11 dic 2020

Tiempo de limpieza

 Pronto es su cumpleaños, y así como las mesas del cafetín de Buenos Aires, que nunca preguntan, yo bien sé que el inconsciente  nunca traiciona, así que me dejé guiar por él, en la caminata por las galerías. Y entonces  me vi (cumpliendo lo encomendado por las Redecillas) eligiendo un presente para Marta. ¿El más adecuado? Sí, el más adecuado.

Bien vale el nombre de presente para designar la intención: la de estar ahí, celebrando otra vez.

Lo que no sabía aún, pero tal vez mi inconsciente adivinó, fue cuanto de simbólico tendría, la índole de lo elegido para este momento.

La empleada de la perfumería dijo: aroma de gardenias? Y era exquisito, de modo que asentí entusiasmada.

Loción, jabón líquido, crema para el cuerpo, sales, una esponja. Todo bello, blanco, translúcido. Para este tiempo de limpieza.

Y recién hoy, de vuelta de los Tribunales Federales, (*) puedo evaluar lo insustituible de esos objetos, banales en otras circunstancias, enormemente pertinentes hoy.

Porque en este tiempo de limpieza, el testimonio que llenó la sala,  a través de  las palabras que esperaban ser pronunciadas parecían limpiar por dentro. Tal su fuerza, su mesura y su cadencia. Y esta  tarea de aseo del alma, que supone decir lo que debía ser dicho, fue impecable. Como lo que espera en su sofisticado envoltorio hasta mañana, para la otra limpieza que atañe al cuerpo, y linda con una coquetería.

Escuchaba la voz adelante, en el frente, y como sonido de fondo suspiros, agitación en alguien, tal vez un leve sollozo allá atrás. Y cuando terminó el testimonio y salimos, pude percibir su temblor. No podía decirle mucho. Pero sí  pude decirle, que ese temblor me recordaba el que suele suceder muchas veces al parto. Que es un temblor que tiene su razón de ser, que es la respuesta del organismo al esfuerzo y a la abrupta pérdida de líquidos del cuerpo. Qué crea en la recién parida, si no  sabe que ese temblor puede suceder,  extrañeza e inquietud. Pero que solo tiene que ver con haber logrado poner afuera la nueva vida del hijo nacido. Pero esas son solo explicaciones que atañen a la fisiología.

Y que el temblor ahora, tal vez tenía que ver con otra cosa, pero con otra cosa semejante. Ese otro parto de palabras, que la dejaban limpia y liviana.

Un parto demorado 35 años.

Y aunque es cierto que el fondo de tristeza nunca se borre del todo, ojalá se atenúe en este tiempo de limpieza, y en la caricia que las gardenias puedan proveer.

A las Redecillas nos gustaría pensar que así pueda ser.

30 de marzo de 2011

 

(*) Tribunales Federales donde declaró en la Causa Feced por delitos de lesa humanidad durante el terrorismo de estado.

 

Graduaciones

 La graduación de Anahí había sido la clásica para estos tiempos. El padre se quedó en el bar porque sabía que no iba a soportar la andanada de huevazos, harina, yerba y demás con la que iban a bañar a su princesita.

Yo me lo banqué estoica y digna, cual dama, junto a los padres y madres de las otras dos graduadas en ese día y tomé las fotos de rigor. Luego me encargué personalmente de avisar por teléfono a amigos y familiares que teníamos una nueva profesional en la familia. Y así les compartí uno de los momentos emocionantes que nos es dado vivir.

La graduación de Pablo se planteaba diferente. A su padre, su hermana y a mí nos involucraba por el acompañamiento que íbamos a tener durante la exposición de su tesis. También nos involucraba  desde la previa.

La previa suponía tener encuadernados los ejemplares que quedarían en biblioteca, ayudarlo a decidir si llevaría traje, él que jamás se viste formal. Había uno, un traje digo,  olvidado hace años en el placard de su padre. Para acompañarlo en la cuestión, yo también vestí traje, dándole un sentido de solidaridad en la patriada de ese día. Lo único diferente, es que no usé corbata, hubiera sido demasiado.

Partimos a la hora señalada, los hermanos en el asiento de atrás, en la unión que suponen los momentos feroces. Su padre conduciendo. Todos mudos.

Y allá, en la Facultad, esperaban los cuatro mosqueteros: Gustavo el tímido, que forma parte de la casa estos días, ya que prepara una tarea artística en el taller del fondo. Encontró en ese lugar allí  un espacio adecuado para sus pinceles, para su creatividad y para su talento.

Mauri, que volvía de Misiones donde visitó a su mamá y de Córdoba, donde está su novia. Menos angustiado que lo que lo conocemos, tal vez por el efecto bienhechor de sus amores. Mauri casi contento, es demasiado. Estamos acostumbrados a su estilo cuestionador de certezas y de ironía demoledora.

Nacho, un caballero  del grupo, con afinidades en ciertos temas, que siempre está sonriente.

Y Lucho, que es el ángel de la guarda que llevó los cuatro gatitos que aparecieron en el garaje de casa, y que los hizo salir adelante, criándolos en colaboración con su hermano, con una mamadera para prematuros, paciencia y una generosidad que me hace deudora permanente. Si no se hubiera hecho cargo de los huérfanos,  a mí me hubiera comprometido en una tarea difícil y absorbente. Ahora Lucho anda con las filmaciones de los gatitos en el celu, orgulloso de los logros. Le debo una. En realidad le debo dos, porque además de hacerse cargo de los gatitos, se hizo cargo de la filmación del evento. Tendremos el documento de la defensa gracias a él y su pericia.

En la Facultad se sumó Leo, y más tarde en la celebración, que fue en el bar del otro Gustavo, del Gustavo atorrante, se nos sumó el Tomi.

Pero volviendo a la presentación…Como la espera iba a ser larga, bajamos al bar. Yo los miraba frente a sándwiches y alfajores y me preguntaba ¿Cómo es que pueden comer? En una mesa cercana se habían ubicado unas chicas muy jóvenes. Escuché cuando Lucho  y Nacho, mirándolas de soslayo, evaluaban sus posibilidades de conquista.

Volvimos y cuando después de larga espera, llegó el turno de Pablo fuimos ocho los que entramos como patota al aula donde estaban los integrantes del tribunal: ellos eran un elfo y un orco, diría el prestigioso y muy británico  J. R. R.  Tolkien. Además, al orco los alumnos  lo llaman Shrek. Y después de la exposición de Pablo fue el que más encarnizadamente preguntó y repreguntó.

El orco grande y cuadrado está rapado, lleva dos aritos en el lóbulo de la oreja izquierda y tiene también tatuado el brazo. Y para quienes no lo conocíamos resultó excesivo en todo, en el tono de voz, en las actitudes, en el tiempo de interrogatorio. La impresión fue de permanente equilibrio en una línea de fuego.

El padre se removía un par de filas más atrás, en tensa espera, y según dijo más tarde, para nada de acuerdo con el modo del exámen. Los otros testigos intercambiábamos miradas de vez en cuando.

Cristalería frágil en el borde. Pero cuando más tarde Pablo nos comentó que el orco es así siempre, no por un tema personal sino que es avasallante siempre, se desvanecieron mis prevenciones.

El otro jurado, el elfo, era gentil y había acompañado a Pablo en un trabajo anterior. Se lo veía mesurado y en sintonía. Cuando empezó la exposición, observé que  asentía con la cabeza a los planteos. Y cuando expuso su  apreciación de la tesis, rescató el hecho de que un tema así desde la frontera, abre caminos y por ello, implica valor.

Yo estaba sentada en la fila de atrás, en medio del elfo y el orco, así que podía seguir de cerca la escena. Creo que me quería meter dentro de las cabezas de cada uno de ellos para saber cómo seguían y que procesaban de lo que Pablo estaba exponiendo.  Y además les enviaba un mensaje, ¡ojito a cómo iban a evaluarlo, o se la iban a tener que ver! Si mis mensajes telepáticos llegaron no lo sé.

Creo que debieron sentir mi peso, tal vez como sombra amenazadora sobrevolando el lugar.

Tal vez como advertencia ominosa, si ellos no llegaban a estar a la altura de mis, de nuestras expectativas.

Claro, como dice Fred Vargas: “las madres nunca hacen las cosas como el resto de la gente”. Y ¿qué quieren que les diga? no soy una excepción.

18 de marzo de 2011

Carlos, Carli, Marcos

 Carlos

Mi hermano de la niñez supo llevarme una noche a la casa de un amigo. Lo fantástico fue que me llevó, con mi familia de muñecas, en un carrito enganchado a su triciclo. No por la vereda sino por el medio de la calle. Es uno de los más  hermosos recuerdos el que conservo  de ese paseo. Los faros de los autos iluminando y nosotros en la aventura de transitar entre los vehículos, por la calzada y como intrépidos viajeros. Fuimos por calle Alsina, desde Córdoba hasta Mendoza. El pedaleaba adelante y yo miraba el paisaje, como desde una carroza descapotada, abrazada a mis muñecas. El tendría once años y yo cuatro.

Ese paseo quedó grabado como uno de los más bellos de mi vida, tal vez por el sentimiento de transgresión de ir por la calle, sobre un empedrado reservado a vehículos más grandes e imponentes.

Otro de mis recuerdos, me remite a un tiempo en que el teléfono era inusual. En el barrio, solo tenía el almacén de la esquina, y fue de epopeya que él se ingeniara para fabricar uno muy original. Y para hablar solamente entre nosotros dos. Lo hizo con la larga manguera de lavar el patio, y en los extremos dos tapas del polvo Coty robados a mi mamá. Uno de ellos quedaba con él, en el altillo que era su habitación. Pero sacando la manguera por la ventana, y llevándola a lo largo de la escalera y atravesando el patio, quedaba justo. Justo delante del comedor, que era donde yo dormía entonces. Luego hizo que entrara el otro extremo a través de la persiana de la habitación donde yo esperaba. Toda la maniobra era (como fuera el paseo en triciclo) secreta y destinada a ver si el invento funcionaba. Lo pusimos a prueba una noche y el teléfono estuvo destinado a la lectura de cuentos. El primero fue Alicia en el país de las maravillas.

Cuando mi vieja necesitó la manguera para fines más prosaicos, se desbarató la lectura nocturna.

También supo fabricar un teatro de títeres con una caja de zapatos y figuras de cartulina dibujadas por él. Pero me asusté tanto de la bruja malvada de nariz ganchuda que amenazaba a Blanca Nieves, que terminó recortándole la nariz y la joroba y transformándola en buena, para calmarme.

Cuando crecí y estaba por casarme, fue mi hermano el  que compró los antibióticos cuando  estuve enferma. Ya era otra época. En ese tiempo no tenía Obra Social, y estábamos en la lona pues, con A., habíamos gastado todos nuestros ahorros en la compra del primer departamento.(Mi médica era  Eneri , amiga cercana, y los análisis necesarios para ver el curso de la enfermedad los hacía Deoly, otra amiga. Ambas me cuidaban por el vínculo previo. Y él me cuidaba porque era mi hermano)

Y en la madurez, muchos años más tarde, fue mi hermano el que, detallista como pocos, corrigió lo formal de la presentación de mi tesis de post grado para que no tuviera ninguna falla, y fuera a la evaluación del  jurado como escrito impecable. No me acuerdo si se lo agradecí.

Pintó en un óleo, un retrato a mi hija, como había hecho con algunas personas amadas. ¿Fue su último retrato?  Anahí esta sobre un fondo de flores y mirando al frente. Es una bella imagen en donde el parecido es patente en la mirada. Estaba orgulloso de haber logrado.

Carli

Nació como mi primer sobrino, y vino a conmover cierta certeza: yo dejaba de ser la menor. No me lo prestaban mucho. Al menos, no tanto como yo deseaba.

El primer encuentro que tuvo con A. fue memorable. El debió intuir que ese intruso venía a perturbar nuestra relación de tía primeriza con sobrino mimado, a interferirla, tal vez a  funcionar como un obstáculo. Tendría tres años. Además había nacido su hermana. Lo cierto es que desde donde estaba en el extremo del patio, lejos, tomó impulso y fue directo a darle un cabezazo en cierta zona sensible.

Después se hicieron amigos. Cuando creció lo fuimos incluyendo en salidas y paseos. El recuerda los domingos en San Lorenzo, donde jugaba con el arco y la catapulta que le fabricaba A. en el taller de carpintería de su padre. Disfrutaba y por eso nos alegraba llevarlos cuando visitábamos la casa.

También ahora refiere las conversaciones con nosotros, que formaban parte de sus aprendizajes: libros, música, alguna salida al cine. Sabía dibujar paisajes desérticos que me obsequiaba. Eran estampas de lugares quietos y vacíos, y que luego de muchos años encontró mágicamente  en Barriales, en San Juan, donde anheló, aún anhela vivir. Adonde vuelve cada vez que puede y adonde insiste en llevarnos, como al lugar más hermoso del mundo.

Luego, con la adolescencia lo perdí de vista y ahora compartimos desde otro lugar. Me ha pedido que guarde en mi compu sus escritos, honor al que accedí de inmediato.

Y por alguna misteriosa razón, él, mi hijo y su hijo Marcos componen un trío exótico

Marcos


¿Su talento para la plástica le viene por designios de la herencia? Como su abuelo, como su padre, como su primo (mi hijo) una creatividad y destreza que pone en juego, sin esfuerzo.

Anahí  sabe decir que es un talento de los hombres de la familia que nos soslaya a las mujeres.  Creo que tiene razón.

Cuando regalé, a Marcos y a su padre, pero sin discriminar cuál para cada uno, dos calendarios, uno con imágenes de esculturas de Miguel Ángel  y el otro con imágenes de pinturas de Rafael, estuvieron vacilando semanas antes de  decidir cual se quedaba cada quien.

La última vez que charlé con Marcos, yo estaba por cocinar Chop Suey,  me contó que está buscando su proyecto. Que dibujar, escribir y hacer música le han valido momentos de plenitud. Pero que está pensando en dejar de eludir el compromiso que implicaría otras tareas. Le dije que si  podía situar esa tarea y ese compromiso, como medio para un fin, (aceptar un empleo cualunque para poder seguir con su vocación artística) esa tarea y ese compromiso quedarían redimensionadas.

Juro que cocinar no es mi fuerte, pero esta vez no me corté, ni me quemé, ni me raspé, ni me pinché, mientras charlando con Marcos, preparaba mi Chop Suey. Cocinar era el medio para el fin, que fue sostener esta conversación.

Mientras yo picaba el pollo en la tablita, él me contó que había vivido postergando la decisión de tomar las riendas de su vida.

Yo cortaba en rodajas finas la cebolla y en tiritas el pimiento, y le dije, que en cierto sentido, el tiempo de la adolescencia nos hace vivir  como en una burbuja, y ahora tal vez él sentía que podía empezar a hacer otras apuestas hacia su futuro. El agregó algo que me dejó pensando: todos vivimos, cada quien en su burbuja, pero está bien tratar de  contactar con  otros para trazar nuestros proyectos. Me dije: ¿Tiene que venir un pendejo a hacerme darme cuenta de esta verdad incuestionable? Y me imaginé un medio acuático en el que flotábamos. Como embriones cada cual en su saco amniótico.

Yo puse la cebolla y el pimiento a saltar, tratando de que no me salpicara el aceite.

Él me dijo, que lo ponía mal, al ponerse en contacto con otros venía a descubrir que se le habían pasado muchas cosas por alto, que no había advertido cuestiones obvias y que le daba pena sentir que no había estado al tanto de lo que le pasaba a su hermano (¿Su mayor preocupación?) Que se describía por eso a sí mismo como “pánfilo”.

Mientras buscaba los brotes de soja, la palabra “pánfilo” me resonó, le comenté que muchas veces me había sucedido, y después, al advertir que había quedado fuera de situaciones que me concernían, después de enfurecerme, me había reprochado como él cierta candidez o falta de sagacidad o cautela para evaluar las cosas o las personas. Pensé, pero no le dije, que esos descubrimientos nos hacen sentir no solo como pánfilos sino también como sobrevivientes después de atravesarlos. Y que de algún modo todos somos sobrevivientes. Sobrevivientes de esos tropiezos, sobrevivientes  de nuestras discapacidades, de cada quien la suya.

Yo preparaba el aderezo con caldo y especias, pegada  aún a la idea de sobrevivencia, cuando me dijo que según el calendario maya debiera serle fácil el vínculo con las chicas, pero que ya se había terminado con la que más le interesaba. Era hermosa, fuerte, segura  y allí tuvo la oportunidad de ver, de darse cuenta de algo: que soportar lo que se desea tanto, también implica una exigencia muy grande. Entonces recordé que además de discapacidades tenemos dones, y que entre ellas y ellos (discapacidades y dones), Marcos y yo estábamos en camino de hacer el insoslayable balance de todos los sobrevivientes.

Cuando puse los brotes de alfalfa, tomo algunos de la bandeja. Allí recordé que es vegetariano.

Mi Chop Suey de pollo no serviría. Así que me puse a pensar en esta crónica, dispuesta a lavar la lechuga para su ensalada.
junio 2011

Subsuelo de sala 7

 a los integrantes del equipo de salud que pusieron su saber su disposición  y su solidaridad


1er tiempo

Ella comentó que en el taller que la Universidad implementó para los estudiantes haitianos, había un chico que lloraba y lloraba. Se acercó, le dio un pañuelo y después le apoyó una mano en el hombro, pero cuando vino un amigo, lo dejó con él.

Y allí empezó a preguntarse si había estado bien, si su gesto había sido oportuno. Porque ellos vienen de otra historia y otra cultura, otros modos de encuentro. No sabía si era lo esperable. Porque tienen otras costumbres.

No nombran la muerte a menos que estén cerca. Pero en este caso…tal vez  no iban a estar cerca los que le pudieran dar noticias de los padres y hermanos  que quedaron allá, bajo los escombros.

Los chicos debían seguir esperando hasta que las dudas pudieran despejarse, para congratularse con la sobrevivencia de los amados distantes o iniciar el penoso duelo.

Yo la escuchaba con atención, porque era la primera vez que hablaba del asunto. Su padre dijo: “- Bueno, basta de cuestiones de trabajo”. Pero no estábamos hablando de trabajo sino de cómo ella se había topado con el dolor inconmensurable y como había respondido.

Y recordé la máxima, que nos indicaba medio en serio, medio en broma: “El médico debe tocar pero no puede sentir. El psicólogo debe sentir, pero no puede tocar”.

Allí estaba el por qué de la pregunta que se formuló a sí misma. Pregunta que llegó después del gesto. Pregunta que engarza en su disposición a trabajar con cuidado y poniendo su resonancia en el centro de las apalabras y la acción.

Y me acordé de que a pesar de sus dos kilos al nacer yo intuí que era muy fuerte.

Y también de lo impecable de su guardapolvo de primer grado, aunque fuera un poco grande.

Y de mi estoicismo cuando estuve en la Facultad para fotografiar el enchastre de harina, huevos, yerba y coca cola el día de su graduación.

Y de la firmeza de sus decisiones, que para los ambiguos como yo, resulta sorprendente.


2do tiempo

Desde el balcón mirábamos el festival. “Por suerte hay más gente esta segunda noche. ¿Sabés que para el primer taller nos dieron el aula de ginecología? Así que sobre las vitrinas y bibliotecas, había piezas de yeso, o resina, réplicas anatómicas. Eran de mujeres, desde el abdomen y con los genitales entre las piernas abiertas. En ellas enseñan las maniobras de la especialidad a los estudiantes. Y nosotros, los de psicología, trabajando con los pibes en ese escenario…parecía Almodovar.

Entonces les dijimos que se pusieran media pila y para las otras reuniones nos dieron la sala del Consejo Directivo de la Facultad. Es el salón que está sobre el hall de entrada. Y allí teníamos muebles hermosos, el piso encerado, todo impecable, todo perfecto.

Después del trabajo grupal,  los chicos  podían tener entrevistas privadas. Yo vi a uno, era cuando recién llegaban noticias y estaba tan angustiado…

Hasta que se fueron organizando, viendo cómo van a seguir sus vidas…Dónde vivir, en qué trabajar y con este festival, ya se fueron ordenando. Han pasado 40 días desde el terremoto”.


3er tiempo

Nos metemos entre la gente. Desde los micrófonos la locutora dice que hay cerca de 4.000 personas.

Pienso que soy la única adulta, hasta que veo a un mozo de bigotes que lleva una bandeja en alto. Se suceden las bandas. Hay parejas, gente en grupos, gente suelta y padres jóvenes con sus bebés en cochecito.

En el escenario las palabras. Hablan el Decano, alguien del Centro de Estudiantes, Raquel en representación de los estudiantes haitianos. Es este Festival la única actividad organizada a nivel nacional para recaudar fondos, que tenga esta envergadura.

Me gusta el himno de Haití. Es bello. Siguen los músicos sus largo rato.
 

4to tiempo

De vuelta en el departamento escucho las interpretaciones de los últimos grupos: Vudú, Cielo Raso y Los Vándalos.

Me parece que me resuena más Cielo Raso, pero no escucho hasta el final porque me duermo.

Un poco después, en un lugar del edificio, en un piso más alto, hay percusión y voces. Un haitiano habla con su particular acento y está llevando el ritmo con golpecitos. Creo que les está enseñando algo a las chicas con que se acompaña. Conversan y ríen y me alegra escucharlos.

Cuando vuelvo a despertarme ya está todo en silencio.

Febrero de 2010

Mirar y ver. La historia.

 Empezó hace tantos años.

Cuando Pablo era bebé me pareció que bizqueaba, así que pedí consulta con el Doctor G. que lo examinó y me dijo: -Los ojos están bien, lo que está mal es la cara, tiene el tabique muy ancho, así cuando mira a la derecha, se esconde el ojo izquierdo, y cuando mira a la izquierda se esconde el ojo derecho. A medida que crezca y se le alargue la cara, ese aparente efecto de bizquera va a desaparecer.

A continuación trajo la foto de un grupo familiar y me señaló un niño, y dijo: _Mire, a mi hijo le pasa lo mismo que al suyo. Efectivamente, el niño de la foto también daba la misma impresión. Me fui tranquila, sintiendo que ese doctor era muy sabio.

Mucho tiempo después, cuando Pablo tenía unos 15 años, necesitó una consulta y volvimos a esa clínica donde lo atendió esta vez, un joven Doctor G., que yo presumí que podía ser aquel de la vieja fotografía. También tenía sobre el escritorio un portarretratos del grupo familiar.

Dos años después, en una consulta por cambio de cristales, sucedió que la cosa se había complicado.

Pablo trajo el diagnóstico. El Doctor G. dijo que tengo que hacer unos exámenes. Parece que tengo glaucoma.

El Doctor G.  no supo el lugar que ocupó en nuestra historia cuando Pablo comentó la noticia. A mí se me cayeron las medias y el alma. Hablé por teléfono para saber si había escuchado bien. Luego esa presunción se confirmaría y tuvimos la certeza. Cuando fui a hablar personalmente. me dijo que se trataba de un cuadro de evolución lenta, pero  progresivo e irreversible, si nos dejábamos estar. Empezó el tratamiento convencional. Cuando le hablamos de una terapia alternativa, no la apoyó. Eludió pronunciarse sobre experiencias que nos ponían en el borde…. Igual  apostamos. A todo lo posible.

Después fui yo a consulta.

Hace tres años me dijo: cataratas incipientes. Hace dos enunció: definitivamente cataratas. Y me indicó bifocales hasta que me decidiera

Este año, al examinarme dijo: Ya estás en grado 3 y además hay un principio de glaucoma. Está excavado el nervio del ojo izquierdo, así que veremos cómo tratarlo, después de salir de esto. Como soy una dama el “Que lo parió” como Inodoro Pereira prócer, lo dije despacito pero con dignidad.

Y ahora llega el momento de decidir mi cirugía. Primero el ojo izquierdo. ¿Cómo será la visión de uno y otro cuando aún no haya sido operado el derecho?

Veré los colores más brillantes dicen. No me enceguecerá  el sol, cuentan. No habrá más nubes obturando la mirada.

La falta de visión no se advierte  sino por el contraste,   al ver diferente mirando el mundo después.  Conozco un play boy que se pudo ver las arrugas después de una cirugía y reprochó a su hija que no le hubiera contado de ellas.

A mí misma me sucedió a los 12 años que eran más lindas aquellas estrellas de antes de los lentes, luego las vería más pequeñas y nítidas. Pero las estrellas,  entonces y ahora, son más grandes y  hermosas sin anteojos.

Será una visión diferente, pero no necesariamente más bello lo que registre cuando, después de la cirugía, pueda mirar sin cataratas,

Y la palabra “cataratas” tiene una historia en la familia. La rechazó mi madre, cuando dijo  “que ella no tenía cataratas, porque eso era cosa de viejos” (tenía ochentaypico), aunque aceptó el diagnóstico más fino de “opacidad del cristalino”.  Si bien, para ella eran “unas nubes de porquería que no me dejan ver bien”.

Y había decidido afrontarlas mi hermano antes de partir, pero una mala jugada del corazón lo dejó sin tiempo.

¿Y cómo será para mí esta jugada? Aquí sí que vale la expresión : Ya veremos.

Ya veremos. Lo que no quiero olvidarme es preguntarle al Doctor G., si por casualidad no es el niño de la foto.
septiembre 2010