8 dic 2020

Carta inconclusa

 A Juan Carlos, que me hizo pensar en eso de ser el hijo de una madre, y a Graciela que me permitió ver eso otro, de ser la madre de un hijo.

            Si las tareas de todo ser humano, como bien dicen son tres: una, la de criar tiernamente a un árbol, cantándole canciones y acunándolo, otra, escribir un hijo con las palabras más bellas, para que pueda llegar a ser fuerte y noble y la última, cultivar un libro que crezca y pueda florecer en palabras justas y sabias, entonces, cumplidas estas tareas podemos ir sintiendo algo de paz y sosiego, aunque nos quede aún camino por recorrer…


            Las tres tareas implican una continuidad en el tiempo, porque los árboles, libros e hijos que ponemos en el mundo nos continúan en sombras y frutos, en palabras que quedan impresas en la memoria, y en la vida en acción de quienes nos continúan, y de esas tres tareas convengamos que la que requiere más dedicación y perseverancia, es la de la crianza de hijos.

            Por eso convocarlos deliberadamente fue una decisión a la que  arribé después de haberla pensado largamente.

            Después de la decisión vino la búsqueda.

            Que en mi caso nunca fue prolongada.

            A la primera invitación, mis hijos se hacían presentes, se instalaban y permanecían allí, firmemente asidos con las dos manos a su cordón umbilical.

            No llegué a saber de esa expectativa ansiosa que nos canta Arjona, con el almanaque bajo vigilancia y un suicidio de cigüeñas cuando sucede el fracaso.

            Mis niños vinieron inmediatamente cuando los llamamos. Nunca más volvieron a obedecer así, debo dejarlo en claro, pero esa primera vez sí.

            Por otro lado, el trabajo de gestación que involucró muchas energías, fue completado sin suspender ninguno de los otros que componían mi vida.

            En una versión marxista de la cuestión podría decirse que padre y madre invierten en la empresa de manufactura de un hijo, la mitad de la materia prima cada uno, a saber: un óvulo y uno de entre los quinientos mil espermatozoides. Pero el total del trabajo lo lleva a cabo la madre, neta proletaria en el asunto.

            Bueno, en esa tarea artesanal, puse el calcio de cada uno de los huesos, los glóbulos en la sangre, las neuronas una por una. También escuché la 5ta Sinfonía y miré paisajes hermosos para que los nutrieran.

            Por consejo de mi médico me apliqué las inyecciones de hierro que me tumbaban nauseosa, y que me venía en vaharadas al aliento, y que me dejaron marcas en las nalgas que duraron años y que me hacían ver en bikini como involucrada en rituales eróticos sadomasoquistas.

            No obstante dicen que estaba linda entonces, con la piel tersa de las embarazadas y tetas grandes por una vez en la vida.

            El nacimiento de Anahí fue armonioso. El de Pablo fue apoteótico. Porque ya daba señales de su estilo.

            Cuando empezó a empujar para salir, ya no cedió, ni se dio sosiego, ni se interrumpió para tomar resuello. Dijo: “Aquí estoy y éste soy yo”, y firme en la brecha del canal de parto se fue imponiendo, como luego se impondría a as otras circunstancias en la vida.

            En la clínica habían nacido en los últimos días solo niñitas. El cambió la racha y yo sentí inquietud ante las miradas codiciosas de las otras madres.

            La que compartía mi habitación tenía además otras tres hijas, dos de ellas casi adolescentes, y cuando se inclinaban sobre el moisés de Pablo tuve miedo de que me lo robaran.

            Así que lo tomé en brazos y no lo solté más.

            Sucedió así que por muy intelectual, y muy sofisticada y muy superada que yo me hubiera creído que era, a la hora de la verdad, me comporté tal cual mi tía Salustiana, la del campo.

            Cuando volvimos a casa, nos acostamos en la cama grande, y allí abrazados, reforzamos los primeros vínculos.

 
            Cuando pudo gatear, una de las preocupaciones fue la de evitar que se comiera los malvones y las begonias. Y cuando empezó a hablar el sobresalto fue por las preguntas. Intempestivas y a deshoras, él llegaba imperativo planteando: “Hoy quiero saber algo de la vida: ¿por qué vienen las tormentas?, ¿de qué se fabrica la gomina?, ¿cómo se hacen los pedos?”

            Al llegar a la edad escolar, no se mostró muy dispuesto a ir. Supongo que porque tenía el Jardín de Infantes en nuestro patio. Por otro lado sus ínfulas aristocráticas le hicieron sugerir que le contratáramos un tutor a domicilio, como en las películas británicas.

            Finalmente consintió en hacer la prueba, atraído por los juegos del Magdalena Güemes. Una de las primeras veces, me preguntó si podía saltar de lo más alto del trepador.

            Era justo lo que yo hubiera querido hacer. También deslizarme, como él, en cuclillas por la escalera, sobre los talones, como si fuera un tobogán. Y luego trepar al jacarandá para alcanzar las ramas más altas. El hizo todo lo que yo hubiera deseado.


            Llegó la adolescencia, y así como Anahí me había hecho conocer a Silvio (y Andrea me haría conocer a Eladia) Pablo me trajo a Sabina. O me llevó a mí hasta Sabina.

            Luego fue el año de su viaje, en el que me la pasé, tal como le comentaba a Oscar, reprimiendo y negando. Reprimiendo la nostalgia y negando la ausencia, Las cartas y llamadas me permitían fingir que no estaba tan lejos.

            Sus relatos del Monasterio desde cuya biblioteca nos escribía, y de las marchas en Granada, junto a los otros ocupas, contra las leyes de extranjería traían retazos de su vida allá.

            Cuando volvió, tenía nuevos tatuajes y el cabello rubio. Le mostré las cicatrices, del cuerpo y del alma, que se habían producido en su ausencia y seguimos andando.

            En otro lado escribí que a su regreso, su cabello fue cambiando de color, hasta que en algún momento se rapó y lo dejó crecer tal cual era.

            Y lo que yo escribí y quedó como fruto de mi consternación, es que descubrimos que estaba lleno de canas.


            Creo que allí caí en la cuenta de que había crecido. Así como lanzarse a caminar, empezar a hablar y hacer las preguntas que les contaba, marcaron una etapa, el exilio y las canas fueron los que me ubicaron como madre de un hijo grande.

            ¿Yo como madre de un hombre? Difícil de creer, de asumir y sostener.

            En realidad ya había tenido alertas, cuando de todos los miembros de la familia fue el que antes utilizó la compu. Eso fue de persona mayor. Y allí, donde los otros balbuceábamos, él ya hacía de eso una parte rutinaria de su vida. Y en honor a la verdad, tampoco se tomaba mucho tiempo para enseñarnos y quedábamos ante él, como fronterizos de aprendizaje lento.


            Pero lo que me interesa destacar hoy, y ese es el eje de estas reflexiones, son los réditos de tenerlo como hijo (de tener un hijo varón adulto) para con las actuales circunstancias. Sociedad patriarcal, tercer mundo, globalización en marcha. Inseguridad creciente en calles anchas y ajenas.

            Y eso que Blumberg nunca me gustó. Porque con las circunstancias a las que me refiero llega la ratificación del privilegio del hijo varón. Más aún si es alto, atlético y practica deportes de combate.

            Lo empecé a sospechar en las últimas elecciones. En la escuela que está frente a casa se vota.     Y en cada fecha de elecciones los automovilistas forman una larga hilera.

            Cuando sacaba el coche del garage, me cercioré de que podía maniobrar. Pero en ese mismo segundo, un conductor llegó raudo y se paró en doble fila, justo cuando sacaba mi auto. Inevitable: lo embestí. Lo embestí y él reaccionó irascible, aunque apenas lo había tocado. Se vino como un basilisco amenazante diciendo: “-Qué, ¿sos ciega?-”

            Yo iba a abrir la boca para protestar cuando apareció Pablo respondiendo: “-Y vos, ¿sos boludo?-“

            El dueño del auto que yo había chocado cambió súbitamente el tono, bajo el copete, amainó el gesto furioso y se fue a escribir cien veces: “No debo estacionar en doble fila”.

            Me percaté de lo fantástico que debieron sentirse Al Capone y los otros mafiosos con sus guardaespaldas.

            La otra fue un anochecer, en que nada amenazante me turbaba, pero que cuando ya salía, Pablo estimó que era tarde para andar sola, e insistió en acompañarme a la esquina. El cole tardaba, pero se quedó conmigo, aunque la calle estaba llena de gente y nada hacía presumir que quisieran raptarme. ¿Para qué?

            Y las salidas han ido cambiado, cuando pareciera que ya no lo saco a él de paseo, sino que él es el que me invita a mí. Y todas esas veces me asalta el mismo pensamiento: el tiempo pasa, mi hijo ha crecido, me protege aunque con ello yo esté en contradicción desde mi militancia feminista y reniegue de su modo tan peculiar de tomar posición acerca de lo que es masculinidad y feminidad.

            Pero al fin, tanta prédica para venir a babearme por ese prestigio que deviene de haber hecho un hijo ¿completo? ¿Qué me completa?

            No le creí a Juan Carlos cuando dijo una vez que el vínculo de la madre con el hijo varón es el más libre de ambivalencia. Tal como lo  planteaba Freud y al que Juan Carlos se remitía cuando se pensaba como hijo dilecto de su mamá.

            Si entendí a Graciela cuando reflexionaba respecto a lo que le había significado la llegada de Julián “como algo distinto”.

            Así, Juan Carlos y Graciela me pusieron en la pista de significar y entender cómo es esto. Tal vez deba agradecerles permitirme pensarlo, porque eso me va a dejar tomar los réditos de tal cosa.

            Porque hay verdades. Muchas.

            Tener a Anahí fue en su momento la reparación que la vida me dio. Esa es la primera verdad. No hubo niña más bella, sensible, criteriosa y chispeante, con ese sentido del humor que aún (pese al sarcasmo que le agregaron las experiencias) le brota como manantial. Mirándola me preguntaba muchas veces cómo es que yo podía haber hecho a alguien así.

            Andrea trajo la incondicionalidad en el afecto y los cuidados, es la hija con la que siempre se puede contar. La que está cuando se la precisa. Sabe acercar una boligoma cuando hay que pegar una foto, un caramelo después de la cena o una canción después de la tristeza, en todos los casos, cuando es exactamente eso lo que hace falta.


            Pero Pablo es otra cosa.

            Y pienso en el mundo de las madres que solo tuvieron hijos, y me pregunto por su soledad en medio de tanta testosterona, partidos de fútbol, y ropa tirada. Me digo que son madres que no tienen quien les diga si el ruedo de la pollera o el color de la sombra de los párpados está bien, o entrar en esa complicidad de mujeres tan necesaria. Madres de varones que no pueden compartir una poesía desde cierta sensibilidad o un Evanol para los dolores de panza.

            Pero también sucede que me invade cierta arrogancia frente a aquellas madres que solo tuvieron mujeres y que no vivieron la experiencia de parir, amamantar y cuidar de ese distinto, que fue parte del propio cuerpo, pero que se recorta como otro en medio de una selva. Selva en donde sus atributos aún son marca de jerarquía y superioridad. En una sociedad en donde todavía, y por mucho tiempo (como en aquella tribu de “Un hombre llamado caballo” en la que cuando una madre perdía a su hijo quedaba desamparada, a menos que otro guerrero la adoptara) el hijo varón confirma el propio valor.


            En fin, puede parecer pretenciosa esta conmiseración que me invade, ante las madres que solo tuvieron hijas, o que solo tuvieron hijos. Porque lo que hace a la significación de las personas no lo determina la inscripción a uno de los sexos.

Pero lo social pesa, y con respecto al hijo varón tal vez sea más significativo para mí, porque los atributos que anhelé y me faltan, vengo a descubrir que Pablo los despliega con toda naturalidad. Cuando niño, la destreza y coraje en el trepador. De adulto, la firmeza ante el prepotente. Y siempre la creatividad sin cortapisas.

            Tal vez porque sea cierta  (como decía Juan Carlos) alguna adhesión primitiva, inconciente e irracional que nos sitúa a las madres como a Yocastas en estas historias.
2006

Crónica de Aurora

 1- Cuando Aurora me convocó para escribir, supe que era para reescribir, en una nueva versión ampliada, su primer libro. Le agregaría nuevas reflexiones y allá iría el texto, a las manos de las embarazadas que ella acompañaba, tal como en su momento me acompañó a mí.

Esa tarde, abrió ante nosotras una carpeta y desplegó una serie de papeles, algunos a máquina, otros manuscritos, muchos con tachados y correcciones.

El primero que leyó para mí, lo llamó “Latidos” y era un texto, hermoso y poético, ideal para abrir su nuevo libro.

También me leyó una breve recorrida autobiográfica, interesante para incluir en tanto esa recorrida daba las razones de su elección de carrera y entrega a la misma.

Luego, en la carpeta, otros textos, algunos para corregir, otros para descartar, distintas variaciones sobre un mismo tema: la vida.

 

2- ¿Qué sentí frente a la montaña de papeles? La responsabilidad de ayudar a Aurora a tomar la mejor decisión: embarcarse en la aventura de escribir sabiendo del esfuerzo que demandaría, o asociándome a sus vacilaciones, postergar o renunciar a la tarea.

La vi dudar por lo titánico del esfuerzo, pero también ilusionada ante la posibilidad de que su experiencia y su pasión pudieran quedar nuevamente plasmadas en tinta y papel.

Y me di cuenta que estábamos siendo complementarias. Ella me había acompañado en los momentos más importantes de mi vida: cuando estuve embarazada y pude parir a mis hijos. Y yo había estado con ella cuando concibió y dio a luz a su primer hijo-libro, asistiéndola en las correcciones de estilo y escribiendo el epílogo de su texto, un testimonio  en primera persona de lo que había sido mi experiencia con ella como preparadora de mi embarazo y parto.

Alguna vez yo había escrito algo que se ajustaba a este momento:

Si las tareas de todo ser humano, como bien dicen, son tres: criar tiernamente a un

árbol, cantándole canciones de cuna, escribir un hijo con palabras hermosas para

que pueda llegar a ser y cultivar un libro que crezca y pueda hablar, entonces…

podemos ir sintiendo que hemos cumplido ese mandato…


3- Advertía asombrada que podía describir una simetría mágica entre nosotras. Esto en tanto cada una había estado el lado de la otra, para acompañar, ella el parto de mis hijos y yo el parto de su .libro.

Al fin: las dos habíamos gestado y parido con la otra al lado en una solidaria y silenciosa hermandad.


En la recorrida autobiográfica ella había contado que su nacimiento se había dado de una manera inusual, asomando primero los pies, esto es con una presentación podálica poco frecuente y a veces compleja. Aurora relató que el médico le dijo a su madre que esa niña, que ya empezaba su vida de una manera atípica, sería muy especial y estaría destinada a caminar la vida sobre nubes. Y algo hubo de eso.


Recordé que si bien nos habíamos conocido anteriormente cuando el nacimiento de mis hijos, otra de las cosas que nos habían acercado fue la ayuda en que Aurora me convocó para aprender a conducir vehículos, tarea en la que se había sentido inhibida. Lo suyo era el ámbito de lo humano en toda su diversidad. No pudo existir mayor antagonismo entre mujer y máquina que el que constatamos entonces.

La mujer destinada a caminar sobre nubes no lograba la sintonía con lo concreto y metálico del automóvil, con lo duro y frío de las calles. Aquel intento quedó en suspenso.


4- Su casa, ese jueves reciente, reflejaba como un espejo la índole de su habitante. Cuadros, flores, armoniosa disposición de cada cosa en los ambientes cálidos.

No se trataba de un dato sorprendente, por el talento de Aurora para la plástica. Sabía que muchas veces regalaba sus creaciones: dibujos y acuarelas. No obstante, algunas de ellas, enmarcadas, daban el tono al lugar.

La casa como extensión de Aurora. La casa bella, acogedora, la casa para transitar suavemente, respetando la penumbra y el silencio. Y a su ocupante la encontré hermosa pero inquieta, eran varias las causas. Hacía tiempo que no nos veíamos. Desde la publicación de su libro? Desde su fiesta de cuando cumplió ochenta años?


5- Y me pregunté cómo esta mujer, la que caminando sobre nubes se fue adentrando en el mundo, había logrado persuadir a su familia y lograr su espacio en la  Universidad, en tiempos donde poca presencia femenina se admitía. Eran ámbitos signados por un patriarcado intolerante. Y Aurora fue una de las primeras egresadas de la carrera de obstetricia. De los cincuenta partos solicitados para aprobar la práctica, ella llevó trescientos como anticipación a lo que sería el entusiasmo y la desmesura en su ejercicio profesional.

Porque luego fue el hospital y treinta años de trajinar pasillos. Acompañar a las mujeres más sencillas a tener a sus hijos. ¿Cuántos fueron? Miles.

Relataba la ternura que le despertaban las más jóvenes, las más pobres, las que cruzaban el río para llegar al hospital…El empeño era para que se sintieran cuidadas y protegidas, para que el trance se desplegara con el triunfo de esas madres que llegaban a sus manos.

Esas madres que se iban con sus bebés  nacidos entre llantos y sonrisas, habían hecho su  parte, pero de la mano de Aurora, bajo su mirada atenta, con el auxilio de sus manos, con el sostén de la delicadeza de su palabra.
 

Fueron las destinatarias de su amor.

Por ellas siguió con un aprendizaje continuo, cada vez nuevas herramientas, cada vez nuevos saberes, cada vez mejores experiencias.

Transmitió sus conocimientos y sus destrezas a todos los que se lo solicitaron. Y en la preparación psicoprofiláctica empezó a incluir a los padres. No solo en la sala de partos, sino también antes, durante las clases en que intentaba que ellos también participaran del milagro. Y hubo una oportunidad en que el bebé y ella (avisada a destiempo y tardíamente) llegaron juntos, pero el padre pudo,  merced a todo lo aprendido, cumplir con lo que se requería para que su bebé arribara con éxito. Cuando Aurora lo abrazó le dijo: “Te felicito “Auroro”. Pudiste ayudar a nacer a tu hijo.

Y él respondió: “Porque vos estabas en nosotros, en lo que nos enseñaste”.


6- De todas esas mujeres hubo quienes fueron privilegiadas en su afecto, y las llamó hijas. Mara, a quien yo conociera y que encontró en Aurora una madre con la que compartir tantas cosas.

Aquella otra que pudo vencer vacilaciones y temores y que con su ceguera a cuestas, sin luz para sí misma, pudo dar a luz a su bebé (y allí nunca fue tan cierto, pues su hijo no tuvo esa limitación) y completar un anhelo que quedó así colmado.

Yo sabía del lugar de esa paciente en la vida de Aurora desde hacía años. Pero la conocí personalmente en la celebración de sus ochenta años. Compartimos la misma mesa, Nuestros hijos habían nacido por el mismo tiempo.

Aurora recibió feliz en esa fiesta a sus invitados. Estaba rutilante. Se la veía hermosa en su vestido largo y rojo, ágil y sonriente entre quienes la acompañábamos en la celebración.


7- Si los nombres son preanunciadores de las vidas, los nombres de Aurora Pilar marcan las dos dimensiones de su lugar en mi vida, en las vidas de muchas de las que la elegimos.

Una Aurora que nos ilumine en el transito del embarazo por senderos  a veces escarpados, un  Pilar que no sostenga en la ardua y plenificante tarea de parir.


8- De sus amores del pasado, algunos dejaron huella.

De sus amores del presente cabe decir que le marcan que está viva, que sigue siendo hermosa, que irradia la turbación de quien ha sido conmovida, tocada por la devoción de un hombre.


9- Cuando nació Anahí, tuve deseos de saludar a la mujer que había acompañado a mi madre durante mi nacimiento. Aurora me alentó a buscarla. Nunca me animé.


10- Pero cuando Anahí tuvo su primer trabajo, justamente en la psicoprofiláxis de las embarazadas del dispensario, y supe lo que le significaba, no dude en comentarle a Aurora.

Solo ella podía enlazar los datos y darle el significado que los hechos tenían.

Como si un hilo invisible que me atravesara en mis propios afectos e intereses se desplegara desde Aurora que asistió mi parto y recibió a Anahí en aquella sala silenciosa y en penumbra, y la actitud de mi hija ante la tarea por venir, en el dispensario, al lado de las jóvenes que se preparaban para tener a sus hijos. Era la vida que continuaba alentando a la vida.
mayo, 2008

 

LATIDOS


Se habla de latidos de amor, de odio, de angustia, de sufrimiento, de alegría, de dulzura, de emoción, de ternura. Los latidos que más amé fueron los latidos fetales.

¡Ay mis bebés adorados!

Tenía un estetoscopio de madera. Mi transmisor desde mi oído al corazoncito del bebé.

Una vez en el Hospital Provincial, un colega me dijo: ¿Crees que los latidos fetales son la sinfónica?

Pues sí. Eso eran para mí.

Nada debe fallar. Ni el ritmo ni la intensidad. Es música sagrada. Es lo que transmite el bebé. Ni bradicardia, ni taquicardia, ni espacios silentes.

Comunicación directa con mis pequeños. Nada debe pasar. Es ritmo celestial.

Ellos percibían todo y se establecía una comunicación directa con mi propio corazón.

Hablaba con ellos.

Los amé, los cobijé, los protegí.

Daba mi vida a su favor.

Y el estetoscopio…No se imaginan cuántas vidas me ayudó a salvar.

Y ahora, esos latidos intensificados por el ampliador de sonidos, se parecen a trotes de caballos…

No se, en un momento profesional de mi vida, pedí a Dios no tener hipoacusia.  Y era todo tan milagroso que se cumplió.

Hoy, en mis 85 años tengo hipoacusia.

Se que Dios me escuchó.

Siempre, en mi vida de trabajo pude percibir hasta el más mínimo detalle de sufrimiento fetal.

Gracias a Dios y gracias  a mi oído y al estestocopio de madera que me ayudó.

El que tengo ahora como florerito en lugar privilegiado.

El que todavía me ayudó a escuchar los latidos de mis nietos y bisnietos

Aurora Pilar Berdún

Martes 29 de enero de 2008

Balance de un año orquestado en torno a Emilio Rodrigué

 Dedico esta crónica a Aixa, que ha acompañado nuestras reuniones del grupo “Redecilla” con interés, paciencia y constancia, como la integrante más madura y sensata

 
Fueron varias las cosas de este año de las que puedo dar cuenta. ¿Curiosas, originales, risibles?

Había descubierto, pero descubierto en serio a Emilio Rodrigué a través de “El libro de las separaciones” que me prestara Iliana. “Mirá, habla de la constitución de la A.P.A., te va a interesar. Nombra gente de la época que fueron tus profesores…” Y si bien ya lo conocía por su libro sobre grupos, desde los sesenta, no me había convocado  entonces.

Pero cuando entré en el tono coloquial de esta “biografía incompleta” dije: tengo que leer más. Y entré a buscar “La lección de Ondina”.


Al empezar el otoño, una tarde miraba vidrieras. Estaba muy concentrada. Al girar bruscamente me tropecé con una panza, detrás de la cual un señor muy alto decía: ¿Vamos a tomar un café, linda?. En la fracción de segundo que se sucedió pensé: algún amigo, algún ex-alumno me gastaba una broma? Un paciente? No, los pacientes no hacen ese tipo de broma. Mientras pensaba todo esto subí desde la panza que me había llevado por delante, a la cara del señor alto.

Una cara afable de un hombre canoso, pero para nada conocido. Entonces, como soy cobarde, huí.


Más adelante, en otra librería de Corrientes, casi San Lorenzo encontré “Sigmund Freud. El siglo del psicoanálisis” de Emilio Rodrigué, dos tomos gordos y me los llevé. Ya había leído el trabajo de Jones sobre la vida y obra de Freud. Pero esto era otra cosa. Lo fiché minuciosamente, llevando nota de la cantidad de aportes que surgían. Por ejemplo cuándo se usó por primera vez la palabra antisemitismo. Por ejemplo, quién creó el término sociología. Por ejemplo el hecho de que tanto Freud como Hitler  se basaron en conceptos de Le Bon. En fin, que me quedé encandilada y se acrecentó el deseo surgido en “El libro de las separaciones” de conseguir “La lección de Ondina”, donde supuestamente se trabajaban con mayor detenimiento las pulsiones de vida y de muerte, que en su interjuego, determinan nuestros devenires.

Lo pedí con poca suerte en la Biblioteca Argentina, en la de la Facultad, y en la del Colegio de Psicólogos.


Por mitad de año mis amigas entraron a conspirar. Yo no me daba cuenta. Después que pasaron las cosas empecé a atar cabos de lo que fue la gran confabulación, en la que involucraron a otras amigas y a Alberto y los chicos. Se trató de una operación comando realizada según pasos impecables y estrategia perfecta.

Dorcas me pidió que nos viéramos en un bar, un sábado para ver unos materiales clínicos. No había nada inusual en ello. Y cuando estábamos allí, ya sentadas frente a los papeles, entró una horda con matracas y silbatos, globos y serpentinas haciendo bochinche. La ruidosa murga, estaba compuesta por Marta, Iliana y Estela, las otras integrantes del grupo. Pero se habían sumado los chicos: Noelia, Anahí, Pablo, Andrea y Betiana.  Con todos ellos venía también Aixa, que formaba parte de la confabulación. Más tarde llegó Alberto.

Habían armado, a mis espaldas una celebración por mi cumpleaños. Mi primer cumple sorpresa.

Fue hermoso. Y entre los obsequios, el más original lo constituyó un servicio en un SPA.


Ese servicio incluía toda una serie de cosas: limpieza y nutrición facial. Dermopulido corporal y máscara de algas. Masaje completo y un broche de oro: sesión relajante en la cámara de ozono.

Cuando acordé el turno para todo ello, estaba lejos de sospechar lo que habría de suceder.

Margarita, que se definió como esteticista y  Janina, masajista del instituto, me tomaron en sus manos. Literalmente. Despojada de ropa fui pasando por las diferentes maniobras que me pulían, nutrían, masajeaban. Al mismo tiempo escuchaba las sugerencias de los otros pasos que podrían darse en esta tarea de embellecimiento.

Como culminación y cubierta por una bata blanca, fui conducida escaleras arriba a una habitación amplia donde estaba la cámara de ozono.

Era una especie de cápsula espacial, parecida a las que se utilizan para las de resonancia magnética, pero más grande.

Debía acostarme sobre una tarima del tamaño de una cama de dos plazas, pero de motel suntuoso. La cerraba una tapa de acrílico transparente que Margarita ajustó con eficiencia. La cabeza quedaba afuera. En ese lugar el acrílico tenía una abertura, en forma de semicírculo, parcialmente obstruida por una cortinita plástica.

Me dijo que iba a sentir un viento cálido y que al cabo de media hora venía a buscarme.

Escuchaba el movimiento del instituto, voces y pasos más allá de la puerta.

Me fui quedando dormida, pero escuchaba el run-run de la cámara enviándome ese aire suave y tibio.

Cuando el run-run cesó creo que desperté. Las voces se habían acallado y los pasos también. En realidad no se escuchaba ningún sonido. Estimé que había pasado bastante tiempo. ¿Cuánto? No podría decirlo.

En   medio de la cápsula de acrílico podía incorporarme y me senté. La cámara de ozono, era como una celda plástica y transparente, bastante amplia como para que pudiera hacerlo. Exploré el semicírculo por el que mi cabeza había quedado afuera descubriendo que era bastante amplio y que la cortinita estaba adherida con abrojos y podía retirarse.

Entonces me dije, si pasan las caderas, pasa el resto (como los gatos, que miden con los bigotes antes de deslizarse). Saqué primero cautelosamente las piernas. Tanteando logré tocar el suelo con los pies y después pasé torso y hombros, ya casi había nacido en ese parto sofisticado que me reintegraba al mundo.

Por suerte tenía a mano mi ropa.

Cuando baje las escaleras todo estaba sospechosamente calmo. En la recepción una joven aburrida me miró con asombro.

Pregunté por Margarita, por Janina. No estaban. Había terminado su turno.

La empleada no sabía que me habían dejado olvidada.

Pensé que ya había notado que mucha gente no me reconoce en jogging, no me saluda y me hace sentir invisible. Y que en general, cuando hablo en mi tono natural no me responden porque no me escuchan. Debo alzarla voz, de lo contrario soy inaudible.

Así que ahora, venía a descubrir la amarga verdad: además de invisible e inaudible, resulta que soy olvidable.

Esperé por si a la tarde las chicas me llamaban acongojadas después de notar que me habían abandonado.

Al fin, pensaba yo, no siempre se deja olvidada  a una dama irresistible en la cámara de ozono, ni en ningún otro lado. Como no lo hicieron, al día siguiente llamé yo. Atendió Janina. Le dije que la piel me había quedado muy linda y que el masaje había sido muy relajante, pero que…Allí, sin dejarme terminar, se deshizo en disculpas.

Las acepté pero le di una recomendación para que utilicen en adelante: que presten a las usuarias de la cámara de ozono un silbato como los de los referís para que puedan avisar si quedan encerradas.


A esas alturas mi búsqueda de “La lección de Ondina” no declinaba. Pero volví a fracasar cuando le pregunté en Buenos Aires, en el Foro de Psicoanálisis y Género a Juan Carlos Volnovich. Me dijo: “Si lo conozco, lo leí, pero no lo tengo.”

Pensé en la Biblioteca Nacional, pero no hice a tiempo. Me volví a Rosario con la frustración de la tarea pendiente.


Llegó la primavera y con ella, las lluvias. Copiosas.

En la esquina esperaba un taxi refugiada en el alero de la confitería, pero alerta a los coches.

Esperaba sola hasta que llego una mujer joven y rubia.

Al rato asomó un taxi y las dos levantamos el brazo. Me parecía ridículo pelear por un taxi. En otras oportunidades he sugerido compartirlo.

Pero se ve que ese día no estaba conciliadora. Así, aunque ella estaba más cerca del taxi cuando este se detuvo, me acerque con absoluta resolución, tome la manija y me subí. No recuerdo si le dije: “Yo estaba desde antes.” Pero seguro que lo pensé.

Y ella al verse despojada me grito: “¡Ordinaria! ¡Guaranga! ¡Tarada!” Juro que fue la primera vez en mi vida en que me vi envuelta en una situación así, pero no me ofendí. Me insultaba a mí y a mis ancestros, incluyendo a mis abuelas andaluzas de las que según la novela familiar fueron antagónicas: una era una devota rezadora de la archicofradía de la Virgen. Se parecía a la abuelita del dibujo de Maladrín, la que protege a Twiti.La otra vivía en Pichincha y era tan puteadora que hasta los camioneros se ruborizaban cuando se ponía irascible.


Bueno, llovía, yo tenía el taxi y mientras me iba en él, ella se quedó vociferando. Entonces le dije al conductor: “Disculpe la escena. Todos podemos insultar. Yo no contesto porque sería vergonzoso.

Ahora  mire lo que le pasó, gracias a ésto hoy va a poder contar que dos mujeres se pelearon por usted. Si lo dice con aire reservado y se detiene allí, su silencio va a sugerir que la pelea fue por otra cosa  y que es por discreción de caballero que no lo dice.”

Él se sonrió y un chaparrón furioso se acentuó sobre la calle.


Llegando a diciembre, seguía en mis reflexiones sobre la mejor forma de llegar a “La lección de Ondina”.

Mónica que viajó a Bahía se llevó el encargo de consultar a Rodrigué, si podía contactarlo, sobre la forma de conseguir el libro. Por esas casualidades ella dio con un rosarino que tiene un negocio de arte. Este rosarino lo conoce y le comentó que Emilio, en esos días se estaba yendo a París. Pero le pasó la dirección de correo electrónico. Así que recibí como regalo previo a la Navidad esa dirección. Era mi chance de contactar con el fruto de mis desvelos.

Ya me habían dicho: “¿No estarás un poco enamorada? ¡Tanta perseverancia por un libro!”

La dirección quedó allí, en una carpeta esperando a que me decidiera a utilizarla.


 Cuando Silvana me llamó aquel domingo a la mañana, me comentó que seguía trabajando en lo lúdico, como había sido cuando en un Encuentro Regional de Mujeres hicimos un trabajo juntas.  Era un taller sobre identidad femenina y nos había salido lindo.

Ella había coincidido con Mónica en las playas de Bahía. También estaba de vacaciones los mismos días.

Silvana y yo nos habíamos conocido cuando en los sesenta se abrió en Rosario la primera Escuela de Psicología Social. La dirigía Gasparri y los docentes que nos dictaban clase venían de Buenos Aires.

Ella se remontó a esa época y empezó a rememorar nuestro encuentro con Pichón Riviere, Bauleo, Kesselman, Rodrigué….

“¿Te acordás?” me preguntó.

“¿Rodrigué nos dio clase?”.

“Sí, claro, como los otros” contestó Silvana.

“Lo tenía olvidado” dije con un hilo de voz.

 Prudencio, el reflexivo, personaje de una tira de Sendra, que es un malevo de arrabal, habla de pincharse con los flecos de la bufanda, hacerse un tajo con un kinoto, de cortarse las venas con una margarita, porque al fin para un guapo: “la vida es una herida absurda”.

Eso fue lo que sentí hablando con Silvana.

Lo absurdo llevado a su enésima potencia.

Si es cierto, como ella reconstruye, y no tengo por qué pensar que está equivocada, que asistimos a las clases de Emilio Rodrigué, en nuestro primer año de la Escuela de Psicología Social, el año 68 ö 69, yo no advertí entonces lo que me deslumbró este año en sus textos. Esto  puede ser por dos razones: o él no era entonces tan sabio, tan erudito, tan chispeante y tan ingenioso, o yo era boba (para usar una expresión educada).

De todos modos, descifrar eso queda pendiente en un año, en que la búsqueda de su libro perseveró en medio de tropezones con la panza de señores, sesiones accidentadas de SPA y encontronazos callejeros en medio de la lluvia.
08-1-08

Recorrida por la Feria Retro

 Una recorrida por la Feria Retro es como una recorrida por la propia historia.


Está en el barrio de Pichincha. Y convengamos que Pichincha no es un barrio como cualquier otro. Tiene magia y tiene enigmas. Se le puede aplicar lo que el mejicano Fernando Benitez dice de la selva: "ese gran ser de vida caótica y desenfrenada, en la que los hombres deben buscar significado para no volverse locos. Tal vez, éste es el origen de tantas leyendas que tratan de domesticar sus misterios y sus fuerzas irracionales de vida y muerte." Pensé: tal cual como Pichincha.

 Y es que Pichincha tiene historias. Y "leyendas que tratan de domesticar sus misterios..." Una de las más interesantes la contó Omar Torres y tiene que ver con los prostíbulos y con una expresión que quedó incluida en nuestro decir. Es la expresión "dar la lata", y era lo primero que le decían las prostitutas a cada cliente: "Dame la lata",  porque esa ficha de metal que recibía de sus manos  era garantía que él había pagado a la madama por el servicio. Tantas fichas, equivalía a  tantos clientes, y a tanta paga. Algunos venían solo a charlar, por eso el "dar la lata" se convirtió en sinónimo de charlar a otro, ocupando su tiempo, y como expresión se usa hasta ahora para el que viene con su conversación para el aguante. "Me dio la lata", se siguió aplicando a : lo escuché, me contó cosas,  dijo lo que tenía que decir.

Pensé que al fin, como dice Angélica, el oficio más viejo del mundo, verdaderamente no es el que se dice, sino que lo es contar  y escuchar historias. Si lo pensamos, el reclamo de que nos cuenten historias y escuchen las nuestras es un reclamo que nos atañe a todos. Y responde a una necesidad tan fundamental como las que generan el hambre o la sed. Es la sed de historias.

En cambio, el que se  llamara a los prostíbulos en la jerga corriente "kilombos" es contradictorio, porque kilombos fueron las Repúblicas de africanos en Brasil, que huían a la selva, se liberaban de la esclavitud y constituían en grupos organizados que, dándose sus propias reglas subsistieron durante años a pesar del asedio de los colonizadores. Entre las razones por las que esas Repúblicas de esclavos que habían dejado de serlo, no persistieron se alude a la baja tasa de natalidad, porque eran muchos los varones y pocas las mujeres, también a la poliandria que esta desigualdad numérica generó. Pero lo que es irritante pensar es que se desvirtuó el término kilombo que designaba la República de luchadores por su libertad, al nombrar con él a estos lugares en donde lo que prevalecía era otra forma de esclavitud. Después se extendió el término para designar  desorden o caos, pero ¿cuál?. ¿El de la libertad asumida por los esclavos o el de la esclavitud de las que brindaban servicio a los señoritos?


Volviendo al barrio. Y dentro de barrio a la feria. Bajando por Callao empieza la fiesta. También si vas en auto podés estacionarlo cerca de "El Riel" y dejar allí a los que prefieran quedarse tomando un café, mientras te vas a sumergir en la magia de los puestos.

Esa mañana, de la que voy a contarles estaba fresco, además se corría no sé qué maratón cuyo circuito pasaba  por el costado a lo largo de la Feria. Y sucedió lo siguiente.

En uno de los primeros puestos vi un almanaque del año 78 con Graciela Alfano sonriente y con una flor en el pelo, y me recordó lo enamorado que estaba Pablo de ella. Él la había visto en una película, así, como estaba en el afiche, y pedía por "la chica de la flor" y cuando aparecía en la pantalla, viéndola se fascinaba tanto, que hasta se le caía el chupete. Esa pizpireta teñida  había seducido a mi bebé. Y le duró varios años. Lo supe porque una vez en que me observaba maquillarme, se subió a mi falda, y me dijo:- ¡Que linda estás!. Linda como Graciela Alfano. Y luego, después observarme detenidamente, mientras me levantaba el cabello y lo llevaba hacia atrás continuó. - Pero Má, tendrías que teñirte de rubia. Y ponerte una flor en el pelo. Y acercando su cara para mirarme de cerca:- Y estirarte la piel para parecer más joven. ¡Con todo eso serías igualita a Graciela Alfano!.

Recuerdo que el filicidio nunca estuvo en mis planes, recuerdo que pensé que habría que reformular el Complejo de Edipo, pues en nuestros niños no se ajustaba a la versión tradicional, pues los Edipitos ya no venían como antes, y que pensé también que al fin, los hijos son los templos del Espíritu Santo, así que me quedé mansa.

El encuentro con el almanaque me trajo el episodio de aquel revolcón a mi narcisismo, y pensé que los años han pasado y a Pablo adolescente le gustó Kim Bassinger y que al fin Graciela Alfano y yo, pasamos a la historia de sus devaneos eróticos.


Seguí adelante y en medio de ejemplares de "Caras y caretas" vi un álbum forrado en cuerina oscura y me detuve a hojearlo. Era un libro sobre Rosario editado por la Biblioteca Vigil en 1970, con fotos hermosas y textos de autores locales: Riestra, Martini, tal vez Ielpi... Lugares y gentes, iguales y diferentes, la moda de entonces y rincones de la ciudad. El reflejo en las vidrieras de la vida de entonces y convocadas por las imágenes en papel, surgieron otras y me atravesaron. Dábamos clase en la Facultad y compartíamos las peñas y los ciclos de cine. Durante el Rosariazo estábamos exaltados y creíamos en eso grande y poderoso que se estaba gestando.  La ingenuidad de entonces naufragaría en pocos años. Mil imágenes que se desprendían de lo vivido en aquel tiempo, convocadas por el libro que tenía entre las manos como testimonio de una época de sueños. Pensé: Ya sé que voy a pedir de regalo para mi cumpleaños.


Continué caminando y me crucé con Caburo que miraba unas cámaras fotográficas.   Un juego de porcelana con pocillos y tetera estilizada me remitió a la casa de mi abuela, y el reloj antiguo de madera oscura era parecido al que marcaba las horas en aquel tiempo.  Seguí y de un puesto surgió una carcajada rotunda. Me detuve y le pregunté a la mujer que reía leyendo la contratapa del diario, saboreando el gusto de entablar conversación porque si nomás, sin preámbulos ni vacilaciones. Ella contó el diálogo de los personajes. Uno dice a otro: -En esta época lo que puede dar es una empresa privada. Y el otro responde:- Si, un cementerio privado.

 
En un puesto, la amiga de una amiga desplegaba hermosos vestidos antiguos. Y esparcidos cerca, discos de la negra Sosa, de los T.N.T. y de Madrigal. Un Madrigal rosarino que cuando nacía Anahí, escuchábamos emocionados.

En otro, un colega, acomodaba libros. Entre ellos una versión de "Cuerpos y almas" que leyera a escondidas en la adolescencia. ¡Todo estaba allí! Solo se trataba de caminar de un puesto a otro para rearmar el mapa con tantos recuerdos...

Cerca del final, yendo hacia el túnel: reconocí un cuadrito. Uno como ese estuvo colgado en mi casa cuando era niña. El texto impreso de un obispo chileno  empieza con algo así como:" Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor y mucho de ángel por la infinita solicitud de sus cuidados..."

Creo que había aparecido por los años 50, y quedó colgado ante nuestros ojos como recordatorio, porque entonces se tomaba en serio la letra impresa, y aún más si se refería a algunos de los clásicos como en este caso, la veneración a la madre. Mi vieja nos hubiera tomado a plumerazos a mi hermano y a mí si nos hubiera visto burlarnos del cuadrito, así que quedó en la pared hasta que se cayó de viejo. Bueno, allí estaba, como antecedente remoto y barroco de los posters que fueron apareciendo luego.

En contraste con este, yo elegí (como muchos de  nuestra generación) el de Kahlil Gibrán: "Tus hijos no son tus hijos...", pero guay del que quiera interferir!
 

Cuando me iba yendo con ganas de quedarme, encontré a E. B., vecina de la zona. Fuimos compañeras y preparamos juntas algunas materias. Nos detuvimos a contarnos nuestras vidas y a mirar la maratón que coincidía con la feria. Apenas entibiaba el sol y el viento azotaba fuerte. Pasaban los corredores en short y musculosa y ella preguntó:  -¿No tendrán frío? Pensé un momento, y muy segura  le respondí: -No, para nada, no se pueden distraer en eso, en tener frío, porque están concentrados en llegar. Eso es lo importante. Entonces ella tomó la posta y sonriendo contestó: -Si, ellos tienen que llegar y nosotras también. Eso es lo importante...

 Por alguna razón misteriosa me sentí vigorizada y retomé el paseo.

Había re-encontrado suficientes cosas de mi historia como para procesar varias ideas.

Sería azaroso hallar alguna más. Y sin embargo, no me resignaba a irme todavía. Entré  en el local que está en la esquina  de Ovidio Lagos, y sobre una mesa vetusta y entremezclada con otras revistas, dos números de "La República de Pichincha" del 2000, me indicaron otro tiempo que pasó. Aunque en éste, otra Pichincha viniera llegando. (*)


Al fin, el 78 del almanaque, el 70 de las utopías, el 50 de la niñez, el tiempo de las canciones de Madrigal o el  2000 de la revista fueron significativos y me remitieron a sucesos vividos al modo en que se pudo, en este tiempo que fue el que tuvimos. Lo que la feria hizo (hace) fue ponerme (ponernos) ante los ojos y traer de la memoria parte de nuestras vidas. Por eso recorrerla no es banal, por eso recorrerla puede ser hasta peligroso, por eso recorrerla implica un desafío, y no salimos de ella  iguales a quienes éramos al entrar.
Octubre del 2002

(*)  “La República de Pichincha” fue una revista que llevamos a pleno pulmón, y que alcanzó la heroica suma de hasta 18 números.

Una historia de amor

 Le dijo: Te estoy llamando sin que sepan. No quieren que vuelva a verte. Y no sabés cuánto te extraño.

Le respondió: Sabíamos que podía pasar ésto. Yo también estoy muy triste. Tengamos paciencia, ya comprenderán.

Le dijo: ¿Cómo vamos a poder con esta separación? No entiendo. ¿Por qué nuestro amor tiene que costarnos tanto? ¿ Por qué es tan difícil de llevar adelante? ¿Por qué son tan duros? Y sin embargo sé que están sufriendo, y hacen esto porque me aman y creen obrar bien.

Le contestó : No sé...Creo que le pesan los viejos mandatos, y solo pueden pensar las cosas desde allí. Pero si podemos mostrarle la fuerza de lo que sentimos, llegará un momento en que podrán aceptarlo.

Le dijo: Estuve recordando a Romeo y Julieta, no son cosas del pasado. Están sucediendo aquí, ahora.

Le contestó: Sucede muchas veces, sucede por muchas razones.

Sucede como una prueba que deberemos atravesar, y porque lo que sentimos tiene la potencia de lo verdadero.

Eso no cambiará. Aunque no podamos vernos. Eso nos constituye.
 
Les sucedió a tantos...

A Angélica y Suger les pasó porque ella era de familia católica y el de familia judía.

Y entonces era tan importante el peso de la oposición familiar, que solo pudieron volver cuando tuvieron su primer hijo.

A Elsa y Manuel porque ella le llevaba diez años. Era impensable que hicieran un proyecto.

Cuando se casaron ella tenía treinta años y él veinte. Y vivieron tantos años juntos, que cuando él murió, ella que ya tenía más de noventa, se pasaba los días llamándolo.

A Pedro y Liliana porque él era muy pobre y vivía más allá de la vía qué separaba el pueblo en dos. Iban a la misma escuela, pertenecían a mundos distintos.

A Luisa y Juan porque los padres de él no aceptaban a la que llamaban “esa advenediza”, extranjera, pobre y despreciada,

Toda historia de amor tiene su lucha.

¿Por qué pensar que la de ellas tiene que ser diferente?
Diciembre 2004