En el fondo de la casa hay árboles y plantas. Hay un jacarandá alto, que no se resignó a la poda y volvió a desarrollar sus ramas y un castaño coposo. Un limonero y un naranjo y la fragancia de sus flores de azahar. También hay un pequeño manzano cerca de la medianera y un gran níspero, bajo él está el horno de barro.
Hay sombrillas de la virgen, que puso hace años la madre de Eneri, y malvones de color salmón que puso mi mamá. Ellas ya no están, pero quedaron de esta forma tan hermosa.
Hay dos sandalias gigantescas y empieza a dar frutitos morados una frambuesa que nos dio Estela de su planta en Funes.
Ah! Hay una planta de incienso y otras de lavanda que puso Anahí. Y hay áloes macho y hembra para cosmética y medicina. Un tabaquito solitario en medio del cantero. Y en macetas hay amarantos, begonias, helechos serrucho, helechos pluma que son bonitos, corazón de estudiante y la planta del dólar. Otra bella, de hojas aterciopeladas que me regaló Hilda.
Tuve almácigos con plantines de alegrías de colores, pero perdí la batalla con las babosas que las comían. También hay otras plantas que cuidan Pablo y los otros chicos y son perfumadas.
Y hay pájaros, gorriones, cachilos, muy vivaces, tacuaritas que se ponen a chillar celosas, cuando me acerco a su territorio, en la enredadera del fondo del terreno, donde deben tener su nido. Deben sentir que soy una atrevida que invado su privacidad y me lo hacen sentir con sus protestas. Hay benteveos gentiles, palomas, horneros y hasta colibríes. Bajan a comer con confianza. Los he encontrado hasta dentro de la cocina buscando miguitas, pero se vuelan si me acerco. Hubo un tiempo en que un cardenal pasaba todas las mañanas, como si viniera a saludar, antes de seguir con su vida.
También están las tortugas. La hembra suele poner huevos, destinados al fracaso, ya que en este clima no prosperan.
Y está la gata, que sabe avisar cuando necesita que le renovemos el alimento en su lugar en el alfeizar de la ventana. Que era huraña, pero que ya no nos teme, ni nos elude.
Y están las perras, que saben expresar lo que necesitan, si lo que necesitan es salir al jardín. Les gusta mirar la calle, y aunque tienen más espacio en el fondo, parece que prefirieran el jardín, para ver la gente que pasa. Y que siempre, siempre, SIEMPRE nos reciben con alegría, como si fuera un gran gusto vernos. Y me llevan a preguntarme : ¿Qué tendrán en su cabezota para ponerse contentas con tan poco? En invierno, o cuando duermen, ni abren los ojos, pero mueven la cola cuando notan que llegamos. Y si estamos a tiro, nos lavan la cara con sus lenguas húmedas.
He mirado a otros perros dormir, y creo que sueñan porque los he visto mover las patas como si corrieran, o gruñir como si estuvieran enojados. Pero la menor de las nuestras, mientras soñaba una vez, movía la alegremente la cola como un ventilador…¿Qué es lo que estaría viendo entonces?
Son mis amigos en la cueva verde, que es lo que parece el fondo cuando lo miras desde la casa.
El fondo es verde, y a veces el jardín del frente también lo es. Tiene un arbusto que se enciende en rojo en el invierno y una enredadera que se ilumina de fragancia cuando abren, todos juntos, los pequeños jazmines, cada primavera. Un muérdago con cuyas hojas me pincho al sostener las guirnaldas en Navidad
Hay una palmera en el cantero que va creciendo despacio, entre el helecho y el lirio. Y sobre la medianera, un cactus que puso Andrea para recordarnos que también existen las espinas, pero que forman parte de ese mundo que no es por eso menos bello.
enero 2012
11 dic 2020
La casa de la reja verde
De cuestiones familiares
1- Mi tía me cuenta: Cuando la abuela vino del campo, viuda y con muchos hijos, tuvo que hacer malabarismos para seguir adelante. Para colmo, uno de los chicos, el mayor de los varones, había nacido con una malformación en su mano derecha, que lo dejaba en inferioridad de condiciones para pelear la vida desde un trabajo medianamente pago. Para los hermanos era “el Manco” y para la madre, llegada la adolescencia, una preocupación. Tomando coraje y valiéndose de que era una consecuente feligresa de la Iglesia del barrio, de Misa diaria y asistencia a todas las Procesiones de la Virgen, fue a hablar con el Párroco para preguntarle si él podría ayudarla, ubicando a su hijo en alguna tarea. Algo así como darle un trabajito y supervisarlo desde un lugar de jerarquía, colaborando así con ella que se sentía agobiada por la responsabilidad de asumir sola la crianza.
Mi tía prosigue: “Pero el cura me sacó de vuelo”, le dijo que a Dios hay que ofrecerle los mejores hijos, los más perfectos. Y ella sintió que también allí le rebotaban ese hijo fallado, y que había sido una insolencia pensar en un lugar allí para él, en ese Templo claro y luminoso. La abuela siguió sus prácticas devotas, pero creo que algo se resquebrajó en ella. El Manco finalmente, después de intentar trabajar vendiendo diarios (y daba miedo pensarlo colgándose de los tranvías) aprendió a lustrar zapatos, y con su cajoncito con cepillos y pomadas se fue ganando la vida en Avenida Pellegrini, al lado del cine Sol de Mayo.
2- Marce y también Iara, su hija, me son muy cercanas. Marce cuenta que en el lugar donde su hija trabaja como moza, también se baila, y así de vez en cuando, Iara deja pasar a su mamá con alguna amiga, y para ellas es todo un programa llegar al boliche y circular en ese ámbito sofisticado. Además uno de los habituales concurrentes, un caballero mayor, piropeaba a Marce y la invitaba a bailar, pero ella lo eludía, desdeñosa como princesa. Hasta que una noche en que salía del baño, al cruzarse con él, Iara los presentó, y el apellido que él portaba, ostentosamente empresarial, de esos que se escuchan en la T.V., hizo que ella lo mirara con otros ojos. De todas maneras siguió de largo, y la anécdota llegó días después, cuando él se dirigió a Iara con una propuesta: “Te cambio un cero kilómetro por tu mamá”.
No lo hubiéramos tenido en cuenta si no es porque esa era contrapartida de lo sucedido en enero. Marce, había llegado al Heca después de un asalto, en que le habían clavado una faca. Y el médico que la atendía en la urgencia le dijo: Qué linda que está tu hija!. ¿No me haces pata? Mirá tengo trabajo, soy soltero, dale…Y ella le respondió: No, sos muy antiguo ¿ quién habla así hoy?, , “haceme pata , haceme pata…” agregó burlona, mientras Iara se hacía la desentendida.
Así como antes habían rondado a la madre para llegar a la hija, esta otra vez, en perfecta simetría, la hija era le mediadora de los afanes del empresario galante.
3- Ella, como nos suele suceder, no sabía cómo hablar con él. Ambos debían remontar una historia en donde la cárcel significó pena, riesgo, violencia. Y en el caso de ellos además el contagio para madres y para niños de la Unidad 5.
Y aunque él ya no era un niño, ella sentía que no podía dejar de inquietarse cuando lo veía fumar tanto, perder peso, alimentarse mal. La tuberculosis había remitido entonces con el tratamiento, y aunque él ya había dejado de ser niño, la necesidad de ser prudentes y evitar riesgos en cuestiones de salud, continuaba. Así que pensando las palabras le dijo: -Lamentaría que vos te murieras antes que yo, primero porque sos mi hijo, y lo esperable que sean los hijos los que entierren a los padres. Es ley de la vida que los hijos entierren a los padres. Si no se cumple la ley, no se entiende la vida. Pero además de esa razón, por otra cosa, y es porque yo luche mucho, mucho, para que vos vivieras. El no dijo nada, pero entendió.
4- Sabía que las expectativas familiares estaban en que quedara en el pueblo, acompañando a la madre, después de la muerte del padre. Pero ella quería otra cosa para su vida. Le costó mucho tomar la decisión de dejar la casa paterna, instalarse en la ciudad, completar sus estudios, valerse mediante su trabajo, y volver como de visita. Todos, la hermana que se había casado años antes, las primas y tías…todos tuvieron miradas críticas a quien desafiara lo que esperaban de ella la tradición y las costumbres. No estuvo segura por mucho tiempo de haber tomado la decisión correcta, a veces se sintió culpable. Pudo trabajar en lo que amaba, ordenarse con sus proyectos y sentirse satisfecha de algunos logros. Pudo también acompañar desde otro lugar a la madre y a la hermana que quedaron allá, lejos. Pero fue recién cuando vio “Como agua para el chocolate” supo que el viejo mandato la había alcanzado, la había golpeado y no había sido fácil eludirlo.
16 de agosto de 2012
Contradicciones
Si pude nacer en una familia que me esperaba.
Si tuve padres que me amaron.
Una casa fresca en verano y cálida en invierno.
Si tuve escuela, guardapolvos, cuadernos, libros.
Si tuve médicos cuando las gripes y las anginas.
Si tuve juguetes, paseos, plazas, circos.
Vacaciones en las sierras y en el mar.
Si tuve una Primera Comunión con vestido largo y blanco.
Si tuve fiesta de quince y amigas y romances.
Si amé y me amaron.
Si tuve un trabajo digno del cual vivir.
Si puedo hablar con gentes con las que tengo afinidades…
Si no te esperaron con alegría.
Si eras una carga más, entre muchos.
Si en la casilla de chapas el viento se colaba y las goteras humedecían todo.
Si la escuela era un lujo que no te podías permitir, cuando saliste a cirujear.
Si cuando te enfermabas no había remedios.
Si no tuviste juguetes.
Si el centro lo conociste como lugar para mendigar desde chico.
Si el Templo era un lugar al que ir a pedir.
Si no tuviste más fiesta que la del Poxirran.
Si te violentaron y abusaron desde siempre.
Si no pudiste conseguir que te cuidaran.
Si te mandaron a robar con una faca.
Entonces ¿por qué me asombro cuando me sentís tu enemiga?
marzo 2012
Un marzo con tres acontecimientos que fueron cuatro
1- El casamiento de Maite.
Maite es la hija de Susy, una paciente de muchos años atrás. Era la esposa de un colega y nos habíamos conocido en un taller de juegos psicodramáticos. Uno de los juegos consistía en retirar de una caja, papelitos con el nombre de un animal, que había que representar gestualmente, hasta encontrar al par que hubiera sacado el papelito con el mismo animal. Éramos las dos jirafas del grupo.
Poco después pidió una consulta e inició tratamiento. En aquel tiempo quedó embarazada. Como era más conversadora que las otras pacientes y muy afectuosa, mi madre, que a veces atendía la puerta y veía progresar la panza, decidió por su cuenta, tejerle un tapadito blanco al bebé que venía. Era una transgresión enorme para los criterios de la época, pero mi mamá estaba muy decidida y era muy categórica. Pensé que era un asunto en el que yo no debía intervenir y Susy recibió la prenda fascinada y llena de gratitud cuando volvió de la maternidad. Yo ya había conocido a su hija de recién nacida, en su primer día. Relaté todo los hechos tan atípicos en un texto que fue publicado (por supuesto, conservando el anonimato de sus protagonistas) y que pensé compartirle cuando pasara un tiempo. Y pasó mucho tiempo. Diríamos (podríamos decir) que soy un poco lenta para tomar algunas decisiones.
El día que Susy me avisó que Maite se casaba y me invitaba a la celebración pensé que había llegado el momento de hacerle conocer aquel texto en el que ella estaba mencionada.
Unas flores para la novia. Ese libro para Susy.
Lo vivido desde entonces, me interpelaba desde su llamada telefónica. Lo vivido por ella. También por mí. Recordé la historia del vínculo. Aquel tapadito blanco.
Nos habían pasado muchas cosas.
Nos había pasado la vida.
La suya fue delineándose y a veces me llegaban noticias. Una enfermedad neurológica cruel e invalidante le puso límites hace unos años. Y también puso a toda su historia en revisión.
Pero ella pudo hacerle frente y con un tratamiento experimental, dejar la silla de ruedas y volver a andar.
Su fuerza y los talentos que le dieron réditos le permitieron seguir adelante, pese a todo.
Y los hijos, Maite y Marcos, le dieron la sensación de triunfo que me compartía.
Fue hermoso estar con ellos, fue recobrar parte de una historia, que con sus luces y sus sombras los tiene de protagonistas valientes, y sobre todo llenos de vida.
abril de 2011
2- El cumple de Aurora.
Aurora fue mi partera. Y cumplía 89 años. Cuando me invitó a su fiesta supe que igual que en la celebración de sus 80, vestiría de rojo, que bailaría pasodobles y que la encontraría alegre y entusiasta. Llena de vida, como siempre.
Un bisnieto violinista abrió la celebración.
Un amigo cantando boleros del tiempo de María Cucú, siguió con los homenajes. Una amiga de su grupo actual de narradores y poetas cantó tangos... Los pasodobles que siguieron fueron bailados con entusiasmo.
Como culminación, Aurora recitó el clásico de Amado Nervo: “Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo vida…”
Y la compañía de Sergio y María, en la mesa que me asignaron, completó la noche.
María estuvo embarazada en el mismo tiempo en que yo lo estuve de mi hija mayor. En aquel tiempo, Aurora sabía contarme que atendía en la preparación para el parto a una muchacha ciega. No la conocí entonces. Supe que el niño había nacido sano, que María se separó del padre de su hijo. Que más tarde había hecho pareja con un médico.
Que él tenía limitaciones en la marcha. Lo que descubrí esa noche es que además tiene un sentido del humor muy especial y gigantesco.
Un hombre con una profesión que ama y un hobbie que lo apasiona: el cultivo de orquídeas, de lo que me contó anécdotas increíbles. El relato de tráfico de orquídeas que se trae de Brasil cada verano, amparado por su condición de disminuido físico, era desopilante. Las autorreferencias bizarras no daban pie a ninguna compasión, más bien a la admiración por su sagacidad en sacar partido y hacer de la desgracia, aventura. “Beneficios secundarios” los llamaba él desde su mirada psicoanalítica.
A todo esto, María quería bailar. Así que fuimos las dos a la pista, y allí estuvimos, hasta que yo caí cansada y ella siguió cumbiambiando primero y después iniciando el trencito, con Aurora al frente, que recorrió el salón.
Ellos le habían llevado de regalo, orquídeas de su jardín.
Y de Aurora ¿qué dijeron los otros invitados? Un amigo con tono de picardía le reprochó que si estaba tan joven y tan linda a los 89 era porque había vivido descansando y sin problemas (en realidad dijo que era porque había vivido al pedo). Y la Aurora de los 10.000 nacimientos, con su mirada de ángel y su alegría de duende, se largó a reír, tal como correspondía.
3- La marcha de los 35 años.
Dieguito, es enorme y redondo como un sumo, tiene parte de la cabeza rapada y un rodete en la coronilla. Nacho, mide cerca de dos metros. Pablo, con su aspecto de Peter Pan, pero deportista, es el menos intimidatorio de los tres. Pero juntos… Esa tarde, íbamos los cuatro, dejamos el auto en una lateral, y caminamos hacia la plaza desde la que partían las columnas.
Caminábamos, distraídos, hasta que vimos la expresión de una señora. A pocos pasos, se había quedado inmóvil, con la mirada clavada en nosotros y gesto de angustia. Nos creyó ladrones? Violentos? Quién sabe? Qué cosa de nosotros, que veníamos boleando cachilos, pudo parecerle amenazante? El aspecto? El hecho de que fuéramos en grupo?
Pero algo dijo, cuando recuperó el habla, en el sentido que la habíamos sobresaltado y pensó asustada: “Justo frente a mi casa…”
En la plaza los encuentros.
El clima de fervor. Los cantos y las consignas. Resistir el cansancio de la caminata hasta el Monumento.
Y la vuelta.
Con la sensación de haber tenido hoy, presencia en nuestra historia. En nuestra Historia con mayúscula.
Pero esa confusión inicial, antes de la marcha, con la señora que nos creyó ladrones y se asustó de nosotros, me dejó pensando, nunca hasta esta vez me pensaron como ladrona.
La fuerza de la patota tiene su encanto, me dije y me recordó otras situaciones en que me habían confundido.
Una fue cuando en oportunidad de un encuentro de mujeres una vez nos habían preguntado a una amiga y a mí, si éramos lesbianas. Distribuían las cabañas y como Noe y yo habíamos aceptado la propuesta de algunas de ellas (de un grupo lésbico), de compartir el lugar, la pregunta surgió espontánea. Noe es compañera del grupo Psique y de otras actividades. Como es la más joven, pero muy capaz y estudiosa siempre me enorgullece con sus logros.
Noe estuvo un poco de novia con mi hijo el año pasado.
Otra se dio después de la presentación del libro “Presas Políticas” en el Teatro “La Comedia” cuando fuimos a cenar en un grupo enorme. Allí me preguntaron en qué tiempo yo había estado en Villa Devoto.
Había ido con Marta. Antes de tener la opción de salir del país, ella había estado varios años compartiendo la cárcel con las compañeras que hoy traían su relato, composición de muchos textos, a modo de gran friso.
A Marta, a quien yo había atendido como paciente con amnesia, la acompañé luego en la escritura de su libro “Seda cruda. Crónicas de cárcel, exilio y regreso”. Fue a través de ella, que conocí Devoto.
Y la tercera, después de la presentación en la Feria del Libro de “La bufona”, la vida de Sandra Cabrera, nos quedamos conversando con las chicas de Amar Rosario, con quien habíamos trabajado en un taller sobre prevención de la violencia. Son mujeres muy expuestas a abusos y riesgos de todo tipo, y me resultó muy significativo conocerlas y respetarlas. A las que conocía se sumaron otras de Buenos Aires que habían venido a apoyar el momento. Una de ellas me pregunto si también yo era trabajadora sexual.
Así, podemos decir, me he visto frente a algunas situaciones semejantes. Cuando nos tomaron por ladrones fue la cuarta.
La quinta fue la noche del martes. Los veteranos de Malvinas, con su cocina ambulante, estaban ofreciendo un plato cliente a quienes se acercaban a su camioneta. Vi el movimiento de la cola de quienes rodeaban al vehículo, detenido en la Plaza Pinasco y me quedé un momento sin entender lo inusual del panorama, hasta que recordé que para acompañar en las noches frías a quienes viven en la calle, los veteranos, como todos los inviernos (y con aportes de provisiones de la Municipalidad) ofrecen refugio y comida.
Cuando retome mi camino al Centro Cultural, uno de los muchachos que pasaba con su bandejita y un pan, me dijo al pasar a mi lado: -¿Quiere un poquito? Le di las gracias y seguí.
Y me quedé otra vez pensando en el ofrecimiento, medio en serio, medio en broma, surgido otra vez de una especie de confusión. Que da cuenta de algo en él, pero también tal vez de algo indefinido en mí. Caleidoscopio de identidades posibles?
invierno de 2011
De robos
Mi gratitud a todos los que en el Heca y fuera de él fueron solidarios y nos acompañaron en este trance, que ahora podemos contar como si fuera una comedia
Iara había dejado un mensaje en mi celular: “Tía, anoche hirieron a mi mamá para robarle. La operaron y está en el Heca. Ahora está bien, pero te aviso porque el horario de visitas es de 16 a 18”. Iara es la hija de Marcela, que a su vez, es más que una sobrina para mí.
Ese sábado, además de ella, en el Heca habían sido internados otras dos personas heridas en robos. Las dos con balazos.
Yo antes no le temía a los ladrones. A la policía sí, desde siempre. Desconfiaba de ellos en mi infancia y me escondía temiendo que me sancionaran por usar chupete. Después mis padres, para contrarrestar un poco, me dijeron que eran los encargados de devolver a los niñitos que se perdían a casa. Pero en los 70 supe que en realidad, eran los que se los robaban después de matar a sus padres. (Miara por ejemplo, que se quedó con los mellizos Reggiardo-Tolosa) Pero lo sucedido a Marcela influyó en mi posición respecto a ladrones y policías.
Lo sucedido según el relato, fue que ese sábado, en ese atardecer tan bello y antes de que oscureciera, Marcela volvía de la casa de su amigo Victor y tomó por Carriego, cuando la detuvo el semáforo de Córdoba, frente a la estación de servicio de Shell. Detrás venía una motito sin luces, con dos chicos. Uno, muy joven, se bajó y poniéndose a su lado, apoyó la mano en el manubrio y le dijo algo que pudo ser: “Bajate” o “Dámela”. Como el semáforo ya estaba por darle paso ella aceleró, y entonces el pibe le dio un puñetazo en el pecho. O lo que ella entendió que era un puñetazo en el pecho. Daba gracias, al acelerar para alejarse, porque no habían podido robarle su moto, cuando se sintió la remera mojada. Al llevar allí la mano la sangre le saltó hasta la cara. Siguió hasta que en una parada de colectivo, unas chicas la auxiliaron. Llamaron a su hija y a la ambulancia. ( El ataque fue similar a que pocos días después sucediera en Capital, frente al reloj de Retiro, en que un fotógrafo francés fue apuñalado en el corazón por un joven que quería despojarlo de su cámara y que murió ante quienes circulaban por la plaza y registraron confusamente el incidente).
Marcela zafó, aunque las jóvenes que la ayudaron primero se asustaron mucho de esa mujer ensangrentada y sangrante que detenía junto a ellas su moto.
La ambulancia que llamaron llegó, pero después de 40 minutos y la médica muy joven le preguntó: “¿Por qué me miras con cara de culo?” Marcela no tuvo ganas de contestar, tampoco fuerzas. Cuando llegaron al hospital la recibieron dos médicos muy bellos.
Determinaron que debía ser operada de inmediato. Ella preguntó: “¿Cuando viene el cirujano?”. El más bello, llamado Rodrigo dijo: “¡Yo soy el cirujano!” Marcela pegunto, con la voz en un hilo: “¿Pero vos estás capacitado? ¿Tenés experiencia?” Él le respondió: “¡Siiiii! Ya tuve dos pacientes, Ése señor que se me murió y vos.” Todavía Marcela ´preguntó: “¿Y no hay cirujano plástico, por la estética digo…” . “¡No, este es Hospital de Emergencias!” Entonces ella le recomendó: “Bueno, entonces haceme puntaditas chiquitas para que se note menos…”
Así que allí fueron a cirugía, donde comprobaron que por las características de la herida, había sido hecha por una faca, de las que se fabrican con flejes en la cárcel, y filo de los dos lados. Como había perforado el pulmón, tuvieron que insertarle un tubo que drenara la sangre. Y que la faca no produjo la muerte de Marcela, porque según le dijo Rodrigo “Como vos no tenés corazón, no pudo atravesarlo”,
También le dijo: “Che…¿no me hacés pata con tu hija, que está linda? Mirá , soy soltero, tengo trabajo ¿qué te parece? Es cierto que Iara es linda, pero Marcela desestimó la propuesta porque según le dijo: “¡Qué antigüedad! Haceme pata…¿Quién habla así hoy en día…? Además vos estás aquí adentro todo el día. No creo que seas un buen partido…”
Lo cierto es que no le preguntamos a Iarita, si le interesaba lo dicho por Rodrigo. Igual ella se hacía la que no escuchaba cuando hablábamos del tema.
Me estrujaba el alma pensar que mientras Marce estaba internada, Iara se volvía sola a la casa de Funes. Pero me aseguró: “Quedate tranquila tía, que están los cinco perros, y sobre todo Frodo, que es muy guardián y no deja acercarse a nadie”. Efectivamente, Frodo se había instalado en la cama de Marcela y quedó allí todo el tiempo de la internación. Cuando estaban por darle el alta, Iara intentó moverlo de la cama, para lavar las sábanas, pero él no se lo permitió y hasta se puso gruñón.
La mañana que Marce volvió a su casa de Funes y Frodo la vio después de la ausencia, saltó de la cama y así Iara pudo al fin sacar las sábanas mugrosas y pulguientas. Él se paró sobre sus patas traseras, abrazó a Marcela y estuvo así por un rato. Ahora la sigue a todos lados como si no quisiera perderla de vista.
Al fin, todo va retomando su cauce.
Yo me mantengo en contacto con ellas, por si las moscas. Pero tengo una actitud más prevenida con respecto a las motos con jovencitos de aspecto inocente. Sigo en el tironeo de conciencia, frente a los delincuentes, porque pienso que en este desprecio por la vida del otro, que los lleva a herir y a matar, hay en espejo, un desprecio por sí mismos. Como si tampoco valoraran su propia vida y estuviesen dispuestos a cualquier riesgo. Y me pregunto por su impotencia para construirse otro destino. Por otro lado sigo con mi desconfianza respecto a todos los uniformados de cualquier color, aunque sean inofensivos como los conductores de tranvías de mi niñez (que tenían un uniforme gris, con gorra con visera como la de los policías).
Las chicas ya están instaladas en Funes y en sus rutinas. Iara sin la angustia y los apurones de ir al Hospital, volvió a su trabajo. Y Marcela está mirando diseños, porque piensa hacerse un tatuaje sexi que disimule la cicatriz.
¡Esas sí que son sobrinas!
marzo 2012