11 dic 2020

Tres historias

 1- En la Unidad 5 estaban las madres con sus bebés.

Cuando llegó M.B. con Alejandra recién nacida, M.R. que estaba hacía tiempo le dijo: - Mi hijo Mariano ya no está, lo llevaron mis padres para tratarlo porque se enfermó en este lugar. Otros niños también enfermaron. Me había quedado con esta batita de recuerdo, la hice yo misma…Pero te la doy para tu niña.- Era de colores tan vivos que se destacaba entre las otras prendas pastel de los bebés. Cuando la puso en manos de la otra recordó el momento de la inevitable partida de su hijo, a quien debían llevar sus padres para asistirlo. Mientras desarmaba la cuna en su rincón en la sala de madres, sentía toda la desolación: “cada tuerca, un temblorosa lágrima de pena”.

Registró la delgadez de quien venía de Jefatura,  las ojeras violetas surcando la palidez espectral, y sintió que le acercaba más que una batita: ¿un poco de esperanza tal vez? La recién llegada también recordaba. La habían esposado cuando iba a parir. Pero no habían previsto algo. Que en la habitación en que habían quedado solas, después que naciera su hija, un rayito de luz se iba a filtrar por las ventanas cerradas como señal de que pese a tanta muerte, la vida se imponía.

Eran dos madres, una dando, la otra recibiendo, compartían un lugar: la Unidad 5.

Cuando las trasladaron a Devoto estaban en distintos pabellones, y  cuando desde el patio M.R. veía flamear la batita multicolor en la soga donde tendían la ropa se decía: ¡Entonces es que la bebé sigue viva! ¡Está con su madre!

Pasaron los años ¿Cuántos? Surgió el tema de las reparaciones.

Todo el legajo de Mariano, con las tablas que registraban el descenso de peso, las placas radiográficas, la historia clínica y los informes de pediatra que lo atendió cuando estuvo con sus abuelos..… el expediente con las pruebas de que había enfermado en la Unidad 5, fue y vino muchas veces. Esperaban el reconocimiento de que allí en esos documentos médicos estaban testimoniados los hechos: en la Unidad 5 se había cometido un delito. Se había producido a sabiendas la enfermedad del niño que Mariano era.

Con tantas idas y vueltas el expediente quedó en algún ignoto lugar, cajoneado tal vez. Y cuando empezaba a ser posible gestionar una reparación a quienes habían salido dañados de la cárcel, se preguntaban qué hacer.

Había una persona encargada de decidir el reconocimiento y la reparación y a falta de pruebas, ella debía creer en el relato de lo sucedido. Esa persona era la madre de Alejandra. La que había recibido aquella batita de colores para su hija, cuando apenas sobreviviente llegaba a la Unidad 5.

2- Cuenta Laura:

-Con el traslado de mi padre al Sur, solo había un Colegio al que podía ir. Tendría 8 ó 9 años. El colegio era de monjas. Con la preparación a la primera Comunión, tuvimos un ensayo de Confesión. Era una experiencia importante y fuerte para las todas niñas.

Cuando fue al Confesionario, haciendo un recuento de sus faltas: mentir, desobedecer, faltar a misa, la sorprendió que el sacerdote le preguntara dónde ponía las manos cuando se iba a dormir.

Respondió: -Creo que agarrando la almohada… Pero al llegar, comento en su casa la singular cuestión. -Y entonces mi mamá (que algo intuyó de doble intención en la pregunta) me prohibió que volviera a confesarme. Así que me encontré con mi primer dilema de conciencia. Y era toda una cuestión, porque debía hacer caso a las monjas cuando nos llevaban a confesar, y temía desobedecerlas, pero más le temía a mi mamá. Así que me propuse portarme siempre muy bien, ser siempre buena para no tener pecados que confesar. Pero eso duró un tiempo, no se puede cumplir para siempre…

Las monjas premiaban cada semana a la que hubiera rezado más jaculatorias.  El premio era llevarse a la casa la estatua de una virgencita que había en el aula. Y yo, por más que rezara y rezara, nunca llegaba…Mi compañera de banco, que era de familia evangélica, la había llevado varias veces. Siempre rezaba más. Si yo rezaba 20 ella rezaba 50. Si yo 50, ella 70. Hasta que una vez me dijo algo que me asombró. Me dijo que para poder llevarse la virgencita, en realidad, ella mentía.
 

3- Margarita cuenta:

-En los 70, a los libros censurados los forraba con las tapas de Corín Tellado, cosa de poder llevarlos y leerlos en el cole, o en la playa. Estaba vinculada a los Movimientos cristianos. Cuando las amenazas la cercaron tuvo que tomar una decisión.

Fue al  exilio con sus dos hijas.

El desarraigo, esa Europa tan extraña. Otro idioma, otro clima. Otras costumbres. Empezar de nuevo construyendo otra vida. De sus hijas, la mayor siempre fue muy formal, cumplidora, ejemplar. Como si quisiera eludir cualquier sombra de sospecha sobre su historia. Como si quisiera desandar el itinerario de miedos e inseguridades. Como si adhiriera a una legalidad sin tropiezos. Como si quisiera que su seriedad pudiera dar absoluta garantía sobre su inserción inmaculada y prolija en ese mundo europeo que había hecho suyo, y del que había entrado a formar parte. Fue una gran cantidad de energía destinada a granjearse ese, su lugar en un universo claro, límpido, eficiente.

Cuando, después del 84, se vio la posibilidad de volver, Margarita retornó al país con sus hijas. Pero al tiempo, la mayor decidió volver para instalarse en esa Europa donde había transcurrido su niñez. Llegó a hacer prometedora carrera en una empresa, con casa central en París. Quedó allá aun cuando su madre y su hermana permanecían en Argentina.

Curiosamente, en uno de sus viajes a visitarlas, en una fiesta, conoció a un francés que recorría Argentina. Se enamoraron y a poco, decidieron casarse. Dos bodas. Una bella ceremonia allá. Otra conmovedora acá, con sus viejos amigos con los que compartiera el exilio europeo. Los novios planeaban su viaje de luna de miel. También planeaban no separarse, pero al llegar a una de las escalas del viaje, sucedió que ella no podía ingresar. Su secretaria en la empresa, que había contratado todo el paquete no había gestionado su visa para  EEUU.  Y ella debió quedar en tránsito. Y volar desde allí, sin entrar en el país de la desconfianza.

Y para volver a Francia demoró cinco días recorriendo el globo, de aeropuerto en aeropuerto hasta llegar a su meta. Pero como tenía sellos insólitos de Egipto, Rusia, Israel y otros países en que había hecho combinación, como además, en algún punto de su historia había tenido el estatuto de refugiada política, sucedió que en su retorno a Francia, le objetaron el ingreso, sospechada  de terrorista internacional. Tuvo que intervenir la titular de la Empresa en que ella estaba inserta, para que se desvaneciesen las prevenciones, pudiera entrar, reencontrarse con su flamante esposo y retomar su vida.

Ella, que tanto testimonio diera con su conducta del propósito de eludir cualquier cosa que le recordara el desarraigo y el miedo, que había sostenido una legalidad sin fisuras, se encontraba con el absurdo e insólito recelo de quienes  desconfiaban de ella. Como si fuese una peligrosa agente  de alguna misteriosa y amenazante sedición.
diciembre 2012

Sobre machismos siglo XXI

1-     Ella es joven, tiene dos hijas. Trabaja en una fábrica textil. Para ahorrarse el colectivo va en su bicicleta todas las mañanas. A veces en este invierno, el frío la acobarda un poco. El movimiento de vehículos también es amenazante  y por eso suele eludir las calles más transitadas. Aquella mañana parecía igual a tantas otras, pero iba a ser diferente, un motociclista se le puso apenas  atrás, y mientras pasaba le pegó una palmada en el trasero, eso dicho de manera elegante.  Si fuera más directa, diría que lo que hizo fue darle un manotazo en el culo. Los manubrios de la bici y de la moto se rozaron y ella perdió estabilidad y fue a dar al pavimento, mientras él se alejaba raudo en su moto de macho triunfal, sin mirar atrás.

No, ella no dio con la cabeza en el cordón. Pero dio con la rodilla contra el suelo, lo que le está costando dos semanas de ausencia  en el trabajo.

¿Qué puede implicar para un hombre agraviar a una mujer y dejarla herida en la calle? ¿No será sentir que puede hacerlo, es más, que tiene derecho a hacerlo porque la calle sigue siendo su espacio, y hay que confirmarlo con gestos como ese?

 

2-     En un hospital de Rosario de cuyo nombre no quiero acordarme, una médica recién egresada ganó el derecho a cursar una residencia, acreditando los antecedentes necesarios para ello. Las especialidades tienen una cierta jerarquía. Las hay más valoradas (por el prestigio que implican en esta feria de vanidades) como neurología y cardiología. Y hay otras residencias que se consideran menos glamorosas. Esas son las que frecuentemente ocupaban ¿y ocupan? las mujeres: pediatría, ginecología, dermatología.

La residencia que se concursara en esta oportunidad era en traumatología. Una especialidad  en que las  mujeres no han sido tradicionalmente  bien recibidas. Los compañeros de residencia que ingresaron con ella hicieron causa común con los residentes de segundo y tercero para sabotear a la que consideraban intrusa en un ámbito masculino. A la sobrecarga de tareas se fue sumando el acoso hostil. Ella resistió la situación de creciente agresión todo el tiempo que pudo. Pero la conflagración instrumentaba cada más encerronas, para hacer de la residencia, no el lugar de compañerismo y aprendizaje que soñara, sino un infierno de desprecios, insinuaciones groseras y abiertas  intimidaciones. Resistió lo que pudo y terminó renunciando.

Esto sucedió este año, no en el medioevo, y en Rosario, no entre talibanes. ¿O sí?

 

3-     La violencia física sigue siendo noticia frecuente y perturbadora. Entre los titulares de hoy, Miércoles 15 de agosto encontramos en el diario Página 12:

.Una mujer fue golpeada y picaneada en Avellaneda durante cuatro horas por el ex novio.

Violencia de género en su grado más perverso.

María Elizabeth Elías accedió a una invitación a la casa del hombre con quien había salido hasta hace un mes. Pero una vez allí, la emprendió a los golpes y la picaneó. Ella terminó internada y debe ser operada. Él fue detenido.

.La mujer filmada al ser golpeada

Natalia Riquelme, la mujer que fue golpeada por su ex pareja delante de su hija de cinco años en Bahía Blanca, consideró ayer que la situación que está viviendo “es difícil”, porque aún no cuenta con una resolución de la Justicia que impida el acercamiento del hombre a ella y a su hija. El domingo último, la mujer fue agredida por su pareja y las imágenes de lo ocurrido se difundieron por varios medios nacionales y sitios de Internet, luego de que la joven dijo que realizó “más de 15 denuncias que no prosperaron”.

.Femicidio en San Juan

Una mujer murió ayer a la madrugada tras ser atacada a cuchillazos en plena calle de la ciudad de San Juan, y por el homicidio la policía busca al ex novio, quien se cree que la mató en un acto de venganza porque horas antes la mujer le había reprochado una infidelidad y lo había golpeado.

Reflexión

Qué conexión cabe establecer entre el incidente callejero de la joven ciclista, el rechazo de la residente de traumatología y las noticias de violencias, que van de las amenazas a los golpes, algunos con consecuencias gravísimas que llegan al femicidio: cabe una base común en la devaluación de la mujer en el imaginario patriarcal.

Aquel motociclista que se sintió autorizado para avanzar sobre la joven que circulaba por la calle dio un mensaje bien preciso, “a calle es mía, mía y mía y si te aventurás en ella, puede suceder que termines manoseada y golpeada”.

Como los residentes de traumatología que dejaron bien en claro que allí las mujeres no son bienvenidas, que es un ámbito en el que por ahora quedan excluidas, y que si a alguna otra audaz se le ocurre acercarse, debe saber que lo va a pasar tan mal como corresponde a lo que ese ámbito de varones puede decidir.

De los incidentes reproducidos de las noticias del diario, poco cabe agregar excepto que constituyen la forma esperpéntica de una actitud que es la caricatura de la masculinidad.

Historia de un casamiento

 Cuando Andrea comentó que deberíamos, sí o sí, viajar a Bs As, le pregunté por qué? Y era porque ella se casaba. Así que decididos, preparamos el viaje. Y esta hija que y que nos adoptara como padres sustitutos hace años, se casaba con Diana. Andrea había vivido con nosotros parte de su historia, y esto que le sucedía a ella, nos llegaba a todos.

La ceremonia fue hermosa, a cargo de una jueza alegre y sensible que huyendo de formalidades convirtió lo que pudiera haber sido solo un trámite, en un encuentro, en que todos nos sentimos involucrados desde los afectos más profundos. Ceremonia para nada parecida a una mera gestión burocrática, ley de matrimonio igualitario mediante.

En la puerta un puesto de venta de bolsitas de arroz a cargo de la señora que voceaba: arroz para los novios. Hasta que la corregí: ¡Arroz para las novias!

Los testigos ocuparon sus lugares y era hermoso verlos allí dando testimonio del deseo y el amor de las que se unían.

La jueza preguntó a los testigos y a las novias que idea tenían del paso que estaban dando. Y con destreza fue enlazando esas respuestas y completó ella contando las tres cuestiones centrales en el matrimonio: una, la promesa de lealtad que las unía, que era ante sí mismas, ante la pareja  y ante  las otras personas, dos, el compromiso de compartir la vida y, tres, también el de asistencia recíproca de tal modo que la una fuera protección de la otra y viceversa. A la emoción de las chicas también la jueza respondió con los ojos llenos de lágrimas. Yo no me imaginaba antes que una funcionaria pudiese compenetrarse tanto en lo que estaba haciendo: casar a Andrea y Diana.

Estaban los primos más queridos: Facundo y Jony, que con Andrea habían compartido el dolor de las pérdidas más penosas el año pasado. Hicieron de ese, el momento de mayor unión, en que los tres se habían sostenido unos a otros apostando a seguir. Y hoy acompañaban la alegría. También estaba la bella Mariana, novia de Facu y parte de la tribu de casa Zaraza, la casona en la que, músicos y artesanos organizan las fiestas que en el barrio ya son tradición.

Y estábamos los padres para las fotos, los adoptados (como nosotros) y todos los demás.

Pudimos conocer al padre de Diana, que había preparado una celebración en su casa. Así que a ella fuimos después del Registro civil, las palabras bellas, las promesas, el intercambio de alianzas y la lluvia de arroz.

Las chicas estaban visiblemente emocionadas. La hermosa casa tenía el salón y el parque preparados para el agasajo.

Y estaban todos. Los hermanos de Diana compartiendo ese presente, y en las fotografías la historia, con esa mamá sonriente, que desde el pasado narraba una historia familiar. Ella partió  años atrás, pero su amor cuidó esos hijos de los cuales, hoy la primera daba un paso trascendente.

Y se me ocurrió que tal vez, quién sabe, la madre de Andrea, Lidia desde sus jóvenes 21 años, los que tenía cuando partió como un ángel y los tíos de Andrea, unidos y de la mano, como estuvieron desde los 15 hasta la tragedia que se los llevo sin que avisaran, y Graciela, la mamá de Diana, rubia y bella como en la fotografía, estaban participando desde el otro lado. Y miraban la celebración desde un balcón en una nube en esa tarde. Una nube blanca y algodonosa, instalados allí como en una platea privilegiada para los que han sido bondadosos. Y se congratulaban de que las chicas estuvieran tan, pero tan felices.

Acá, de este lado, los mozos se movían entre los invitados con la destreza de expertos. Una bella fiesta en que no faltaron las ceremonias tradicionales: la ruptura de la copa, las novias levantadas por amigos en sus sillas, el trencito que atravesaron con entusiasmo.

Y a la casa preparada para la festividad llegaron los amigos y familiares.

Y estaban todos. La hermana de Andrea reencontrada, y la hermana de la hermana, que había traído a su niño, y los primos del clan materno con sus instrumentos de percusión.

 Alberto, que se había cuestionado como vestirse,  me señaló constatando: los únicos clásicos en el aspecto y la vestimenta, somos tres: el padre de Diana, el testigo de gris y yo. Mira a los demás…Sí, los amigos de casa Zaraza tenían otra onda. La casa donde Andrea y sus primos y primas, amigos y amigas vivían en Boedo.

Aquella casa singular en donde en el viejo local de panadería y vivienda de los abuelos, que quedara desocupada, se habían instalado como bullicioso grupo de bohemios .

También me dijo: Mirá el Cristito Sonriente, refiriéndose  uno de los amigos de cabello largo y barba…Viéndolos llegar, en sandalias, con túnicas coloridas, sonrientes y despreocupados,  listos a compartir la velada, me pregunté ¿qué sentiría el padre de la otra novia, el padre de Diana? Este padre serio y formal… Este padre que sugería haber llevado una vida de tesón, la de un hombre que con sabiduría y generosidad había transitado su historia y amparado a su familia…¿cómo llegaba a compartir la boda de Diana y Andrea? ¿La llegada de estos amigos tan distintos…?  Se deslizaba por el salón, yendo y viniendo, atento a las conversaciones, a sus invitados, a las chicas que desbordaban alegría. Caminando de arriba abajo y por poco por las paredes, en el afán de atender a esa multitud. Gloria lo acompañaba en la tarea de circular entre los invitados y en la disposición de que todos disfrutaran la fiesta. Los invitados componían universos que convergían en esa casa y se complementaban en un todo diferente.

En la ceremonia de tambores vi a ese padre sentarse en el parque, a escuchar a los percusionistas… algunos de los primos de Andrea, convocados a regalarnos su destreza.

Entre ellos los primos más cercanos, Facundo y Jony, los dos preferidos, Facu    con su novia.

Vi a Mariana esforzarse en preservar, un trozo de torta de la mesa dulce, para su novio, el ejecutor de uno de los tambores. Inútil intento, los mozos levantaban todo al instante. La vi perseverar, pero en vano…

La fiesta siguió con un tango y se prolongó hasta bien entrada la noche.

Pero lo más, más y más singular de la boda vino después…Con la decisión de incluir en el viaje de bodas a los primos y la novia, además de la más pequeña de las mascotas, Gizmo, que ladra en las filmaciones para acompañar la celebración.

Los miro en las fotos de todos ellos, en la cabaña en las sierras, la escucho a Andrea en las llamadas y sigue siendo el viaje de bodas más insólito que yo haya conocido.

M.C.M.

P.D. Como regalo especial, el primo de barba hirsuta, había confeccionado unos bomboncitos de chocolate con una carga especial de hierba, así que se veía, era más fácil compartir la risa, los colores, los sonidos. Yo me traje dos para comerlos en privado con A., porque allí no era cuestión…Los padres de las novias son por tradición, muy serios y no podíamos estar  corriendo el riesgo de hacer papelones.
Enero de 2013

El viaje de abril a Buenos Aires

 Cuando volvía de Buenos Aires pensé que debía escribir mis impresiones. Había pasado dos días llenos de acontecimientos y ya volvía…Pasábamos por la Villa 31 y vi un cartel…que es el que me disparó la necesidad de escribir este texto. El Foro, los paseos quedaban atrás, pero yo iniciaba mi viaje de retorno con algo que pensar.

Como en años anteriores, cada último jueves, el jueves 26 empezaron las reuniones del Foro de Psicoanálisis y género en el Museo Roca. Para mí, siempre es un placer viajar, saludar a las Irenes (que son dos), asistir al Foro y quedarme un par de días en casa de mis primos. Me gusta ir porque la ciudad es bella y tiene rincones a descubrir y porque ellos son fantásticos. Luis me llama “muñeca”, su compañero Oscar me dice “dulce” y Enrique “cielo”. ¿Cómo no va a desear ir una señora madura y a veces alicaída con ese recibimiento? Además me llevan a pasear a lugares bonitos en Puerto Madero, o al teatro cerca del Abasto. A veces invitan amigos y nos quedamos en el departamento que es hermoso y tiene vista a la izquierda al Congreso, y a la derecha al Palacio Barolo. Son lugares interesantes. Al palacio Barolo fui en visita guiada un jueves y llegamos por escalinatas hasta el mirador desde donde se tiene una vista amplísima.

Bueno, lo cierto que esta vez llegué un rato antes de la hora del Foro. Me alcanzaba para un paseo corto, y como hacía tiempo que no miraba vidrieras bonitas me fui al Patio Bulrrich.  No sé si los zapatos de Ricki Sarkani, son cómodos pero con sus enormes plataformas  y tachonados de strass llamaban la atención. Las vidrieras ofrecían todo lo que pudiera deslumbrar. No me hubiera imaginado que un minishort  pudiera ser dorado, pero lucía deslumbrante. Yo sentía un poquito de culpa, de estar allí pasando el tiempo, pero la pude sobrellevar…

Al salir tomé Uruguay y caminé hasta Las Heras. En el camino un bello edificio antiguo me llamó la atención por su porte. Ocupaba toda la manzana y no me atreví a preguntar qué era. ¿Un hotel cinco estrellas? ¿Un edificio público? ¿Un teatro de ópera? Luis me dijo después que debía ser la Nunciatura. El lugar donde se alojó Juan Pablo en su visita.

Ya en Las Heras me encontré con lugares familiares. Caminé hasta el 2.000 y busqué a la derecha la calle Vicente López. La del Museo Roca donde se presenta el Foro. Pero esta vez el shopping de Recoleta me apabulló con sus escalinatas flanqueando la cascada de agua. No lo había visto terminado y no pude menos que ceder a la tentación de subir, a la frivolidad de volver a mirar todo lo que ese exponente del primer mundo exhibe.  Eso sí, ya envalentonada en la crítica, desde la mirada de sudaca cuestionadora y contestataria.

En la planta baja de tanta construcción suntuosa sigue la librería Cúspide para detenerse. Muy buena para excusas y coartadas como las que yo estaba necesitando para no recriminarme. Además como el shopping da al cementerio, fue fácil ponerme filosófica sobre el impudor en  esa arrogancia mundana frente a los misterios de la eternidad. Misterios que estaban allí asomándose en los ángeles esculpidos tras el paredón de la vereda de enfrente.

Y después del Foro, el encuentro con Luis y los planes para la mañana siguiente en que me llevaría a conocer un nuevo hotel de la cadena en que él trabaja. Recién inaugurado y en San Telmo. Hace tiempo me venía contando sus características de “hotel boutique” con pocas habitaciones que estaban por inaugurar. Cuando llegamos, Lucio, el arquitecto, y Miguel, uno de los dueños, nos hicieron una visita guiada. La casa de tres patios y reciclado en todos los detalles es el “sueño del pibe”, al punto que recibió un premio en intervenciones urbanas.

“Los patios de San Telmo” debió ser en sus inicios (¿principios de siglo XX?) la casa señorial de una familia acaudalada. El frente art decó y la magnificencia de la puerta de hierro forjado lo imponían.   De aquellas familias con muchos hijos y personal de servicio numeroso. Familia que como en muchos otros casos, dejó la zona y se trasladó al norte de la ciudad a consecuencia de la peste (¿era la fiebre amarilla?), dejándola deshabitada.  En  otro tiempo parece haber funcionado como convento y años después, con la oleada inmigratoria fue reconvertida en inquilinato. Desde allí, desde su pasado de inquilinato, se planeó el rescate, como de otras de la zona,  para transformarla en lo que es hoy, reutilizando sus materiales y completándola con sesgos de actualidad: el bar a la calle y la piscina en la terraza. Fue casi una lección de historia y se le sumó  ver el entusiasmo de sus artífices. Me faltó decirle a Luis, a Lucio y a Miguel que tienen que llenar los tres patios con plantas para que sea lo que debe ser. Darle el clima selvático que funcionaría como el mejor ornamento. Sin duda los viveros y planterías de la zona pueden proveer a esa IMPRESCINDIBLE NECESIDAD.

Cuando volvía, el cole de Retiro salió demorado y a paso de hombre fue rodeando la Villa 31 para buscar otra ruta de salida.  La feria con sus puestos extendía toda una  diversidad desde las veredas a las calzadas. La feria acompañaba desde afuera, desde el borde, a la multitud de casitas de colores. Verdes, rojos, morados, azules, amarillos restallantes. Los pasillos ponían grietas grises entre los montones de colores de las casas. Esos pasillos se perdían hasta donde la mirada podía seguirlos. La villa se extendía, pero ante ella y por un tramo largo, un paredón de bloques ponía un tabique de enigmático sentido.

En las ventanas de las casitas que ya tienen tres y hasta cuatro pisos, se podía leer diferentes ofertas. Yo leía a través de las ventanillas: Panadería “Mangucho”. Lavadero “El limpito”. Brasería “El pollo listo”.  Y sucedió algo… en una ventana de un primer piso de una casita medio despintada un cartel que me dejó pensando: “Apoyo escolar. Computación. Matemáticas. Lectura y escritura.”

Y allí empecé a sentir un nudito en el estómago, eso que Felipe, el amigo de Mafalda dijo de sí mismo en una tira: “¿Por qué a mí  justo me toca ser como soy?” Me refiero a mis contradicciones, a las culpas que me generan, al deseo de hacer algo no sé dónde, no sé cuándo, no sé con quién…

El patio Bullrrich, el shopping de Recoleta, hasta Los patios de San Telmo corresponden a una parte de mi realidad. Y la Villa 31 fue el garrotazo que me volvió a la otra, que también existe. A la que pese a paredones, pasillos grises que se pierden en la lejanía y el todo vale de las construcciones multicolores, esa realidad tan humilde, tan marginal, tan improvisada  se redime cuando  en una ventana de un primer piso, alguien pone un cartel que dice “Apoyo escolar”.

A que pese a que las luces restallen en los lugares bellos y exclusivos y sofisticados de quienes tuvieron el privilegio de tener familia, protección, cuidados, educación, existen otros muy humildes, en donde la lucha es del día por día, pero que alientan la nobleza de que algunos, o muchos aspiren a hacer algo más con la propia vida, porque hay un cartel que promete apoyar esos sueños.

Y es que allí pivoteo yo, en la contradicción entre esas dos realidades. La de la grandiosidad que pone la suerte y la de las limitaciones que pone la vida. Aquí sobrenado yo en esa línea frágil. Como algunos, como muchos. Como vos?
abril de 2012

El indigente

PRIMERA PARTE. LA HISTORIA

"Un infeliz pordiosero

Sobre un puente reclinado
descansaba fatigado
de tanto pedir y andar.

Un joven que iba de prisa
tropezó con el anciano
y le arrancó de la mano
su garrote y su morral.
…………………………
-¡Anda! le dijo el anciano
que si llegas a mis años,
otros te harán igual daño
y no tendrá compasión.
……………………………..
A la voz del viejo, el joven
volvióse y dijo apenado:

Dispensad, he tropezado
porque al pasar no os miré-

A tu edad nada se mira,
joven, porque nada importa
¡cuando la vida se acorta
es cuando se comienza a ver!”

 

Aprendí esta poesía, creo que de Amado Nervo, en un libro ilustrado que se llamaba “El niño argentino” y que estaba en mi casa, libro considerado, ya en ese entonces, como una antigüedad. Era mucho más interesante “Upa”.

Todavía no sabía leer, no iba aún a la escuela. Debió enseñarme esa poesía mi hermano, y cuando venían visitas, alguien, tal vez mi mamá decía: -Nena, decí el versito. Y yo lo declamaba, con grandes gestos de brazos barriendo el aire en círculos, sin la menor comprensión del sentido de lo que recitaba, ( “Cuando la vista se acorta, es cuando se comienza a ver” ) y por supuesto, sin el menor sentido del ridículo.

Como en general era bien aceptada, todos quedábamos contentos, mis viejos por lucir a la nena,  y yo, por el halago que suponía ser escuchada y aplaudida.

Hasta que pasaron dos cosas, un amigo de mi papá, más inteligente y más sincero que los demás opinó que algo estaba mal en que una niñita tan pequeña recordara y repitiera versos tan dramáticos. La otra fue que el año siguiente, mi primera maestra me designó para decir en la fiesta de fin de año una poesía sobre “La gallina Co-co-co”. Y mi familia se indignó, porque supuestamente, yo estaba para otras cosas más elevadas desde lo filosófico y más jerarquizadas desde lo literario. (¿Y yo me lo creí?)

Algo entre el mundo y mi familia empezó a chirriar, pero yo seguí recitando versitos para las visitas, hasta que tuve la fuerza de negarme con firmeza.

Traigo este recuerdo porque esa poesía es el primer antecedente de lo que fue mi conocimiento del mundo de indigentes, linyeras, pordioseros y pobres que mendigan en calles y templos.

En la década de los 50 supo recorrer el barrio Echesortu, un  mendigo que golpeaba las columnas con un bastón y que se conocía que había enloquecido en la guerra. Allí aprendí la expresión “loco de la guerra”. También decían que comía carne ruda, razón por la cual, (¿) los niños le temíamos.

En años recientes, cursando la Maestría de Estudios de Género en mi Facultad, calle Entre Ríos y Córdoba, sabían recorrer las aulas, niñas que pedían monedas.  Y era muy contradictorio estar allí debatiendo sobre los derechos femeninos, y ver a esas nenas privadas de todo, que recorrían el centro y encontraban en la Facultad tal vez un espacio menos hostil. Una vez que esperábamos a  la profesora de Epistemología, nada menos que la prestigiosa Matilde C. que venía a darnos una conferencia. Ya estaba preparado el escritorio con una jarra de agua  y un vaso.

Y una de las chicas que pedían monedas, con toda soltura se acercó al escritorio y se sirvió agua. La bedel, la persona encargada de preparar el aula para la invitada, intentó protestar, pero la niña, muy segura y aplomada, lejos de sentirse asustada dijo, mientras se tomaba el agua del vaso tranquilamente: -¿Y qué…? No tengo el cáncer, ni el sida…-

Pensé: cuánta calle, cuánta experiencia en una niña, para tener una respuesta casi desafiante en un lugar tan solemne, al que muchos adultos ni se animan a entrar.
 

Otra experiencia fue el día que volvíamos de “El Bolsón” después de asistir a la fiesta de la luna llena que se celebra en febrero todos los años. Esperábamos, todavía bajo los ecos de lo que había sido la bella experiencia de la música en  los bosques. En el colectivo que  nos traería de retorno, se disponían las valijas en el porta equipajes. Y  ayudaba en la tarea un hombre joven, desmañado, con la ropa muy sucia. Daba la impresión de que en la estación lo conocían. Parecía medio linyera y medio niño, como esos “locos de pueblo” a los que la gente del lugar tiene incorporados. En medio de los otros turistas había una familia con varios hijos. El más chico, en un cochecito. Cuando este “loco del pueblo” que no parecía intimidar a nadie se le acercó, diciendo: -¡Lindo…! la madre lo levantó bruscamente, para evitar que lo tocara, y se apartó con gesto de disgusto.

Mirábamos la escena y él se acercó entonces a mi hija. Se quedó parado a su lado un momento y luego recostó la cabeza en su hombro, le acarició el cabello y mirándome me dijo: - Es hermosa.

Ella aceptó el contacto, sin rechazo.

Nos fuimos y sentí que por tener esa hija tan sabia, yo debía también debía haberme vuelto sabia, sin haberlo notado, sin haberme dado cuenta.

SEGUNDA PARTE.  EL PRESENTE

Apareció en la cuadra, tan inmóvil que la primera vez que lo vi, me pregunté si estaba vivo o muerto. Era una quietud muy extrema y alarmante.

Me despertaba en medio de la noche pensando que sucedería con él. Si ya habría muerto y me quedaría la culpa de no haber hecho algo para ayudarlo.

Cuando llovía era peor.

En una oportunidad desapareció de la zona y lo vi en un banco en el Patio de la Madera.

Más tarde, apareció frente a la reja, mientras yo regaba el jardín. Se dirigió a mí y yo me apresuré a entrar, para volver con fruta y pan, que él aceptó, pero extendiéndome una botella desvencijada me dijo: “agua”.  Yo no me había dado tiempo de escucharlo.

En este tiempo ha reaparecido en la Avenida Francia. Está allí, quieto como los árboles y rodeado de mantas. Recostado bajo el alero de un negocio abandonado. Recostado durante casi todo el tiempo, excepto cuando va a buscar agua, Pasando frente a él, vi que tenía pan y manzanas.

Una vez nos pidió cigarrillos con un gesto.

Un domingo a la mañana vi a un dúo de padre e hijo que pateando por turnos una latita, caminaban la cuadra, pasaron a su lado y siguieron. Otra vez, dos hombres lo saludaron con un gesto y le dejaron cigarrillos.

Un grupo de mujeres que habían pasado a su lado, venían comentando sus largas rastas: “Tiene tiempo, no hace nada en todo el día” dijo una de ellas.

 Los pájaros no le temen y se le acercan. Una mañana, dos perros se llevaron una de sus bolsas con pan. El los dejó sin disgustarse.

Otra vecina me comentó que también a ella la afligía, que lo saludaba al pasar, hasta que el dejó de mirarla.

Solamente lo eludió, una mujer mayor que cruzó de vereda para no pasar frente a él. Era menuda, de pelo cano, muy enredado y descuidado. Vestía muy humildemente y desprolija.  Tenía una pollera muy cortita que dejaba ver las piernas surcadas de várices azuladas. ¿Veía en un espejo su propio deterioro? ¿Le temía por su aspecto?

He deseado acercarme al mendigo quieto sin saber cómo hacerlo. He molestado a amigos y vecinos con mi preocupación. Me dijeron que estuvo en un refugio del que salió aseado y con ropa nueva. Pero volvió a la calle y a este modo.

¿Qué piensa? Suele quedarse golpeteando en una botella, como llevando el ritmo.

Por eso pensé que podría acercarle un tamborcito, o algo para hacer percusión. Pero no sé si me voy a animar.
enero 2012