La idea de encontrar respuestas genuinas a la Pregunta del Millón, me surgió hablando con Oscar.
El me preguntó: ¿Cómo te va?
Y yo le contesté: A vos no te puedo mentir.
Porque de eso se trataba, de no contestar con la frase hecha, que no dice realmente como nos va, sino que solo salva las apariencias. Había que encontrar una forma, que sin faltar a la verdad y sin ser descortés, pudiera no obstante decir al amigo algo más que una fórmula vacía. Algo que pudiera dar cuenta de cómo es que se siente una, sin desnudarse demasiado, si es que no se tienen ganas o se tienen ganas pero se percibe que no es el momento adecuado para el interlocutor.
Entonces me puse a pensar en dicha forma y encontré una que me sirve, y que uso desde entonces, cuando no tengo ganas de abundar. A la pregunta respondo: Estoy luchando, como todos. Lo cual es cierto desde que me constituí, por esas cosas de la vida, en una “batalla que camina”, según dijera Adriana Steiger una vez, y a mí me sirve para siempre.
Desde entonces he pensado en las muchas formas en que se puede dar respuesta a ese saludo y a esa pregunta y he recopilado algunas.
Mafalda en una de sus tiras responde: ¡Aquí estoy, meta vivir! Ese optimismo y entusiasmo solo ella puede permitírselo.
Inodoro Pereyra es más veraz cundo contesta: Mal, pero “acostumbrau…”
La versión irónica de Inodoro sería: Bien. ¿O querés que te cuente?
La versión trágica diría: Si le digo mal, fanfarroneo.
También estuvo la respuesta de Mariano, diciendo: ¡Mejor, mejor y mejor!, pero él podía dar esa respuesta, porque como es un Franciscano coherente, elude decir de su artrosis, de la devaluación y del clima. Solo así a alguien le puede ir mejor, mejor y mejor.
También está la versión francesa: “No tan mal…”
Y la versión norteamericana: “Usted no querría saberlo!”
¿Y cuando hemos sido nosotros los que formulábamos la pregunta? Bueno, están los que se la toman en serio, y se ponen a relatar minuciosamente cómo es que les va. Y entonces entran en detalle sobre los planes del próximo lustro, o se ponen a referir los acontecimientos del último decenio, mientras el colectivo se nos está yendo.
Nos cuentas sus éxitos académicos, sus conquistas o ¡peor!, sus cirugías.
Todos hemos pasado por situaciones de ese tipo.
Por eso, la formalidad de los saludos en los que solo se deseaba: Buenas tardes, no parecen tan inapropiada. Y era mucho menos complicada, porque solo requería ajustar la respuesta a la hora en que se saludaba en tres grandes categorías: antes del mediodía, después del mediodía y a la noche.
De modo que si vemos lo complejo de ser interpelados para contestar cómo es que nos va, o saludar al otro con una pregunta que disparará una respuesta que no siempre estamos dispuestos a escuchar, bien vale la reflexión que les proponía.
Así, pensando en eludir el interrogatorio existencial de indagar ¿cómo me va?, cuando es eso lo que me preguntan, y yo puedo suponer que al otro no le importa, he desarrollado una serie de estratégicas respuestas, que no mienten, pero que tampoco dicen la verdad. En todo caso me evitan la tarea de recorrer mis laberintos interiores para otro momento, para cuando tenga ganas.
Y responder entre tanto:- A veces bien, a veces mal.
-Haciendo experiencias, vos sabés….
-Siempre yendo y viniendo, como todos…
¿Quién puede decir que estas respuestas no sean válidas?
Si soy la que saluda, y no deseo saber cómo es que le va, tan fervientemente como para correr con los riesgos, en vez de la pregunta peligrosa he descubierto que se puede poner el acento en cuestiones neutras. Por ejemplo: ¡Hace mucho que no te veo!
O: ¡Hace mucho que no hablamos!. También eventualmente: Me alegra verte.
En esta línea he descubierto también que es oportuno si se pregunta por alguien, que sea por los hijos. A cierta edad, preguntar por los padres puede ser chocante, disparar un gesto apesadumbrado, porque pueden no estar. Y preguntar por los hijos es adecuado además por otra sencilla razón: de los hijos no hay divorcio, así se evitan riesgos de respuesta irónica o contrariada. ¿Quién no metió la pata alguna vez?
Noviembre 2007
8 dic 2020
Cómo no mentir en el saludo
Homenaje
Mi hermano pregunta: ¿Qué podremos como inscripción en la placa?
Si por mí fuera, le diría que pongamos la verdad: bromeaba con los chicos y nos hacía trampas a los grandes.
Decía refranes con humor y se divertía aplicándolos a las situaciones más variadas. Tenía un repertorio de ellos que no eludía las malas palabras, y que Mario atesoraba.
Estaba aprendiendo a jugar truco y chin-chón con su nieto.
Miraba la telenovela de las nueve y suspiraba con los amores contrariados de Milagros y Catriel. Escuchaba en la radio los resultados del fútbol y seguía el lugar de Ñuls en la tabla de posiciones pero no miraba los partidos para cuidar su corazón.
Decía que había cosas que no podía entender, por ejemplo el atentado a AMIA.
Se cuestionaba Sarajevo y Ruanda y nos acosaba con preguntas que no le sabíamos responder.
Nos contaba los noticiosos aunque a veces se confundía Irak con Irán o Paquistán con Turquestán.
Miraba películas románticas, pero se ponía nerviosa con las escenas eróticas.
Era generosa hasta la exasperación y cuando tenía dinero en la mano se constituía en un verdadero peligro comprando regalos y trayendo cosas útiles e inútiles.
Era sincera hasta más allá de lo que podíamos sobrellevar, diciendo todo lo que se le ocurría sin pasarlo por la censura.
Y era de una fidelidad desmesurada que le hacía encontrar excusas para los que amaba, cualquiera hubiese sido la falta cometida.
Estaba convencida de muchas cosas y las defendía con pasión.
Se maquillaba y perfumaba a la mañana para estar bonita todo el día.
Verla con el espejito en la mano era como la garantía de que los planetas seguían en su órbita y la historia continuaba su curso. Alardeaba de los dos pretendientes que había tenido desde su viudez, uno en la cola del Banco y el otro en el cementerio mientras acomodaba las flores.
Chacoteaba con Oscar y con Jorge cuando le sugerían presentarle un viejito rico, a comisión, y con su cardiólogo que le recomendó encontrar un “usado en buen estado” antes de cerrar trato.
Declinó la propuesta del novio de su nieta cuando le planteó: ¡Abuela, qué rico cocina...cásese conmigo!.
Se ocupó de regalarle anillitos y dijes a todas sus hermanas cuando midió sus tiempos y sintió que le quedaba poco.
Me dijo a mí que tuviera coraje, que la vida es así.
Le quedó sin terminar la partida de chin-chón que había iniciado.
Sin ver el final de la telenovela de los horizontes expandidos.
Y sin escuchar el final de “Ilusiones”, de Richard Bach, que Pablo le leía por las noches.
Le quedó sin entregar el regalo del día del Niño a Micaela y a Iara.
Le faltó ir a comer a Capri en su cumple de septiembre. (Tenía dos cumple y los festejaba a los dos como buena tramposa).
Tal vez le faltó decirme algún secreto.
Y le faltó poder mirar los malvones rojos, y los blancos , y los de color salmón que están floreciendo en el patio, justo ahora, que se fue sigilosa. Sin tiempos de despedida.
Y a nosotros, no tan generosos, no tan sinceros, no tan leales y apasionados, sino medidos, cautos, discretos y respetuosos, no tan originales ni entusiastas sino convencionales, previsibles e incoloros nos dejó en el colmo del aburrimiento. Congelados en la añoranza de sus 86 años tan jóvenes y alegres.
invierno 1994
Melancolía de los domingos
Tarde de domingos. Salimos con mi hijo, y de los programas posibles no engancha uno, el que dan en el planetario. Por Navidad, cuando intentamos ver “La estrella de Belén”, no conseguimos localidades, esta vez dan “La guerra de los mundos” y tampoco logramos entrar. No nos desalienta mucho el fracaso, y decidimos caminar.
Lo hacemos por el centro, donde se encuentran las cuatro jugueterías que recorremos ritualmente cada vez que estamos en la zona. Empezando desde Rioja vemos la de la escalera, con sus naves interplanetarias, héroes rubios y villanos monstruosos. Tomamos San Martín y en la Galería Rosario, vemos las vidrieras colmadas de animalitos de peluche y autos a pilas. En la vereda de enfrente, en la galería revestida de mármol color panteón, vemos la juguetería de los japoneses amables y media cuadra más allá, en esa galería nueva que tiene arbolitos bajo el cielo abierto, la cuarta fuente de tentaciones, aunque tenga un angelito en el cartel.
Mi hijo se pega a las vidrieras, elige, descarta, calcula precios y evalúa el tiempo de ahorros que le demandaría tal robot, o cuánto falta para la Navidad o el día del niño, en que puede anotarse para alguno de los regalos que desea.
El mira las vidrieras, y yo lo miro a él mientras va atardeciendo y la gente pasa. Un muchacho con un bolso, una gorda muy gorda, un matrimonio formal (trajeado él, con tacos y aritos ella), una pareja de la mano, muy rubia ella, muy trigueño él. Luego un adolescente vestido exóticamente y con el cabello hasta los hombros. Todos son hermosos y me parecen tristes. Entonces me detengo y advierto que no es cierto. Ni son hermosos, ni tal vez estén tristes. Yo debo estar triste, porque atardece en domingo: día y hora de la melancolía.
No soy nada original. Hasta a Julio Iglesias le sucede, lo dijo en un reportaje.
¿Y cómo es que todo se ve triste los domingos al caer el día?
Lo que siento es una fea mordida en el alma. Entonces me pregunto: ¿Qué coartadas le doy a la tristeza para que no me arrincone, para que no me demore en averiguación de antecedentes? Rápido, rápido…un argumento que pueda plantear con supuesta seguridad, tal vez zafo y logro que no me atrape…
Pienso en lo que puede contraponerle, las cosas proyectadas…sí, debo escribir dos cuentos y un artículo para el congreso de abril. Eso es serio, eso tiene sentido, es muy convincente… Además están los alumnos y están los pacientes que creen y esperan. Que apuestan a que soy razonable, sensata, fuerte y a que estoy bastante entera. La confianza que ellos tienen, también es un argumento con el cual apuntalarme en esta hora perversa, en dónde, ¡Maldito sea!, se me ocurrió plantearme: ¿Y ahora qué?
No le voy a comentar a mi hijo estas reflexiones, él no vino a darme argumentos por los cuales vivir. Más bien debería recibirlos de mí, pero…¡mierda!, no se me ocurre alguno verdaderamente sólido. Debe ser porque es domingo y anochece.
Y su padre quedó allá, agarrado a su martillo, como de una tabla de salvación, con olor a madera y protegido de los avatares del mundo por una capa de fino aserrín que, seguro lo aísla de la angustia, de las angustias existenciales…Mientras tenga madera para serruchar, lijar y clavar ya tiene excusas, ya sabe por qué vivir.
Lástima que no hablemos de estas cosas…Tal vez pudiera tirarme un argumento con el cual darme una tregua a esta opresión de garfio oxidado, mientras camino la peatonal y mi hijo hace cálculos para saber cuándo tendrá el transformen rojo con rayas plateadas, y con eso ya tiene sus días encaminados.
Pero…¿Qué deberé hacer por él más tarde, cuando también a él los atardeceres de domingo lo inunden de tristeza?
Yo aprendía a gambetearla y voy sobreviviendo. Reconozco que a veces al precio de simular que estoy ocupada en cosas importantes, y otras al de huir cobardemente. En el fondo sé que todas son pobres excusas frente al paso del tiempo y a las pérdidas que nos despojan.
Este es un asunto de lo más difícil. Entendí cabalmente lo del tango: “fiera venganza la del tiempo”, cuando empecé a ver envejecida a la que era la más pizpireta del grupo. Y cuando él, que era “el novio de América”, pasó a ser un abuelo levemente confundido (decimos que se convirtió en pollo patriarca en vez de decirle gallo viejo, porque queda más solemne). Y cuando mi gato, que era un fatuo narcisista que se la pasaba acicalándose, empezó a volver de sus correrías dañado y desalentado por la empresa de crecer y fijar su territorio…Se le veía decaído y decepcionado, como si la vida no le estuviera resultando como la planeaba.
Tal vez nos suceda un poco a todos, no sólo a Malandrín, mi gato.
Nos sucede cuando la búsqueda de motivos para trascender, se convierte en un rastreo de excusas para sobrevivir (escribir dos cuentos y un artículo, regar las plantas, criar los hijos, cumplir con los que creen en una).
Porque hay que sobrevivir. Con contradicciones y todo. Con mordida en el alma, angustia existencial, conciencia del tiempo y de la muerte o como carajo se quiera llamar. ¿No tiene eso cierta grandeza?
Sobre todo, porque, no nos engañemos, sabemos bien que son sólo intentos. Y como dice la canción, las más de las veces, consisten en “inventarse una esperanza para volver a vivir”. Para ello habrá que ser capaz de desentenderse del otoño. No asumir esa lucidez de atardeceres de domingo. Y en la lucha entre Venecia y Andalucía…seguir apostando por Anadalucía.
Otoño-invierno 87
Homenaje irreverente a la nostalgia
Al despertar escucho el bochinche que meten los gorriones en el jacarandá, justo frente a mi dormitorio. Un ratito más tarde, de la escuela que está al otro lado de la calle, un tocadiscos afónico vuelve a recordarme que: “…alta en el cielo, un águila guerrera, audaz se eleva, en vuelo triunfal…” Cualquier mañana de éstas le bajo la audacia de un hondazo.
Trato de estirarme pero mi hijo, que anoche se pasó (película de terror mediante) me incrusta las rodillas en los riñones, y del otro lado, mi marido me clava los codos en las costillas. Esto de dormir con dos hombres podría ser fascinante en otras circunstancias (según plantea avanzados), pero a mí, estar entablillada entre las huesosas presencias de cónyuge y retoño, ya se me está haciendo pesado. Me deslizo por lo pies de la cama, el único lugar que creo libre, pero me encuentro empujando al gato, que me mira altanero, como si yo fuera la intrusa.
Entonces, fuera ya de esta cama promiscua, me tiro en la ducha, que por lo menos es un lugar privado. Y recuerdo, la ducha es un buen sitio para recordar en esta temprana hora.
Vuelven los versos de María Tiberti:
…Tu alma, tu alma
Prado de luces, y cuchillos y tréboles
Luchando contra las albas, los otoños y las viejas cosas”.
¿Así que ella también luchaba contra las albas?...¡Menos mal…no soy la única!
¿Y no era Cecilia Absatz la que diferenciaba el mundo de la noche del de las mañanas? El mundo de las mañanas…Pollera escocesa tableada, olor a jabón y un orden en la vida. Un orden difícil y exigente…Más los lunes.
Como se queja Susana Torres Molina: “…Ir a trabajar, destino de los imbéciles; levantarse temprano, tragedia de los mediocres. ¡Y por si fuera poco drama, invierno…!”.
Este parece ser un lunes de invierno, más lunes que los otros. Trámites pendientes, con la escribanía, con el estudio jurídico, con el banco, con la escuela, también consultas…
Empezar temprano: “Al que madruga, Dios lo ayuda”. “Primero el deber después el placer”.
Pero, la puta que lo reparió…¿Quién me hizo TAN responsable?
No, la vieja no, ella se toma su tiempo para vivir para joder y cuando puede trampea a las distintas burocracias que se le ponen por delante.
¿Y yo? ¡¿A qué viene tanto respeto reverencial por la ley?!
Ojalá hubiera heredado de ella, en vez de la artrosis, sus dotes para tomarse la vida en solfa…! Porque la vida es toda una cuestión. Y este asunto de crecer va dando trabajo. Crecer desde que era chica, y me portaba como grande hasta ahora, en que soy grande aunque me sienta chica.
¿Soy grande?
Soy del tiempo en que Tribilín se llamaba Dippy, las vueltas a la manzana eran toda una aventura y las rubias empezaban a jugar un papel en mi vida: eso que nunca sería.
Hoy el mundo es diferente. Nos invaden Mazinger y Robotech. Para vivir aventuras ni se necesita dar vueltas por el barrio, y aquellas rubias fueron arrasadas como Marilyn.
Hoy el mundo es diferente, pero hay cosas que me hubiera gustado que mis hijos conocieran y ya no están: el bazar Manavella con sus vidrieras iluminadas, especialmente la de los juguetes. Los cigarrillos Comander. Los higos y granadas que crecían en los árboles del barrio y se obsequiaban entre vecinos al llegar el tiempo de la fruta.
El hielero que sostenía sobre el hombro, apoyado en una bolsa de arpillera, el bloque transparente que rompía con unos ganchos temibles. El barquillero que convocaba con su clank-clank a toda la pibada, ansiosa de girar la ruleta que decidiría cuántos barquillos se ganaban. El afilador que pasaba por las casas con su silbato que era como un trino convocando a las vecinas. (Hoy tenemos el ulular de ECO, las estridencias de las bocinas Sorpasso y alguna que otra sirena de bomberos o brigada antibombas. Y en vez del ruido del tenedor batiendo el huevo para las milanesas, el zumbido de la multi-procesadora que funciona en la cocina).
Mis hijos tampoco conocen Ocalito y Tumbita, el perro Batuque ni la vaca Aurora. Seguro que no entraron en una casa con sótano misterioso y carbonera oscura, como la de mi abuela paterna, sótano que atisbábamos cuando bajaban a buscar vinos y carbonera donde amenazaban ponernos cuando rompíamos más de la cuenta.
La otra abuela vivía en el barrio del Abasto, en una casa con un fondo inmenso donde había catorce higueras con higos negros y blancos, y tenía en la parte de atrás un cañaveral donde jugábamos a los exploradores. La abuela de mis hijos (mi vieja) sólo tiene un patio embaldosado con unas helechos mustios en macetas descoloridas…Para nada sugieren imágenes de acechanzas en la selva tropical, como aquel cañaveral que les cuento.
Es que las casas ya no son lo que solían ser. Ni los Bancos, ni las Iglesias son los templos de otrora. Falta el estilo solemne que sabían tener. Se ven señoras en ruleros, bebés en cochecito, un pensionado con su bolsa de verduras, una gorda con vaqueros y un perro que seguía a su dueño a pagar el impuesto inmobiliario.
Tampoco los médicos son los mismos. Me acuerdo del consultorio de Torresetti (él me curó la urticaria, que me daba los cubanitos de dulce de leche) y que atendía en un lugar majestuoso: las paredes revestidas de maderas y diplomas. El escritorio gigantesco y lleno de cajones, y hasta la actitud: ademanes medidos, concentrada atención, prescripción escrita en el recetario clásico con una pluma fuente de oro, de los remedios mágicos; y en dicho consultorio una pintura inmensa representando una escena temible, dos colosos gigantescos y musculosos luchando con serpientes que los enroscaban. Él me explicó que las serpientes representaban a los vicios que aprisionan a los hombres para quitarles su libertad.
Uno de los últimos médicos que tuvimos ocasión de consultar, además del aspecto adolescente, llevaba indolente el guardapolvo abierto sobre los vaqueros arrugados, tenía las manos en los bolsillos y tal aire de despiste mientras nos hablaba en el pasillo, que si no hubiera sido por las circunstancias, hubiéramos salido huyendo. No pudimos hacerlo, y luego, una vez que lo conocimos mejor, nos culpamos por aquella primera apreciación apresurada que lo descalificaba, sólo en base a lo desmañado de su aspecto.
También en aquel tiempo de mi niñez, los policías eran buenos y merecían nuestra confianza. Ustedes recuerdan aquella advertencia: “Si te llegás a perder lo que tenés que hacer es buscar un vigilante, y cuando lo encuentres, sólo a él decíle lo que te pasa, él te resolverá el problema porque los vigilantes están para eso…para devolver a su casa a los chicos que se pierden”. (!)
¿Y recuerdan aquellos tiempos de la adolescencia en que se consideraba como una cualidad importante en los muchachos, una de la que se oye hablar poco: que fueran respetuosos. Esto quería decir en aquel tiempo, que no se hicieran propuestas deshonestas. (Aunque una tuviera muchas ganas de que le hicieran la más deshonesta de las propuestas). Mi abuela se hubiera escandalizado con tales sugerencias, pero mi abuela era bastante mentirosa. Con ella y mi mamá iba a las procesiones del Sagrado Corazón de María. Y con mi papá a los desfiles del 20 de junio en calle Córdoba, y él siempre me avisaba cuando pasaba el “11 de Infantería”, porque allí había hecho la colimba.
El me legó la melancolía veneciana (ciertos matices del gris) y esa terquedad de empujar ciegamente como un toro, que aún no se si es mérito o defecto. Y mi vieja, un sentido común tipo topadora y cierta ironía para mirar las cosas burlonamente, un poco de Andalucía, pero me basta.
Crecer fue también cuidad en mí, ese cacho de Andalucía para que no se me disolviera en los canales venecianos cuando inundaban todo.
También crecer fue aprender cierta poesía urbana encontrando belleza en las hileras de lapachos y jacarandás en primavera, ya que nunca pude ver los campos de lino, que dicen que son azules. Y mirar la magia de los letreros luminosos duplicados en el suelo, las noches de lluvia, tan fascinantes para mí como debieron serlo para los indios, los espejitos con que los sedujeron desvergonzadamente los conquistadores.
Los adelantos de la técnica que vinieron en los últimos tiempos a estas pampas, importados y escasos, me siguen pareciendo, de puro sub-desarrollada “cosas de mandinga”: radiodespertadores, relojes lapicera y las computadores chiquitas, que ni pila llevan.
Y en este recuento nostalgioso, me pegunto por esta vida, tan distinta ahora. Tal vez no como en el tango, según Cátulo Castillo: “una herida absurda”, pero sí con algo de “trámite engorroso o alegre charada”, como plantea Fernández Tiscornia. Como silogismo o milagro, como “flor misteriosa y perfumada”, como propone mi amigo Abel, o como caramelo gigantesco, según el poeta Sandro Tedeschi, o apenas como un boceto que no hay tiempo de completar.
Y así sigo como urraca de las palabras, guardándolas a todas, hasta que alguna vez saco una del escondite, para ofrecerla como se ofrece una rosa o zamparla como un garrotazo.
Sintiendo que tengo toda la campaña hecha y las confirmaciones necesarias desde que mi hijo me aseguró que no importaría si no fuera su madre, porque me tomaría en adopción (!) y desde que mi madre se pudo envanecer por la nota que me hicieron en Ecos, máxima aspiración de rosarina con pretensiones (aunque la nota no se la pueda mostrar a mis amigos intelectuales, porque me dirían tilinga y me mirarían con asco).
Sintiendo también, que aunque viva mil años, hay cosas que seguirán en el misterio…Por ejemplo: por qué mi hija pueda sonreír SIEMPRE al despertar, cuando otros nos sentimos tan miserables…y también por qué este hijo, más que hijo, me salió una experiencia surrealista, como cuando canta el himno y yo me hago cruces, porque se refiere a los “soretitos unidos del sud”. O cuando especula si: “…el Hitler, ese, para hacer todo lo que hizo ¿Tendría un ayudante?”. O cuando pasa, sin solución de continuidad de una pregunto: ¿Cómo se creó el Universo” a otra: “¿Por qué chocho, cuchufleta y cachucha se escriben con ch?”.
En fin, conservando, pese a los amaneceres de día lunes, en invierno, una pizca de locura, de irreverencia, porque si no cómo haría para seguir creciendo…? ¿Cómo haría para sobrellevar la nostalgia
1987
Cotidiano
Manejo el auto, rumbo a las oficinas donde entregan los aforos de la patente de este año.
Hoy vence la primera cuota. Siempre me entero a último momento. Ahora la larga cola para retirar, la larga cola para pagar.
El encuentro casual con algún conocido.
Volver rápido. Dejé el almuerzo casi listo.
Luchar para que los chicos coman. No les gusta mucho lo que les preparo. Y enseguida llevar a la nena a la escuela.
El reloj me corre. Las dos manecillas son las botas implacables de un gigante que viene tras de mí con intención de aplastarme.
Luego mi trabajo.
Componer la expresión imperturbable de quien escucha las consultas angustiadas de otros.
El 24 vence el Impuesto Inmobiliario.
El 26 Obras Sanitarias.
A las 12 le toca el antibiótico al nene.
Tengo que recordar a mi hija que lleve la carpeta. Ayer la olvidó...Todavía es chiquita...Primer grado.
Primer grado.
La espalda apoyada en la pared inmensa y gris. Primer día de clase.
Las monjas revoloteando como cuervos en el patio.
Primer día de clase de primer grado...qué miedo, qué miedo...¡¡no tengo que llorar!!.
Si hermana Tercilia, traje el cuaderno...Qué grande es el pupitre...Grande y oscuro...Me pierdo en él.
Si hermana, le diré a mi mamá que me ponga un lazo en el pelo.
Si hermana, le diré que mande la cuota de la cooperadora.
Si hermana, si...
Soy una buena chica, una chica obediente...
Estudio, voy al catecismo.
No, no padre, no beso a los muchachos. Confieso que sí, que solo una vez, pero ya no lo haré más.
Si mamá, ya me levanto.
Voy a la escuela. Voy a la biblioteca.
Debo llegar a horario.
Me falta el tiempo.
Voy al trabajo.
Voy a hacer las compras.
¿Qué les gusta a estos chicos? No tengo mano para la cocina.
Ni ganas.
Ni forma de experimentar...
No mamá, no le digas a papá que no quise comer.
Hijos, no le digan a nadie que se me quemó el arroz. ¡Ya escondo esta cacerola tiznada!
Si mamá, ya sabía que el arroz no se cocina bien en acero inoxidable...pero... Si mamá, ya le cambié los pañales al nene...Tiene la cola paspada? Bueno, bueno, voy a ver...
No, no sé dónde están tus llaves...Tu agenda? En la mesita rodante...
Hija, tus hebillitas ¿dónde las dejaste? No hay tiempo de buscarlas...¿Andá con el pelo suelto!.
No, no sé dónde está tu disfraz de Batman...fijate en la caja de los juguetes...¿Y el chupete? ¡Qué sé yo! ¿Vas a dejarme poner la mesa?
Cruzo la plaza trotando, no hay tiempo para mirar el juego del sol entre las hojas, ni aspirar el perfume de los rosales...
Adivino, más que miro, el cartel sobre el verde. Total, ya se lo que dice:
Prohibido pisar el césped.
Prohibido estacionar.
Prohibido para menores de 18.
Prohibido fumar.
Prohibido el paso.
Prohibido hablar con el conductor.
Prohibido girar a la izquierda.
Prohibido usar la radio después de las 23 horas.
Prohibido!
Prohibido!
Prohibido!
Basta!!!
“Desabrochen el pensamiento tan a menudo como la bragueta”.
¿Sabrán los jóvenes de estos lemas?
¿Sabrán de mayo del 68 en Francia?
Yo tenía...Y ya pasaron trece años...
¿Y sabrán del nazismo?
¿Y de Hiroshima y Nagasaki?
¿Y qué? Yo tampoco tuve tiempo de enterarme bien de lo que estuvo pasando en Nicaragua...De lo que está pasando en Irán...
¡Cómo corre el tiempo...!
Y cómo me corre el tiempo...
Si no me apuro llego tarde...
Si señora, debe haber sido difícil...¡cómo reponerse de la pérdida de un hijo?. ¡Tenía 20 años cuando se lo llevaron? ¿Esa es su foto?. Ya veo, siempre la lleva consigo...(Siento el corazón más chico, como si sus hipos y sollozos tuvieran un efecto constrictor. Pienso en mis propios hijos).
No mamá, no salimos esta noche. Nos quedamos con los chicos...
Si, te cuento un cuento.
Si, te armo una casita.
Ya voy, ya voy, no puedo hacerlo todo al mismo tiempo...!
¿Qué hacés con el bebé alzado? Es peligroso...sos chiquita aún...
¿Se te ha caído un diente hija? ¿¡¿¡Ya!?!?
Vamos a guardarlo debajo de la almohada para que el ratoncito te deje una moneda...
¿Qué quién hizo el sol?. Ya te explico...Hay distintas teorías...Esperá, dejé la canilla abierta y desborda la pileta...¡Llaman a la puerta, fijate quién es!
¡Has perdido tu primer diente de leche! ¡Cuánto creciste!.
Mamá, tengo manchas de sangre en la bombacha...
No, por favor, no le digas a papá...No le digas a nadie...Yo la lavo, no le digas...
¿Qué me ha pasado? ¿Qué pasará ahora? ¿Debo temer?
Si, te amo...
No, por favor, no, no puedo...
Siento tanto , tanto...
Pero no, no puedo...
Sí, quiero. Y prometo amarlo y serle fiel tanto en la salud como en la enfermedad...
Tengo que apurarme o llego tarde.
Primera consulta. El tema parece ser el amor.
Escucho sus dudas: aceptarlo o no. Responderle o no.
Me oigo decir cuando la despido, al mejor estilo “Corín Tellado”:_ Mirá dentro tuyo, preguntale a tus sentimientos, antes de decidir.-
Estoy transgrediendo desvergonzadamente el encuadre que hubiese exigido un silencio impasible. Si mis colegas lacanianos me oyeran, se rasgarían escandalizados sus vestiduras.
Segundo turno. Hace frío. El sol no alcanza a entibiar del todo.
La escucho. ¿Así que no quiere vivir por vivir...?. ¿Qué quiere saber por qué vive, para qué vive?.
Pienso: ¿Y quién no querría lo mismo?. Al fin estamos ocupando distintos lugares y aspiramos a lo mismo...
Este arroz está hecho un engrudo, nunca aprendo a hacerlo bien...
El chiquito tiene temperatura, ¿podés tenerlo mientras busco que darle? ¿Por qué llora, acá está mamá...ya va, ya va...Tiene cada vez más fiebre...delira...¿qué vamos a hacer? ¡Cómo quisiera calmarlo!
Encanezco...ayer lo descubrí...¿Qué haré cuando mi piel se marchite?. ¿Cuándo las líneas de mi cuerpo se ablanden y pierda fuerza y lozanía?.
¡Adios juventud!.
¿Me amás?. ¿Todavía me amás?.
Si, si, ya se, han sido años juntos...
Sí, yo tampoco se...
Nunca sabré...
Muchas veces me encontrás desaliñada.
Muchas veces me encontrás hablándole ásperamente a los chicos, llena de impaciencia.
Muchas veces, malhumorada, no te escucho, me doy vuelta y nos alejamos...
¡Qué difícil preservar la magia en medio del cansancio, las corridas y tantas cosas...
Y sin embargo, también pude, alguna vez, sentirme hermosa bajo tu mirada.
Si mamá, el guardapolvo le queda justo a la nena. Lo que le van chicos son los zapatos. El mes entrante le compraremos las botas que eligió.
Si, si señorita, ya canto el himno: “Oíd mortales el grito sagrado...” fuerte, la cabeza bien alta.
Si, Si, tiraré de la cintita de la torta. A lo mejor saco el anillo. ¿Una saca el anillo y tiene buena suerte?
Si, si, el domingo de ramos consigo las hojas de olivo que mamá quema cuando hay tormenta para atraer la calma. ¿Qué miedo me dan los truenos! ¿Podrá venir otra vez el Diluvio? Estoy tan asustada...
Y en la Navidad, ¡qué hermoso el arbolito! Nace el Salvador...
No, hijo, no es el Salvador porque tenga una escopeta. Es otra clase de Salvador ¿Entendés?
No entiendo, no entiendo los logaritmos. Si, si, estudiaré más. Debo traer buenas notas, eximirme de todas las materias, lograr un buen promedio. Es lo menos que puedo hacer...
¿Cómo puedo hacer?. Besar.. ¿cómo se besa?. ¿Con la boca abierta?. Pero, y ¿se respira al mismo tiempo?.
Si me gustás mucho.
Pero siento tanta inquietud cuando me abrazás. No, no, tengo miedo.
¿Cómo no temer?
Si, si, ya se...
¡Ay mi Príncipe Valiente! En lucha con los dragones insidiosos del tiempo...
Frente a mí, crisálida que en vez de mariposa se convirtió en bruja...Con su marmita de arroz pegoteado, con su tiempo partido por las demandas de otros, con silencio para otros, con palabras para otros...
Si señora, tendremos que poner en palabras lo que siente. Entiendo que es difícil hablar de ello, pero puede ser necesario si queremos encontrar una salida positiva.
Positivo. Acá está el Gravindex. Positivo. ¿Se da cuenta?. Me parece increíble. Y sin embargo, ya es como un pececito flotando en mí.
¿Qué es eso?. ¿Con qué estás jugando?. ¿Qué querés ir a pescar con tu papá?. Si, en los canteros hay lombrices. Te ayudaré a buscarlas, aunque no me gustan, me cuesta, no puedo tocarlas.
No, no, no puedo. No, ...si, me gusta tu piel, la piel de tu cuello, de tu espalda desnuda, de tus brazos alrededor de mí. Recorro tu piel con la punta de los dedos, con mis labios, con mis mejillas...pero, por favor, no sigas. No...es que temo...
Temo cuando te sube tanta fiebre hijo ¿estás mejor? Dejame besarte, quiero sentirte la frente...Si, aquí me quedo a tu lado.
Si señora directora, presentaré la planificación a tiempo. Yo cumplo. Yo siempre cumplo.
Sí, sí. Ya voy. ¿Ahora? ¡Cuántas cosas! ¡Qué cansada estoy!
¿Qué te cuente cuándo nos conocimos con tu padre? No, es un secreto...
En el secreto de nuestra primera cita trajiste una rosa. Era bella, frágil, efímera.
Era la primera vez que recibía algo tan hermoso...Para conservarla más tiempo la puse en la heladera. Cada vez que abría para buscar algo, me encontraba con el espectáculo surrealista de la rosa en su caja transparente, en medio de cosas banales. Y parecía tan absurdo el contraste...Después aprendí que la coexistencia de lo sublime y lo burdo son tan frecuentes...
¿Valió la pena tratar de conservar más tiempo aquella flor?
Yo quería que nuestro amor permaneciese siempre igual. ¿Es acaso posible?
¡No es posible, no es posible hija! ¿Dónde aprendiste tantas cosas y tan pronto?.
Si las canciones me las has enseñado a todas. Y ya reconocés las letras de tu nombre...
¿Y dónde aprendiste a cruzar así los ojos?. ¿En la escuela?. ¡Qué cómica con esa cara de payasa!. ¡Qué absurda!.
Sí, me he sentido absurda a veces. Y sin embargo, nunca, nunca olvidaré aquel momento bajo el resplandor de la lámpara...Traté de cubrirme avergonzada de mi desnudez. El embarazo redondeaba mi vientre.
Recuerdo tu mirada y tu voz, no sé cuál acariciándome más. Y recuerdo como apartaste mis manos y me dijiste: “- ¡Qué linda estás!”-¡¿¡ ¿Qué linda estás?!?! con mi panza que tu amor convertía en milagro.
Será un milagro la recuperación. Si mamá, iré a acompañarlos. No, no te preocupes, yo los alcanzo en el auto. ¿Cómo sigue papá doctor? ¿Cómo será el tratamiento? Sí, yo me ocupo...y según siga le aviso...
Le aviso, no me quejo.. solo le aviso, las contracciones son cada cinco minutos.
Debo pensar algo lindo, algo bueno para no sentir tanto el dolor. ¿Ya está! Era de color muy claro y casi en capullo. La sacó de la planta y me la dio. ¡Ya viene! ¡Qué intensa! ¿Se aliviará si grito? No, no debo gritar, debo estar tranquila...Ya pasa. Es el privilegio de tener un hijo.
¿Qué tengo los ojos brillantes? Sí, me siento hermosa... y el bebé ¿viste cómo se prende al pecho?
Sí, puedo darle un turno para el martes. El consultorio queda en la calle...
¿Qué la lucha para no enamorarse le parece inútil?
Sí, tal vez sea así.
¿Qué lo sorprende su mejor relación con todos desde que está enamorado? Sí, tal vez sea el poder transformador del amor...Quién sabe...
Quién sabe si podemos comprar una casa, ahora que se da esta oportunidad. Si tiene terreno plantaremos un duraznero.
Si hija, podés correr por el parque. ¿Qué dice: “Prohibido pisar el césped”? No importa, corramos juntas....
La cuota del Banco vence mañana. Si estoy preocupada... No, triste no.
Si, ya sé, no soy tan joven, ni linda, ni brillante. A veces no tengo ganas, y, para colmo, no se cocinar el arroz.
No puedo tenerlo todo.
Ya es bastante con tener cuerda para correr, para ser responsable, para acordarme...
Llego harta.
Consultas desde temprano.
La casa llena de niños, los propios y los otros.
Entro pasando y pisando juguetes desparramados en todas las habitaciones.
Levanto un revolver rojo cerca de la estufa.
Sobre la mesada un Colt azul metalizado me sonríe.
Junto a la bañera, el rifle que dispara corchitos, yace indolente.
Confío en llegar al dormitorio. Apoyada en la mesita de luz, la pistola espacial espera a lanzar rayos y centellas, y una Magnum amenazante se queda silenciosa.
Silencioso, si, así te siento. Y silenciosa también estoy yo.
¡Qué sueño tengo! Sí, ya se...
¡Qué cansada estoy!
Sí, nos cuesta escucharnos...
Si, te escucho hijo. Ya voy. A las 12 te toca tomar el antibiótico.
El 24 vence el Impuesto Inmobiliario.
El 26 Obras Sanitarias.
Tengo que recordar a mi hija que lleve la carpeta.
1981