8 dic 2020

La fantasía cumplida

 Todos los que trabajamos en psicología o en psiquiatría, con neuróticos habitados por ansiedades, fobias, obsesiones o esos cuadros que dan lugar a la exploración del inconciente, tenemos una fantasía que nos acompaña. Y es la del encuentro con otro tipo de paciente, esto es, con un loco-loco, de esos que en las películas asaltan cuchillo en mano a su terapeuta, para acabar con él, atravesado con 25 puñaladas. Algo así sucedió en la trama de una novela muy leída en mi generación como fue “Cuerpos y almas”, y fue tema también de algunas películas más recientes. Ustedes recordarán a “Copy cat” o a “Dragón rojo”.

Lo cierto fue que cuando esa mañana el timbre sonó estridente y continuo, sin parar, yo estaba lejos de pensar en la que se me venía: la presentación, sin anestesia de uno de tales “casos”.

Estaba ante la mesada previendo el almuerzo, con delantal de cocina y en pantuflas, cuando ese timbre perentorio y sin interrupción me hizo volar al jardín, cucharón en ristre. Y entonces lo vi, en sus dos metros y doscientos kilos, un dedo pegado al botón y expresión furibunda. En la otra mano tenía encendidos dos cigarrillos y los chupaba con entusiasmo e impaciencia

Hace treinta años, una amiga me llamó una noche para pedirme que viera a su hermano adolescente que había entrado en una crisis violenta en donde se puso a destruir cosas y que además amenazaba suicidarse. Lo recibí y lo derivé a tratamiento psiquiátrico. Había registrado la emergencia de un cuadro que por sus características y edad de aparición me daba muy mala espina.

Entró en tratamiento psiquiátrico y desde entonces tuve noticias ocasionales de sucesivas internaciones, de preocupación familiar, de problemas en el barrio por los desaguisados de un enfermo crónico, que perturbaba a los vecinos, que a veces tenía mejoría, pero que nunca pudo recuperar el juicio, y así poder caer en la bolsa heterogénea de los más o menos neuróticos, como somos la mayoría. Esto es, se trataba de un loco-loco.

Bueno, era él el que estaba pegado al timbre, ante la reja. Plantado como un poste de alumbrado, pero ceñudo. Cuando me acerqué con idea de hablarle, empezó la catarata de demandas, y cuando se dio cuenta que no las atendería - como aquella noche de hace treinta años, cuando me lo trajeron- continuó con la avalancha de insultos, de los cuales solo registré los primeros: Yo a usted no me la cogería porque es más fea que un sapo…Dijo esto mientras me tiraba el humo de los dos cigarrillos, y yo sostenía valientemente la mirada y trataba de no toser porque tengo dignidad, pero quedándome de este lado de la reja porque no soy sonsa.

Desde allí no recuerdo, porque la cosa se complicó, con la aparición desde la puerta, de mi hijo. Y sucedió que ante la actitud intimidatoria del que entre un insulto y otro, me tiraba a la cara el humo de los dos cigarrillos que fumaba simultáneamente, él se sintió convocado a defender a su madre (Madre hay una sola y si es psicóloga peor) y encrespado como un erizo se acercó a la reja como si fuera a comerse al ofensor. Algo en la escena me recordaba a Pappo y su voz ronca cantando: “Que nadie se atreva, a tocar a mi vieja, porque mi vieja, es lo más grande que hay…” Y como mi hijo también es una mole me costó pararlo jurándole que no pasaba nada. Nada que yo no pudiera entender y resolver le decía, plantada delante de él y mirándolo para arriba porque me lleva una cabeza, mientras lo empujaba con el cucharón dentro de la casa.

En eso estaba cuando se abrió la ventana de la planta alta y apareció mi hija en el balcón, no como la tímida Julieta, sino como una desatada y enfurecida bruja que le gritaba: Vas a ver si bajo y te rompo la cara gordo boludo, a mi mamá vos no la vas a tratar así… Y seguía profiriendo amenazas con términos impropios para una señorita de esas finas que hay, mostrando mi fracaso en educarla, pero términos impropios que tuvieron el efecto de dejar desconcertado al visitante. Tanto que alternativamente me miraba a mí, a mi hijo parado como un levantador de pesas y al balcón de donde procedían las palabrotas. Algo debió hacer clic en su cabeza.

Todavía yo intentaba hablar con él, empujar a mi hijo y lograr que mi hija se callara y se volviera a guardar en la casa, y todo eso era demasiado.

Entonces mirando al gordo le dije algo que no fue muy terapéutico, pero fue lo que me salió. Sé que muchos colegas se desgarrarán las vestiduras cuando lo cuente, pero hubiera querido verlos allí.

Le dije: Andate a atender al hospital, que está a la vuelta, porque si te quedás acá ellos te van a romper el alma a patadas.

El loco se fue, porque es loco pero no come vidrio, pero antes tiró los dos cigarrillos encendidos en el buzón.
Junio 2005

Los amigos de mi hijo

 Germán y Juan me trajeron una velita perfumada al limón en mi cumple, aquel año, hace varios, cuando Pablo había viajado lejos.

Nunca olvidaré ese gesto. Fue como que tomaran la posta de él, que no estaba, y me lo trajeran un poco.

Con Pablo en Barcelona yo me movía entre inciertas defensas ante los sentimientos que generó su partida. Me había inventado una broma, cuando me preguntaban cómo estaba yo, respondía: “Bien. Reprimiendo la angustia y negando la ausencia”. Una joyita.

Debía conformarme con los correos y las llamadas.

Respondía a los correos y eludía las llamadas. No quería que él advirtiera en mi voz los signos de lo que yo sentía: su falta.


Germán ya formaba parte del grupo de amigos, desde que el año anterior había colaborado en la presentación de una de las “Pichincha” elaborando y trayendo para su degustación tartitas vegetarianas. Con ellas es que intentaba poner en marcha un emprendimiento que luego quedó en suspenso. Pero el día de la presentación de la revista estuvo entusiasta, repartiendo porciones aquí y allá tratando de que se conocieran sus productos.

Enfundado en cuero negro y con una serie de tatuajes en sus brazos y de piercings de lo más variados en su cara, ese chico alto, desgarbado y extraño, no convocaba a la calma. Más bien no se sabía que esperar de él. ¿Sacaría de entre sus ropas un nung chaco? Seguro que lo que no se esperaba de él eran tartitas vegetarianas. Cuando él se acercó, Jor que estaba a mi lado pegó un respingo.

Luego dijo: -¡Que cariñoso el chico que vino a saludarte! Yo lo estaba mirando y me llamaba la atención…


Juan, semejante a un Johnny Deep como pirata del Caribe, el cabello enrulado al viento también formaba parte del grupo.

En ese tiempo nos hacía conocer sus incursiones en los ahumados que preparaba en un horno especial. Especialmente pescados que hacía que en casa se chuparan los dedos.

Su fascinación por la cocina alternaba con otras inquietudes que lo llevaron primero a trabajar con niños especiales y luego con adolescentes en riesgo social. Aún se lo escucha en la defensa de sus chicos. Y si él los defiende es porque hay quienes los atacan. Su cruzada es de esas patriadas difíciles y largas.

Tal vez prolonga en estos chicos el cuidado que prodiga a su hijo, un niño que es su clon y que suele acompañarlo. Juan es el único en el grupo que ya es papá, y ejerce muy orgullosamente su rol.
 

Mauricio es kantiano. Digo, porque lleva la duda metódica siempre a cuestas. Se lo escucha vacilar reflexivo ante cada cosa con incertidumbre, pero no cualquiera, sino la incertidumbre apesadumbrada, que parece ser su ámbito.

La alterna con toques de ironía y actitud de sospecha y revisión crítica de todas las cosas: desde si está soleado, a la cinta de Moebius.

Una vez le dije que como escribió Marcelo Birmajer de sí mismo, él primero se angustia y después ya verá el por qué. Total, siempre hay algo.

Ahora está contento porque empezó a cursar un seminario en la Facultad y es el único varón del grupo, así que está en la mirada de todas las chicas. Capaz que se pueda instalar mejor con su autoestima, porque es muy inteligente y hace observaciones sagaces. Y si hay algo que a las mujeres nos erotiza es la inteligencia, yo sé por qué lo digo.

Para él, el “Pienso, luego existo” se ha transformado en “Me angustio, luego existo”. (1)

 
Matías tiene un auto terrible. Para invitar a sentarme debió despejar el asiento de botellas vacías, papeles, botones, ratas muertas y no sé qué más.


Pero fue solidario al ofrecerse a llevarme, así que lo otro es solo un detalle.

Yo le había preguntado a Pablo: ¿Quién es el desgreñado? Entonces Pablo le dijo: “Mi mamá dice que sos un desgreñado”.

Y me dio un poquito de vergüenza.

Después supe que además de desgreñado, como es arqueólogo y hace buceo lo han contratado para el rescate de los galeones hundidos. Como el de Puerto Madero en el 2008. Otro en Sri Lanka y algunos que Pablo no se acordaba. Pero que hicieron que yo empezara a mirarlo con respeto. Al fin también las rastas son solo otro detalle para quien tiene una misión tan importante como recuperar tesoros legendarios. Y digamos que no suena igual decir que un amigo va en misión especial a Sri Lanka que decir Fulano veranea en Calamuchita.


Y hablando de rastas, el Turu y su peinado imposible son otro capítulo. No existe uno como el de él. Los desafío a buscarlo. Es una mata extraña. Mitad rodete, mitad batido y trencitas en algún lugar. Es músico y muy cordial.

Me comentaron que recientemente, en un recital, se le acercó un pibito que le dijo: -¡Loco, que pelo fantástico. Que peinado increíble! ¿Me dejás que te tome unas fotos?

Y el Turu lo dejó, y posaba para el pibito, que con el celular, le tomaba fotos desde distintos ángulos.


Los Gustavos son dos. Y también dieron lugar a malentendidos telefónicos cuando yo tomaba a uno por otro y el que hablaba me seguía la conversación para no poner en evidencia mi error.

Por ejemplo, un domingo en que un Gustavo llamó le dije: “Leí recién la nota sobre los soldados de Malvinas, que salió de tu oficina. Qué buena che!” (Silencio del otro lado de la línea. Era el otro el que llamaba, pero no me contradijo, ni me aclaró nada, porque es muy tímido).


Porque hay, de los dos, un Gustavo que hace una por color. La última fue, que cuando yo llegaba apurada al Museo, porque ya empezaba el panel, un chico con gorro de visera y gesto cabizbajo, me abrió la puerta del taxi, pidiendo “una monedita señora” con voz plañidera. Abrí la cartera y cuando levante la vista, era él, muerto de risa por mi despiste.

Con soltura y cara de atorrante le sale al paso a lo que se presente.


Y hay el otro Gustavo. Con talento y sensibilidad artística, que muestra sus creaciones cauteloso y discreto. Que jamás se atrevería a bromear, ni a levantar la voz, ni a tomarme el pelo.


Franco, que es grandote y de vozarrón, me había creado la impresión de ser muy fuerte y seguro. Pero se me definió a sí mismo en su faceta sensible, una vez que contó sus expectativas de reencuentro con la que fuera su novia. Parecía extraño que los dos metros de hombre volcaran tan sinceramente su ansiedad por la distancia y la urgencia de reconciliación. Más ante mí, que soy solo una madre. Pablo le había prestado un libro machista y horrible con estrategias en solfa para casos de ruptura y desazón.

Y Franco seguía relatando acerca de sus amores, planteándome sus dudas respecto a si la casquivana volvería a aceptarlo. Y a raíz de lo que contaba,  terció Pablo que recién llegaba: -Sí, pero tenés que cuidar de no ser sólo un “ojeto sesual” para ella.

La frase me pareció de antología porque en mis tiempos, ese cuidado solo lo debían tener las mujeres. ¡Cómo cambiaron las cosas!

Lo cierto es que la última vez que lo vi, caminaba con un chica linda, así que me pareció que tiene posibilidades de que la cosa se encarrile.
 

El Edu es tan místico que parece flotar y ninguna inquietud terrena lo roza. Parece bien claro que él está para otra cosa. Cuando nos da clases de yoga, es bastante generoso conmigo, que apenas si logro la vela y para hacer el arado me descoyunto. Pero el me estimula: -Muy bien, muy bien… para tu edad…

Sin el menor escrúpulo ni conciencia respecto a lo que está diciendo.


El Negro, que es tan serio, trajo de su viaje  al Brasil, unas hermosas láminas en 3D que me puse a descifrar. Y un vaso para Pablo con dibujitos en color rojo. Creí que eran motivos folklóricos hasta que lo miré bien. No me había dado cuenta de que eran reproducciones del Kama Sutra.


Dieguito tiene el aspecto de un oriental. Con los ojos achinados y la coleta le propusimos que se cotizara más alto cuando entró a trabajar en una casa de sushi.  Sus empleadores jamás encontrarían otro como él, con tanta portación de cara y estilo. Con el físico de rol exacto, como un Sumo sonriente tomó la idea, pero no sé si la hizo prosperar.


Dieguito como les decía, no lo es, pero parece tan oriental como Franchi, otro amigo, al que cuando niño, si le preguntaban si él era japonés respondía con sonrisa enigmática: “No, mi papá viene de Córdoba”.

Como había compañeros tontos que lo discriminaban, Pablo, que lo consideraba su alma gemela, una vez trató de darle el siguiente consuelo: “No hagás caso. Vos serás japonés, pero sos un buen chico. Además capaz que cuando crezcas se te pongan redondos los ojos…”

Yo, desesperada, no sabía cómo hacerlo callar a Pablo, pero Franchi seguía sonriendo enigmáticamente, más allá del bien y del mal.

Los dos habían encontrado una manera, saltando el tapial que comunicaba las casas por los fondos, en vez de dar la vuelta por la calle, para llegar más rápidamente.

Pero Franchi era muy educado y yo temía a veces que no lo dejaran seguir frecuentando al indisciplinado de mi hijo. En una oportunidad en que preparaba la merienda le pregunté: “Ya va a estar…¿Tenés hambre?” Y él respondió: “Yo tengo hambre solo cuando la comida está lista”. Solo pude decir “¡Glup!”
 
Definir a Shambala es definir a un Shambala con el templo implícito.

De lo más exótico, alterna música con filosofía.


Santi, el de la barba mutilada por una malvada amiga de la madre que lo agarró descuidado, me hizo pensar que debe tener una entereza estoica para no putearla en el momento y planear una venganza después.


Y con Daniel es con el único con el que intercambiamos escritos. Él me ha mandado sus poesías y yo mis relatos. Como es muy reflexivo solemos ponernos a arreglar el mundo cuando charlamos. El mundo sigue tal cual, pero nosotros nos vamos un poco más contentos. Parecemos los simpáticos inoperantes de los que habla Mafalda.
 

En fin, es una galería. Pero una galería incompleta porque no están todos y porque no está todo de cada uno. Es solo un paneo por la forma en que ellos componen mi vida, parte de mi vida, La parte de mi vida que me trae, que me acerca Pablo, para que sea más divertida.
primavera 2009

 

(1)   En relación a Mauri, nobleza obliga, tengo que confesar  que un par de veces me ha pescado en situaciones en que yo disimulaba. Por ejemplo, mirando la foto de la graduación de Pablo fue el que comentó: “María, estabas triste esa noche…”, como si hubiera adivinado la ambigüedad respecto al crecimiento de los hijos.

Y otra vez que comentábamos acerca del valor de la sinceridad y el me dijo: “Lo grave no es que te mientan, sino que te lo creas”

El gato ciego

 
Apareció una mañana en el techo del invernadero.

Sus ojos inmensos eran dos espejitos raros, tornasolados. ¿Cataratas felinas?

Se mantuvo a cautelosa distancia, pero aceptando la comida que le acercamos. Nuestros otros dos gatos no parecían darle la bienvenida.

Digo, los dos gatos que sobrevivieron en casa porque no pueden trepar. Había más gatos, pero fuimos dándolos a otras familias porque corren riesgo de ser envenenados por una vecina que los odia.

 

El macho, el Destartalado gris, que tiene problemas en la columna y corre de costado, pudo subir con dificultad al techo, pero fue para confrontar al ciego. (Ese gato había encontrado un adversario a su medida en otro discapacitado del vecindario, que perdió una de las manitos, de bebé en un accidente. Cuando mi gato Destartalado pelea con Trespatas me recuerdan la pelea de South Park entre el niño con muletas y el que está en silla de ruedas).

La gata es una duquesa pero su obesidad le impide grandes despliegues. Está con nosotros desde que fracasamos en el intento de regalarla. Habíamos querido dársela a una familia que la devolvió después de un par de días. No comía y quedó escondida bajo un sillón sin socializar, así que comprendimos que nos estaba eligiendo, y la dejamos en casa. Ella fue sorteando los peligros hasta llegar a ser tan gorda y pesada, que creemos que ya no se va a acercar al tapial de la asesina.

 

El ciego estuvo así, instalado en el techo por varios días, de noche se guardaba en un hueco entre las ramas de la bignonia rosa. De día se desplegaba al sol.

Una mañana pude ver a un picaflor que le revoloteaba delante de la cabeza. Él se quedó quieto, en la misma posición, sin registrarlo.

Con el paso de los días parecía acostumbrarse a su habitat, pero no parecía aumentar su confianza.

Mi hijo decidió bajarlo al patio y fue una batalla encarnizada la que libraron entre maullidos, puteadas y arañazos. Aunque tenía guantes y es ágil, no le fue fácil, manejarse con el ciego, enfurecido y terco.

Ya en el suelo, el gato se refugió entre las plantas y comenzó otra etapa.

Tanteando fue midiendo las dimensiones del terreno, descubrió que puede refugiarse en varios lugares, si no quiere ser molestado. También aprendió a encontrar el alimento, pero siguió sin permitir  mayor proximidad.

Lo más que he logrado, una vez que estaba tras las cañas, fue acercarme y llegar a acariciarle el bigote izquierdo, antes que diera media vuelta con desprecio y se zambullera más adentro entre las plantas.

Ni siquiera con comida rica, tipo atún o pollo, he logrado seducirlo. Aunque él acepta cualquier cosa, a diferencia de los otros dos, de los que mi marido dice que son unos cerdos burgueses y que tienen una tilinguería de clase media. También propuso para el ciego, una consulta a Ferroni, para evaluar si necesita de su cirugía con láser.

Pero se suman a la desdicha del ciego, de no ver y tener que moverse tanteando, lo que para un gato ha de ser grave, otras cosas.

Por empezar el malhumor del otro gato, que ahora lo acepta, pero a regañadientes, y sobre todo un nuevo infortunio. Parece haberse prendado de la gata obesa, que es bella de cara aunque parezca un surubí, y que lo rechaza ostensiblemente. No sé si porque es advenedizo, porque es ciego o porque es pobre y desclasado.

Lo cierto es que se lo escucha maullar plañideramente en sus subidas hormonales, y ella: nada.

Anoche pareció especialmente melancólico. Andrea sugirió que para atenuar su pena, le consigamos una gata inflable en un porno-shop.

Para colmo, los dos horneros y la calandria que bajan a picotear su comida, me hicieron pensar en las contradicciones de su vida. Pudo defenderse con todo su salvajismo, de mi hijo, que pesa ochenta kilos y es una masa, cuando lo bajaba del techo, pero a los pajaritos que lo invaden y le roban su alimento, no los puede poner a raya porque no los ve. Y además la casquivana que le quita el sueño no le da bola. Temo una grave crisis en su autoestima, temo que su narcisismo de matón del arrabal se vaya erosionando y tengamos un drama en la familia.
noviembre 2007

De muertes y nacimientos

 1-  Él me había contado que en el galpón de herramientas, en el campo donde tanto tiempo pasa, campo que es el eje de sus charlas y centro de sus esfuerzos, (donde además toma fotos, escribe y piensa) habían quedado las urnas con los restos de los abuelos irlandeses. Aquellos que con tantos otros habían iniciado en argentina la saga rural.

El abuelo y la abuela habían armado su vida con ese duro trabajo, y cuando murieron él aún no estaba, pero supo por sus padres de la bravura de aquellos luchadores.

Por eso se le antojó que era un buen lugar para ellos, ese galpón en el campo que habían cultivado, en el que llevaron adelante sus vidas y proyectos, en el que se amaron, campo que luego legaron a sus hijos y que hoy él cuida y atiende con alegría.

Las urnas estaban allí como continuidad de esas vidas cuyos restos guardaban, cuando entraron ladrones. Y tal vez sobresaltados al ver su contenido de huesos y cenizas las dejaron caer, y huesos y cenizas se mezclaron en el suelo de ese galpón en el campo.

Y cuando él llegó, decidió entonces, que ya que el azar lo había dispuesto, era bueno que los abuelos ocuparan una sola urna.

Y allí están, abrazados, compartiendo una misma caja para siempre.
 

2-  En cambio, el destino de los restos del chico, fue tan triste como triste había sido su vida.

Dicen que el de sus padres fue un divorcio más que conflictivo, que él quedó como botín de guerra, que no encontró su rumbo, que en su adolescencia fue a vivir a un departamento, lejos del padre, de la madre y de la abuela.

Que después de mucho peregrinar renunció a los tratamientos con que se intentaba aliviar su angustia.

Que se fue aislando. Que finalmente quedó solo.

Que tenía conductas bizarras, que alejaban más a los que querían ayudarlo. Que una noche se encerró y se puso en una tarea que le demandó horas. Romper todos los objetos a su alrededor. Destruyó hasta los cimientos el lugar en que vivía, arrancó griferías y aparatos, masacró muebles y objetos.

Después escribió un par de cartas, en donde decía de estar “en medio de un silencio que aturde”, se desnudó, se recostó en la cama que tanto sabía de sus llantos y se mató.

Los que entraron encontraron el lugar en ruinas y a él como otra ruina en su delgadez pálida de 19 años.

La madre insistió en algo inusual en el cementerio, no había antecedentes en lo que ella planteó. Luego de la cremación, dividieron las cenizas y las colocaron separadas en dos urnas.

Dos urnas que iban a parar al mismo río, pero desde dos lugares diferentes.


3-  Patricia nos mostraba, al grupo de mujeres, la filmación de la primera ecografía de su bebé.

Era difícil distinguirlo dentro de su panza.

En determinado momento, se colocó de tal modo que fue visible claramente en la pantalla.

No recuerdo cuantas semanas tenía. Pero sobre el fondo oscuro era como un fantasmita de gran cabezota, manoplas al extremo de frágiles brazos y desde el torso hacia abajo se lo veía como a Oaki, el personaje de historieta que se desliza  reptando, fajadas piernas y abdomen en un mismo envoltorio.

Allí estábamos embobadas mirando las imágenes de esa larva cabezona, cuando tal vez, percibiendo nuestro regocijo, levantó y agitó una de las desproporcionadas manoplas en lo que parecía un entusiasta saludo.

Alguien a mi lado, no recuerdo quién, dijo: -Vamos a tener que volver a pensar en esto de la vida intrauterina.
 

4- Miguel y Ana ya tenían dos hijas. No estaba en sus planes aumentar la familia.

Por eso la noticia de un nuevo embarazo sorprendió a ambos. Ya estaba

instalado pese a la zozobra que su existencia despertaba.

Ana pudo hacerse cargo de eso que había acontecido en sus vidas.

Miguel permaneció ensimismado. Pasaron los primeros días.

Su silencio y parquedad, su seriedad y distanciamiento no tenían fisura.

Pasaron más días aún.

Llegó el momento de la primera ecografía y cuando estuvo lista la llevó para verla en la computadora de su trabajo.

Pasó una tarde mirándola, una y otra vez, sin poder despegar sus ojos de la pantalla. Una y otra vez, en una suerte de fascinación son coto ni medida.

Y sucedió algo. En determinado momento, algo en él hizo click.

Y sintió que podía aceptar e incorporar a ese hijo que venía. Que podía nombrarlo, nada menos.

Que más allá de altibajos y conflictos, había podido ser un buen padre de las hijas que ya tenían y que si se daba tiempo, también podría ser un buen padre para quien lo interpelaba desde las imágenes, por el solo hecho de estar allí.

Levantó el teléfono para hablar, al fin.


5-  Miriam me trajo las imágenes en 3D de su nieta.

Ya había visto otras, y siempre son emocionantes.

Pero esta vez hubo algo especial. En la sucesión de imágenes podía verse la carita y sus rasgos singulares. Chupándose el dedo en una, durmiendo, volcándose de costado en otra.

Miriam dijo: Aquí el médico ha de haber apoyado más fuerte el censor del aparato que registra. Y mirá lo que pasó: En la imagen siguiente, la bebé hacía pucheros. Era tan inequívoca la expresión, que no daba lugar a dudas.

Todos los rasgos se contorsionaban en un gesto de pena, como el que precede al llanto y desde ese gesto convocaba la protección, el amparo de quienes mirando las fotografías, pensábamos en la inauguración de un repertorio de emociones. Algunas empezaban ya, y con ese puchero nos contaba algo. Que no es cierto que con el número dos es que empieza la tristeza.
abril de 2009

Cuento cotidiano

Empieza el día.

Los chicos llegaron tarde y tenían hambre.

Decir los chicos, es un chiste.

En la cocina, platos, vasos y fuentes ocupan la mesa y la mesada. En los restos, las hormiguitas se dan un festín.

Allí recuerdo refranes, citas bíblicas y referencias científicas. Por ejemplo: “El casado, casa quiere”.

Por ejemplo: “El hombre dejará por su esposa a su padre y a su madre y ella será desde entonces hueso de sus huesos y carne de su carne…”

Por ejemplo, entre las referencias científicas: aquel sentimiento de “nido vacío” descripto en muchos tratados de Psicología Evolutiva. Ese sentimiento que me cuentan que existió en épocas remotas, se refería a la desolación de las madres cuyos hijos crecían y dejaban el hogar y se iban por esos mundos anchos y ajenos.

En los hogares actuales no se oye hablar de “nido vacío” sino más bien de nido superpoblado, con la suma de hijos, hijas, amigos y amigas, novios y novias de dichos hijos e hijas, que en dulce montón hacen a la superpoblación mencionada, y llenan el silencio con música tecno o en el mejor de los casos con lindas canciones de Sabina. Superpoblación de la que también hay estudios científicos, en ratas por lo menos, que dicen del efecto insalubre de meter en una jaula más ejemplares de los que caben.

Y hablando de ratas, menos mal que ya no tenemos los hampster, así que de esa me salvo.

Pero hay cierta anarquía en esto de los pajaritos comiendo el alimento balanceado de los gatos (que parece encantarles), un gato ocupando la casilla de la cachorra, y ella creyéndose ¿creyéndose? dueña de la casa y de paso, de todos nosotros.

Mientras recuerdo refranes, citas bíblicas y notas de psicología, veo a la gata gorda en la mesada, su lugar favorito, y con ella refregándose empiezo a despejar un espacio para preparar el desayuno.

¿Cómo manejarse con pocillos y tostadas y el edulcorante, y sobre todo con el agua de la pava, si ella insiste en expresar su sensualidad gatuna acariciándose en una? ¿Si una quisiera poder operar más libremente y sin riesgo de derramar el agua y quemarse?

En la casilla espera el gato destartalado y bajo el horno de barro, en un lugar más protegido, el ciego que llegó este verano y que recién empieza a socializar, pero que se guarda  allí de la perra que quiere jugar. Él no quiere, le bufa y le tira zarpazos que ella a veces elude y otras veces la alcanzan y le rayan el hocico.

También de su ímpetu perruno debimos proteger a las tortugas, con las que quería jugar a los autitos, con su patota encima del caparazón. Antes estaban libres por el patio de tierra y se comían las flores de la rosa china que encontraban en el pastito. Ahora hay que llevarles lechugas y zapallitos, detrás del alambrado que las guarda.
 

Al último bebé gato lo cuidamos dejándolo en el baño, pero se entretiene desenrollando el papel higiénico y esperamos poder ubicarlo pronto. Es incómodo que nos deje el tubo vacío y la montaña de papel picado debajo, imposible de utilizar.

En realidad ni tortugas, ni gatos, ni pajaritos quieren jugar con la perra. Nadie quiere jugar con ella porque treinta kilos de bestia es demasiado. Con la torpeza de sus seis meses y la fuerza de sansón ¿cómo manejarse?


Hay pulgas en la cama grande.

Y entre sus fauces han ido sucumbiendo escobas, escobillones, cepillos, la media sombra del invernadero, prendas de ropa interior, la regadera azul, el peluche blanco de Anahí, una chinela y varios C.D. (entre ellos el de “Buena Vista Social Club”) Ya mastico el celular de Pablo y el de Andrea. Hizo astillas un lápiz nuevo de carpintero de Alberto y varias de mis macetas.

De las mesitas de la sala y de la cómoda tiró jarrones y portarretratos. Los que vamos salvando los escondemos.

Mirando lo despojado que va quedando todo, recordé una película: “Cautivos del amor”.

En ella, un profesor de música que da clases a un grupo de niños, vive en un “palazzo” romano, posiblemente heredado, rodeado de mármoles, porcelanas, cuadros y tapices. El emplea a una africana que se hace cargo de la limpieza, de la que se enamora. Cuando intenta acercarse, ella le expresa que si es cierto que la ama, rescate a su marido, preso político en su país de origen.

En el transcurso de la película, lo que se sugiere es  que él se va desprendiendo de todo su patrimonio, las obras de arte, para intentar salvarlo. Desaparecen porcelanas y tapices, cuadros y esculturas. Al fin, unos obreros, se llevan el piano de cola, que era el espacio de su vida más significativo. Las paredes, antes ornadas suntuosamente van quedando vacías.

Es el precio que paga por demostrar lo que siente a la mujer amada.


Mi casa va quedando así. Desolada como el palacio

Y esto tiene que ver con que de algún modo todos somos “cautivos de un amor”.

Del afecto de Pablo por la cachorra, de quien se enamoró y fue el flechazo instantáneo desde que se vieron y abrazaron por primera vez.

Ella corre a saludarlo cuando él llega de la calle mientras se hace pis de pura emoción y lo lava a lengüetazos.

También cautivos de nuestro amor, primero por él y después por ella, que llora tras la puerta si la dejamos sola.


En el patio los nísperos van dejando su marca. Y las flores del jacarandá hacen una alfombra.

Pero muchos malvones, rojos, bancos y de color salmón, las achiras y el lirio japonés, quedaron arrasados.

La sandalia misionera sufrió varias amputaciones, y los lazos de amor vieron disminuido su número.

La hiedra resiste heroica, pero pálida y amedrentada.

Cuando miro mi patio, que antes era frondoso como una selva y ahora se ve bajo lo que llaman “efecto de desertización” me entristezco.


Marta me pide que consigne que estar en familia es como un apostolado. Dice que lo aprendió en la escuela de monjas.

Creo que se refiere a estar con nuestros hijos, como apostolado. Los que componen esta generación que no se va. O que se va pero vuelve. O que se va pero no del todo.

Y también a estar con sus mascotas.

Creo que tiene razón.
diciembre 2005