8 dic 2020

Qué haría yo sin vos

 Antes de escribir esta historia, le pedí a Pablo que cambiara la lamparita quemada de la habitación. Él se estiró, quitó la que estaba quemada y colocó la nueva. Entonces le dije, medio en broma, medio en serio: ¿Qué haría yo sin vos?

Qué haría sin un hijo alto y hermoso, que sin esfuerzo alza su brazo lleno de biceps y con los dedos índice y pulgar desenrosca, enrosca y ¡abracadabra! ¡problema solucionado! Donde yo tendría que haber buscado una escalera, trepar  sudar y putear sin certeza de poder cambiar la lamparita, él lo hacía como lo más fácil del mundo

Y es que los hijos, (único hijo varón, después de la experiencia de una primera hija mujer) para los cuales una viene a ser la única madre, suscitan estos comentarios, como el de ¿Qué haría yo sin vos?

Cuando Iliana eligió para representar un viejo escrito, "El machista", en el que me refería a Pablo niño, ella sintió que podía identificarse conmigo, porque su hijo Julián se ajustaba perfectamente al perfil de lo relatado. En realidad cualquier madre de hijo varón atorrante y seductor podía resonar a lo planteado.

Y es que el tiempo pasa, pero los chicos siguen creciendo de manera bastante similar en casi todas las familias y dan lugar a situaciones que se reiteran a lo largo de generaciones. Y las madres establecemos entre nosotras una suerte de complicidades por ir viendo que nos pasan las mismas cosas.  Tal vez por eso a Iliana le resonó mi cuento de hace 20 años.


En nuestro caso,  como en tantos, después de los avatares de la adolescencia, del viaje a Europa con recalada en el barrio gótico de Barcelona, con caminatas con ocupas en Cádiz en las marchas contra las leyes de extranjería de los gallegos garcas, y con un retorno a Argentina que nos hizo recuperarlo, dijimos: Nuestro hijo está otra vez en casa. Su hermana, la única sensata en la familia, cedió los espacios necesarios y volvimos a la rutina.

Mi marido supo acotar: ¿Y te imaginabas que iban a estar tanto en casa?


Viene siendo la situación de muchas familias de hijos e hijas creciditos en tiempos de despegue, cuando a veces están y otras veces no.

En un entretiempo en la facultad, me encontré con dos amigas. Zulma contó : Franco se vuelve de España. Y la Negra, cuya hija también volvió de Dinamarca, y a quién  comenté que acababa de pasar momentos antes por el hall (porque también estudia a allí como nosotras) dijo: ¡Ah, qué bueno que está acá, porque hace dos días que no la veo y necesitaba comentarle algo!
 

Esta situación de hijos en los veintipico, que a veces están y a veces no, que a veces se van y otras veces vuelven nos exige una adaptación que asombra a las abuelas. Claro, para ellas cuando un hijo se iba, se iba. Y se iba cuando estaba por casarse o cuando se iba a trabajar a otro lado. Esta etapa de tránsito mucho no les cuadra.

Para mí, el hecho de que Pablo se fuera y por un año en el 2000, fue toda una puesta a prueba, que pude sortear. Cuando Susana, la madre de Emilio el amigo que viajó con él a Europa, me preguntaba cómo sobrellevaba la ausencia le contestaba: Recurriendo a dos mecanismos fantásticos, a saber: "reprimir" y "negar". Reprimir la nostalgia y negar el nudo en el esófago y las cosquillitas en los ojos. Ella, y todos los que escucharon esa respuesta me miraban como si yo estuviera loca, pero a mí me resultó. Al menos durante ese año que por suerte ya pasó,

Pablo nos escribía y hablaba seguido, de vez en cuando daba noticias de los nuevos piercings y tatuajes que se hacía y acá temblábamos. Cuando antes de partir ya se había adornado con tachas de metal en la ceja, en las orejas y en el labio inferior nos inquietamos. Cuando se dibujó una serpiente en la espalda y una mandala en la panza ya estábamos acostumbrados y nos parecieron decorativas.

Había sido interesante recoger los comentarios de nuestros amigos al respecto. Porque descubrimos que, como con todo, cada quien lo hacía desde sí mismo. Así hubo quién preguntó: "¿Y no lo corriste a escobazos?" Otra que arrobada acotó: "¡Ay que les queda taaaan liiindo!" Y al fin, otra que aportó: "Y bueno, el hacer  algo así es un signo de su autonomía. La mía se puso un arito en el pupo y uno en la nariz..."

Cuando Pablo regresó ya no tenía tachas visibles así que nos calmamos. Solo que al abrir la boca tenía uno nuevo que le atravesaba la lengua. Decía que le gustaba y que era erótico.

 Para las minas de mi generación erótico era Serrat, pero obviamente los gustos han cambiado y él sabrá porque lo dice. Además si es por erótico me quedo con Sabina, que él me hizo conocer en uno de los primeros compact, ese donde figuraba: "Sentados en corro..."Aunque ningún tema como el de: "Más de cien palabras, más de cien motivos..." que viene siendo como un himno, no un himno patrio, sino existencial y al que me remito bien seguido.

Cuando a la vuelta él se reencontró con sus amigos volví a tener la casa llena de chicos, y valió la pena.

Andrea como nueva hija adoptiva y hermana postiza de Pablo luchaba para que me sembraran pastito en el jardín. Y José Luis, el otro hijo adoptivo, me traía de regalo salames del campo, como premio a mi postgrado.

El hecho de que Pablo se pusiera de novio fue mejorando el clima y las expectativas de la vida en común. El amor dulcifica y amansa. Mis primos se asombraban de que me hiciera solidaria, porque para el mito de suegras y nueras en competencia y conflicto  esta complicidad parecía contra natura. Pero lo cierto es que verlo embalado y entusiasta era lo más que podía desear.

El transplante a Rosario estaba resultando.

Al llegar hablaba con modismos como que "tal chaval es muy majo" y traía el pelo rubio. Después rojizo. Después platinado. El tema de los cambios de color no tuvo ningún significado hasta la semana pasada.

Porque la semana pasada se lo cortó. Y pude ver su pelo natural después de mucho tiempo. Y estaba lleno de canas.

El bebé que ocupaba el exacto lugar en mis brazos cuando lo amamantaba. El plumón tibio que me costaba devolver al Moisés.

El preguntón que a los dos años me pedía cuentos antes de dormir diciendo: "Tame toria".

El viajero que mandaba sus cartas desde la computadora de una biblioteca que nos describía como la de "El nombre de la rosa" y desataba nuestra imaginación desde su barrio barcelonés.

Ya tiene canas. Ahora tiene canas.

¿Y cómo se es madre de un hijo que tiene canas?

Explíquenme por favor porque la melancolía me invade, y puedo encontrar respuestas para muchas cosas, pero ésta ¿Cómo se remonta?
Otoño, 2003

Romance de barrio

 Era muy flaco y estaba en la puerta. Qué se puede hacer con el ímpetu adolescente?

Miraba hacia la casa. Ella, refinada, la piel blanquísima, orgullosa de su alcurnia y de su porte tomaba sol, tendida sensualmente y ajena a los anhelos del galán, que esperaba más allá de las rejas. Todavía no lo había visto.
Mientras iba entrando, él dejó el abrigo y  me pregunto: -¿Viste al negrito ordinario que está montando guardia? Seguro que es porque la vio y ha de estar medio enamorado.

Me salió del alma la suegra y pensé: Pero ella es muy chica. Y podemos tener otras pretensiones para un candidato, el flaco orejón no es del barrio, no conocemos de dónde viene. Seguro que gusta de ella porque es muy linda. Pero yo no le voy a facilitar la entrada a un advenedizo pobre que quién sabe quién es …No la cuidé para eso. No la eduqué esmeradamente y velé para que tuviera todo lo necesario para que esté con un negrito como ese…

Y mientras me decía esto, sentí cierto malestar al escucharme. Advertí como la situación que se había creado con el galán esperando en la puerta, metía el dedo en la llaga de mis contradicciones ideológicas,  casi diría que hasta me creaba un conflicto existencial. Porque una cosa es pensar la lucha de clases y las injusticias sociales en abstracto y otra cuando te tocan en carne viva como en ese momento.

Porque una cosa es sostener un discurso progre sobre la igualdad para todos y otra meter a cualquiera en tu casa y en tu vida.

Me sentía miserable por estas reflexiones, incoherente, hipócrita, en suma: un verdadero fraude. No concordaban ni con la caridad cristiana, ni con las convicciones democráticas, ni con nada de lo que en mi vida sostengo como banderas. Pensé: ¡Qué vacío entre lo que se dice y lo que se siente! ¡Qué abismo entre las consignas gritadas a viva voz y los dogmatismos que sostiene el enano fascista del subsuelo! Estaba tan abochornada por lo que me pasaba que me podía cortar las venas con una margarita.


Pero sucedió que ella, linda y refinada y todo, cuando lo vio, cuando al fin advirtió la expectativa del que más allá del jardín, más allá de la reja la aguardaba anhelante, se olvidó de quien era, de su porte, de su alcurnia, y escuchando solo la interpelación de las hormonas se precipitó por el pasillo y a los aullidos agudos y a los ladridos penetrantes nos hizo saber, le hizo saber a él, que también se había enamorado.
agosto 2006

Polvo, pelusa y telarañas

 Dedico este trabajo a las mujeres que todos los días del año, en todos los lugares del mundo y a lo largo de toda la historia, plumerean montañas de polvo, barren kilómetros de pisos, lavan toneladas de ropa, preparan las comidas y lavan los platos de insistentes y reiterativas multitudes.

Dedico este trabajo a aquellas que no pudieron construir catedrales, descubrir planetas, confeccionar códices... Ni escribir “La divina Comedia”, componer “Las cuatro estaciones”, ni cincelar “El Moisés” o “La Piedad” porque sucede que estaban sacando a basura.

Pero que intentaron que la vida fuera una comedia alegre y humana, durante el frío o el calor sin importar las estaciones, suavizando las leyes de Decálogo con profunda piedad y sabiduría.
 

            Vivo en una casa grande de ladrillos, con tejas francesas, aberturas de madera y rejas coloniales de hierro forjado. Tiene fondo y jardín.

            Todos dicen que es una suerte vivir en una casa como esa y yo creo que es así.

            Demoramos 15 años contados uno por uno en hacerla, pues sólo disponíamos de nuestro trabajo para comprar los materiales y contratar los operarios. En ese tiempo, en todo ese tiempo no recibimos herencias, ni ganamos la lotería, el prode o algo así. Se fue haciendo por etapas porque es muy amplia. Nos costó gran esfuerzo ir completándola y debimos ahorrar todo lo que podíamos hasta que llegó a ser lo que es hoy.

            En un mundo en el que existe el Taj Mahal que aún no he visto, la Alhambra de Granada que quién sabe si veré y los Jardines de Tívoli que desearía llegar a ver, en realidad es una casa modesta.

            Está construida en un terreno largo, por eso lo del jardín adelante y el fondo atrás. La casa está en medio y es inevitable que la tierra de jardín y fondo vuele y se deposite en cada lugar de la casa. Queda a mi cargo cuando la empleada no está. Ahora no está desde Navidad.

            Yo trato de no hacerle caso, pero cuando al abrir una puerta se agitan las telarañas pendientes del techo y salen volando manojos de pelusa pienso que es preciso limpiar.

            El polvo suele estar en los torneados de las maderas de la baranda, en los paneles rectangulares de los postigos y en las volutas de las rejas formando una película gris. Las volutas de las rejas son también el lugar preferido por las arañas para hacer sus nidos. Este otoño encontré las arañas más grandes, negras y amenazantes que ponen unos huevos pegajosos, blancos y esféricos. Tenía miedo que las arañas me saltaran a la cara en justa represalia cuando les rompía las telas y sacaba los huevos.

            Además de las arañas también tenemos gatos. Un gato amarillo que se cree perro y monta guardia sentado en el felpudo y una gata gris que se cree emperatriz rusa en el exilio y nos mira desdeñosamente por ser latinos y subdesarrollados. A los gatos los tenemos por pedido de los chicos que querían animalitos domésticos y también por una cuestión de poco carácter. Sucedió que los gatos vinieron. Y pese a nuestra oposición se fueron quedando. Al principio los espantamos con convicción. Pero ellos insistían en permanecer, mirándonos con sus grandes ojos fijos. Nosotros nos fuimos cansando y ellos ganando espacio. Así fue.

            Ahora para usar las sillas para sentarnos a comer tenemos que sacar a los gatos. O correrlos al menos, para que nos dejen un pedazo de asiento. Lástima que pierdan tanto el pelo. Se nos queda pegado en faldas y pantalones. Comen hígado y carne picada, eso sí, tibios porque fríos no les gustan. Toman leche y agua.

            Son los regalones de la casa, pero tienen una costumbre odiosa. En época de celo marcan con pis su territorio para avisar a los otros gatos que no deben pasar, que ellos son los dueños del lugar. Los otros gatos se dan cuenta rápidamente. En realidad cualquiera puede darse cuenta.

            El olor a pis sale con “Pinoluz lavanda” y la época de celo dura bastante.

            También tenemos un ratoncito blanco que vive en una pecera en la pieza de mi hijo. Come semillas, lechuga y galletitas todos los días. Y una tortuga que se llama Manuelita. Vive en el fondo y come las flores caídas de la rosa china. No es necesario acercarle las rosas, ella las encuentra tiradas en el pastito.

            En el patio hay un jacarandá. Es hermoso. Nació solo en un cantero cuando el patio era de cemento, antes de hacerlo de cerámicos. Bueno, en el cantero nació una planta que fue creciendo muy alta como la planta de las habichuelas de “Fantasía” y recién el segundo verano supimos que era un jacarandá porque floreció. Me puse muy contenta porque siempre me habían gustado los jacarandáes con sus hermosas flores celestes. Y pensé que era un milagro que justo, justo hubiese nacido uno en mi patio sin haberlo plantado.

            Hasta que me hicieron notar que en la esquina había cinco, y que no fuera sonsa. Que las semillas están desparramadas por todo el vecindario cuando caen. Así que no es extraño que si una cae en tierra pueda dar lugar a un árbol como sucedió con éste. Muchas otras habrán caído en la vereda y no pasó nada.

            Las semillas en otoño llenan el patio con sus vainas de color castaño que son muy decorativas. He visto cortinas y móviles hechas con ellas.

            Las hojas y ramitas caen en el invierno. También para esa época las hojas del plátano y la hiedra. Así que forman un colchón que a mi amiga Liliana que es tan juguetona le gusta pisar por el crujido que producen y que yo debo barrer del patio mientras dura ese tiempo.

            Cuando termina de deshojarse el jacarandá ya están en capullo las espléndidas flores. Cuando abren el árbol todo celeste es un espectáculo. Dura poco, pero es un espectáculo. Digo que dura poco porque pronto empiezan a desprenderse y cuando están en el suelo forman una alfombra. Claro, una alfombra transitoria porque pronto volverán a caer las semillas de color castaño.

            Y mientras barro y barro en las cuatro estaciones, semillas, ramitas, hojas, flores, mi marido hace arreglos en la casa por ejemplo, o poda la parra o la enredadera.

            Él es capaz de arreglar casi todo en casa. Su primer oficio es el de carpintero. Su segundo oficio es el de psicoanalista.

            Mi segundo oficio también es el de psicoanalista. El primero es el de escritora.

            Cuando ayer le dije, apoyándome en la escoba y mirando las telarañas, el polvo y las hojas: -¡Estoy desesperada!- él muy psicoanalíticamente contestó: -¿Y qué querés que te diga?-. También dice: -Hum...-, y –Aja!- y se va a hacer trámites como pagar impuestos, gestionar créditos o asegurar el Citröen.

            Hace años que estamos juntos. Cuando mis amigas ven a mi marido carpintero me felicitan y dicen: -¡Qué suerte tenés!-

            Porque un marido que arregla casi todo y además hace hermosas aberturas de madera es una gran suerte. Me miran a mí con gesto de desaprobación y duda como preguntándose si realmente merezco  al marido y a las aberturas. Yo también me lo pregunto.

            Todos dicen: -¡Qué hermosas ventanas!-. O: -¡La madera es tan cááálida...!- (Así, arrastrando la  “a”). Nadie nunca, nunca dijo: -¡Qué limpitas están estas ventanas!-. Me parece injusto. Él las hizo una vez y sirve para que lo elogien siempre. Yo las limpio muchas veces y no me elogian nunca.


            En total, las que tienen vidrios son 17. En la planta baja son 7 contando las 2 del living, 1 en el comedor, 2 en el estar y 2 en la cocina. En la planta alta son 10, contando las 4 de los dormitorios, las 5 de los consultorios y la de la sala de espera.

            Cada una está dividida en paneles y cada panel en cuadrados de  vidrio enmarcados en varillas muy finas que sobresalen un cachito del panel.

            En total son 369 vidrios sumando todas las aberturas: ventanas, puertas y puertas ventanas. Cada vidrio está enmarcado en esas varillas que sobresalen y juntan polvo. Ese que les comentaba, especialmente las varillas de arriba y de abajo.

            Como son 369 vidrios, las varillas que requieren Blem y franela son 738, de cada lado. Porque se sabe que cada ventana, cada panel y cada vidrio tienen un lado de afuera y un lado de adentro. Los lados de los vidrios son 738. Las varillas en cuestión 1.476.

            Las limpio cuando las veo muy sucias. Algunas una vez al año. Otras cada trimestre. Pero las de los lugares donde estamos más, cada semana. Por eso mientras limpio, cuento y pienso.

Me acuerdo de Teresa de Ávila que se formulaba planteos de compleja matemática mientras miraba las vigas del techo perderse en perspectiva.

            También yo me formulo planteos mientras limpio maderitas, también pienso e imagino. Pienso en los usos no tradicionales del martillo sobre quienes expresan su admiración por las aberturas de madera que son... ¡tan cálidas!.


            Y hablando de monjas...a mí el silencio de las Congregaciones de Clausura no me pesaría demasiado. No soy muy charlatana, así que podría sobrellevarlo sin traumas. Esa sería una solución.

            La otra se me ocurrió después de ver a  Meryl Streep en “El amor es un eterno vagabundo”. Me di cuenta que también se puede rescatar cierto encanto en la vida a la ventura de los mendigos sin casa, ni ataduras, sin limpiavidrios, sin tejas, rejas, torneados ni biseles.

También de seguir así, deberé pensar en maneras creativas de utilizar mi talento literario mientras limpio. Por ejemplo, imaginé, para mi lápida, que deberá ser sencilla, por favor, nada ostentosa, una inscripción que diga:

            “Usó Pinoluz, fragancia a limpio; Odex con amoníaco que desengrasa cubiertos y vajilla; Ala con blanqueador óptico que hace que su ropa refulja esplendente; Cera Suiza para los pisos de madera  y Autobrillo Ceramicol que deja como un espejo los pisos cerámicos”.
Diciembre 2007

Madres

 Ella me contó el proyecto de sus hijos: la escalada a Los Gigantes, esta vez un tramo más lejos que en los años anteriores. Me dije: con esas iniciativas para vacaciones los hijos saben cómo aterrarnos. Tal vez todos los hijos. Porque allí, confesémoslo, pensé como madre. Y recordé la lista de peligros con que solemos alertarlos.

(Yo había confeccionado  en una oportunidad una lista de los peligros que podían acechar a los míos, en orden creciente, de menor a mayor, y que eran los siguientes: accidentes, borrachos, patotas, ladrones y la cana. Pero estos son peligros en la noche urbana. En el caso que ella me planteaba los riesgos son otros).

Pero convengamos que en general, los recursos con que cuentan los hijos (los suyos y los míos) los ponen en mejores condiciones para afrontar la aventura. Quiero decir que saben de peligros y los reconocen con más sagacidad de la que esperamos.

En este caso, estos hijos, los de la escalada a Los Gigantes, ya tienen edad suficiente como para estar terminando medicina uno y promediando ingeniería el otro. Así que el mayor bien puede llevar su botiquín salvador de contingencias y al menor lo acompañan los instrumentos necesarios para orientarse en la montaña. Entre ellos uno muy sofisticado que capta las señales satelitales y puede indicar latitud y esa cosas  complejas y específicas de las que saben los geógrafos, los meteorólogos y demás. O sea que los chicos, desprovistos no van. Pero a las madres cualquier reaseguro les parece poco y yo la entiendo.

La adolescencia se ha prolongado y aunque la madurez asuma otras formas cuesta adaptarse al crecimiento de los hijos, a quienes ayer nomás les limpiábamos los mocos y los ayudábamos con la tabla del tres.

Lo que ellos saben, suele ser lo que necesitan saber y por eso el desdén con que nos escuchan, y  si pueden ser condescendientes es  porque los divertimos con nuestras aprehensiones.

Así pensando en el botiquín y en esa brújula de ciencia ficción le dije:- Lo único que vas a poder decirles es que se lleven una bufanda

"Llevate una bufanda", a eso se reduce la sabiduría materna en sus consejos a hijos aventureros.

Y lo comprendo desde la propia experiencia. Porque los hijos aprenden tan rápido que pronto nos superan. Y recordé que suele ser tan rápido como lo fue en la primera partida de ajedrez que jugué con mi hijo hace años, y en donde su desempeño fue tan brillante, y el mío tan lamentable que en pocas jugadas me había hecho jaque y entonces perdí la dignidad y quise tirar el tablero al patio. ¿Cómo un chiquilín así me podía revolcar ?

¿Acaso no soy una profesional responsable que ha aprendido lo necesario para suscitar respeto? ¿Acaso no soy una mujer madura con sabiduría de la vida? ¿Acaso no lo tuve en la panza cuando él era solo una cigota? Todo eso me dije entonces. Pero lo acaecido era una pequeña muestra de lo que vendría. ¿Qué lugar nos queda entonces a las madres? ¿El de las que preparan pastafrolas?

Al fin es cierto que las madres estamos para sorprendernos por los crecimientos de nuestros hijos, pero como ella  solía decirle al menor, tan cientificista y tan tecnocrático él. "Me podrás ganar a muchas cosas, pero a grande no".

Y a ella le había sucedido el conmoverse cuando vio por primera vez a su hijo mayor con la chaquetilla y más cuando se superpuso a  esta imagen el recuerdo de él en su primer día de jardín enfundado en su guardapolvo a cuadritos. ¿Tanto tiempo había pasado?

En fin, como escribía Cristina Wargón, las madres somos todas deleznables, pero puede establecerse una clasificación entre ellas. Así están las abandónicas, están las sofocantes y están las "ponete un saquito". Me parece que ella y yo pertenecemos a esta última categoría.


Yo sabía que ella tenía una relación profunda con sus hijos y que venía baqueteada por los crecimientos. Que a veces hay una suerte de relación telepática entre madres e hijos que asombra y que se expresa en anécdotas increíbles.

Pero eso da para otra historia.


Volviendo al proyecto de sus hijos y a la inquietud que a ella le generaba, me contaba que la primera vez que  quisieron escalar eran mucho más jóvenes, apenas adolescentes.

Y que ella accedió después de muchas insistencias, pero con la condición de ser de la partida, esto es, con la condición de acompañarlos en la empresa.
 

La excursión era a El Champaquí.

Cuando llegaron a la base, en Villa Alpina ella contrató a un guía de la zona, que los acompañaría en el intento.

El proyecto era salir muy temprano y regresar en el día. Así que a las cinco emprendieron la marcha y empezaron a subir. A las siete ella ya estaba cumpliendo con el máximo de esfuerzo que le era posible, así que quedó instalada a la vera de un río en un lugar que se llama El Paraíso del Champaquí,  con la recomendación de esperarlos hasta la vuelta. El lugar era muy bello pero muy, muy solitario. A lo lejos un puntito que se veía apenas: era una casita. El guía comentó que era de una pareja de hippies amigables a los cuales podía recurrir si hiciera falta, pero que supiera que acostumbraban a andar desnudos.

Debería esperar doce horas. Y las esperó con la conciencia del paso del tiempo, apenas interrumpido por la presencia de vacas tan curiosas como suelen ser las vacas, con sus grandes ojos lánguidos y  la de un par de lugareños que pasaron a media tarde y tras saludar amablemente siguieron su camino.

Lo demás, el río, los árboles, el paisaje serrano y la reflexión sobre lo que estarían viviendo los exploradores.

Al cabo del tiempo prometido y al atardecer volvieron  lo tres, habían hecho cumbre, los chicos estaban eufóricos, y el guía satisfecho por la misión cumplida. Solo que con ellos venía una tormenta.

El guía se adelantó con la propuesta de conseguir un taxi que los llevara desde la base del cerro y tranquilizándola en que los chicos sabrían volver sin contratiempos porque los había visto desempeñarse y estaba convencido de su pericia para hacer las dos horas de descenso que faltaban. "¡Estos chicos sube y bajan cualquier montaña!"


Cuando se desató la tormenta ya estaban los tres bajando. Pronto en medio del  granizo, de la oscuridad, de la soledad. Y del miedo.

Los hijos descendían ágiles y la ayudaban entre las piedras sin que hubiera un sendero visible y azotados por el agua. Y ella se tragaba la angustia. Hacía un recorrido minuciosos por las palabrotas que destinaría al escurridizo guía, que debiera haber quedado con ellos hasta completar el regreso, aunque siendo la dama que es, es difícil imaginarla en tal trance.

La lluvia arreciaba y el cielo se quebraba en relámpagos y resonaba en truenos. A tientas, a los tumbos, golpeados por el granizo siguieron la marcha. En algunos momentos se detenían, los hijos deliberaban entre sí, ella los observaba mientras decidían el rumbo y luego continuaban. La estaban protegiendo y ella lo advertía.

En determinado momento, caminando los tres, uno tras otro en la noche y en la lluvia, ella que hacía tiempo no rezaba se dijo: -Si hay alguien allí que escuche, te pido que cuides de ellos...

No era una plegaria convencional, tal vez ni siquiera una plegaria pero mirándolos se sintió más serena.

Y un resplandor se insinuó por un momento ante ellos. El hijo mayor y ella cruzaron las miradas sin decirse nada.

Aquel resplandor había aparecido como desde el suelo, desde la nada, solo por un momento y se había desvanecido.

¿Respuesta? ¿Mensaje? ¿Presencia de ángeles? ¿Trampa de la imaginación? ¿Por qué descreer de lo que ignoramos? Porque estamos tan domesticados en la absoluta racionalidad que cualquier otra aproximación nos sobresalta. Pero el hecho de que no podamos explicar algo no significa que no existe.

Ella se cuidó de comentar este aspecto de lo sucedido por el pudor de las burlas que pudiera suscitar, y con el fin de cuidar la apariencia de sensata y reflexiva tan necesaria en el ejercicio del rol materno, más aún, del rol materno de hijos adolescentes. Pero supo, y ese saber le quedó sedimentado y le sirve ahora, que contar con instrumentos de alta tecnología para orientarse en la montaña, está muy bien. Pero que contar con el ángel de la guarda no está nada mal.

 
Porque esa excursión al Champaquí fue más que una aventura a relatar, tuvo aspectos de descubrimiento del potencial que albergaban, tuvo ribetes de una recorrida metafísica, y tuvo toques de humor.

¿Dejó un sentido a descifrar?

Tal vez esta historia debería tener un desenlace, pero me gusta dejarla picando como serie de reflexiones. Sobre el lugar de las madres en la vida de los hijos ("Ponete un saquito" o lo que es lo mismo "Llevate una bufanda").

Del lugar de los hijos en la vida de las madres para completar ese sentido que ninguna otra experiencia aporta y que como me confió Iliana, le permitió sentir que una pieza encajaba al fin en el engranaje para que su vida funcionara a pleno desde que nació Julián.

O como para, como escribió Marcelo Birmager, superar para siempre esa soledad existencial, que nunca, pero  nunca  más registraría después del nacimiento de su hijo.

Tal vez para aceptar también la cuota de misterio de este universo vasto, enigmático y maravilloso. Un universo en el que solo podemos abarcar con nuestro pensamiento fragmentos, chispazos. Un universo respecto del cual sería  seria soberbio y pretencioso esperar saberlo todo.
Verano del 2004

Entre el cielo y el muro

 Mi vida transcurre en una cueva-caverna-consultorio durante muchas de mis horas. Tengo frente a mi sillón una ventana. Y ante la ventana, del otro lado, se levanta un muro que cubre las dos terceras partes de lo que puedo ver. En sus rajaduras y manchas puedo buscar y descubrir formas caprichosas que me dicen de faunos y montañas, de bosques y palacios.  Hay una tercera parte por encima del muro que me muestra el cielo.

            Así puedo ver pasar las nubes y saber si está nublado, llueve o hay sol. A veces por el muro pasa uno de los gatos desde el fondo hacia la calle, o vuelve de sus aventuras y yo lo miro pasar, mientras escucho a quienes en ese momento desgranan sus historias. En algunas oportunidades, y según la hora y el clima veo volar pájaros por el cielo. Una vez un colibrí se posó en el marco por un momento.

            A la cueva-caverna-consultorio llegan los relatos de los que buscan ser escuchados, y a su vez oír lo que les pueda decir de lo que me cuentan. Historias de amor, de dolor, de incertidumbre, de miedos, de obsesiones, de logros, de descubrimientos. Aquí se gesta la parte de sus vidas en la que se confrontan consigo mismos  a veces se encuentran, a veces, recuerdan, a veces construyen, a veces proyectan, a veces caen en la cuenta de...

            Darse cuenta es lo que nos proponemos ellos y yo, y cuando lo alcanzamos siento que la tarea fue fructífera. Eso es lo que puedo darles de mí en este espacio y en este tiempo en que trabajamos juntos. Y ellos me traen relatos de sus mundos- a mí que estoy en el adentro de este lugar- y así he sabido de cosas que eran importantes y de las que tuve la primera noticia a través de sus relatos. Como hace mucho tiempo que llevo adelante mi tarea en ese lugar es que allí supe entusiasmo del mayo francés, cuando aún no se había difundido, de la gestación de lo siniestro en los años de plomo y de la angustia de las cárceles del Proceso, también de las celebraciones que acompañaron el Mundial de fútbol y el carnaval desplegado en las calles. Allí escuché sorprendida del terremoto que se inició en Chile y repercutió en nuestro suelo,  de la insólita nevada aquella vez en Brasil. Y también una noche  supe, esperanzada, de la puesta en marcha del cóctel para el tratamiento del H.I.V. que a la mañana siguiente leería en el periódico. Y más recientemente también oí de las marchas antiglobalización que en Porto Alegre, en Seatle o en Barcelona.

            Y además de toda esa información que me hizo saber de tantas cosas, pude saber acerca de muchos de los recursos que podemos poner en marcha para solucionar conflictos y aliviar angustias, desde una sabiduría que me dejó pasmada más de una vez. En general se ha tratado de soluciones personales a conflictos individuales que quedaban acotados ahí.
 

            Esta vez el grupo que me propuso supervisar el trabajo que hacía con mujeres me trajo otra dimensión de la realidad que yo conocía poco, que yo conocía mal. Se  desempeñan en un barrio: Ludueña Norte, en un ámbito: La Vicaría del Sagrado Corazón. Así supe sobre ese mundo diferente  al otro que me traían quienes consultan por sus propias problemáticas de vida-tan parecidas a las mías- y donde se corrió para mí una cortina y pude ver otras formas que es importante saber que existen.

            El trabajo de estas mujeres con mujeres y con chicos del barrio es otro trabajo. Por eso lo que escuchaba y lo que trataba de pensar con ellas abrió una dimensión diferente a lo que puede ser el trabajo clínico, y eludida por lo difícil. Un trabajo en donde hay que desarrollar estrategias que den otra legitimidad al hacer, cuando en ese hacer hay tantos y tan diferentes obstáculos. Trabajos difíciles en lugares difíciles en los que el sentimiento de impotencia ronda a cada instante y en donde la magnitud de las interpelaciones es tal, que no da tregua.

            Con las integrantes del grupo “Desde el pie” desarrollamos un vínculo y afrontamos los sucesos y buscamos soluciones sabiendo que en la tarea había algo de quijotesco y algo de ineludible. Oír de ese mundo sacude, conmueve, marca los límites pero convoca sin que puedan mediar excusas.

            Escuchar, a través de estas mujeres lo que sienten y piensan aquellas otras y lo que dicen sus hijos no es algo que pueda quedar sin provocar efectos. Que un chico pueda mencionar entre sus derechos, “el de morir joven”, y otro entre sus sueños “el de tocar una computadora” no son olvidables, y que pese al desgaste que imponen estos cimbronazos se desee seguir en la lucha, es algo que vale.

            Ella, la más joven del grupo dijo: -Hay que salvar la cabeza, en medio de tanta oscuridad y ataque a la capacidad de pensar. Y también dijo: -Hay que resistir, pero desde la alegría. Creo que si ellas pueden, a pesar de la parálisis que muchas veces induce la lucha cotidiana es porque las alienta la convicción de que no pueden sustraerse. Como que en este combate con la vida van al frente desde esta certidumbre: tener esperanza es una obligación. Eso es lo que me transmitieron, eso es lo que aprendí, en mi lugar, frente a la ventana que encuadra el muro y el cielo.
4-2002