8 dic 2020

A los seis años

 A los seis años, cuando estábamos en primer grado, me preguntó si quería ser su novia.

Y ante mi vacilación tímida agregó con convicción un argumento irrefutable: -¡Mirá que tengo ojos verdes!-

Tenía ojos verdes bonitos, pero era travieso y cada vez que la madre pasaba por la escuela, la maestra le presentaba sus quejas.

Era lo que se llamaba entonces sin disimulo ni diplomacia (ni mucho menos consideraciones psicopedagógicas, que se inventaron después) “el peor del grado”.

En aquel tiempo los padres y madres tenían una amenaza que consistía en decirnos: -Si te portás mal te pongo pupilo/a en un colegio de curas/monjas.

Bueno, el de él fue el único caso en el que esta espantosa amenaza se cumplió. (La complicidad familiar-institucional como diría Oscar que también lo afectó a él respecto de su zurdería, en este caso se dio sin anestesia  y alcanzó su trágica concreción )

La madre, esa bruja, alentada por la maestra, esa botona, lo alejaron para siempre de la escuela fiscal del barrio Echesortu, en cuyo patio seguí jugando  “A la ese ese a, a la jota jota ka, entre flores y violetas, chumbalaleta, chumbalalá”. Patio en el que además dejé mis incisivos superiores, una vez que estrenaba zapatos y por eso me resbalé.

A él lo volví a encontrar y ya había egresado del colegio de curas donde estuvo pupilo, y me explicó que había aprendido mucho, porque allí no se podían hacer otras cosas.

Estaba por casarse y empezaba con su negocio. Tendría veintipico.

Ahora, cuando lo vi, avanzaba hacia mí contento. Se bajó del auto a saludarme. No sabría decir de cual marca, pero parecía un avión al que solo le falta el baño privado. Se ofreció a llevarme y en el camino charlamos. Me inundaba el vaho de su perfume importado, finísimo. Cuando me contaba de su empresa que se había extendido a Italia, España y Francia y de las cuatro manzanas que acababa de comprar en Lagos, y del egresado de Harvard que tenía como pinche, me acordé de aquel niñito: “el peor del grado”.

Pensé que mi maestría y logros académicos, al fin y al cabo no eran tan importantes.

Me preguntó por mis cosas y cuando supo que igual, opinó que si trasladara el consultorio desde Oroño hacia el centro podría mejorar los honorarios y trabajar más tranquila. Que ser y saber está bien, pero que también hay que parecer…Y allí lo sentí traidor a nuestros orígenes en la escuela fiscal del que sigue siendo mi barrio.

También me contó que iba por su cuarto matrimonio, y del último tenía un varón que era muy bueno en Inglés y Computación donde se destacaba.

La maestra lo había felicitado por el chiquilín. ¿Qué significarían los elogios a quien había suscitado tantas quejas…?

Me contó que seguía casado, pero que…

Y que quería que siguiéramos charlando y lo llamara al celular, y como vio mi vacilación y timidez, en aquel mismo tono en que había dicho: -Mirá que tengo ojos verdes…- esta vez dijo de su Agenda llena de viajes y de su vida de hombre exitoso. Y que había aprendido mucho y que con “motivaciones, proyectos y fantasías” se puede seguir viviendo.

Dijo que había estado enamorado de mí desde los seis años, que ese encuentro tenía que ser el principio de algo y que yo era la mujer de su vida.

Y casi, casi le creí.
Septiembre 2005

El otro barrio

 En la calle de los locos y los perros, siempre está pasando algo.

Frente a la Facultad, el quiosquero encarcelado entre chocolatines tiene una mirada triste. O tal vez, me parece a mí.

Desde la cochería de la otra cuadra, salen a diario los entierros. Vienen por Santa Fe, doblan por Francia.

Los veo desde el balcón pasar frente a la Facultad  con su cortejo de autos grises que siguen al que va adelante con el féretro y las flores. Allí toman hacia El Salvador con la ceremonia de costumbre.

Un domingo a la mañana, eran también muchas motocicletas las que se sumaban. Jóvenes con cascos, solos o con acompañante seguían la procesión.

Después supimos que un integrante del grupo de los motoqueros había muerto en un accidente. Los que formaron parte de su guardia de honor lo despedían.

Los locos son varios y vienen del Agudo Ávila que está en la esquina de Suipacha. Una mujer de expresión melancólica que pide cigarrillos, el anciano tímido y sonriente que se queda de pie al lado del quiosco, un muchacho que está como ajeno, mirando el vacío. Una obesa de expresión ausente que espera monedas.

En el verano, en el refugio de la parada de colectivos, una familia se instaló unos días. Conservaba los ritos de clase media. El jefe de familia sentado, leía el diario tomando mate, con la radio apoyada en un banquito y su perro a los pies. Más allá, en un carro y envueltas en plástico, sus pertenencias.

En el baldío, al lado de Unplugged, que antes se llamaba Tejedor, también se puede ver a una familia de gatos.

Hay uno gris, soberbio, que se asoma desde un pilar y mira pasar la gente. Otro manchado con la nariz negra. También una gata tricolor bizca y mansa.

Frente a la Facultad hay un grupo de perros, con el collar de Perros Comunitarios.  Un ovejero parece el líder, siempre lleva una botella de plástico entre los dientes y los otros se la disputan.

Sobre Córdoba están los perros del mendigo. Ahora que él no está (lo llevaron en ambulancia hace días, me contó Camila) quedaron huérfanos, él los cuidaba con cariño. Se sumaron al otro grupo. Es frecuente verlos torear a los autos y colectivos.

Camila es de Neuquén. Estudia biotecnología. Cuando la conocí, como su timbre suena al lado del mío, había bajado a abrirle la puerta a Noelia que me visitaba y que llegó antes de darme tiempo a que yo, que venía de la calle, estuviera para recibirla. Camila  la estaba invitando a esperarme en su departamento.

Con Noelia pensamos que Camila era muy gentil, pero arriesgada. Dudamos entre advertirla de los riesgos de hacer pasar a personas desconocidas o dejar que siguiera siendo así…

Pensé que la mejor decisión tenía que ver con preservarla, con “no escandalizar al inocente” y esperar a que fuera aprendiendo.

Una de las últimas veces que nos cruzamos en el palier, venía de donar sangre, porque uno de los profesores los había convocado a hacerlo, ya que hay pocos donantes y grandes necesidades.

Así que sigue siendo así, luminosa.

A pesar de algún episodio que le va dejando sabiduría. Un par de veces tomamos café y me mostró las fotos de sus vacaciones en San Luis.

Además la admiro porque se animó a algo maravillosos. En un campo de entrenamiento cercano, hizo un salto con un instructor desde un avión y en caída libre (hasta que él abrió el paracaídas en el momento justo). Y pudo tener la experiencia de vuelo que quedó filmada y que yo pude ver.

También cerca está Guido, que es de Chaco y estudia Psicología.

Es cordial y parece siempre contento.

En el piso escuchábamos la música de Sabina que él ponía, y el año pasado, los viernes ensayaba con una chica de hermosa voz algunas canciones.

Elisa y Gisella comparten un lugar. Estudian fonoaudiología.

Ale ya está en el medicato y es muy tímido.

Juan Pablo que aspira a ser abogado, es además mi ángel de la guarda, que resuelve los problemas prácticos, como destapar el desague o cambiar el fluorescente del techo.

Creo que me ven como a una especie de tía, a la que le cuentan de sus exámenes.

Cuando lo pienso, mi piso es el mejor del edificio.

Lo más espectacular que pasa en el barrio es “la bajada de Medicina”, que todos los diciembres se despliega con todo su colorido.

En una fecha, que se mantiene en riguroso secreto, hasta ese día, los alumnos del último año tienen su celebración.

Empieza con una bomba de estruendo temprano. Es la que convoca  y desde entonces van llegando los disfraces más insólitos.

Hay música y máquina de nieve y baile toda la mañana frente a la Facultad.

Se desvía el tránsito para que señoras serías y censuradoras no tengan nada qué decir, y todo el mundo festeja. Los familiares toman fotos a las odaliscas, a los hombres de las cavernas, a los bomberos, a los velludos disfrazados de bailarinas, a los equipos de diversos deportes, a los que representan escenas de sala de cirugía. He visto a alguno disfrazado de caja de cartón gigante, a  otro de ducha con cortina de plástico. Al de más allá, de exhibicionista con un pene gigante de goma que se erectaba escandaloso cuando abría  el guardapolvo.

Esta fiesta en el barrio me divierte, me hace reír, me da otra dimensión de las cosas.

Es el último juego de esta etapa. A partir de aquí, inician otra.

Se les viene encima la vida en serio, está bien que se despidan así.
       

Las esquinas de mi barrio siempre están llenas de estudiantes. En el ciber de enfrente compro chocolates y a veces leo mis correos. Laura está a cargo algunas veces. Ella es del sur.

Una vez me preocupé cuando uno de los pacientes del psiquiátrico compraba cigarrillos, y ella estaba sola. Al día siguiente le pregunté si tenía celular. Dijo que no había problema, que era un loco manso que venía con frecuencia.

Otra vez, era un hombre alto, con el antebrazo lleno de cicatrices el que bromeaba mientras se llevaba una cerveza. Me inquietaron las huellas de múltiples cortes y me hicieron pensar en algo: en  automutilaciones. Pensé que esas marcas podían ser las que quedaron en un ex presidiario, de alguna protesta del pasado.

Pero pese a esos encuentros bizarros, a Laura no se la ve prevenida, ni triste.

A veces me cruzo con Daniel, y él me habla de libros. Nos quedamos arreglando el mundo un rato, para luego volver, cada uno a lo suyo.

Por la noche la historia en mi barrio sigue, y en el silencio y en la soledad ya no escucho en la noche, el silbo del tren como en la infancia.

Ni el run-run de las locomotoras. Ni los sonidos metálicos de los vagones durante las maniobras con las que se enganchaba uno y se desenganchaba otro.

Vagones que quedaban como casitas móviles, hace tiempo que no están. Y en la playa de la Estación de los Franceses, como se la llamaba entonces, las vías fueron levantadas y en el parque trazaron senderos.

Ahora se la conoce como Estación Terminal.

El Patio de la Madera (remozados galpones del viejo ferrocarril) es lugar de Convenciones y Congresos.

Ya no escucho en la noche, el silbo del tren como en la infancia.

En cambio escucho los sonidos en la habitación: el tic tac del reloj, el goteo de una canilla, el zumbido de la heladera.

En el edificio el ascensor se detiene en el piso de arriba. Un despertador hace oír su suave chicharra. Una puerta se abre en algún lugar.

En la calle debió cambiar el semáforo pues los autos aceleran y se precipitan camino al centro. Uno de los perros del mendigo de la media cuadra, ladra. Alguien habla más allá de la ventana y la voz sube.

Por la mañana se escuchan en breve intervalo, las chicharras de los despertadores. Las cortinas se van levantando. Empieza la actividad y todos nos ponemos en marcha.

El edificio empieza a pulsar y con los ojos aún llenos de sueño, empezamos el día.

Esa esquina de mi barrio, con sus locos y sus perros,  tiene allí mucho de pueblo y mucho de feria.

Creo que tiene mucho de vida.
Abril del 2009

Mi tía (carta a un amigo que no la conoce)

 Empiezo con el recuento de un par de historias del fin de semana. La más importante es la de que mi tía de 92, la que elige Punta del Este para veranear, (la madre de Luis, mi primo de Bs. As), se enredó en la alfombra a los pies de la cama, se cayó y se fracturó la cabeza del fémur. Parece un accidente frecuente y que requiere cirugía. Los médicos consideran casi una rutina este tipo de intervenciones, pero ella es muy mayor...aunque asombraba a todos los que veían la historia clínica y tomaban nota de su edad.

Estuve ayer, y claro... ¿quién podría adivinar que la señora de piel impecable, maquillada con discreción y el pelo castaño claro, que conversaba incansable tiene esa pila de años!

Ella con coquetería se excusaba ante los halagos y argumentaba: "es que siempre use cremas y me teñí el cabello...no me gusta parecer descuidada..."

Bueno, estando allí me pidió que le avisara a Luis que estaba bien, calmada y animosa y que no se inquietara por ella. Le dije que mejor se lo dijera ella misma y lo conecté a su celular. Después se lo pasé para que hablaran ellos sin intermediarios.

Lo que quedó para grabar fue la conversación, porque sabiendo que él estaba saliendo de viaje y no podrá verla hasta su regreso, le dio todas las recomendaciones que suelen dar las madres: "No hables con extraños, manejá despacio en ruta, no vuelvas tarde a la noche y llevate abrigo que nunca se sabe" (Luis tiene poco menos que mi edad)

Luego habló Tere y notó que Luis estaba emocionado, porque imaginarla internada lo había perturbado, pero escucharla le sacó una mole de encima.

Las historias de mi tía siempre son singulares.

Creo que es un personaje atípico para su época. De las cuatro hermanas fue la más vital. Tuvo más hijos, viajó a más lugares, conversó más y de más cosas.

Recuerdo su disposición para todo tipo de paseos, con todos los hijos a cuesta cuando eran pequeñitos: Luis, Tere, Daniel y Enrique.   (Mi tío Vicente fue un Santo Varón que conoció cuando era catequista en El Sagrado Corazón de María, el templo del barrio).

Con sus hijos pequeños, no se amilanaba por el esfuerzo y cargando con todos los propios y con algún colado/a como yo, la emprendía con la canasta de  provisiones y el termo para pasar el día adonde hubiese elegido. Así que además de La Florida, solíamos ir a la pileta Municipal o a otro balneario en las márgenes del arroyo Saladillo, que tenía una cascada y algunas ollas (fosas) donde se podía nadar a gusto. Te cuento porque esto marca su disposición al disfrute, aunque implicara el esfuerzo del viaje en cole acarreando chicos y bártulos, para volver al atardecer con el buen cansancio de lo disfrutado.

También con ellos conocí el cine Sol de Mayo, en Avenida Pellegrini, toda una institución en el barrio del Abasto, donde pasaban tres películas de acción y que tenía como particularidad que se podía llevar los sándwiches de salame o mortadela que compartíamos, con la gaseosa comprada en el Kiosco. Los varones fumaban y había que oír la silbatina en las escenas de amor y el griterío en las escenas de pugilato no te lo puedo contar.

O sea que mi tía y mis primos están enlazados a buenos viejos momentos de niñez y adolescencia que hacen que hoy necesite estar con ellos.

A raíz de la anestesia de esta cirugía, ha hablado las pavadas que son sosas en otros pacientes, pero que en ella son para sacar balcón. Al hijo menor le dijo saliendo de la borrachera: "Sos más lindo que Sean Cónery". Y al Kinesiólogo que vino a sentarla por primera vez en la cama, como se le deslizó la bata, le ordenó: "Tápeme las tetas". ¿Te imaginás lo rojo que se puso interpelado así por la dulce pero autoritaria viejecita?

Jamás la vi declinar una invitación para lo que fuere. Y allí partía llevando a sus chicos como clueca con pollitos. Entre sus salidas se contaros los pic-nics nocturnos en el club Ben Hur.

De mayor importancia fueron los viajes a Capilla del Monte (donde todos los de la familia veraneamos alguna vez).

Y no se sustrajo a las peregrinaciones a San Lorenzo. En ese caso y para soportar la caminata, se llenaba los bolsillos de caramelos, cosa de no ir pesada, pero con el refuerzo necesario para la ocasión.

Cuando Luis se instaló en Buenos Aires recuerdo haberle oído decir: ¡Otro lugar para ir a pasear! ¿Qué otra cosa podía decir, si no esa?

La única vez que aflojó…fue hace años, cuando reconoció ante el doctor al que la llevamos, por su dolor de estómago, que tal vez, lo que le estaba sucediendo tenía que ver con la pena que la acompañaba desde la muerte de uno de sus hijos, Daniel, había partido hacía muy poco tiempo.  Esa fue, la única oportunidad, en que se dejó ver frágil, ella, la más fuerte. Entonces todos nos quedamos en silencio.

En el silencio del respeto.

Recordé aquello de que es ley de la vida que sean los hijos los que entierran a sus padres, y que cuando no se cumple la ley no se entiende la vida.

Y así ella debió buscar todos los argumentos para poder proseguir, desde el dolor, con su vida…

Y es que realmente es un personaje…

El sentido común tipo topadora creo que fue una disposición que nos viene genéticamente determinada. Lo tenía mi abuela, lo heredó mi mamá y es patente en ella, su hermanas más parecida. Y me consideraría afortunada si algo de eso llegara a formar parte de mí.

Sería como un pasaporte a una vida más plena y con mayor significado.

Porque para todos, mis primos y yo, la tía sigue siendo un referente, alguien que toma de la vida, todo lo que la vida ofrece a raudales.
octubre del 2008

Un fin de semana especial

Hay, a veces, hechos que se suceden y superponen para hacernos pensar.

El primero fue mi caída del viernes.

Yo leía tranquilita el Página 12, con la gata en la falda, cuando sonó estridente el timbre.

Me levanté sosteniendo con la mano izquierda y por la panza, a la gata, con intenciones de depositarla en la silla para que siguiera con su siesta, y con la mano derecha me estiré hacia el teléfono del portero eléctrico, que estaba allí nomás, a dos pasos, para contestar la llamada.

Pero no preví varias cosas: la complejidad de esas varias maniobras simultáneas, la ausencia en mí, de dotes de equilibrista y malabarista, y el piso encerado.

Así que cuando quise darme cuenta, estaba patinando vertiginosamente, sin alcanzar el aparato, sin depositar a la gata en la silla, pues conforme yo caía con estrépito, di contra el marco de la puerta vaivén, que soltó una de sus varillas con ruido a madera rota, al mismo tiempo que la gata salía despedida por el aire con cara de no entender por qué yo, que la había tenido amorosamente en la falda un momento antes, la revoleaba ahora por el aire como si fuese una bolsa de papas.

Cuando logré recuperarme del golpe y levantarme del suelo con el codo y el amor propio magullados, ella seguía mirándome asombrada, eso sí, a prudente distancia.

Pregunté por el portero y era Elena que venía a traer un cassette grabado con la intervención de Pablo en Plan A. Cuando volvía de la puerta con el cassette en la mano, la gata ya había recuperado su dignidad, pero ostentaba un aire algo ofendido.

Al día siguiente llegaban mis primos, Luis y Oscar, y siempre con ellos es lindo el encuentro. Esta vez había una celebración y era por los 91 años de su mamá ( mi tía).

Pero esta celebración se superpondría a otras cosas.

Luis me había contado la idea, compartida con su hermana, de proteger a su mamá, desde hacía un tiempo, de las malas noticias, para evitarle disgustos innecesarios. Y yo me había sumado a la idea.

La cuestión funcionó bien, con ellos y yo confabulados para filtrarle las cosas que pensábamos que podían afectarla.

Pero los hechos no fueron del todo como los planeábamos, porque un buen día la tía se  enteró por otras vías de alguna mala noticia, de las que le habíamos escamoteado, y los había increpado a ellos (yo me salvé de que “me agarrara” como prometió) por dejarla afuera de duelos, infartos, quiebras fraudulentas y otra pálidas.

Así que Luis había estado pensando en cambiar el enfoque. Y supo justo, justo, que un pariente, un tío político, con el que habían tenido una relación bastante cercana y que estaba enfermo, se había agravado y tenía pocas `posibilidades de recuperarse.

Mientras Luis y su hermana, Tere, pensaban como manejar la información esta vez, ese pariente falleció. Y ahí se vieron en la alternativa de decidir qué hacer con esa noticia.

Y a él se le ocurrió (hay un cuento de Cortazar con ese tema) tomar el toro por las astas. Pero con una vuelta de tuerca que me pareció genial.

Luis fue con su madre y le dijo compungido: “Andá sabiendo que el tío falleció, pero...lo más importante es que vayas pensando (esto dicho con una expresión seria, contenida y concentrada) cómo le damos la noticia a Tere, porque vos sabés cómo es ella de sensible, cómo lo quería al tío y cómo la puede afectar”.

Su madre, mi tía, pensó un momento y con la palma extendida hacia él como frenándolo y al mismo tiempo liberándolo de la tarea, afirmó contundente y segura: “Dejámelo a mí”.

Luis completó el relato: “Maté dos pájaros de un tiro, le dije a ella, pero al pedirle que viéramos como decirle a mi hermana,  volvió a sentir que se podía hacer cargo de cuidarla, de cuidarnos como cuando éramos chicos”.
 
Y en cuanto al cumpleaños, días después, lo celebramos en la parrilla que ella, mi tía, había elegido. Nos encontramos allí a la hora fijada, y todo transcurrió amable y cordial.

A los postres, uno de los mozos, maduro, de cabello cano, vestido de gaucho como los otros, con vozarrón de gaucho más bien aguardentoso, como cultivado en la ginebra muchos boliches, desenvuelto como gaucho en la pampa, llevando las bandejas de achuras y tiras de asado, se acercó a nuestra mesa y pidió la aceitera.

Luis se la alcanzó y el gaucho maduro y canoso lo miró fijo y dijo: “Cuando yo enviude, usted queda nominado”.

Como mi primo es un hombre de mundo no se altera con esas minucias, pero yo, que soy una chica de barrio confieso que quedé sobresaltada.

Y el avance del mozo vestido de gaucho  nominando a mi primo, me recordó otros avances, que me sonaron sorprendentes.

Es que últimamente vengo escuchando el discurso de los eventuales galanes y tratando de descifrar intenciones, y sucede que no entiendo y me pierdo.

Pero a veces hay reiteraciones sospechosas, me contaba alguien y yo he podido observar. En las que, más allá de ideologías, extracción y proximidad, los caballeros coinciden en sus planteos de un modo llamativo.

Esas reiteraciones se dan en algo que es como una especie de libreto que hemos podido detectar y no se advierten de primera, que sorprenden cuando se los escucha por segunda vez. Y ni les digo la tercera.

Así ha sucedido que viniera de un compañero del segundo grado, de un colega o de un ex novio los planteos pasan por tres momentos:

Primero plantear lo maravilloso del encuentro. El asegurar por ejemplo: “¡Cómo me estado acordando de vos! Vos sabés cuanto te quiero... pienso que fuiste la mujer de mi vida. ¿Por qué fue que no nos casamos? Si éramos el uno para el otro...No debí perderte de vista, y este encuentro casual debería ser una señal ...

Después proponer: “Esto tiene que ser un principio. Llamame a cualquier hora, cualquier día, que quiero que nos veamos para poder charlar. Este es mi número (celular, jamás fijo).

Y por último, como estocada existencial y en tono cómplice: “Cuando seamos viejitos y estemos en un geriátrico, sabés como nos vamos a arrepentir si no tomamos esta oportunidad que nos da el destino”.

¿Habrán leído las indicaciones en algún manual de Internet que los planteos vienen siendo tan semejantes? Porque de creatividad: cero.
 
Bueno, ¿Y qué tiene que ver la caída en la que me estrolé contra el piso y alarmé a mi gata, la juventud de los 91 años de mi tía retomando las riendas, y los lances de galanes atípicos o convencionales que nos sumergen en la sorpresa?

No sé, tal vez tengan que ver en que aunque seamos vulnerables nos podemos levantar si nos caemos, y hacernos cargo de cuidar a la propia madre o a los propios hijos, y además estar atentos a las convocatorias más  bizarras que aparecen con distintos disfraces pero los mismos argumentos...porque sucede que el zorro no pierde las mañas aunque se quede calvo.
mayo del 2007

Me gusta preparar la Navidad

 El primer arbolito de Navidad que compré para Anahí es el recuerdo de un fracaso. Porque lo armé a escondidas para darle la sorpresa, y cuando ya estuvo listo sobre la mesa, festivo y alegre con sus globitos de colores y guirnaldas, la llevé upa a presentárselo y quedé a la expectativa de su asombro. Pero ella lo miro muy seriamente, desde sus  dos años y me dijo:- Bueno, ahora “prendei”.

Pero yo no tenía nada que prender porque el arbolito no tenía esa lucecitas que se encienden y se apagan.      

Me recordó al padre de Mafalda cuando le dice: -Te traje una sorpresa!

Ella dice : -Un televisor!

Y en el cuadrito siguiente se lo ve sentado en el suelo y deprimido comiendo algo, mientras dice:

-Nunca supuse que un chocolate pudiera tener gusto a fracaso.

De todas maneras me sigue gustando preparar la Navidad.

Implica sacar el arbolito del armario y ponerle ahora, además de los globitos de colores y guirnaldas, alguna de esas luminarias que cuando se encienden además son musicales.

Se pueden elegir entre los villancicos el más lindo.

Este año las perras (Huan y Lucien su cachorra) descubrieron que podían alcanzar la mesita donde lo apoyamos, así que al rescatarlo el árbol estaba tan aplastado como si se hubieran acostado encima con sus osamentas de dogas bien nutridas cuando lo arrastraron desde  el living a su cucha..

Pudimos recuperar muchos de los adornos y las lucecitas intactas. Ahora, rearmado y bastante digno pese a la aventura, lo escondimos para evitar nuevos estropicios en una habitación con llave.

De todos modos lo del arbolito es uno de los preparativos.

Solemos poner un pesebre adelante y un papá Noel al costado.

Todo eso es hermoso y se hace sin problemas.

Después viene lo de arreglar el patio con otras  lucecitas y por último buscar en la bolsa las guirnaldas para el jardín.

Esta vez había escuchado  que “la planta es a la tierra como el espíritu es al cuerpo”. Lo decía Analía y yo le creí.

En el jardín hay un muérdago que ha crecido mucho.

Pero este año, el 8 de diciembre cuando, como todas las Navidades tuve que poner las guirnaldas del jardín, para cumplir con la tradición, pensé lo de Analía, que dijo: la planta es a la tierra como el espíritu es al cuerpo, pero no pude dejar de preguntarme quién me manda y que hace una chica como yo en un lugar como éste, porque sucedió algo.

Me proponía adornar el muérdago, cada año más alto, estirándome hacia las ramas, y las hojas me rayaban las manos y los brazos.

Así que me pareció desencontrado del clima navideño el escuchar que alguien puteaba y puteaba al pincharse con las hojas del puto, puto, putísimo muérdago. Era yo.
2009