso, me lo demostró de mil modos, estoy convencida de eso. Pero de mi mamá, no se…no estoy segura.”  En otra: -“Recuerdo que con mi padre jugábamos, tengo claro que disfrutábamos recortando figuras de revistas, pero con mi mamá no… siempre tenía otras cosas que hacer.”

Una expresó: -“Mi mamá es tan narcisista que dice que quiere ser una alienada en su vejez, para no verse deteriorada por el paso del tiempo ¿Podés creer que sea tan egoísta?”

Un aporte que acerca una colega de otra madre narcisistas, que tal como dijera su hija: “Está todo el tiempo pensando en sí mismas: Poco y nada me mira y/o me miró de niña. Ella nos decía que teníamos que ser independientes porque así se crece en la vida, entonces, llegábamos de la escuela y nos teníamos que hacer la leche y atendernos entre nosotras ella estaba para cosas mucho más importantes que hacer que esas boludeces.” (8)

En el caso de mujeres que en caso de conflicto conyugal, optaron por sí mismas y dejaron a sus hijas, el reclamo de éstas, pasa por el desamor que supone esa separación, inscripta como abandono. Una niña, que había quedado a cargo del padre cuando la madre se fue, y en casa de la abuela,  veía a ésta leer los obituarios y  preguntó que era eso, y de quién eran las fotos. La abuela explicó que se trataba de personas fallecidas. Desde entonces, la niña siempre miró las fotos, porque, según explicó: “Si la madre no estaba en las fotos, es que no había muerto y todavía podía volver a buscarla.”

Otra niña, cuya madre se había suicidado, confrontó a una tía con la pregunta de si la madre la había amado y hasta dónde, para llevar adelante la decisión de eliminarse.

En estos casos queda planteado cierto enigma respecto a la manera del ejercicio maternal de estas mujeres, para quienes los hijos no significaron un anclaje suficientemente vigoroso en su proyecto de vida.

b) En otros casos la hostilidad que surge de la rivalidad,  da lugar a desencuentros feroces.

-“¿Cómo le pueden molestar tanto  mis logros a mi mamá? No ve que me esfuerzo todos los días para forjarme un futuro, ¿o a caso le molesta que no necesite más de ella? Me parece que esa es su gran molestia. Mi crecimiento y su vejez, su soledad. Ya nos fuimos les tres de la casa.”

El dolor para esta hija, por momentos toma giros de mucha ira, bronca, y la necesidad de estar lejos, “cuanto más lejos la tengo, me siento más segura. Nunca supe porque es así, y con las tres”. (9)

 La hostilidad que surge de La lucha por el poder. Ser madre, ser hija, ser mujer ¿ser iguales?

Burin expresa:

Luce Irigaray muestra a la madre y a la hija prisioneras una de la otra, intentando a la vez establecer  ..una relación de sujeto a sujeto. Afirma que “la mayoría de nosotras hemos padecido la sobreprotección materna, paralizante. Esto correspondería a un maternaje prescripto y culpable, no a una relación de deseo y amor entre dos personas..En el fondo falta una genealogía de mujeres. Al restablecer dicha genealogía, ponemos sobre el tapete el orden patriarcal. Nosotras hijas, debemos hacer surgir a nuestras madres como mujeres.”  Pero hablarle a la madre como mujer supone hacer el duelo del poder maternal total. (peedípico) (p. 112 ) (10)

 

Los testimonios vertidos por RIMA por integrantes de la lista aportan y enriquecen lo considerado hasta aquí. Presentamos parte de algunos testimonios:

1) Durante casi veinte años peleé con mi mamá, tratando de transformarme en mujer a la vez que me desprendía de ella. En esta historia no podían ir juntas las dos cosas: madurar y seguir siendo hija.

2) Mientras deshojaba la margarita me daba vuelta la frase 'nadie quiere como una madre'. Está incompleta, pensé, 'nadie quiere como una madre y como una hija'. Yo sería capaz de perdonar todo y recomenzar mil veces, siempre esperando. Y esa fidelidad ciega me dio un poco de temor. Qué poder tienen.

3) Las madres tienen buena prensa. ¿Quién se atreve a hablar mal de ellas públicamente? (11)

La Hostilidad alcanza formas sutiles y otras desembozadas

 También es violento el  suponer y adjudicar malas intenciones en la hija, como la madre que decía a su hija: -“Estás muy contenta vos. Algo malo habrás hecho…”

No registrar las necesidades del hijo, aunque sea muy obvia su angustia o su tristeza, han marcado la desconexión de estas madres que no saben, no pueden establecer una relación.

Madres qué inciden en la vida de sus hijos con controles y espionajes en las áreas más privadas, sin límites a la intrusión. Hubo quien controlaba los mensajes, pesquisando los amores, hubo aún quien vigilaba las menstruaciones, e intervenía con su reprobación en la oportunidad de tener o no hijos.

Pero también puede alcanzar otras magnitudes. Cuando lo que se mueven son pasiones  violentas y destructivas.

Ha habido en un caso, la fantasía de agredir al hijo durante una discusión, diciendo en ese momento,  que estuvo por abortarlo.

También una madre de hijas adultas que expresaba la convicción de tener el derecho de vida o muerte sobre ellas, por el hecho de haberlas engendrado. (se trata de casos reales)

En la crónica conocemos situaciones en que las desavenencias son de tal magnitud que llegaron a una violencia física y a la denuncia policial. ¿Qué pasiones pueden estar en juego? ¿Qué patología vincular enturbia el panorama?

Graves son aquellos acasos en la hostilidad de las madres las llevan a crear un infierno doméstico al formular reproches sin fin, demandar una dedicación total desde una actitud tiránica y despótica. (“Como agua para el chocolate” ilustra el tema. Con la longevidad alcanzada por muchas madres, estas situaciones son frecuentes)

- Madres que enloquecen a sus hijas para que no se vayan de su lado. “Mi mamá a mi me vuelve loca, temo por lo que pueda llegar a pasar entre nosotras cuando falte mi papá. No soy dueña de ir  sola a comprar ni el pan ni una ropa, mucho menos, pues, cuando vuelvo, está en la cama, diciéndome que se va a morir, que como me atreví a faltar tanto tiempo de mi casa, que si a ella le pasa algo quien la va asistir, que soy una desconsiderada y desagradecida, ella que me dio la vida y ahora yo le quiero sacar la vida a ella.

Ella dice que yo no la quiero, que para que vine al mundo, mirá la hija que tengo, no me trae ninguna satisfacción. Me dice todo el tiempo, que mi destino es el de ella, la soledad, el desprecio de los demás. Mi condena está marcada, vine a la vida para eso. Ella, por momentos decía, no creo que haya venido para eso, es la vida que ella me dio, porque no me deja vivir.” (12)

c) Están las que compatibilizan la maternidad con otras pasiones a costa de cierta impaciencia. Como la que apuraba a sus niñas  que se preparaban para la escuela, mientras  repasaba su propia agenda, hasta que una registrando la impaciencia materna una de ellas  le preguntó. ¿A vos te gusta ser mamá?

Así, aún en vínculos menos conflictivos, pueden darse sobresaltos.

Pareciera que cierta dosis de intranquilidad fuese consubstancial al ejercicio del rol materno. Vale el ejemplo de una joven madre, que luego de una clase de gimnasia del hijo, de la que había salido dolorido, estaba inquieta. Me cuenta luego, en presencia del niño, que: -“Me había quedado preocupada, pero después que le tomaron unas placas, me quedé tranquila.”  A lo que él, con expresión pícara acotó: -“Si vos nunca te quedás tranquila!”

Foucault entra en las consideraciones del tema:

El siglo XIX es el que crea a la Madre, y no es casual que sea en este siglo cuando se constituye la histeria como entidad psiquiátrica…Detrás de una buena madre, dirá Foucault, hay siempre una mujer nerviosa. Se asiste así a dos fenómenos contemporáneos: a) La exaltación de la Madre, b) La agudización de las patologías de sobreprotección sobre los hijos y las patologías del “nerviosismo femenino” (frigidez, neurosis del ama de casa, depresiones femeninas etc). (p. 178) (13)

d) De Ambivalencias

Pero, aún en ese amor ¿puede haber una hostilidad a considerar? Es posible pensarlo.

En el cuidado de los hijos la ambigüedad está presente. Y la ambivalencia sienta su reinado. Una madre muy pendiente de su hija, y con una notable capacidad de análisis lo formuló con claridad: - “Mi grado de mi locura, es proporcional al grado de goce de mi hija. Me suscitan tanto miedo…los paseos a los que la llevan del Jardín. Y ella se va lo más contenta y yo me quedo penando. Temiendo que no la cuiden como yo, que le pase algo…”

Otra comentaba que su bebé estaba por largarse a caminar, pero que : -“El grito que se me va a escapar, lo va a hacer caerse de culo.”

El comentario me recordó la letra de una canción: “Pájaro Chogüi”

Cuenta la leyenda
que en un árbol se encontraba
encaramado
un indiecito guaraní.

Que sobresaltado
por el grito de su madre
perdió apoyo, y, cayendo se murió.

Y que entre los brazos maternales
por extraño sortilegio
en chogüí se convirtió.

Chogüí, chogüí, chogüí, chogüí
qué lindo está mirando acá.
Mirando allá, volando se alejó.


En esta línea de reflexiones, la amenaza a la salud del hijo, permite ver que en algunos vínculos, es la más dura y amarga que pudiera pensarse. Hemos escuchado: -“Por qué a él? Quisiera que pudiéramos cambiar lugares, que él esté sano y ser yo la que enferma.”

-En un caso, alguien creía que lo peor que podía pasarle era que se confirmara el diagnóstico que esperaba, que iba  a implicar una cirugía con una mutilación irreversible. Simultáneamente conoció que su hija era hiv positiva.  Su propio diagnóstico no se confirmó, el de su hija requirió medicación y desde allí vivió para asistirla hasta que con la introducción del cóctel en el tratamiento, se logró la nagativización del virus en sangre. Después de un mes de saberlo, falleció de muerte súbita:  ¿sintió que su hija ya tenía esperanzas, y que entonces dejaba de ser imprescindible?

III. Disputas puntuales madre-hija en dos ámbitos privilegiados:

a-por el varón trofeo

b-por  la entelequia del ejercicio de la  maternidad como prueba de existencia.

Familia y subjetividad

La mujer que sucumbe a la crisis de la medina edad, la que lleva mal su identidad de mujer madura y compite con sus hijas adolescentes, la que se siente estafada por la vida, es justamente la más femenina, la que ha estructurado su deseo exclusivamente en torno a ser el objeto de deseo de un hombre o de los hijos. (p. 135) (14)

De acuerdo a lo descripto por Emilse Dío Bleichmar, en el ideal del yo en las mujeres coexisten , con mayor o menor grado de conflicto, ideales tradicionales con ideales postconvencionales. Los ideales más acordes a la modernización se relacionan con el imperativo del trabajo, y son aquellos que tradicionalmente comandaron la producción de los varones. Entran en conflicto práctico y cotidiano con una práctica maternal aislada, no institucionalizada y que se hipertrofia debido a la difusión de la importancia de las experiencias tempranas en la estructuración del psiquismo. (p. 371) (15)

Aporte  Meler

Mientras as madres sean solo eso, madres, el único ideal que se estructura en forma fuerte, coherente y muchas veces opresiva, es el ideal maternal. Este ideal resulta instrumental para una organización social que delega la función reproductora –incluyendo la crianza y la aculturación-  en las mujeres. Planteado en términos tradicionales (exclusividad, altruismo etc.) es contradictorio con la producción cultural. Esta contradicción es una de las que desgarran a las mujeres de hoy. Podría plantearse como una antinomia entre el deseo de ser madre y el deseo de ser. (p. 370) (16)

Castro describe:

La forma de ejercer la maternidad como exclusiva y excluyente, la encontramos en mujeres para quienes la función maternal es fundante de su identidad…su carácter encerrante transforma la maternidad en un síntoma; constituye una coartada que enmascara un fuerte núcleo fóbico, que condensa el temor de la mujer al ámbito extradoméstico… (p. 384) (17)

Uno de los principales obstáculos con que nos encontramos en la tarea terapéutica, uno de cuyos principales objetivos sería que las pacientes se cuestionen los deslizamientos ideológicos que edifican la identidad femenina sobre el ejercicio de la maternidad y la pasividad, y que puedan acceder a aquellos aspectos de la constitución del aparato psíquico que, en nuestra cultura, están más desarrollados en el varón, y que son la base de la autonomía, (p. 394) (18)

 

a-Con respecto a la relación de rivalidad, competencia y celos que  frecuentemente tiñe las relaciones de la madre con su hija, hemos encontrado registros, en que el crecimiento de las niñas hacia la época de la pubertad, suscita emociones maternas, que de no ser resueltas, enrarecen el vínculo. Tema desarrollado por Mabel Burín,  al referirse a la crisis de la edad media en la vida de las mujeres. La alianza de las hijas con el padre, sospechada y combatida, llega a crear climas de sorda hostilidad con consecuencias como la fricción verbal, en donde la acusación ya mencionada, de “puta” a la adolescente llega a ser la expresión más fuerte. El sentimiento de una, de otra o de ambas, suele ser el de tener una enemiga con la que se convive sin alivio ni sosiego. Un “Vivir con la enemiga” que remite a una lucha encarnizada.

..la ambivalencia hacia la madre preedípica alcanza su pico más alto en la adolescencia, y este es el momento culminante para su resolución, en esta fase del desarrollo que se denomina “el segundo proceso de individuación”.

Este proceso de desprendimiento pone en crisis el establecimiento de los juicios previos, organizados sobre la base de la identificación. Así , el proceso de desprendimiento da lugar a un reordenamiento enjuiciador, que sienta las bases para el surgimiento del juicio crítico en la adolescente. p. 224/225) (19)

. Mi mamá no soportaba que mi papá estuviera tan dedicado a mí. Como si le molestara haber perdido protagonismo.

. Todavía está enojada por una casita de muñecas que me hizo de chica.

Cuando la relación conyugal ha estallado y los hijos, como es frecuente, quedan a cargo de la madre, los logros de estos hijos, así como la celebración en el cumplimiento de etapas, crearán nuevos problemas. El que se intente incluir al padre, después de la ruptura, queda supeditada muchas veces al conflicto conyugal. Lo hemos constatado en la lucha de una jovencita por invitar a su padre a la celebración de sus 15 años, o de otra por incluirlo en su ceremonia de bodas.  Incluso en una ocasión (ya descripta en el trabajo anterior) registramos las quejas de una futura abuela a su hija embarazada, porque no aceptaba que el ex-esposo pudiera participar de la celebración del advenimiento del nieto.

Podemos preguntarnos cómo, de un inicial vínculo de afecto, pueda surgir tal sentimiento de hostilidad. Esto que registramos de casos reales, despliega una de las dimensiones de lo posible en el interjuego de afectos, alianzas y ejercicio de poder en el seno de las relaciones intrafamiliares.

En casos en los que después de la separación, otro hombre establece relación con esa madre, e ingresa a la casa, las posibilidades de malestar son aún más difíciles de neutralizar. A la par que este actitud de desconfianza, como contrapartida, puede darse el riesgo de omisión en el cuidado de niñas y adolescentes, dejándolas expuestas ante la nueva presencia masculina en un ámbito de mujeres.  (El tema de las niñas incestuadas ha sido debidamente tratado por el equipo de investigación de Nora Das Biaggio en “Figuras de la madre y fondos de lo materno”) (20)

b-Respecto al otro de los ejes de estas reflexiones, la competencia respecto a los modos de la maternidad, parecieran confrontarse pasiones viscerales, tanto en lo literal como en lo metafórico.

El embarazo de una mujer suele poner en quienes la rodean, actitudes contradictorias. Lo que hemos podido constatar, que a la par de los afectos tiernos y protectores, y en simultaneidad con estos, surgen comentarios que dan cuenta de otros, de una carga de una ferocidad inusitada. Consideremos que se están moviendo, sentimientos volcánicos. Y esto pareciera suceder, por las razones esbozadas, en torno de la maternidad como sede de la valoración como ser humano, que sin duda nos atraviesa a las mujeres en particular.

Una de las mayores crueldades registradas en mi casuística, es la de una madre, que en una discusión con su hija, que no había podido quedar embarazada, le dijo: -“Vos hablás así, porque como nunca lo tuviste un hijo en el vientre, no sabés lo que es.”

Otra, madre política de la consultante, refirmando un poder y haciendo ostentación de una experiencia, que la llevó a descalificar diciendo:

-“ No entendés mi angustia por mi hija, porque no tenés hijos. Ya vas a ver lo que es…”

- “ Cuando tengas hijos, tu mamá se va a meter en la crianza y te va a trastornar.”

Desde las hijas:

-“Yo no seré la hija soñada, pero ella tampoco es la madre que hubiera querido. Es inoportuna, irrespetuosa con mis tiempos y actividades. Era todo para mí, pero ya no la necesito… Pobre mina solitaria. Sigue funcionando como una adolescente que me compite como una igual.”

-“Es tan peleadora, que cuando hablo con ella, tendría que llevar un chaleco antibalas. Cuando me llama, si empieza con las quejas y reproches, pongo lejos el teléfono y la dejo hablar sola. Me quiere convencer que no tenga hijos, que en vez de eso haga un postgrado…”

-“A la noche, lo desconecto, para evitar que me interrumpa la cena. No tiene prudencia.”

-“No tengo nada que agradecerle, así que no tiene nada que reclamarme, desde que vine a estudiar acá contrariando su deseo, me dejó que me arreglara sola. Así que ahora ¿Qué viene a decirme nada?”

-“No tiene en cuenta mis realidades, llega y critica que esta desordenado y sucio, pero no se ofrece a ayudar. Me preguntó ¿Por qué no toman a alguien?” Y quiso saber cuánto ganábamos… No aceptamos la casa que estaba dispuesta a comprar de acuerdo a su gusto, y entonces desvaloriza todo lo que conseguimos por nosotros mismos.

-“Desde que me separé tuve que hacer malabarismos para dar de comer a los pibes Y viene ella y dice: ¿Cómo no te comprás un plasma? Parece una burla o que está totalmente ajena a lo que necesito.”

La mayor hostilidad, a la hija, y de la cual esta deja testimonio, la refleja en “Árbol de familia”, María Rosa Lojo, (21) cuando refiere que una semana antes de tener su primer hijo, su madre se suicidó. ¿Qué puede llevar a una madre a inferir semejante daño en esa circunstancia? ¿Qué magnitud de envidia ante la plenitud de la vida de esa hija a punto de parir,  viene a desafiarla, y genera esa respuesta?

Aportes de Rima:

1) Mi abuela la quería mucho a mi mamá y le decía "mi nena", yo no logre que ella  me llamara por mi nombre, nunca fui Patri,  aludía a mi sin nombrarme.

 Siempre me hizo sentir culpable hasta que mi hijo mayor me dijo una vez ,  mami porque no aceptas que la abuela no te quiere y así fue que dejé de pensar en esto.

PD  con mi hermana siempre decimos que si hubiéramos desaparecido en la dictadura nunca mi madre nos  hubiera buscado, creemos que hubiera dicho  *por algo será*

2) No voy a justificar sus castigos, psícopateadas y gritos simplemente porque hacia/hace lo que puede y nadie tiene un manual.

No, no la perdono, tampoco tuvo la delicadeza de pedir perdón por mellar mi autoestima, boicotearme y lastimarme.

No me banco el doble discurso, el “hace lo que digo pero no lo que hago”, y ese rollo moralista que sobrevuela la culpa. Ser madre debe ser difícil, no lo dudo. Pero también lo es ser hija, mujer autónoma, feminista, lesbiana. Y no por eso una la emprende a golpes para que la otra entienda. Cuando se tira de un hilito, la trama se va desarmando no?, y deja ver que hay debajo de las ropas.

3) Pero mi madre era terriblemente competitiva. Le había costado tanto todo que no soportaba sentirse superada.  Su "no tener título" la enojaba. y eso trajo consecuencias, como las trajo que yo entrara en la adolescencia, en fin, fue una relación muy difícil.

El dolor es por lo que pudo ser y no fue, no solo por mí también por ella. Tal vez más por ella.

4) Leí con envidia (sana, creo) y emoción, los distintos testimonios de las compañeras  colisteras.

No tuve una buena relación con mi madre. Siempre sentí que no había lugar para mí en su mundo. Que sosteníamos valores opuestos. En la adolescencia la enfrenté mucho. Ella llevaba un diario con todas las cosas malas que yo le hacía que aún conserva, pero no me ha dejado leer. (22)

IV El lugar de los hermanos varones. Primogenitura y mayorazgo.

“¿Y qué pasa cuando hay para criar una hija y un hijo? ¿Cómo se educa en la diferencia de género? A ellos no se les interrumpe tanto el juego para que colaboren con algunos quehaceres domésticos, en tanto, sí a las nenas. A ellos se les permite no ser tan prolijos. Recuerdo el relato de una paciente: “a mi hermano le permitían que vuelva a cualquiera hora a mi casa, yo primero tenía que hacer la tarea, ayudar a mi mamá y luego ir a jugar a la vereda o jugar en casa. Si era de noche ya no había tiempo para jugar en la vereda porque las nenas no juegan de noche en la calle” Yo tenía que estar siempre cerca o mejor dicho al lado de mi mamá, porque mi papá trabajaba todo el día. Siempre lo sentí como una injusticia” (23)

La captura emocional que supone la maternidad. Implica sesgos particulares y diferenciales. Muchas hijas refieren esa diferencia en su postergación ante la madre, junto a ese hermano portador de los créditos de su género.

La reparación que puede significar para la madre la gestación de un varón en nuestra sociedad patriarcal, tiene que ver por la valorización que implica lo masculino, tanto como por lo enigmático de haber podido crear lo otro, lo diferente de sí misma. Sin duda incide en la forma en que ese hijo varón entra a formar parte de la constelación familiar. El ser portador de créditos propios de la masculinidad pareciera otorgarle lugares de jerarquía. Así es frecuente escuchar a las hijas mujeres, sus protestas  y quejas por los privilegios que suelen otorgársele.

Pese a los cambios, quedan resabios de esa tradición, bajo formas solapadas en muchas de las familias actuales.

V De las madres sabias

-Y están las sabias, como aquella que frente a las exigencias planteada por una discapacidad de su hija llego a definir: “ De no haber mediado esto, yo hubiera querido para mi hija, tal vez lo mismo que mis padres quisieron para mí. Que estudiara, que tuviera una profesión…Pero D. me abrió la cabeza, así que lo que más me importa es que esté contenta…Que tenga la mejor vida que pueda tener.”

-También la sabiduría de la que pudo pensar en una instancia límite, tal como lo es la cárcel, que creyendo proteger a su hijo, tardó en advertir que en realidad  el también la estaba protegiendo.

Su hijo nació mientras ella estaba en los sótanos de la Jefatura de Rosario. Al octavo mes ambos habían enfermado, Marta tuvo que entregarlo a sus familiares para que pudieran tratarlo de una tuberculosis contraída por las condiciones en que habían vivido.

               De ese momento es el siguiente fragmento:

               “... Para entonces la Dra B. Consideró que había que aislarlo del foco, para que su tratamiento progresara, nueve meses de edad eran muy poca vida para resistir con éxito una enfermedad tan grave...El foco hipotético éramos todas, cada una, también yo. Si no podía controlarse la situación intracarcelaria, él debía irse.

               ¿Cómo podía ser algo tan brutal, inhumano, inapelable?.

               Me dieron unos días. Unos días en que supliqué que no me hicieran abandonar a mi bebé  enfermo. En que busqué los argumentos éticos y no éticos.

Despacito desarmé la cuna, la de barandas rebatible para cuando creciera, cada tuerca, una lágrima temblorosa de pena. ¿Qué haría él cuando me extrañara, cuando me necesitara?. Y yo, ¿qué haría yo con la absoluta soledad que vislumbraba?. Destinatario de mis luchas, argumento de mi vida cotidiana, hijo que me enseñaste a quererte, a hacerme madre, a mantenerme viva con tu crecer sin pausa, sin tregua...te ibas. Desarmaba la cuna, el pequeño rectángulo de tu lugar en la sala de madres. El rincón que quedaría indefectiblemente vacío de tu volumen, tu risa, tu perfume, tus fiebres, tus reclamos...un lugar lleno de tu ausencia. Cayó la primera baranda. Eran para protegerte, para que no te cayeras. ¿ Y a mí quién me protege de éste desamparo?. Hijo, creí que solo te cuidaba y no vi hasta ahora que te vas, lo que me protegías a mí con tu necesitarme. Te tenía conmigo y en la imperiosa necesidad de sostenerte, me sostuve, con el pretexto de tu supervivencia, sobreviví. Cayó la segunda baranda. Como pedazos mío, de mi coraza, de mis defensas, como si fuera una parte que se desarma, que se desarticula, que ya no hace sombra. ¿Sanarán tus heridas?. La mía hijo mío, entreveo, no habrá remedio que la repare...eras el espejo en el que me miraba, y me veía tan necesaria, tan irreemplazable, tan amada, ahora se empaña de enfermedad, con tu ausencia se triza, ¿cómo voy a sobrellevar tus dolores, los míos (24)

-Una madre relata que se embarazó de 15 años, al igual que su madre. Tuvo tres hijas que se casaron a los 14, 15 y 16 años. Ya tiene un nieto de 32 años.

Pero más me conmueve aún cuando comenta que la segunda de sus hijas que tiene tres hijos, de 27, 26 y 24, que ya viven independientes, decidió reiniciar las tareas maternales adoptando a un niño desde recién nacido.

¿Cómo se gestionaron los afectos y responsabilidades en este modo de maternar, que parece transmitirse de una a otra generación, haciendo de la crianza de los hijos el argumento vital por excelencia?

Rescatando a las madres en RIMA, hubo quienes escribieron:

1- Supo sobreponerse, supo siempre explotar el dolor para forjarse serena, fuerte frente a la adversidad. Nunca vi el ella un rasgo de víctima, siempre la caracterizó una fuerza de enojo y encono que supo transformar para ver hoy en sus nietos otra historia. Nada pudo menguar su espíritu y hoy sigue siendo simplemente mi mamá!!!

2- Y yo me pregunto cuándo es que nació esta madre mía. ¿Siempre fue así? ¿O nos nacimos juntas a esta manera de entender el mundo? Pero hace unos años que descubrí a esta otra, ¿o acaso es que aprendí a Mirar?

3-… quería que yo la recordara viva, riendo, fumando como loca, cantando por la calle y burlándose de todas las tonterías. Creo que lo consiguió.(25)

Y en todas estas diversas formas de ejercicio del rol de cuidado, cuanto de social, cuanto de personal, cuánto aún de misterioso?

Andrea Homene plantea, respecto a la importancia de un vínculo confiable que mencionamos y escribe en consonancia con las reflexiones de Daniel Ripesi,:

Se sabe que la castración inaugura el campo del deseo, que “eso que falta” constituye el motor que impulsa la búsqueda de ese encuentro siempre fallido, pero que a la vez justamente por eso es incesante. Pero para que esta operación castración, fundante del sujeto en tanto deseante, se lleve acabo más o menos eficazmente, es condición previa la existencia de un Otro que aloje y haga objeto de su propio deseo a ese sujeto en constitución. Cuando el Otro se ve imposibilitado de constituir como objeto de su deseo a ese niño, el proceso de libidinización se ve seriamente afectado. Y un niño escasamente libidinizado dispondrá de escasa libido para poder sostenerse en el aprendizaje y en la actividad cotidiana.

…ciertos movimientos en la posición subjetiva sólo son posibles en la medida en que el joven encuentra un Otro capaz de alojarlo en el campo del deseo, reduciendo la exposición al goce del Otro; esto promueve la asunción de la responsabilidad subjetiva.(26)

Así que tanto lo que Ripesi como Homene subrayan es esa calidad del vínculo, en madres que sean capaces de mirar, escuchar y nombrar al hijo en tanto otro respetado y amado. Vínculo instaurador de una confianza en el mundo y en si mismo en el niño/a, que puede surgir cuando esa mujer (reconocida primariamente como tal) ha alcanzado para si misma entidad de persona con autovaloración y proyectos propios. Mujer que puesto que ha alcanzado la entidad de “ser” por si misma puede expandirse en las tareas de la maternidad como en tanto constituyente de las otras subjetividades en desarrollo. Disminuido, neutralizado o procesado el peso de lo atroz o lo feroz. Compensados éstos por el montante de ternura que logre conformar el vínculo.

VI Epilogo con incógnitas. (Solo para los amigos y escrito en primera persona)

¿Qué madres somos? ¿Qué hijas generamos? ¿Cómo una situación límite como la enfermedad o la cárcel pone en jaque presupuestos incuestionables? ¿Cuáles  confirma?

 En Tribunales Federales, el 30 de marzo M. R. da su testimonio. Y la otra Marta, Marta B. llega hasta la puerta, para participar del encuentro. Y surgen los recuerdos del 74 En que M R., MB. y una de las asistentes, M M, fueron madres.

Una maestra, conocida de años, dice a M M. que transmita a su hija que trabaja en un centro de salud, la gratitud  de una compañera.  Afectada emocionalmente, esa paciente llegó  por indicación médica  al servicio de Salud Laboral. Ella es una ex presa política de la dictadura y su hermana está desaparecida. Desde entonces. arrastra cicatrices que afectan su desempeño.

El  tema me siguió rondando. Sobre todo después del comentario de esa maestra. Advertí que M R.,  M B. y M M.  tenían cuestiones compartidas. Habían tenido a sus hijos, como madres primerizas en circunstancias  penosas. Dos de ellas atravesaron el horror del sótano. La otra vivió el exilio interior como tantos.

Nuestros hijos, los de ellas y los otros nacidos en esos años oscuros registraron de algún modo el miedo y la pena de ese tiempo. Pero pudieron crecer y ahora son vitales y alegres.

A., la hija de M B. tiene una hermosa voz y canta. Ilustra musicalmente el video "El Rosario de Galtieri" con la letra que dice: "Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia..."

M., el hijo de M R. terminó sus estudios de arquitectura, y empieza su vida profesional. En uno de los trabajos proyectados, tenía a su cargo la recuperación de los sectores N.N. de uno de los cementerios de la zona.

Y la hija de MM., desde su función en Salud Laboral en el Centenario hace una tarea  que tiene que ver con la asistencia de personas que aún resienten los dramas de entonces. Los duelos obturados, la elaboración de las situaciones traumáticas vividas.

Hay así madres que vivieron historias y conformaron sus maternidades en aquel tiempo y lugar. Y hay hijos e hijas que continúan saldando pendientes y recomponiendo la trama.

En fin, sentí que la vida se desplegaba y se expandía a pesar de…

María del Carmen Marini, junio de 2011

Notas y citas


1-           Burin Mabel: “Familia y subjetividad femenina: La madre y su hija adolescente.” En Eva Giberti y Ana María Fernandez “La mujer y la violencia invisible” Bs. As. Sudamericana, 1988

2-           Bonaparte Héctor: “Unidos o dominados. Mujeres y varones frente al sistema patriarcal” Rosario, Homo Sapiens  Ediciones, 1997

3-           Bonaparte Héctor: “Unidos o dominados. Mujeres y varones frente al sistema patriarcal” Rosario, Homo Sapiens  Ediciones, 1997

4-           Fernandez Ana María: “La mujer de la ilusión”, Bs. As. Paidós, 1994

5-           Ripesi Daniel: “De la palabra, su silencio”, 2010, en Página 12, 6/6/2011

6-           Marini María del Carmen: “Problemática de género y Salud Mental” 1998, tesis de Maestría “La sociedad, el poder y la problemática de género”. U.N.R.

En ese abanico de consultantes, en breve repaso, toda una galería de posibles:

En ese pequeño grupo, encontramos datos significativos.

-             Dos de ellas, que no habiendo tenido hijos, fracasando en sus intentos de embarazarse, planteaban la posibilidad de adoptar y  se proponían revisar sus sentimientos al respecto. En una de ellas la duda era muy clara y se preguntaba. –“Está mal no adoptar? Pareciera que todos nos empujan a hacerlo, y como no me siento segura…” La presión generada la llevaba a sentirse juzgada por dudar.

-             Otra de las consultantes de ese grupo, había quedado embarazada sin proponérselo y se preparaba, como verbalizó, para  - “Ser una mamá soltera”. En este sentido la idea era la de crearse y crear para el niño las mejores condiciones , reforzando en lo posible el clima emocional con que se lo recibiría.

-             Entre las que cuestionaban su lugar como hijas y como madres, encontré esta reflexión: -“Yo soy un nexo, un eslabón, debo ver si seré una madre sometida a su propia madre, o una madre que enseña la libertad a su hija.”

-             En una de las consultantes, el haber permitido que su hija quedara un tiempo a cargo de otra persona que asumió mucha presencia en la vida de la niña y era una figura de autoridad para la madre ya que era la directiva del lugar en que trabajaba. Esto  produjo efectos tanto en ella, temiendo el despojo de su hija, como consecuencias en la niña (Seducida primero pero desarraigada después). Sintió que al delegarle parcialmente el cuidado de su hija, había cometido un error de difícil resolución, ya que la persona en cuestión intentó instalar a la niña en el lugar de la hija que no tenía.

-             Hubo una madre culposa por haberse separado del padre de sus hijas, de 27 y 24 años en el momento de la separación, que se cuestionaba su decisión, por temor al efecto que pudiera producir en sus hijas.

Y desde las hijas otros relatos:

-             Una hija que planteaban: -“ Mi mamá me transmitía la convicción que ser mujer era desgraciado y peligroso.- Mi mamá decía que ser mujer es equivalente a sangre, cáncer, enfermedad…”

-             Otra, con una madre inestable, cuyas oscilaciones de la euforia a la depresión producían desasosiego en los otros miembros de la familia. Planteaba –“¿Cómo concentrarme en el estudio, si no se que voy a encontrar en casa cuando llegue?”

-             Una madre reprochante  llegó a decir a su hija, que lo relató en la consulta: -“Cuando muera te vas a arrepentir de todo lo que no hiciste por mí… “

-             Una de las hijas registraba la permanente crítica de su madre, que  con actitudes y palabras condenatorias, expresaba  que no la aceptaba por su  homosexualidad.

-             Otra,  con estados de pánico, planteaba las exigencias de sometimiento que le imponía su madre, mientras la acompañaba y asistía. Se trataba de una especie de chantaje emocional, en que se sentía entrampada.

-             Una de las  hijas consultantes, planteaba una problemática equivalente: aunque estaba casada y  ya tenía hijos, sentía que no había podido despegar. En la convivencia con la madre, recibía una protección que obturaba sus proyectos, y así se convertía en traba.

-             Dos de las hijas, refirieron las amenazas de sus madres con  suicidarse. Una de ellas sumó a  la angustia que creaba con las palabras, la de haberlo intentado en los hechos.

-             Otras dos de las hijas  sintieron el desentendimiento de sus madres de ellas, al estar dichas madres absorbidas y capturadas por duelos eternos (al esposo en un caso, a la primera hija fallecida en el otro)

-             Una de las consultantes fue hija de una madre con una invalidez física, y quedó, desde los 8 a los 30 años instaurada en el lugar de soporte.

-             Dos de las hijas, describían a sus madres devaluadas porque habían perseverado en una relación conyugal de violencia y descalificación. La imagen materna resultaba para ellas un referente negativo al no haber podido confrontar en cada caso con el esposo abandónico .

-             En otra, a la inversa, el conflicto con su madre, derivaba de las relaciones mutuamente hostiles con el padre, con el que la hija establecía una alianza.

-             Tres recordaban las actitudes insultantes de sus madres al llamar “puta” a sus hijas desde que alcanzaron la pubertad

-             Esta relaciones competitivas entre madres e hijas, ha sido descripta y será retomada.

-             Una refirió un sentimiento de rechazo profundo al contacto físico y la conversación prolongada,           reduciéndose el intercambio al mínimo con sentimientos de asco.

-             Una de las consultantes se describió en  resistencia a  la invasión del sobrino, respecto del cual la familia le asignara a ella, una función materna .

-             Otra se vio perturbada, de manera equivalente, por la demanda de  los hijos del esposo, en una nueva familia ensamblada.

Así, de las 53 consultantes de ese lapso, relevadas para ser incluidas en mi investigación, la mayoría traía conflictivas relacionadas con el tema que nos ocupa.

También quedó, en contraposición con éstos, el planteo de una madre satisfecha de la dedicación dedicada a sus cuatro hijas, que viéndolas ya encaminadas, llegó con una propuesta contundente: Ahora me voy a ocupar de mis propios proyectos. Curiosamente esta mamá había quedado ella huérfana desde muy pequeña, y se empeñó en ser con sus hijas, como la madre que hubiese deseado para sí.

7-           Szot Liliana: Aporte a Madres feroces 1, 2010

8-           Bressan Dorcas: Aporte a Madres feroces 2, 2011

9-           Bressan Dorcas: Aporte a Madres feroces 2, 2011

10-         Burín Mabel: “Referencias históricas acerca de la constitución de la subjetividad femenina. Un binomio en crisis: madre e hija adolescente”. En Mabel Burín: “Estudios sobre subjetividad femenina”. Bs. As., Grupo Editor Latinoamericano, 1987

11-         RIMA: Hablando de madres. 2010

12-         Bressan Dorcas: Aporte a Madres feroces 2, 2011

13-         Fernandez Ana María: “La mujer de la ilusión”, Bs. As. Paidós, 1994

14-         Burin Mabel: “Familia y subjetividad femenina: La madre y su hija adolescente.” En Eva Giberti y Ana María Fernandez “La mujer y la violencia invisible” Bs. As. Sudamericana, 1988

15-         Meler Irene: “Identidad de género y criterios de salud mental” en En Mabel Burín: “Estudios sobre subjetividad femenina”. Bs. As., Grupo Editor Latinoamericano, 1987

16-         Meler Irene: “Identidad de género y criterios de salud mental” en Mabel Burín: “Estudios sobre subjetividad femenina”. Bs. As., Grupo Editor Latinoamericano, 1987

17-         Castro Inés: “Psicoterapia de mujeres, algunos aspectos relevantes” en Mabel Burín: “Estudios sobre subjetividad femenina”. Bs. As., Grupo Editor Latinoamericano, 1987

18-         Castro Inés: “Psicoterapia de mujeres, algunos aspectos relevantes” en Mabel Burín: “Estudios sobre subjetividad femenina”. Bs. As., Grupo Editor Latinoamericano, 1987

19-         Burín Mabel: Familia y subjetividad femenina: La madre y su hija adolescente.” En Eva Giberti y Ana María Fernandez “La mujer y la violencia invisible” Bs. As. Sudamericana, 1988

20-         Das Biaggio Nora: “Figuras de la madre y fondos de lo materno.Subjetividad y poder en situaciones de incesto filial” Bs. As. Librería de Mujeres Editorial, 2010

21-         Lojo María Rosa: “Arbol de familia”. Bs. As. Sudamericana 2010

22-         RIMA: Hablando de madres, 2010

23-         Bressan Dorcas: Aporte a Madres feroces 2, 2011

24-         Ronga Marta: Seda Cruda. Crónica de cárcel, exilio y regreso. Rosario, Laborde 2003

25-         RIMA . Hablando de madres, 2010

26-         Homene  Andrea: “Yo quería las zapatillas buenas”, Página 12, 11 /8 / 2011