16 dic 2020

Un vínculo puede ser evanescente

 Permanecer invisible, como si no hubiese existido nunca.
Devenir imperceptible en el transcurrir de nuestras vidas.
Quedar arrasado por goces y por dramas, que nos interpelan con la perentoriedad de lo necesario, de lo ineludible, de lo impostergable.. Amores, guerras, hijos, obras en que empeñamos nuestros esfuerzos y fatigas.
 
Sí, un vínculo puede ser evanescente.
Estirarse a través de kilómetros y a lo largo de lustros, sin la presencia del distante.
Sin que esa presencia se incluya en un cotidiano que sigue sus propios circuitos.
Sin embargo puede reflotar cuando una imagen, una canción o un perfume crean el clima necesario para que el recuerdo se dispare.
Y entonces, allí, copar prepotente y saltando tiempo y espacio, instalarse, ocupar un lugar, convocar la nostalgia. Nostalgia de qué? De aquella juventud? De aquella inocencia? De quiénes éramos antes de ser los que somos?
 
Puede que no sepamos que el vínculo está, que no solo forma parte de la historia, sino que también está incorporado en esta construcción que vamos forjando, cuando cumplimos aquello de: “Uno es, lo que uno hace con lo que uno es”.
 
Y considerando, en el balance, ¿en lo que somos hoy, cuánto entra de aquello que nos constituyó en aquél vínculo? Cómo está, como parte de nosotros, integrado en esta nueva totalidad que hoy portamos y a veces soportamos?
 
Un vínculo puede ser evanescente, y no obstante marcarnos y hacer esencialmente a la profundidad de quienes somos,
A pesar de kilómetros y lustros.
 

Mayo 2009

Con un poco de vergüenza he pensado en mi tristeza

 1- Era sábado cuando supimos. El asesinato nos conmueve y no tiene respuesta, queda en el enigma.  Amigo entrañable, estuvo en mi vida desde hace tantos años y fue solidario en los años de plomo y de niebla, tiempos en que otros se alejaban.
Muere en medio de la noche, en circunstancias extrañas, a mano de un hombre que tal vez fue su amigo, que luego de matarlo se entrega con su arma, arma reglamentaria por otra parte y a la misma comisaría de la que es sub-inspector.
Que deja para la familia y los amigos que lo amamos el dolor de lo inexplicable. Que da pasto a las fieras, que desde la prensa amarilla especulan sobre lo inexplicable de esta muerte. Que agravian su recuerdo, que ponen en duda su integridad y echan sombras sobre su nombre.
Muerte que se presta a pensar, que como otras,  puede quedar impune, por la adscripción policial del asesino.
 
2- La vida que arrastra ¿es vida? Otros han optado por el suicidio. Después de una colostomía radical que no permitió reparación, lleva consigo la bolsa plástica en que se depositan sus heces.
¿Existe mayor cruz para un hombre joven, impotentizado y con la certeza de que su condición es irreversible? ¿Cómo se soporta la humillación de ser portador de esa bolsa, que como prótesis forma parte permanente de su cuerpo?
Sabe que la enfermedad avanza, sabe que mientras viva esta tortura formará parte de su paisaje cotidiano. La tortura del dolor y lo denigrante de su estado como compañeros ineludibles.
Una mueca de amargura en su rostro, una losa en su corazón.
 
3. Escucho que empieza el juicio a los represores de Campo de Mayo. El responsable es el General Riveros. Se toma un caso emblemático: el asesinato de Floreal Avellaneda, de 15 años.
Lo capturaron con su madre, cuando buscaban a su padre, dirigente metalúrgico.
En Campo de Mayo lo separaron de ella, que sobrevive y es testigo en el juicio. Floreal apareció en las costas de Uruguay empalado. La tortura consistió en introducir por el ano un objeto que le destrozó los intestinos.
Los que fueron capaces de hacer esto ¿qué sintieron? ¿Viven aún? ¿Estaban ebrios, drogados? ¿Cómo siguieron viviendo después?
 
4- La profesora durante la recorrida por la sala, dijo una vez en una chanza, que advertía que estaba al límite cuando en vez de desear auxiliar al bebé enfermo que lloraba, pensaba en sofocarlo con la almohada. Entonces tomaba vacaciones.
En la última clase dijo otra cosa, dijo que ella hubiera querido tener hijos, que todos los niños que asistía la remitían a una falta, su falta. “No hay mayor vacío que el vacío de vientre” No siguió hablando.
 
5- El mendigo de los bolsos y las mantas tenía siempre  varios perros a su alrededor. En invierno se apretaban para darse calor.
Pude verlo cuando les hablaba con ternura. Venía desmejorando el último tiempo.
Lo llevaron en una ambulancia.
En la calle, los perros quedaron huérfanos
 
6- Pienso en mis amigas, en mis amigos. Recuerdo  haber sido negligente, olvidadiza. Me pesa el sentimiento de no tener toda la fuerza necesaria.
 
Los dolores del cuerpo y los dolores del alma de los que puedo hacer inventario, empalidecen en un contexto más amplio.
 
No sé por qué, en el registro de mi pena se suma el de las otras. Tal vez para darme su real dimensión, tal vez para enseñarme algo.
 
 
26 de Abril, 2009

Un duelo para el que no hay palabras

 Mi primer recuerdo claro de Mauro lo sitúa en la Estación Rosario Norte. Era nuestro primer viaje a Buenos Aires en tren, y ellos habían ido a despedir a su mamá. Pero mientras Mariel hacía audaces acrobacias en la verja de aquel jardín donde la Estación terminaba, y más allá se extendía el campo y las vías, Mauro con gesto contenido, le decía adios agitando la mano. Cuando el tren partió, bajó la cabeza y miró hacia el costado, ocultando las lágrimas. Era un niño, no sé ¿apenas de 7 , 8 años?
 
Pasaron tantos años… Crecieron…
Luego él viajó y lo perdimos de vista.
A la vuelta estaba más grande, más maduro, pero era el mismo Mauro de siempre. La vida siguió su curso, nos veíamos a veces…
 
Así me llegó al tiempo una noticia, que Mauro amaba a Silvina, y Silvina amaba a Mauro, y que por lo tanto sabían que iban a tener un proyecto.
Y cuando planearon unirse, los niños que iban a tener colmaban sus sueños.
 
El bebé se anunció en su momento.
Y todos compartían su alegría.  Una vez, en aquel tiempo, encontré a Liliana y Mariel en una galería abierta. Había sol y cuando me detuve con ellas, me mostraron la campera de jean en miniatura que habían comprado, y me llené de asombro. Nunca había visto una prenda así. Era graciosa porque reproducía exactamente las de adulto, pero en tamaño de muñeco.
 
Por eso fue tan cruel el primer tropiezo. El niño no llegó hasta el tiempo que hubiera necesitado.
Les costó consolarse y recién cuando los médicos dieron su palabra, se atrevieron a volver a intentar.
En tanto, quienes los querían y esperaban verlos de nuevo en la ilusión, acompañaban en silencio.
 
Por eso Julia fue celebrada desde el principio con tanta esperanza.
La alegría siguió a su nacimiento, aunque había nubes.
 
Una noche, a través de la ventana abierta de Ribereño, vi que Mauro paseaba con su beba por la acera. Cuando lo llamé para saludarlo, puso a Julia en mis brazos. Me conmovió el gesto, no todos tienen la generosidad de permitir que otros levanten a sus hijos, pero Mauro es así.
Tenía un par de meses, era bella y estaba vestida de blanco.
 
Solo fue un año. Y un año duro de consultas y expectativas que rodearon su breve vida.
Hoy no hay palabras que puedan dar cuenta de tanto dolor.
 
Y tal vez, solo digo tal vez, en esa masa con que Mauro, de vuelta del cementerio, demolió  las viejas paredes de lo que iba a ser la nueva casa, y con ello tuvo una herramienta para otra cosa también.
Una herramienta para expresar lo que sentía. Para ponerle salida a tanta pregunta, a tanta impotencia, a tanto desgarramiento.
 
Y por eso, cuando Liliana me hablaba de su pena por el hijo que encontraba en la masa demoledora  un vehículo para volcar su dolor, quise decirle algo.
Algo sobre los recursos y la fuerza de Mauro, que como todos, hace lo que puede cuando sucede que no hay palabras, ninguna palabra. 

2008

La mirada y la traición

 Hubo quien planteó que los seres humanos pueden clasificarse en grandes grupos: los que traicionan y los que son traicionados. Tal vez el grupo de los que simultáneamente y a la vez traicionan y son traicionados sea el más numeroso, por eso la vigencia de “De los chismes, de los cuernos y de la muerte nadie se salva”. Existe un  último y pequeño grupo, el de los que ni traicionaron, ni fueron traicionados. Son los que pueden sostener una dignidad sin quiebres. En donde la fidelidad es entendida como lealtad. Una lealtad  coherente con la palabra dada y la palabra recibida.
Si la fidelidad es excepcional y el hipocampo, el caballito de mar, es el símbolo de tal fidelidad, bien puede pensarse, a partir de allí, que muchos hayan creído que era mitológico.(¿Tal como es algo mitológica la fidelidad?)
 
1- En el encuentro el muchacho dijo: -No tengo ojos más que para ella…- sonrió. Visiblemente convencido, sosteniendo su certeza para moverse en el mundo y persuadido de que su sentimiento era correspondido, se lo veía como iluminado. A los 19 años, el operario que en la obra en construcción donde compartíamos y charlábamos, contaba acerca de su mirada. Una mirada de la que nos estaba hablando y al hablar decía de sí mismo. De lo que sentía en relación al destino de sus miradas y de sus afectos.
¿Le sería posible seguir sosteniendo sus palabras? Y en caso contrario cómo operaría el cambio en el destino de sus mirada en él, y qué consecuencias tendría en ella, la privilegiada?
 
2- Hubo quien una vez dijo: -Si él puso los ojos en otro lado es porque el tiempo pasa y la gente cambia.
Razonamiento impecable. Traducido significaba: si dejó de mirar en una dirección y pone los ojos en otro lado, eso sucede porque con el correr de los días, de los meses, de los años, él cambió. Prerrogativa humana y tal vez inevitable la del cambio. El primero de los derechos: el derecho a cambiar de opinión.
Y si efectivamente, él había puesto los ojos en otro lado porque había cambiado, y con ese cambio, fue sustituida también la destinataria de su mirada, ¿cómo nombrar lo que había sucedido?
¿Cómo dar cuenta del cambio operado en esa mirada? ¿Cómo seguir siendo coherente con la palabra dada, si esa palabra ya no tenía vigencia, si era una palabra-promesa que habría de retirarse, que se había retirado ya?
¿Cómo conciliar la mutación sin faltar a la lealtad comprometida? ¿Cómo liberar a la cautiva de esa mirada para que disponiendo de su propia libertad, pudiera decidir qué hacer con ella? Pudiera decidir a quién mirar. Pudiera, una vez levantada la promesa que se había formulado, antes del cambio, antes del paso del tiempo, disponer otra vez de su propia  palabra.
 
3- Sabina, maestro, escribe y canta al respecto:
“Más de cien palabras, más de cien motivos,
para no cortarse de un tajo las venas,
más de cien pupilas donde vernos vivos
más de cien mentiras, que valen la pena…”
 
O sea que hay otras pupilas, pero para quien “no tiene ojos más que para ella”, esas otras pupilas no existen. Cuando empiezan a ocupar un lugar en la mirada, “Si él puso los ojos en otro lado es porque el tiempo pasa y la gente cambia” es porque hay que revisar las promesas.
¿Y qué implica eso?
Por empezar una renuncia. ¿Aceptar que no se puede tener todo?
 
4- Desde el/la que es mirado/a, el incremento del sentido del propio valer ante la interpelación que supone una mirada interesada, el desafío a sostener la apuesta de un encuentro contando con la obsecuencia de quien lo convoca desde un lugar de fascinación subordinada, pueden crear una sensación de seguridad y omnipotencia.
Así aquel que por efecto del paso del tiempo, cambia el destino de su mirada y encuentra otra que le devuelve el interés, ve en ello una confirmación del propio narcisismo que puede resultar tan embriagadora, como para perder la medida de las otras cosas puestas en juego: la honestidad respecto a sí mismo, el respeto al otro/a, el sentido de peligro ante lo que arriesga a dañar.
 
En quien padece la sustracción de la mirada, una mirada que fue confirmatoria del propio valer, lo que se produce son dos cosas: un empobrecimiento de la autoestima y un quiebre en la confianza.
Si hay “otras pupilas donde vernos vivos” se presume que aunque “valgan la pena” la canción dice que son mentirosas.
Pero el hecho de que existan y nos devuelvan vitales en su reflejo, acota el engaño. Casi no importa después de la fractura mortífera de la que se vuelve.
 
5- Traiciones privadas casi no contabilizadas, ni contabilizables en la descripción de las gentes y sus vínculos.
Por generalizadas quedan invisibles en la descripción de las vidas.
Traiciones que son paradigma de lo irresoluble. Que son motivos de venganza de los débiles.
Y carga intransferible para quienes no claudican.
 2008

Traté de contarte

 Aquella vez habíamos hablado de cuando éramos niños. Nos sorprendían las coincidencias.
Madres hacendosas y padres trabajadores, los tuyos y los míos. De la generación de quienes apostaron a la educación de los hijos. Hicimos planitos de los lugares en los que habíamos vivido de niños: los dos en departamentos de pasillo con patio central y dos habitaciones. Con una escalera que llevaba al altillo. Para ir al baño y a la cocina se debía pasar por el patio: -Y en invierno tenía tanto frío- dijiste.
A mí me asombraba que hubiéramos vivido tantas cosas en común, sin saberlo y sin haberlo descubierto hasta ese momento. Había más coincidencias de las que suponíamos, y todavía más aún de las que te dejé saber…
Nos contamos de las escuelas a las que habíamos ido en el barrio, de las maestras que tuvimos. Y vos recordaste aquella vez que les recomendó ir preparados al día siguiente para una revisación a fondo. Que tu mamá fue cuidadosa con el lavado de la cabeza, las orejas, el cuello y también con la muda de ropa interior de color crudo, humilde pero limpia.
 
También me contaste de equívocos y errores que te llevaron a no encontrar lo que buscabas.
Me dijiste de amigos y de amores.
De aquel gran amor que fue interrumpido porque la madre era muy posesiva y vos muy intolerante. Que ella quedó sola porque te fuiste una vez en que hizo caso de la madre y no quiso escuchar lo que vos le decías “que era lo lógico”.
Me pareció que adueñarte de la verdad en éste y en otros momentos (como respecto a las decisiones de tus hijos) te ha jugado en la relación con los demás para empobrecerlas y hacerte desdichado.
¿También intervino en la nuestra? Lo traigo en un ejercicio de sinceridad necesario.
Pero pese a divergencias creo que ese fue un buen encuentro, del que volví con la sensación de haber compartido cosas profundamente sentidas, y que te había sucedido también.
 
En cambio la última vez en que nos vimos te dije: Fui a ver “De la Guarda”, con idea de compartirte mis reflexiones. Quería contarte. No la obra, sino lo que había sucedido conmigo. Pero contestaste:”No me gusta el teatro”. Yo quería hablarte de mí.
Verla fue como la pieza de un rompecabezas que venía a ocupar el lugar exacto de una historia que había empezado años atrás.
Cuando en  aquella oportunidad salí de ver “La Fura de Bhaus”, (a la que De la Guarda me remitió) no hubiera podio decir si me había gustado o no. Solo podía decir que  me había conmocionado. Luego pude agregar lo que había significado para mí. Una puesta en escena de contenidos del inconsciente, tal vez del inconsciente oscuro y atemorizante donde moran nuestros demonios. Esos que con los que yo tomaría contacto mucho después, pero que tal vez ya adivinaba.
Pero en aquel entonces no lo tenía claro. Recién ahora surge nítido, y por comparación con “De la Guarda”, que opera con algunos recursos equivalentes.
Así me parecieron equivalentes la mezcla acrobática en la pieza con los protagonistas deslizándose por el aire, la ausencia de un texto, el ser convocada desde el público a algún tipo de participación, la inquietud de ser incluidos en la trama más allá de dar el consentimiento, lo exótico de la puesta y el hecho de que los espectadores estuvimos en ambas, metidos dentro de las obras.
Pero me parecieron muy diferentes el clima, tenso, pesado y amenazante en la primera y celebratorio, festivo y juguetón de la segunda.
Pensé que “La Fura” con sus intérpretes intimidatorios, oscuros y hostiles entre nosotros, las máquinas extrañas en que se desplazaban, me remitían a  algún futuro tenebroso. Los envoltorios de papel de diario pulsando que quedaban sobre el piso (¿qué contenían, si nadie se atrevió a tocarlos?) para convocar la intrigada preocupación…Todo lo que recuerdo me sitúa en la inquietud del momento, como si hubieran quedado ligadas a esa representación contenidos siniestros.
Pero no podría haberlo formulado de no tener la posibilidad de comparación que me brindó ver “De la Guarda”. Tampoco si no hubiera vivido cosas que me pusieron en contacto con otras dimensiones de mi misma.
Por eso me importaba compartirlo como el descubrimiento tardío, de una experiencia intensa y significativa, que recién ahora ocupa su lugar. Ocupa su lugar por varias razones, la que mencioné respecto a las diferencias con la otra puesta. Y porque desde entonces  a ahora, fueron muchas las cosas vividas y las reflexiones y las búsquedas de sentido.
En cuanto a la significación y el impacto de “De la Guarda” fue como la de una borrachera leve de vino o de hierba, que amplificó el sentimiento de libertad. Eso fue para mí.
En tanto la conmoción de “La fura”, fue como la experiencia alucinatoria de la ayahuasca, una de las más intensas (¿la más?) que haya vivido en tanto apertura de la conciencia y encuentro con lo oculto y caótico.
Todo esto hubiera querido contártelo, pero no hubo espacio, ni escucha.
Buscaba al interlocutor al que aunque no le guste el teatro, pueda acompañar estos tanteos que me van permitiendo encajar las piezas de este rompecabezas y ayudar a pensarme a mi misma desde lo vivido, porque sigo buscando respuestas. Porque gracias a que fui a ver a De la Guarda, retroactivamante cobró sentido aquello que La Fura había movilizado y que ahora puedo nombrar. De todo esto traté de contarte, pero como no pude, ahora te lo dejo por escrito, en la convicción de que no quiero monologar, pero que sin espacio para lo que queremos decir no tiene sentido el encuentro.
 
Planteándome y planteándote que si hay un diálogo, este es de ida y vuelta. Una reflexión que tenga su sentido en compartir y en escuchar.
Me pregunto si es lo que está sucediendo.
Creo que también te lo estás preguntando. Pero no se si tendrás la disposición de seguir buscando la respuesta.
Si el encuentro sirve, ha de ser para crecer.  En eso encuentra su sentido.
Vale en la medida en que nos potencia y nos permite ser mejores, más libres o más sabios. 

2005