16 dic 2020

Una historia de amor

 Le dijo: Te estoy llamando sin que sepan. No quieren que vuelva a verte. Y no sabés cuánto te extraño.
Le respondió: Sabíamos que podía pasar ésto. Yo también estoy muy triste. Tengamos paciencia, ya comprenderán.
Le dijo: ¿Cómo vamos a poder con esta separación? No entiendo. ¿Por qué nuestro amor tiene que costarnos tanto? ¿ Por qué es tan difícil de llevar adelante? ¿Por qué son tan duros? Y sin embargo se que están sufriendo, y hacen esto porque me aman y creen obrar bien.
Le contestó : No sé...Creo que le pesan los viejos mandatos, y solo pueden pensar las cosas desde allí. Pero si podemos mostrarle la fuerza de lo que sentimos, llegará un momento en que podrán aceptarlo.
Le dijo: Estuve recordando a Romeo y Julieta, no son cosas del pasado. Están sucediendo aquí, ahora.
Le contestó: Sucede muchas veces, sucede por muchas razones.
Sucede como una prueba que deberemos atravesar, y porque lo que sentimos tiene la potencia de lo verdadero.
Eso no cambiará. Aunque no podamos vernos. Eso nos constituye.
 
Les sucedió a tantos...
A Angélica y Súger les pasó porque ella era de familia católica y el de familia judía.
Y entonces era tan importante el peso de la oposición familiar, que solo pudieron volver cuando tuvieron su primer hijo.
A Elsa y Manuel porque ella le llevaba diez años. Era impensable que hicieran un proyecto.
Cuando se casaron ella tenía treinta años y él veinte. Y vivieron tantos años juntos, que cuando él murió, ella que ya tenía más de noventa, se pasaba los días llamándolo.
A Pedro y Liliana porque él era muy pobre y vivía más allá de la vía que separaba el pueblo en dos. Iban a la misma escuela, pero pertenecían a mundos distintos.
A Luisa y Juan porque los padres de él no aceptaban a la que llamaban “esa advenediza”, extranjera, pobre y despreciada.
Toda historia de amor tiene su lucha.
¿Por qué pensar que tiene que ser diferente para nosotras dos?
 

2004

Convicciones

Se puede tener sexo en medio del silencio y la oscuridad.
Con alguien  a quien no se ha hablado  y a quien no se ha escuchado, con quien no se han compartido sentires ni pensamientos, y eso ¿ es hacer  el amor ? También se puede no  tener contacto físico con alguien  que nos habla y nos escucha, a quien miramos y que nos mira y nos ve, y con su mirada nos confirma, y allí sí haber amor.
 
La escuché cuando ella dijo: Entonces fui felíz...,  para referirse a que había llegado al orgasmo. Una expresión habitual pero engañosa. Porque  pensé que se puede llegar al orgasmo y seguir siendo desdichada. Como ella, que seguía  recordando al otro que la habitaba, que ya no formaba parte de su vida  y a quien  solo podía imaginar cerrando los ojos cuando estaba con éste.
 
Y lo escuché también a  aquél cuando decía de su orfandad de amor, de contactos, en su vida sin caricias. De su desesperanza y de la nostalgia por otro modo de vivir más pleno, que  una vez había conocido, y que clamaba desde sus recuerdos.
 
Al fin, ¿por qué asombrarnos?... Si el amor “es algo raro, que rara vez nos ilumina, y raros son los elegidos”.
 
Pero cómo conciliar esa idea del amor desde las multiplicidades, los flujos, los acontecimientos que hablan de muchas conexiones en el devenir? El amor es ese milagro infrecuente o es otra cosa? 

2003

11 dic 2020

Los hijos son para mí…

 Pensando en el día de la madre, ayer escribí que mis hijos y mis hijas son la reparación que la vida me dio. Ese asunto del narcisismo medio alicaído ¿vio doña? y que ellos inflaron como el globo de Montgolfier.

Ellos no me deben nada, yo les debo la gloria de engendrarlos, parirlos y criarlos. Les debo el que me hayan hecho conocer a Silvio Rodriguez y a Joaquín Sabina. También que me hayan puesto en marcha para lidiar con celulares, correos electrónicos, face book y otras magias extravagantes. Sin ellos yo no estaría escribiendo esto y no hubiera crecido tanto.

Después recordé que también les adeudo el cuento que me leyeron de Elsa Bornemann sobre las palomitas de papel , y les debo los desafíos de "El Señor de los Anillos" que me compartieron. Sin ellos no hubiera escuchado "Latinoamérica" de Calle 13, ni visto "Avatar", ni asistido a las marchas donde sus amigos de peinados imposibles hacen una música que no entiendo, pero que me gusta.

Así que mi gratitud en el día de la madre a todos mis hijos. Los biológicos como Pablo y Anahí y los adoptivos como Gustavo y Andrea, Marcela, Iara...y las parejas de todos ellos y ellas y también los amigos y amigas de mis hijos y mis hijas, y sumaría a los hijos e hijas de mis amigas y amigos. Porque ellos y ellas componen nuestro mundo.
Octubre 2013

La selva en un sueño

 Él me contaba que buscaba un lugar donde reposar un rato.

“Abrí la puerta de la habitación y todo era calor y humedad. Todo era una selva enmarañada  que pendía del techo, se enredaba en las puertas del placard, se deslizaba sobre el escritorio y se extendía sobre la lámpara. Un koala se asomó y me miró con curiosidad. Las ramas de las que estaba colgado eran verdes y fragantes y ocupaban la mayor superficie de la habitación. Una boa constrictora se apareció ante mí, así que cerré apresurado la puerta, antes de huir.

Traté de buscar en el otro cuarto, un lugar más tranquilo, pero la misma selva tapizaba muebles y paredes. Hasta en los marcos de las ventanas ramas y hojas trepaban y se enredaban sobre sí mismas y obturaban el paso. Del suelo húmedo brotaban musgo y líquenes. Allí revoloteaban mariposas y zumbaban abejorros, así que aunque el aire era tibio y perfumado, vi que era difícil entrar, por el obstáculo que ponían las matas a mi paso, de modo que renuncié y salí de allí.

Pensé que el cuarto de baño podía ser un espacio propicio  la soledad, podría sentarme allí un rato a descansar en el banquito junto a la ducha antes de volver al trabajo, pero ni bien me asomé, la misma selva me trabó el paso con firme resolución. Era densa y frondosa. Pensé en abrirme camino en la penumbra a machetazos si lograba trasponer el umbral. Cuando acomodé la vista descubrí que había colibriés y papagayos de hermosos colores bebiendo del lavabo, pero el rugido de un jaguar que salía de la bañera me hizo desistir. Los dejé así entre el verde y me alejé por la escalera. Tomé la puerta y caminé hacia la calle.

Allí, la luz me deslumbró y sentí el aire impregnado otra vez del smog de los colectivos. Me aturdieron los bocinazos de los autos. El  troley cada vez más lleno e impasible llevando a la gente, por Mendoza desde el Oeste hacia el centro. Me fui a dar una vuelta porque Echesortu sigue siendo un barrio muy tranquilo.
mayo de 2013

Migajas para las aves

 a Hilda por su fuerza y creatividad,

a Héctor en memoria de su disposición para la escucha


Cuando paso por la esquina de Santa Fe y Cafferata, suelo ver palomas, gorriones y horneros picoteando las migajas que alguien deja para ellas bajo un árbol, cerca de la entrada al Patio de la Madera. Y esa imagen, de alguien, a quien nunca vi, pero que adivino infaltable por las mañanas me remite a un recuerdo.

Cuando conocí a Héctor supo contarme que una paloma había hecho nido en el balcón del departamento en el que vivía con Hilda. Y claro, aunque ellos no tenían costumbre de comer pan, decidieron proveérselo a la inquilina que vivió con ellos un tiempo. Los pichones nacieron, uno de ellos sobrevivió y Héctor escribió un texto dolido cuando el otro agonizó frente a sus ojos, y le desató una congoja, que tenía que ver con esa muerte…y quién sabe…con tantas otras.

Cuando se mudaron a otro departamento, se acercó a ellos una gata a la que llamaron Aspasia, y que tuvo gatitos. Platón quedó con ellos cuando los otros encontraron hogar. El caso fue que ellos, Hilda y Héctor, que eran vegetarianos, empezaron a comprar carne para Aspasia y sus hijitos. Y recordé que esa hospitalidad con aves y gatos era la que los había definido, como el rasgo prevaleciente también con los amigos.

Todas las veces que llegué a la casa de Hilda y Héctor fui recibida con la generosidad y gentileza de los espíritus más refinados. La delicadeza con que se disponían a hacer de anfitriones, siempre me pareció un rasgo especial. De genuina aristocracia del espíritu. Allí el prójimo era bienvenido y ellos lo hacían sentir a todos y cada uno de los que llevábamos nuestras inquietudes  literarias o filosóficas. Y esta disposición de ellos a compartir, y que se expresó de tantas formas es la que recordé  frente al Patio de la Madera.

¿Qué cualidad de generosidad y cortesía empujará a esa persona, que no conozco, a dejar todas las mañanas migajas para las aves? ¿Será parecida a la actitud de mis amigos que ofrecían un espacio-nido a cuantos llegábamos?

enero del 2013