Ella cumplió 80 años, y una de sus hijas (la que se ocupa de jurisprudencia nada menos) le regaló un porro, que era justo, justo, lo que ella quería.
Había dicho claramente que no iba a dejar pasar más sin probar que carajo era lo que se sentía. Que esperaba que su vida no pasara sin tener la experiencia.
Así que el día de la celebración, con críos corriendo en medio y adolescentes suspicaces, se decidió que no era oportuno encenderlo.
Esperarían a encontrar momento y lugar, lejos de interferencias y sobre todo, sin el peso de dar “malos ejemplos”.
Cuando se pueda, y en mi casa, me lo fumo.
-Vos sola no, le dije alarmada.
Y es que aunque pueda parecer excesiva, mi advertencia no estaba de más.
Y es que ella es tan tempestuosa, arrebatada, impulsiva y desenfrenada que ninguna recomendación de cautela alcanza.
Hay amigas que le dicen que es impresentable. Sobre todo cuando putea. Ella se ríe.
Y hay anécdotas que la pintan entera.
Como cuando una vez, celebrábamos el día de la amistad con las otras Brujas, y ella recibió un llamado de saludo de una mujer que había trabajado en su casa.
Si esta mujer podía recordarla como amiga, es que algo especial, por fuera del estereotipo patrona-empleada se había dado en el vínculo.
Otra vez contó que en el estanque de su jardín, que tiene las plantas más lindas, se había caído una laucha, que se debatía en el agua.
Ella le acercó un palito al que la laucha se subió, y con él la llevó hasta el borde, donde la dejó diciéndole:- Ahora, que la suerte te ayude!
Pero la anécdota más desopilante se remonta a la época en que los fondos de su casa daban con los de un bar. Un bar de dudosa clientela, para decirlo con elegancia. Y que los viernes se ponía más que pesado.
Una noche de viernes precisamente, se escucharon movimientos y corridas desde los techos vecinos, y del de su lavadero, saltaron al patio dos jóvenes asustados.
Cuando ella escuchó el batifondo, ya estaban frente a la puerta de la cocina pidiendo auxilio: -¡Nos persiguen desde el bar, déjenos esconder por favor…
Ella pensó un momento, respiró hondo y abrió la puerta. Después mientras les decía: -Mocosos de mierda, que solo dan disgustos… llevó a los dos, a empujones y agitando furiosa el índice en alto hasta la otra salida, para que los chicos en peligro pudieran irse sin ser vistos.
No tuvo en cuenta los riesgos que ella podía estar corriendo, sino que retándolos enérgicamente por haberse metido en problemas, y con un tono de reconvención muy convincente, los condujo hasta la calle y los salvó de la golpiza.
Los chicos se salvaron de la agresión en el bar, pero no se salvaron de la reprimenda, y ni se les ocurrió retobarse viéndola con tan pocas pulgas.
En el grupo, algunas pensaron que había sido poco precavida al abrir su puerta a los desconocidos.
Yo insistí en que no había otra conducta posible.
Y es que aunque, como les decía, es tan tempestuosa, arrebatada, impulsiva y desenfrenada que ninguna recomendación de cautela alcanza, ella no iba a poder obrar de otra manera.
No sé si me entienden.
Mayo 2009
11 dic 2020
Reseña de una mujer
Reiteraciones
Hace veinte años escribí un texto que se llamaba “Una vida complicada” donde contaba los contratiempos de volver como guerrera de la calle, de la lucha por la vida, a la supuesta paz del hogar, dulce hogar. Y allí decía:
“…el marido chista a la hija que lee el texto de Buscaglia y a la gata que maúlla avisando la escapada del gatito. Chista porque quiere escuchar a Pavarotti que canta Santa Luchía, Santa Luchía desde la T.V.. Entonces el hijo (el mío, no el de la gata), me desafía a una partida de ajedrez, y entre Buscaglia, los maullidos, los chistidos y Pavarotti, el muy cretino me come la reina en la segunda jugada y yo tengo ganas de tirar el tablero al patio, porque es una deshonra vergonzante que un mocoso de 10 años me arrase de esa manera. Pero antes de putearlo me acuerdo que Freud no quiere, que Rascovsky me censuraría y además que los niños son templos vivos dice el Evangelio, y finjo indiferencia, porque, como le decía doctor, una es una señora que cuida la imagen, aunque, siendo sincera, al mocoso ya mi imagen le resulta medio deslucida, sobre todo cuando pasan los video-clips de Madonna, y él se queda pegado a la pantalla como si tuviera Poxipol.
¡Tenía que venir justo Madonna, porque mire si será complicada mi vida doctor, que de chica, estaba Marilyn, al lado de la cual, cualquiera se sentía desnutrida. Después en la adolescencia, Brigitte Bardot traía medio chiflados a los novios que se pudiera tener, y ahora que soy una señora adulta, esta Madonna lo seduce al hijo de las entrañas, de las neuronas y de la médula de los huesos...porque usted sabe doctor, como los bebés se hacen a expensas de toda la mamá y no solo de sus entrañas, y así la frase “hijo de las entrañas” resulta bastante amarreta”.
En aquel tiempo pensaba: “No importa perder puntos al lado de Madonna porque es mi hijo. Y si no se las respuestas a todas sus preguntas, tampoco”. Pero estaba inquieta, y me tranquilicé al decirme: “Al fin soy solo una madre, o sea alguien que apenas sirve para limpiar mocos, ayudar con la tabla del 3 y arropar en la noche con la consigna de que siga cuidándolo el “Angel de la Guarda, dulce compañía….”
Pasaron los años.
Vino un tiempo de caminatas por el centro, los domingos a la mañana
Y las salidas con sus amigos, a explorar el parque Urquiza, al lado de la Parábola del sembrador, donde están esos túneles misteriosos.
Un Viernes Santo, lo encontré sentado en el patio, con la espalda apoyada en la pared y gesto taciturno. Me dijo: Estoy aburrido y te estaba llamando con el pensamiento. Nos fuimos a caminar a La Florida, escalamos la barranca y terminamos en el Centro Castilla cual audaces invasores de la propiedad ajena. Fue la primera vez que advertimos que podíamos comunicarnos con la mente.
Después hubo otras, que programábamos para ver cómo nos salía.
Una vez, pusimos día y hora para conectarnos, desde Rosario a Bariloche
Otras veces enviando y recibiendo formas geométricas, en un juego interesante, que tenía mucho de puesta a prueba de nuestra conexión.
A la vuelta de mis viajes siempre había cambios. El más importante fue cuando lo encontré más alto que yo. En mi ausencia, el muy astuto, había aprovechado para crecer, y al medirnos, sucedió que me había pasado.
Otra, en que le había traído un Ta-te-ti me esperaba enfundado en cuero negro y con Piercings en las cejas y bajo el labio.
Allí advertí que me estaba quedando en el tiempo, y desajustándome de sus realidades.
Pero me las ingenié para recuperar créditos.
Fue cuando vino “La fura de Baus”, que compartimos con su amigo de aventuras. El que ahora está en Alemania.
Mis amigas tenían miedo, por lo que se contaba de la puesta, acerca de hombres y mujeres siniestros y semidesnudos reptando entre la gente y hablando lenguajes incomprensibles, de paquetes oscuros y misteriosos, con movimiento propio. Se contaba que hacían participar al público y muchos se asustaban, y había corridas y que en caso de ir, había que estar preparado para lo que fuere. Nosotros fuimos y nos perdimos en medio del gentío del CEC. Y después pudimos comentar esa experiencia extraña, como de inmersión en el inconciente, y comprender por qué era tan temida.
(Allí fue donde yo, sudada y desgreñada por los apretujones y las espantadas encontré a una amiga de su padre, toda una dama vestida de riguroso trajecito sastre y con tacones, aterrada contra una de las paredes, tratando de eludir la montonera que nos llevaba y traía, a los que estábamos metidos en el revoltijo, y me encantó estar donde estaba y burlarme de la boluda que no tenía coraje de participar).
Y luego, hace un par de años, seguí ganando créditos cuando fuimos a ver “De la Guarda”. Allí él estuvo como guardabosque, sin dejarme meter en medio de la acción, dónde llegaba la garúa que salpicaba y donde levantaban a los voluntarios que se animaban a dar una vuelta en trapecio, allá a lo alto y como volando.
Y cuando uno de los chicos que integraban el grupo, circulaba entre el público, desatando estampidas de señoras tímidas, metiéndolas en interacciones bizarras, él se bancó como un duque que yo me abrazara con el provocador.
Ahora es el serio y adulto, que se preocupa cuando en la heladera solo hay medio limón (y exprimido) e insiste para que yo coma las galletitas, latas de atún, cereales y frutos secos que trae, como si temiera que no me fuera a alimentar bien.
Es el que unos veranos atrás me enseñó a andar en bici en el patio, sosteniéndola desde atrás para ayudarme a conservar el equilibrio..
Y el que tiene paciencia para que yo aprenda a mandar mensajes de texto en ese celular nuevo, que tiene tantas funciones que solo le falta cebar mate, pero que es más complicado que Lacán.
Es el que me estimula a usar el auto nuevo (primero cero kilómetro) honor que yo declino, porque si llego a usarlo, y como cosa del destino ineluctable, le abollaré un guardabarros (como a todos los otros). ¡Y ellos, los varones de la familia, a los que se les juegan tantas cosas con ese chiche, están tan contentos con él, que sería como abollarles el alma!
En fin, él es el que hace tantas cosas que el tiempo siempre le es poco, para todo lo que quiere.
Por eso a veces se lo ve apurado, impaciente y a las corridas. En un estilo vertiginoso. Con el celular funcionando mientras vive, mientras come, mientras habla conmigo.
Y allí me quedo mirándolo con pocas pulgas, a ver si se da cuenta y me jerarquiza como corresponde.
Lo que me viene pareciendo interesante para mejorar mi comunicación con él, es pedirle que me enseñe a chatear, porque veo que ese modo de vincularse lo utiliza frecuentemente ¿Y no podría ser una vía para que me dé bolilla aunque siga estando tan ocupado?
Y están los amigos, y están las amigas.
Y está su manera de entender el amor, que lo lleva a vínculos diversos que yo no entiendo cuando dice: “son amigas”, porque en mi tiempo la amistad era distinta y no incluía intimidades.
Y esto me hace pensar algo. Me hace pensar si en ese terreno no seremos opuestos complementarios. Digo, si tal vez por estar anclada yo en una sola y única historia (a pesar de Sting, Brad Pitt y Sabina), es que él elije otro modo y en esa diversidad elude un compromiso que lo capture, como me ha de ver a mí cautiva, por ese modo de vincularme, y le teme como a la peste.
Y todavía se mueve con cierta inconciencia.
Cuando ocupa todos los espacios, y podemos enterarnos de que llegó porque hay ropa regada, o la cocina es un caos.
También cuando da por sentado que yo sé algo sin que me lo haya avisado. Y parte del supuesto de que yo sé eso que ignoro, que no me compartió, y aún se asombra de que yo no lo sepa.
Como si en algún punto creyera que aquella posibilidad de comunicarnos mentalmente, que se dio algunas, veces fuera la constante.
Y yo tuviera las dotes adivinatorias que no siempre me salen.
Al fin. como si fuera medio hechicera o medio bruja.
¿Cómo todas las mamás?
Septiembre 2008
Contarles de ella
Me pregunto cómo contarles de ella. Sin exagerar, pero dando una serie de pistas para poder imaginarla. ¿Cómo es ella?
¿Qué puedo decir?
Eran épocas difíciles, las de su venida, y supo ir de casa en casa buscando refugio.
¿Qué pensaría cuando la trasladaban de uno a otro lugar y solo contaba con su mantita de conejos para acompañarse en el éxodo de los tiempos oscuros? Dejaba su casa, dejaba su cuna, y abrazada a su mantita se dejaba llevar por quienes anegados de angustia no podían soslayar las caras largas, la nerviosidad y la impaciencia y esa expectativa de tragedia que lo inundaba todo.
Tal vez eso haya tenido que ver con que los otros tropiezos, las otras penurias que vinieron después, fueron nada comparados con ese inicio de su historia en medio de una huida.
Cuando estaba yendo a catequesis una vez tuvo que responder un cuestionario. Una de las preguntas era:
-¿Qué tendrías que agradecer a la Divina Providencia?- Los otros chicos contestaron: “La bici nueva”, “el paseo al campo”, “la buena nota en aritmética”.
Pero ella contestó: “La vida” y su maestra tuvo una gran sorpresa. Y empecé a recordar por qué agradece la vida.
Y pensé que hay gente que es así, saber dar su lugar a lo importante y no enredarse en huevadas. En cambio a mí me cabía la pregunta de Felipe, al amigo de Mafalda: -¿Por qué justo a mí me toca ser como soy?
Ya venía dando sorpresas, a su niñera la descolocó cuando a sus tres años estaban comprando un Billiken en el kiosco y ella preguntó: -¿Qué dice ahí? En una revista de actualidad con la fotografía de Jackeline Bisset a todo color en la tapa de papel satinado. Mutti le leyó: -Ahí dice “ Jackeline Bisset, la cara más linda del mundo”. Ella pensó un momento y dijo:-Ah! Pero...¿cómo?, ¿no era yo...?
Mutti rápida en sus reflejos contestó: -Sí, pero los de la revista a vos no te conocen...-
En pre-jardín, su maestra al terminar el año, sorteó alguna de las cosas con las que habían jugado. Y a ella le toco una bola-bodoque de plastimasa verde (Harina, témpera y aceite). Estaba tan fascinada con su regalo como si fuera la Barbie más suntuosa. Hizo tanto festejo por su regalo que la maestra dijo que pensaba que a ella le iba a ir bien la vida, porque todo era capaz de disfrutarlo al mango. Bueno, hay quienes nacen con esa suerte.
Todo lo pueden tomar como un regalo maravilloso. Ella, tal como su abuela preparaba las agujas de tejer cuando sabía que venía algún bebé en camino, también prepara el plush y la goma pluma para la rana de peluche que le viene saliendo genial. Ahora está ensayando para hacer cangrejos.
Creo que tomó muchas cosas de su abuela, el gusto por la cocina, la habilidad para tareas manuales, la sociabilidad siempre dispuesta. Por eso no me sorprendió cuando hace un tiempo contó que había ido con el “set de la abuela” al cementerio en una visita: Trapo, botella para el agua de las flores y pincel para barrer la tierrita de la lápida de mármol.
Sabe cómo saludar al viajero que llama desde lejos y preguntarle cosas importantes, “¿Cómo estás, te extrañamos mucho, qué conociste hasta ahora?” No como yo, que solo se me ocurre decirle si le alcanza la plata.
Sabe cómo acercar el cochecito del bebé down que quedó al margen de los otros chicos, en la fiesta de cumple, para integrarlo al grupo. Y sabe cómo recibir el abrazo del loco manso que se recuesta en su hombro confiado, porque intuye que no lo va a rechazar, y que ella acepta sin inquietarse. ¿Cómo es que sabe tantas cosas?
Cuando yo debía dar una conferencia y me confundí de Auditorio, era ella la que tenía el volante con la dirección correcta. Como tenía aquella vez unos billetitos arrugados cuando habíamos comprado mielcitas para otro de los chicos, y me di cuenta (tarde) que no tenía la billetera. Y con esos billetitos pudimos pagar y nos salvó del papelón.
Ha podido remontar esas torpezas y tantas otras que me pregunto si nació adulta.
Desde el Jardín, siempre tuvo novio. Solo que no el mismo, fueron cambiando a medida que pasaba el tiempo. Debe tener que ver con algún misterio de su modo apacible.
En el Jardín de 5, Santiago que la amaba en silencio, lloró cuando el papelito donde tenía anotado su número de teléfono se le manchó con pizza. La madre tuvo que consolarlo.
A los 13 años en el libro de biología ella leyó la descripción de la cópula de las ranas, en la que el macho, presiona con los pulgares el abdomen de la hembra para que ponga huevos que él fecunda. Y cuando yo me compadecí de la rana porque: “Come bichitos, vive en un charco, y para colmo hacer el amor era “eso” que ella describía, me salió con que: “Quien sabe , a lo mejor el rano tiene pulgares eróticos” y yo me quise morir preguntándome qué sabía ella de erotismos y pulgares.
Ahora, que da clases de educación sexual a adolescentes ya averiguó cuántas páginas de Internet hay para “pene”. Me vengo a enterar que son varios cientos...
Cuando empezó a trabajar en un Centro de Salud, la tarea era en psicoprofilaxis obstétrica, es decir preparación para el parto con menos temor y menos dolor. El nombre del taller era tan rimbombante que me asombró cuando lo que pidió para empezar era agujas y lanitas. Porque la confección del ajuar era simultánea a las clases y de allí, de lo concreto, se arrancaba con lo que después sería reflexión y aprendizaje.
Y cuando le dio el alta a su primer paciente, cumplió con lo que había prometido al empezar el tratamiento, regalarle el almohadón del diván donde había trabajado.
Y se conmovió cuando se cruzó con uno de sus ex alumnos que ya iba a ser papá.
La última peripecia fue en el Centro Comunitario donde recibían evacuados de las inundaciones. Se había ido con las sandalias más viejas. Y se le despegaron. _¿Te quedaste en patitas?- pregunté.
-¡No, me las até con scoth y seguí atendiendo...! Agustina cuando supo que yo tomaba ese trabajo en el barrio “Plumas Verdes” (porque queda en la concha de la lora) me dijo burlándose que me iba a tener que poner botas para llegar cuando llovía...¡Y al final tuvo razón!
(Agustina sabe de barrios e inundaciones porque en la anterior fue como voluntaria a Santa Fe. Pero ella se había ido preparada como para llegar en un helicóptero como los de SWAT a salvar inundados, y por eso llevaba los vaqueros más rotosos, el guardapolvo más viejo y en la campera de jean, el prendedor de Timi de “South Park”. Y en vez de esa epopeya heroica la destinaron a una clínica donde todos los otros médicos estaban formalmente vestidos con saco y corbata y la miraban con el ceño y la nariz fruncidos.)
En fin, por suerte ella, más que su amiga, tiene capacidad para ubicarse en la realidad, que sin duda la trajo puesta y la ayuda a dar las respuestas correctas en el momento justo. Por eso cuando ayudaba a los cartoneros se pudo hacer aceptar, como se haría aceptar en otros espacios más finolis y sofisticados.
Cuando en el Supermercado de El Bolsón, nos preguntaron si estábamos en el Festival de la Luna Llena, yo me pregunté si sería por nuestro aspecto. Le dije en disimulada complicidad: “¿Nos habrán visto como Hippies?”. Y ella práctica contestó: “No, es por la pulserita”. Llevábamos en la muñeca la pulsera que era la entrada y contraseña del Festival y que todos conocían. Yo me había olvidado que la llevábamos puesta.
Y cuando en Navidad traje unos muñequitos de cotillón, alguien preguntó: “¿Es el niñito Jesús?”. Y ella respondió: “No, son angelitos ¿no ves las alitas? Si Jesús hubiera tenido alitas, lo mataban de chiquito nomás”.
Esa capacidad para la ironía, es sin duda una herramienta.
Si puede pensar así las cosas, puedo quedarme tranquila, porque sabrá seguir viviendo y dando las respuestas a las cosas que se le pongan por delante.
Al fin tengo que recordar que ella me impuso respeto de entrada con su seriedad. Y aunque era muy chiquitita con sus dos kilos, al nacer, en esa inmensa sala de partos , y húmeda, resbaladiza y sonrosada como todos los bebés, yo no dudé de que había acabado de parir a alguien muy especial.
Abril-07
Él dice
Él dice que los negros no trabajan porque no quieren, y son sucios porque son vagos y no se las arreglan para llevar el agua como hicieron él y un grupo de amigos en un campamento en la isla, y además lo único que piensan es en chuparse hasta quedar tirados.
Él dice que no está de acuerdo con que la hija y el yerno críen así a los chicos, dejándoles hacer todo lo que quieren. Que el nene hasta antes de ir al jardín se lo podía sacar de paseo, pero que ahora aprendió todas esas malas palabras, ni soñar.
Que hay que enseñarles a marchar derechito desde chicos porque si no después se pasan.
Él dice que colecciona pistolas y revólveres y que restauró un mueble como armero para guardarlas, y que además compra una revista sobre el Tercer Reich.
Él dice que la mujer es una boluda que puso en la cama un pequinés y que desde entonces él duerme en la otra pieza.
Él dice que antes había respeto, y la gente era otra cosa, pero que ahora no se puede vivir.
Él dice que hasta los maricas ganaron la calle, con eso de la Marcha de orgullo gay, en vez de esconderse, y que a él le dan asco.
Él dice que con la jubilación de la Compañía Aseguradora no le alcanza para seguir con el mismo tren y que está pensando en achicarse para pagar menos impuestos.
Él dice que a hija soltera que es médica hace guardias, pero gasta más de lo que gana y ya le debe un vagón…
Él dice que se enojó cuando el hijo se fue a Italia antes de recibirse, pero que ahora piensa que debería quedarse porque este país se hunde. Y que además le vendría bien si le mandara unos Euros de vez en cuando.
Que allá gana bien y trajo fotos de lugares hermosos y ciudades de edificios cuidados donde no van a tener escrito en las paredes “Pocho vive”, como ahí enfrente. (1)
Él dice que le pasaron datos de un lugar donde hay unas chicas muy lindas y está pensando en ir.
Él dice que su amigo de la infancia que es médico le dijo que tenga ojo con el Viagra, y que él lo sabe porque la vez anterior cuando tomó no se le pasaba el efecto y se asustó.
Él dice que muchas veces se siente solo.
Que en la casa de la hija, con los nietos que les dejan hacer lo que quieren, va para sufrir.
Él dice que le gustaba ir a la isla con los amigos, donde charlaban, jugaban al truco y tomaban cerveza, pero que no va más desde que a la mujer le fueron con el cuento una vez que tomó de más y se descompuso.
Él dice que le gustaría volver a estudiar idiomas, en lo que era bueno, pero que todo cuesta.
Él dice que de niño fue pobre, que vivía en un departamento de pasillo, dormía en un sofá en el comedor. Que siempre tenía frío.
Que la madre murió pronto y que el padre estuvo poco en el geriátrico al que había ido a parar.
Que la hermana se había casado tan temprano, que los hijos ya habían crecido cuando ella faltó, al morir tan joven.
Él dice que los zurditos se la buscaron porque sabían lo que les podía pasar.
Él dice que al hijo lo aconseja que no suelte las riendas, que sea él el que diga que hacer a su mujer, y tome las decisiones, que para eso está.
Él dice que cuando era joven el romanticismo de las chicas era lo que lo atraía.
Que con la mujer no pasa nada y que se alivia cuando ella se va a la parroquia con las otras viejas porque lo deja tranquilo.
Que no le hace caso cuando él le dice que se corte el pelo en vez de andar con ruleros.
Pero él dice que esa amante le gustaba porque era muy menuda y tan activa que nunca se había sintió así. Pero que se alejó cuando ella le pidió plata y tuvo miedo de que lo usara.
Él dice que, en cambio, hubo otra que era buena, pero que era tan morocha…Que había dicho cuando lo conoció: este va a ser mío. Que se enamoró de él porque era muy blanco.
Él dice que ya no sabe por qué vive. Que si tuviera plata sería otra cosa.
Él dice que la mujer cree que él ya no puede. Y que él deja que lo crea. Y que ya no sabe si podría…
Él dice que está muy triste. Que le gustaría que alguien lo amara…
Él dice que los domingos con el asado toma vino y después duerme la siesta para que pase el tiempo.
Y a la noche Ribotril, y a otra cosa…
Él dice que jamás pensó en probar, pero sabe que sus hijos alguna vez fumaron yerba, pero que él no lo ve bien.
Él dice que el país, el continente y el mundo son una porquería y que es un asco vivir.
POST SCRIPTUM
Cuando llegaba la Navidad comenté que siempre regalo a las chicas bikinis rosa de la buena suerte, que cada año se agregaban más. Así debía contar a mi hija. A la novia de mi hijo. A las compañeras del grupo de trabajo, a una amiga cercana y a su novia. Yo iba enumerando y contando con los dedos. Él se sobresaltó: - ¿Y esa viene a tu casa?-
-¿Quién?-
-¡La de la novia!-
-Claro, como las otras…-
-¡Entonces tu casa es un kilombo!-
Allí fue que algo me cerró definitivamente, y es que no quiero seguir escuchándolo, cuando él dice.
septiembre 2005
1- Pintada en un muro de Urquiza y Dorrego. Pocho Lepratti, dirigente barrial, asesinado en dic. de 2001 por la policía.
8 dic 2020
Robos y estafas
Alberto dijo: Con lo que roban las editoriales españolas es un problema comprar libros. Así que me reivindica el haber podido llevarme algunos, como al descuido.
Andres dijo: lo que yo me robaba eran los libros de Ross, pero antes había que revisar que no tuvieran esa seguridad que les ponen en la última hoja, que suena en el detector.
Hay una manera de eludirlo que es forrar un bolso con papel aluminio. Así podés sacar los que quieras sin problema…
Mi vieja se enojó una vez que se me escapó contarle.
Mirta dijo: Yo una vez me llevé un cenicero de un hotel y estuve tan preocupada que por ese puto cenicero no disfruté y estuve perseguida por semanas, pensando que me iban a venir a reclamar que lo devolviera.
Inés dijo: Cuando era chica, en un super, me puse un tubo de dentífrico en el bolsillo de la campera. Y me sentía como Rififí.
Marcela contó: ¡las cosas que se hacen por amor…!
Yo fui una madrugada a la fábrica y me guardé en la mochila las herramientas que el padre del nene me pasaba por una ventana. Hacerlo era como una prueba de que me arriesgaba por él…¡las cosas que se hacen por boludez! ¡Pero yo creía que era por amor!
Ana dijo: A mí en la escuela, el compañero de banco me robaba las Opera del bolsillo, yo me daba cuenta pero…¡Se las hubiera dado si me las hubiera pedido!
Y Ale: Y yo me llevaba las pinturitas que me gustaban. Nunca me pescaron …Se las sacaba a una chica que tenía un guardapolvo almidonado, perfecto.
Marcela dijo: Yo también tenía una compañera que siempre tenía el guardapolvo planchado que parecía de tintorería, y el pelo tirante en una colita que no se le escapaba ni un pelito. ¡Le tenía broca por tan prolija! A ella si le hubiera robado…
Yo dije: Robar no es tan grave.
Y cerró Marcela: Robar no es tan grave, claro, pero lo que no tolero es la estafa, el engaño, eso no, eso no va.
septiembre 2005